MALVINAS: RAZONES DE NUESTRA INSISTENCIA

Cada 2 de abril, nos acordamos de Malvinas, esas islas lejanas, inhóspitas, desoladas. Sólo una vez cada 365 días, y sin embargo el lema tan querido y tan preciado: “las Malvinas son argentinas” suena a su vez desgastado, nostálgico, casi aburrido. ¿Por qué insistimos entonces? ¿Por qué nos empeñamos en reafirmar el principio de soberanía inalienable de reclamar lo que es nuestro?

No voy a recurrir, en este caso, a los múltiples y firmes argumentos que la diplomacia argentina sostiene desde el mismo momento de la usurpación británica allá por 1833. Tampoco voy a hablar de la guerra, de lo que le debemos al heroísmo de los soldados argentinos —solo conocidos por dios[1]— ni de la cruel política de desmalvinización que invisibilizó a los que sí volvieron.

Trataré de abordar la cuestión fundamental que hace a ese ¿Por qué?, que es la que se refiere su posición históricamente estratégica. Aspecto por lo demás olvidado —o escondido—, especialmente por aquellos académicos e intelectuales argentinos que se atrevieron a decir, hace algunos años, que el reclamo de nuestra soberanía sobre las islas era una afirmación obsesiva[2], un capricho patriótico (o patriotero en sus palabras) sin más sentido que hacer demagogia populista, en el peor de todos los sentidos del término. Estas afirmaciones, por demás preocupantes, que volvemos a encontrar solapadas en las definiciones políticas más recientes respecto de la cuestión Malvinas, nos obligan a reflexionar sobre su por qué. ¿Por qué Malvinas? ¿Por qué vale la pena Malvinas? O cambiando la perspectiva: si son tan inservibles, ¿Por qué al Reino Unido le importan tanto?

Para empezar es importante recordar que el conflicto no atañe solamente a las Islas Malvinas, sino que incluye a las Islas Sándwich y Georgias del Sur y los espacios marítimos circundantes, lo cual es una premisa clave. Consideremos el ambiente estratégico de la posición geográfica de las islas en el contexto actual: el escenario mundial se encuentra en reconfiguración. Frente al debilitamiento del rol de Estados Unidos como potencia hegemónica y garante de la vigencia del orden establecido, comienzan a surgir nuevos polos de poder.

Por un lado, esta reconfiguración se pone de manifiesto en la decadencia del liderazgo mundial de los Estados Unidos, manifestada tanto en la pérdida de prestigio como líder global —lo que Schweller & Pu denominan “etapa de deslegitimación” en los ciclos de poder mundial— como en el lento pero firme declive de su poder material. Por el otro, caracterizamos la reconfiguración del escenario mundial en función del ingreso en la arena de la política internacional de Estados emergentes en ascenso y potencialmente revisionistas del statu quo. Esto quiere decir que, a medida que los Estados emergentes empiezan a percibirse como grandes poderes, comienzan a sentirse insatisfechos con el reparto de poder mundial y tienden a convertirse en revisionistas; lo cual significa que buscarán desafiar tanto el orden establecido como el lugar que ocupan dentro del mismo[3]. Esta dinámica involucra un reacomodamiento de poder, redefinición de zonas de influencia, y competencia por el control en las zonas geográficas percibidas como estratégicas para el fortalecimiento de la posición en el sistema.

Como es evidente, la decadencia del poder mundial de Estados Unidos tiene un correlato en su rol como potencia naval global, y da lugar a que las potencias emergentes, que cuentan con poderes navales medianos y en crecimiento, evalúen estrategias de comparación entre sus medios y capacidades con las del poder naval preponderante. Es lo que están haciendo China, Rusia e India, entre otros, cuyas nuevas doctrinas navales dan cuenta de una geoestrategia proclive a revisar el statu quo del mar, que se traduce en inversión en el sector y fortalecimiento material de sus Armadas.

Mientras esto sucede en el resto del mundo, el Atlántico Sur ha cobrado nueva importancia debido a intereses renovados o inéditos, tanto dentro como fuera de la región[4]. Rico en recursos naturales[5] y con importancia estratégica en función de los pasos oceánicos que lo vinculan con el Pacifico y el Índico, y especialmente por su puerta de entrada a la Antártida, nuestro océano —donde nos quieren hacer creer que nunca sucede nada— no está por fuera de la disputa por el reacomodamiento del poder mundial. Si bien la dinámica de competencia entre los actores statuquistas y revisionistas no se encuentra en un nivel explícito de conflicto, como ocurre en el Mar de la China, no por ello se halla menos vigente. De hecho, los grandes poderes navales no solo lo tienen en cuenta, sino que mientras aparentan una desinteresada “calma” están aumentando de forma considerable las capacidades materiales de las Armadas que circulan por la zona, lo que deriva en la tan mentada “militarización del Atlántico Sur”. Actualmente Gran Bretaña mantiene una presencia destacada sobre el Atlántico Sur por medio del control de las islas Malvinas, Ascensión, Santa Elena y Tristán de Cunha. Este posicionamiento estratégico le permite el patrullaje, monitoreo y el despliegue sobre las costas atlánticas de Suramérica y África, donde su posesión en las Islas Malvinas da cuenta de una posición de ultramar clave en el tablero internacional[6].

La puesta en evidencia del Atlántico Sur como espacio estratégico para las grandes potencias que están compitiendo por el control del espacio marítimo y la posibilidad de proyectar ese poder a tierra se manifiesta tanto en la creación de la Comandancia Británica del Atlántico Sur en el año 2003 —con sede en la Estación Naval de aguas profundas Mare Harbour (en las Islas Malvinas)—, como en el restablecimiento en 2008 de la IV Flota estadounidense. Ambos movimientos están vinculados, tanto al futuro de la Antártida como a la aparición de nuevas potencias medias navales, como resultado del surgimiento de Estados emergentes desafiantes del statu quo en el mar. Más o menos una forma de decir: acá mando yo, más vale que nadie se acerque.

De hecho, la base militar de Monte Agradable, ubicada a unos 650 km de la costa argentina, constituye uno de los puntos más militarizados del planeta[7]. A su vez, la estación naval de aguas profundas Mare Harbour sirve de puerto de recalada para las patrullas submarinas y de superficie que surcan el Atlántico Sur, constituyéndose como el punto de apoyo central del Reino Unido para proyectar poder sobre la región[8].

Mientras tanto en Argentina seguimos preguntándonos engañosamente si vale la pena reclamar la soberanía sobre ese montón de rocas frías y neblinosas. Cuando lo que en realidad deberíamos preguntarnos es ¿a quiénes les interesan que perdamos el interés por recuperarlas? Al reclamar la soberanía de las Islas Malvinas, Sándwich y Georgias del Sur, Argentina desafía abiertamente a la potencia naval regional de la zona, lo cual pone incómodos a muchos que consideran que “volver al mundo” es hacer buena letra con piratas de hegemonías declinantes. Nada más inoportuno hoy, precisamente cuando la reconfiguración del escenario mundial nos otorga la posibilidad de mejorar las condiciones de nuestros desafíos estratégicos.

Las Malvinas son argentinas. Es importante que hoy, bajo la excusa de los aniversarios, tomemos dimensión de las razones de nuestra insistencia. No se involucra solo en ella un sentimiento asentado en el corazón del pueblo argentino (espero), o de un mero sentimentalismo patriótico (al menos) No invocamos solamente el dolor de nuestras pérdidas, o la indiscutible legitimidad que desde el fondo de nuestra historia se extiende sobre ellas.

Al afirmar nuestra vocación de soberanía sobre la querida perla austral, estamos insistiendo en la necesidad de un posicionamiento estratégico frente al mundo. Insistimos, porque Argentina necesita deja de creer ingenuamente que los grandes movimientos del tablero internacional se juegan siempre lejos de casa, mientras se está definiendo una partida precisamente a nuestras puertas.

Acotaciones:

[1] Consigna con la que están enterrados en el Cementerio de Darwin los cuerpos no identificados de los caídos argentinos en la Guerra de Malvinas.

[2] Beatriz Sarlo, D. S. (Febrero de 2012). MALVINAS: Unas Visión Alternativa.

[3] Mearsheimer, J. J. (2001). The Tragedy of Great Power Politics. London: w.w. Norton and Company.

[4] Abdenur, A. E., & De Souza Neto, D. M. (septiembre de 2013). La creciente influencia de China en el Atlantico Sur. Revista CIDOB d’Afers Internacionals(102-103), 169-197.

[5] Esta zona es cada vez más importante en el negocio pesquero mundial en función del agotamiento de este recurso como consecuencia de la sobreexplotación (especialmente en el Asia-Pacífico, donde —con centro en China— está el núcleo fundamental de la demanda mundial). A su vez se debe incluir la cada vez mayor relevancia mundial que tiene la cuenca atlántica en materia energética, tal como se aprecia de forma clara en el sector de los hidrocarburos

[6] Gómez, F. M. (2012). La fortaleza Malvinas, la presencia neocolonial militar británica en el atlántico sur en el siglo XXI. Humania de Sur, Año 7(13), 73-98.

[7] La base aérea posee dos pistas de aterrizaje, aptas para el uso de aviones de transporte militar y de combate, además las instalaciones pueden albergar a unos tres mil soldados totalmente equipados, ochenta aeronaves de combate y una veintena de aviones de carga. Véase Eller, M. J., & Quintana, P. (2017). La Importancia Geopolítica del Atlantico Sur. A 50 años de la resolución 2065. En A. B. al., Malvinas y la construcción de un reclamo soberano, pasado, presente y futuro (págs. 113-138). La Plata: Universidad Nacional de la PLata.

[8] La preocupación por este fenómeno ha sido expresada por la República Argentina en su presentación sobre militarización del Atlántico Sur ante la ONU.

BUENOS AIRES, 2 DE ABRIL DE 2018

MARIANA ALTIERI PARA REVISTA ATANDO CABOS

Autorizado expresamente a ser publicado por el Boletín

ICIMISS – CIMISS

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