CENTRISMO Y POLARIZACIÓN

Gobernar para beneficiar a todos es una situación ideal y sólo se consigue en períodos de gran prosperidad internacional, en que las desigualdades duelen menos.

Participantes de la reunión del G20 en julio de 2017 en Alemania. (AFP)

 

La política, como distintos aspectos de la sociedad humana, tiene ciclos internacionales en que las características gruesas que los evidencian son parecidas en distintos países.

El tan mentado fenómeno de la globalización también actúa aquí, exacerbado por la estampida de los medios de comunicación. Si observamos las últimas dos décadas, al menos en Occidente, vemos la eclosión del populismo, de derecha o izquierda, y la paulatina retirada de la socialdemocracia. No son los únicos fenómenos institucionales globales, pero sí caracterizan a distintos países.

La decadencia de la socialdemocracia nos acerca un poco más al objeto de esta nota: nacida en el siglo XIX, muy revoltosa y con fuerte influencia de las ideas marxistas, se consagra en el siglo XX, primero en los países nórdicos, y después de la Segunda Guerra mundial con la construcción del estado de bienestar en la Europa no comunista.

Era la respuesta a los modelos ultraliberales, demostrando que podía combinarse un capitalismo eficiente con una distribución más justa de la riqueza, todo en una atmósfera de democracia. Ondas de esta ola llegaron a algunos países de America Latina.

¿Qué pasó después que explicaría su paulatina retirada? Por supuesto que hay diversos factores coadyuvantes en este resultado: la corrupción, la burocratización, la demagogia de propios y extraños, etc., pero la causa central es la actitud conservadora de la propia sociedad.

Los beneficios logrados por lucha o concesión hacen paulatinamente a la población conservadora, aunque el discurso hable de los viejos paradigmas. Y esto se refuerza porque en el mundo occidental disminuyen los pobres y paradójicamente aumenta la desigualdad. Y la desigualdad cristalizada tiene una consecuencia disolvente y exasperante social que hace mella en la democracia, en su capacidad de poner orden, en su aptitud de conservar en resguardo los beneficios conquistados.

Utilizando una terminología ya caduca: los proletarios (y los pobres marginados en América Latina que no alcanzan a ser proletarios) cuando llegan a la etapa de pequeños burgueses en su mayoría se tornan conservadores.

Como en general se mantiene en muchas naciones el sistema republicano, aunque sea formalmente, la clase media, que creció en la mayor parte de los países, es la que define las elecciones en naciones de Europa y algunos de Latinoamérica.

En consecuencia, la política tiene que hacer malabarismos para adaptarse a este fenómeno; le piden doctrina, pero sabe que lo más importante es resguardar y eventualmente acrecentar los beneficios logrados por distintos sectores, y que la doctrina es una forma de racionalizar lo conseguido y hacerlo, si no queda otro remedio, un privilegio excluyente.

Las distintas voces de la política tienen que adaptarse o morir en el anonimato. Hay excepciones a esta regla, por supuesto, la Sudáfrica de Mandela sirve de ejemplo, otro es nuestro propio país en la terminación de la última dictadura militar; la existencia de un motivo grande compartido por la mayoría de las clases sociales actúa de motor, pero no por mucho tiempo.

Aunque las distintas tendencias tiendan al centro, también se diferencian en la terminología: el populismo habla de servir al “pueblo”, que abarca en el imaginario popular a los pobres, y sectores de clase media que se sienten marginados, descartando a las élites; el centrismo puro es más ecuménico, habla de “la gente”, individuos, ciudadanos y ciudadanas de todas las clases sociales, que sumados aspiran a lograr algunos beneficios y mantener los ya logrados. No descarta a los ricos, como hace la vieja canción peronista argentina que decía “combatiendo al capital”.

Hoy todas las fuerzas sociales hacen que la política tienda al centro del espectro. Gobernar para beneficiar a todos es una situación ideal y sólo se consigue en períodos de gran prosperidad internacional, en que las desigualdades duelen menos.

Pero habitualmente la realidad es distinta y la política tiene que elegir a los más beneficiados en el reparto. Será un indicador de su éxito la estrategia que lo haga mantener un equilibrio entre la capacidad de mantenerse en el poder y la justicia distributiva. Y esta última, recordando siempre la vieja lección de Aristóteles en La Política: “…pues los hombres que están en condición inferior aspiran constantemente a la igualdad y la justicia, mientras los otros, los más fuertes, no piensan en tal cosa”

Neri Aldo

Clarín,

23 de Abril de 2018

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