PERDÓN, LA PALABRA QUE AÚN HACE RUIDO

Pedir perdón requiere de más coraje que empuñar un arma, reflexiona en la cárcel Joxe Mari, el terrorista de la ETA de “Patria”, la memorable novela del escritor vasco Fernando Aramburu: la historia de dos familias, otrora amigos y vecinos, separadas y enfrentadas por la violencia armada.

Los avatares erráticos y paralelos de dos mujeres, la viuda del pequeño empresario asesinado por la ETA y la madre del terrorista preso sobre el que recae la sospecha del crimen. Dos dramas paralelos que a lo largo de sus vidas cotidianas caminan hacia la búsqueda del perdón. Novelado en “Patria”, publicada cinco años después de que la organización armada ETA entregara las armas, tras 850 muertos y cinco décadas de terror por sus bombas, secuestros y sabotajes. El pedido de perdón real demoró unos años más.

En las vísperas de que la ETA se disolviera, publicó su pedido de clemencia. En el comunicado sorprenden las expresiones del “sufrimiento desmedido”, “el “dolor” y el “padecimiento” por el que la ETA ahora se hace cargo, se responsabiliza y simplemente pide perdón. No se trata aquí de la imprudencia de analizar con ojos argentinos el significado profundo del perdón en el contexto español, la reacción de las víctimas y las consecuencias políticas sino de observar nuestra ausencia de perdón. Una bella palabra que todavía entre nosotros hace tanto ruido.

Antes, claro, para no ser intencionalmente mal interpretada por aquellos que se apropiaron de nuestro dolor y tergiversaron la historia del desencuentro, debo explicar que el perdón es íntimo, privado, personal que nadie puede conceder u ofrecer en nombre de las víctimas. Menos aún, en su nombre, cancelar la justicia. Las condenas a los represores no sólo restituyen el sentido del derecho y dan un mensaje social de protección a las víctimas, sino que transforman la venganza que provoca el crimen. Las condenas a los represores no devuelven las vidas ni privan del dolor pero, la falta de justicia, perpetúa el crimen. En cambio, el perdón público, como el de la ETA o la de los obispos vascos por la complicidad con la violencia, es de otro orden. Es una confesión de vergüenza o arrepentimiento para poner fin a la acción que “tanto dolor causó”. Se perdona a la persona, no al crimen y la promesa de no volver a actuar.

Tal vez porque la clandestinidad, primero, y la ideologización después, impidieron la humanización de lo que nos sucedió. A casi 50 años de la violencia política que llenó de muertos y dolor nuestro país, no podemos reconocer que el único perdón posible es a nosotros mismos. Por no haber podido impedir el sufrimiento de tantos de nuestros compatriotas, por haberlos negado, por no hacernos cargo de la responsabilidad que tuvimos en esa gran tragedia colectiva que nos rezagó como país y aún hoy nos envenena con el odio que inoculó el terror. Pero sobre todo, por la incapacidad política de lograr la pacificación social más allá del expediente judicial o la mezquindad política de la próxima elección.

El perdón siempre es el triunfo de las víctimas. “El odio que es vencido enteramente por el amor, en amor se trueca y ese amor, es por ello más grande que el odio que lo precedió”, escribió el filósofo Baruch Spinoza.

“El odio destruye y divide, no tiene futuro. El perdón, en cambio, construye y une. Es un amor nuevo, de una calidad superior, porque se ha aquilatado en la prueba del amor y el sufrimiento”, me escribió en una carta el Papa Francisco, en relación a mi libro “De la culpa al perdón”, escrito en 2002, cuando la grieta aún no se manifestaba, y debió esperar diez años para su publicación porque ninguna editorial, hoy lo entiendo, se animó a enfrentar el patrullaje ideológico. Por eso, me permito disentir con la Iglesia que promueve encuentros entre las víctimas cuando el verdadero encuentro es con nosotros mismos, como sociedad herida por su intolerancia a la pluralidad democrática. No se trata del perdón de los seres superiores, como el de Nelson Mandela, ni del dilema filosófico que inspiró los seminarios organizados por Simón Wiesenthal, un sobreviviente de los campos de concentración. Conocido vulgarmente como el “Cazador de nazis” porque consiguió llevar más de mil criminales ante los tribunales y en los últimos años de su vida reunió a teólogos, pedagogos, filósofos, sobrevivientes, en debates en torno a los límites del perdón.

El nuestro, el que falta, es más terrenal. No exige sacrificios pero sí la racionalidad de entender que la verdadera grieta es con nosotros mismos, que nos desintegra como personas, toda vez que somos ganados por la furia y la insensatez del odio y la mentira.

Una sociedad decente, escribió el profesor de la Universidad Hebrea de Jerusalén, Avishai Margalit, es aquella en la que sus instituciones no humillan a ninguno de sus miembros, ni estos entre sí, y los argentinos hemos hecho del desprecio y la humillación el lugar común de nuestras relaciones. Hace rato que dejamos de mirarnos con respeto.

La dignidad, en cambio, es la capacidad de los seres humanos de levantarnos sobre nuestras miserias y carencias. Por hablar tanto de cifras y porcentajes de la macroeconomía, no reconocemos la precariedad de nuestras relaciones políticas basadas antes en la destrucción del otro que en el ideal democrático del esfuerzo común para finalmente erigir una sociedad decente que se alimente de la dimensión respetuosa de los derechos humanos. O sea: sin humillaciones.

Norma Morandini es Ssenadora Nacional MC. periodista. Directora del Observatorio de Derechos Humanos del Senado de la Nación.

 

Clarín,

28 de Abril de 2018

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