CHINA YA NO DEPENDE DE LA ALTA TECNOLOGÍA DE EE.UU.

El núcleo de la globalización ha sido la transferencia del conocimiento científico y tecnológico al conjunto del sistema; y éste, a su vez, es el factor fundamental que ha impulsado la productividad en el mundo emergente, ante todo en China.

El FMI señala (abril 2018) que más de 40% del incremento de la productividad de la República Popular en los últimos 30 años provino del uso del conocimiento científico y tecnológico norteamericano.

En la historia del capitalismo, desde la Primera Revolución Industrial (1780/1840) hasta 2014, las nuevas tecnologías han estado concentradas en cinco países del mundo avanzado (EE.UU., Japón, Alemania, Francia, y Gran Bretaña), el G-5.

De ahí que más del 75% del total de las patentes internacionales han sido obra de los países del G-5 entre 1995 y 2014; y lo mismo ha ocurrido, solo que en un porcentaje mayor, con la inversión en investigación y desarrollo (I&D) científico y tecnológico. EE.UU. cubre más de la mitad de las patentes y de las inversiones del G-5.

China y Corea del Sur se unieron al G-5 a partir del 2001, y su producción de patentes y el gasto en innovación crecen por encima del mundo avanzado. Desde 2009, la República Popular comenzó a disputar la primacía en alta tecnología con EE.UU., sobre todo las decisivas para la nueva revolución industrial (Inteligencia artificial, Internet de las Cosas, y robotización).

La incorporación de China y Corea del Sur al G-5 coincidió con una caída de la productividad en los países avanzados (en EE.UU. pasó de su nivel histórico de 3% anual que mantuvo casi un siglo a 1% por año o menos), y esto fue acompañado por una disminución del número de patentes, que tras crecer 6% por año entre 1995 y 2003, aumentaron solo 1% anual.

El cálculo del FMI es que por cada punto de conocimiento que se transfiere a los países emergentes, la productividad aumenta en ellos 0.7 puntos porcentuales; y esta transferencia se ha realizado sobre todo a través de las empresas transnacionales.

Más de 60% de las exportaciones chinas son obra de las compañías transnacionales. El “fenómeno chino” es el cruce de la inversión transnacional con la fuerza de trabajo de la República Popular. China invierte 2,5% del PBI en I&D; y su PBI aumenta 6,9% anual (US$1.5 billones por año), una Australia o una Corea del Sur.

Lo más revelador del proceso chino es el sesgo cualitativo de su crecimiento económico: 77% de la expansión en 2017 fue obra del alza de la productividad de todos los factores; y la manufactura high tech crece 15,8% anual.

La inversión en tecnología de punta aumenta 22,6% en el año, sumada a la emisión de 950.000 patentes internacionales en 2017. El PBI se duplica cada 10 años; y era US$5.4 billones en 2007 y trepó a US$11.4 billones el año pasado.

Esto implica que cada punto de alza del PBI equivalga a 2 puntos de la expansión que mostró 10 años atrás. De ahí que un crecimiento de 6,9% anual en 2017 es mayor que el 11% por año de la década anterior.

La conversión de China en la segunda economía del mundo tuvo esta secuencia: era 2,3% del PBI mundial en 1980 y alcanzó a 17,6% en 2017; y como responde por 40% del auge de la economía mundial en los últimos 5 años, sería 20% del total en 2021.

El ingreso per cápita creció 8,1% anual a partir de 2009, y se duplica cada 8 años. La República Popular es también la primera exportadora del mundo en los últimos 10 años, con ventas que ascendieron a US$2.4 billones en 2017.

Por eso completó la convergencia estructural (alza de la productividad+auge del ingreso per cápita) con EE.UU. en 2009. A partir de entonces, el vínculo adquirió un carácter horizontal y superintensivo, de competencia plena y de igual cooperación, propio de la nueva revolución industrial.

La República Popular apuesta a aumentar 7% por año la productividad del sector manufacturero de alta tecnología, lo que equivaldría a un alza acumulada de 28% en 4 años, a contar de 2016.

El eje de esa apuesta es la política industrial de alta tecnología destinada a transformar la economía real, que fue formulada bajo el nombre de “Made in China 2025” y que es sinónimo de la nueva revolución industrial. Esta política industrial absolutamente decisiva cuenta con un fondo dotado de recursos por US$380.000 millones y un plazo de ejecución de su proyecto de 7 años.

Se puede afirmar que China ha dejado de depender para su ingreso en la nueva revolución industrial de la tecnología avanzada de EE.UU., a diferencia de lo que sucedió en los 30 años posteriores a 1978, cuando Deng Xiaoping abrió la economía y la volcó al capitalismo.

La República Popular disputa ahora la primacía en el plano mundial con EE.UU. en la creación de las tecnologías de punta de la nueva revolución industrial, encabezada por la decisiva estratégicamente, que es la Inteligencia artificial.

Esta disputa decide el destino del mundo en el siglo XXI.

Por Jorge Castro

 

06/05/2018 – Clarin

1 Comment on "CHINA YA NO DEPENDE DE LA ALTA TECNOLOGÍA DE EE.UU."

  1. Juan Antonio Maciel | 16 mayo, 2018 at 20:23 | Responder

    Me gusto mucho el articulo de Jorge Castro

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