SITUACIÓN DE CALLE

Historias de la ciudad

 

Más allá de las cifras oficiales, que ya han ocasionado polémica el año pasado, uno de los síntomas más evidentes del deterioro social es la creciente presencia de mendigos y personas sin techo en la Ciudad de Buenos Aires y el conurbano. A ello debe sumarse la misma tendencia en las grandes urbes del interior, como Córdoba, Rosario, Tucumán y otras capitales.

La mendicidad y la marginalidad no son hechos novedosos en la Argentina, pero en el último tiempo parecen haber tenido un crecimiento importante. La vía pública, los medios de transporte y lugares como bares y confiterías son escenario de un desfile permanente de personas mayores y chicos que piden en forma directa u ofrecen algún objeto a cambio de monedas. Es posible que muchos de estos mendigos no sean pobres o que pertenezcan a organizaciones para las cuales trabajan y que también los explotan. Pero en la base del fenómeno se encuentran, sin duda, las carencias de buena parte de la población.

La temporada de lluvias, inusual para la época, ha puesto en evidencia la gravedad del problema de las personas que viven en calles de las ciudades. Ya han muerto bebés de neumonía, y se teme que la inminencia de bajas temperaturas afecten con severidad al sector de la población que se encuentra en situación de exclusión.

DIVERGENCIAS

Las organizaciones de la sociedad civil estiman que se trata de 15.000 personas que padecen esta situación, pero para el Gobierno porteño serían un poco más de tres mil. Lo cierto es que es evidente el crecimiento de esta realidad y la exposición de chicos, embarazadas y personas de avanzada edad a las condiciones de vida más crueles en las calles. Esta situación es la consecuencia de la insuficiencia de las políticas de inclusión social y también, en lo coyuntural, de previsiones estacionales. Aunque se habilitaron lugares para alojar a personas sin techo, la situación está lejos de superarse porque es necesario ampliar la oferta de albergues. No sólo los cambios climáticos exponen a serios riesgos a la población vulnerable que vive en la calle. Uno de los datos que recogen los operadores de distintos programas destinados a combatir este flagelo es la variación etárea de quienes se encuentra en aquello que, burocráticamente se denomina “situación de calle”. Hay cada vez más jóvenes de ambos sexos, con derivaciones terminales de adicción a drogas o alcohol. Los esfuerzos coordinados de organizaciones civiles, religiosas y gubernamentales, parecen insuficientes ante el paisaje desolado de las miserias cotidianas que exponen adultos, jóvenes y niños, sin refugio ni intimidad, resguardados tan solo por frazadas precarias, colchones andrajosos y cartones diversos.

QUE HAY DETRAS

¿Qué hay detrás de la imagen de una persona sin techo? ¿Qué historia esconde? ¿Acaso es tan distinta a la nuestra? ¿Cuál es el papel de las instituciones y de la sociedad ante un fenómeno tan ajeno por la extrañeza que provoca, e invisible por la indiferencia que suscita?
El desarrollo de políticas que, por una parte, protejan y, por la otra, emancipen a las personas en situación de pobreza extrema y exclusión social no solo es posible sino que es del todo necesario, especialmente y con urgencia cuando nos referimos a salud, educación y vivienda.
Es necesario que haya más trabajo de operadores en las calles para que no nos acostumbremos a observar las patéticas miserabilidades cotidianas como como un paisaje urbano triste, pero inmodificable. Todos tenemos derecho a una nueva oportunidad.

Jefe de Redacción del diario “La Prensa”

Por Jorge Augusto  Avila

 

 

11 de Mayo de 2018

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