FALTAN DÓLARES Y NO LOS GENERAMOS

La tormenta financiera sigue viva.

Desde el lejano enero de 1990 han transcurrido 340 meses. De esos 340, hubo cinco que descollaron por la magnitud de los déficits comerciales y entre los cinco, tres muy recientes: agosto y noviembre de 2017 y el último abril. No es un juego de números, aunque lo parezca: en la seguidilla de estos tres meses emerge nítido el estado de las cuentas externas; si se prefiere, una explicación al por qué la tormenta financiera sigue viva y coleando.

Para que quede más claro, lo más reciente: en abril el rojo del comercio exterior ascendió a US$ 938 millones y acumuló US$ 3.420 millones durante el primer cuatrimestre, en sólo cuatro meses. Esto es: un aumento del 165% contra el mismo período del año pasado.

Al ritmo que corre, 2018 puede terminar con un déficit próximo a US$ 9.900 millones. Y si se le suma el de 2017, ya estaríamos hablando de una diferencia de 18.370 millones de dólares entre lo que importamos y lo que exportamos.

Sobre semejante pérdida de divisas, encima acelerada, está puesta la lupa de todo el mundo o del mundo que examina la situación argentina y actúa según le vaya a la Argentina. También mira los efectos de un desajuste ya estructural: el de una economía muy dependiente de los dólares que no genera en cantidades ni parecidas a sus necesidades.

Apretar el desequilibrio fiscal significará achicar el peso de los intereses de la deuda. Será un alivio, aunque harán falta otras políticas para enfrentar la cuestión central.

Es posible que la mejora cambiaria contribuya a mejorar las cuentas externas. Pero está por verse cuánto de ese avance se lo come el proceso inflacionario, o si queda el lastre y desaparecen los beneficios.

Frente a un cuadro así de complejo sonó a excesivo que el jefe de Gabinete, Marcos Peña, hubiese sostenido el miércoles, en Diputados: “Ya hemos pasado la etapa más difícil”. A comienzos de mayo, cuando el dólar cotizaba a 21,50 pesos, había dicho que eso “no es un motivo de intranquilidad” dentro del Gobierno.

El problema con los relatos demasiado color de rosa no es que difícilmente prendan entre los especialistas sino que, a fuerza de reiterarse y de contradecir la realidad, tampoco prendan en el público al cual van dirigidos. Por de pronto, las encuestas cantan temores, desconfianza y un horizonte impredecible.

Algo de la misma especie hubo en los comentarios, prolijamente controlados, que se le atribuyeron a Nicolás Dujovne en su debut como ministro coordinador.

Uno de ellos fue pedirles a sus colegas del equipo económico que “se demuestre (o demuestren) que el primero de todos en hacer un esfuerzo es el Gobierno” y que adopten “medidas ejemplificadoras”. Se supone, o debiera suponerse, que esas consignas ya existían cuando Cambiemos llegó al poder. ¿O pasa que todavía siguen pendientes o, mejor dicho, pasa que la situación impone aplicar la guadaña, aunque se la use cuidadosamente?

En otro similar, les recomendó “avanzar más en el camino de la austeridad”. Traducción lineal: los ministros o quienes hayan sido no han avanzado suficiente en aquello que parecía ser un sello de origen del macrismo.

El siguiente fue que cada uno arme propuestas para ayudar a “robustecer el crecimiento de la Argentina”, teniendo en cuenta que este año la sequía y la turbulencia financiera jugarán en contra de la actividad económica. ¿Es que no lo sabían?

Claro que ya no se trataría de un crecimiento robusto sino de un crecimiento muy modesto. Y modesto medido por el promedio anual, pues hay quienes pronostican períodos de caída.

Finalmente, Dujove solicitó que en 15 días le manden una “lista de prioridades” apuntadas hacia el objetivo de profundizar la reducción del déficit fiscal. Y en eso, que es común al momento de definir el Presupuesto Nacional, sí aparece un par de datos bien concretos y bien de este tiempo: uno es que la incertidumbre manda apurar el acuerdo con el Fondo Monetario y otro, parte esencial de la movida, que urge achicar el gasto público.

Detrás del barullo que armó la idea de frenar la baja de las retenciones a la soja surge claro que, intramuros, existieron asuntos menos calmos y más fuertes que no fueron ventilados. Asuntos que estuvieron en la mesa compartida por el coordinador y los coordinados y por los vicejefes de Gabinete, Mario Quintana y Gustavo Lopetegui, presentes en el encuentro seguramente para que Peña contara con información directa.

Dice un analista que conoce este paño: “Si hace rato se sabía que el déficit fiscal era una cuestión seria, ¿cómo se entiende que no tengan a mano una radiografía minuciosa de todos los componentes del gasto? Eso les habría permitido elegir mejor los remedios y evitado la necesidad de operar contrarreloj”.

Quiere decir que perdieron un tiempo valioso. Y también que si nadie se ocupó de ese trabajo o faltó coordinación o falló la coordinación: nada novedoso al fin.

Aunque no sea un antecedente del mismo tipo, otro caso es el de las hipótesis clave que el Ministerio de Hacienda manejó en el Presupuesto de este año. Decían: inflación del 15,7%; crecimiento económico del 3,5%; dólar promedio de $ 19,30 y déficit comercial de US$ 5.600 millones.

Modificadas según las proyecciones de varios analistas, las mismas cuentas dirían hoy: inflación del 26 al 27%; crecimiento entre 1,6 y 1,7%; déficit comercial de U$S 9.960 millones. Según se ve, lo que no duplica la hipótesis oficial es la mitad de la hipótesis oficial, o sea, todo al revés. Y por lo que toca al precio del dólar, prefieren decir que continúa en la zona de los 25 pesos.

Es cierto que desde septiembre del año pasado, cuando se presentó el Presupuesto, el cuadro internacional antes propicio viró a hostil. Pero es igualmente cierto que algunas alteraciones venían anunciadas, que hubo errores notorios en las medidas que fueron tomándose y, como telón de fondo, una serie de desajustes macroeconómicos que son terreno fértil para los coletazos externos. En cualquier caso, las diferencias de cálculo respecto del punto de partida son enormes.

El déficit comercial acumulado en apenas dos años y todos sus implícitos revelan, justamente, que no falló una sola cosa sino que fallaron unas cuantas cosas juntas.

Dice un consultor con años de oficio: “Ahora el ajuste debe ser grande y deben acertar, porque equivocarse significará haber rifado una oportunidad para empezar a arreglar el desorden, más todos los costos asociados al ajuste mismo”.

Sigue: “Después de una devaluación como la que tuvimos, cuesta imaginar otra de la misma magnitud. Las devaluaciones potentes son siempre hijas de las crisis, y más vale que no tengamos otra crisis”. Aclaración al pie: el consultor no milita ni militó nunca dentro del bando de los ultra ortodoxos.

En línea con sus afirmaciones, podría añadirse que el acuerdo con el FMI permitiría ganar tiempo y tiempo bajo la forma de un paquete de US$ 30.000 millones de acceso inmediato. Un compás de espera, que según la apuesta del Gobierno, evitaría tocar las puertas de la banca internacional por unos años.

Solo que el tiempo tiene esa vieja costumbre de no ser infinito. Además, el préstamo stand-by puede venir con una tasa baja pero es condición necesaria cumplir las metas, porque de lo contrario se cae.

Existe un dato si se quiere favorable, mientras el convenio se cocina a todo vapor: al Fondo le sobra liquidez y precisa colocarla para justificar ante sus mandantes -EE.UU. y compañía- la enorme burocracia bien paga que mantiene. Pasa que como gran parte de los países emergentes han puesto sus cuentas fiscales en orden, se le ha achicado mucho la clientela; hoy tiene, entre otros, a Honduras, Guatemala, Kenia, Ghana y Burundi.

Ahí estará la Argentina. Pero así los desastres de otros sean pura verdad, asoman varias verdades más: que el macrismo hizo su aporte y que esto que le toca es intransferible.

 

 

Dólares escasos o, al fin, la falta de exportaciones competitivas

Se han perdido ventas hasta en los mercados más cercanos. Y las de otros países, también cercanos, crecieron al doble de las argentinas.

Precio del dólar. La devaluación del peso puede darle cierto aire a las cuentas externas.

La suba de las tasas de interés en Estados Unidos y de su correlato, el costo del crédito; la salida de capitales desde los países emergentes y el aumento del dólar en el mundo son problemas comunes para quienes deben enfrentarlos. Pero cuando van acoplados a serios desajustes económicos internos, arman un combo bien conocido aquí: en pocas palabras, se lo llama dependencia externa y vulnerabilidad ante cualquier sacudón internacional.

El saldo entre divisas que salen a chorros y divisas que entran en cuentagotas, o sea, la cuenta corriente, muestra crudamente dónde está parada la Argentina.

Siempre en dólares y según cifras de la Fundación Capital, el rojo saltó de 14.900 millones en 2016 a 30.792 millones en 2017 y escalaría a 31.263 millones en 2018. Se habrían acumulado así cerca de 77.000 millones en tres años, un agujero por cierto imbancable y que no puede seguir bancándose con deuda externa.

28 de Mayo de 2018

Por Alcadio Oña

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