TRUMP Y SUS CONTRADICCIONES NUCLEARES

¿Pueden los Estados Unidos exigir a otras naciones políticas de desnuclearización cuando ellos mismos impulsan la carrera armamentista nuclear?

El presidente de los Estados Unidos, Donald Trump, y la Primera Dama, Melania Trump, observan una bandera de su país (Reuters/Gonzalo Fuentes)

Irán y Corea del Norte han sido dos nombres con presencia simultánea en la oscilante política internacional de Donald Trump en las últimas semanas. Más allá del ser o no ser en la posible cita con el líder de Corea del Norte, esos dos países han puesto en evidencia una política norteamericana sobre armas nucleares salpicada de contradicciones. Con uno sí, con otro no y mientras tanto, casi sin que el mundo se dé cuenta, Estados Unidos incrementa su armamento nuclear con dispositivos más sofisticados y poderosos.

Lo que ha ocurrido en los días pasados ha abierto paso a un sendero peligroso, confuso y sembrador de inestabilidades. Para América Latina, que hace cincuenta años dijo que aquí las armas nucleares quedaban proscritas, no es tema menor ver cómo las negociaciones duras en el escenario internacional se están haciendo con el poder nuclear de por medio.

Al mismo tiempo que Trump se declaró partidario de iniciar negociaciones con Kim Jong-un, dio a conocer que rompía el acuerdo nuclear suscrito en 2015 con Irán y restableció “al máximo nivel” las sanciones contra el régimen iraní.

El líder norcoreano Kim Jong-sun se reunió el 31 de mayo con el ministro de relaciones exteriores de Rusia, Sergei Lavrov (Valery Sharifulin/TASS News Agency Pool Photo via AP)

Si bien recibió a los gobernantes de Francia y Alemania –y con gran pompa, especialmente al primero– no estuvo dispuesto a hacerles caso. Aquel pacto con Irán, también suscrito con la participación de China, Rusia y el Reino Unido, había congelado al menos por diez años el programa nuclear iraní y su acceso a la bomba atómica. En las negociaciones en Viena, los representantes de Irán aceptaron sentarse a la mesa en medio de sanciones económicas que les sofocaban duramente.

Las cosas con Corea del Norte han estado en la cuerda floja y el devenir futuro entre Pyongyang y Washington es impredecible. Pero lo importante es ver las tácticas pre definidas por Trump, para actuar como quien ve al mundo como una mesa de póker.

Por una parte, le dijo a Corea del Norte: “Ahora que ya usted es potencia nuclear, estoy disponible para ver cómo resolvemos los temas a futuro”. Por otro lado le dijo a Irán, “con usted rompo los acuerdos y lo voy a enfrentar con máxima dureza”.

Los costos de esta última decisión son múltiples: desata un conflicto de magnitud desconocida en Oriente próximo; reaparece el peligro de las armas nucleares como recurso latente en esa región; hace saltar por los aires la relación transatlántica que deja descolocados al Reino Unido, Francia y Alemania.

Es difícil de comprender este doble estándar planteado por el mandatario norteamericano. Pero mucho más difícil es comprender que ello ocurra mientras el Pentágono pone en marcha los planes para construir armamento nuclear más moderno y más sofisticado: bombas más pequeñas que las conocidas, pero adecuadas para ataques nucleares rigurosamente focalizados.

Ya en febrero se dio a conocer un informe con el nuevo plan aprobado por Donald Trump para modernizar el arsenal nuclear estadounidense, con una inversión de 1,2 mil millones de dólares en los próximos 30 años.

Esta foto dio vuelta el mundo, cuando legisladores iraníes quemaron una bandera estadounidense, luego de que Trump rompiera el pacto nuclear con ese país (AP).

Los estrategas dicen que Estados Unidos tiene en sus manos armas muy poderosas, pero de tales dimensiones que no cabe considerarlas armas disuasivas.

El propósito del nuevo plan es disponer de armas atómicas que permitan atacar objetivos precisos –los llaman “guerra nuclear limitada”- en países señalados como amenazas potenciales.

Estas bombas serían, según se informa, más devastadoras en cuanto a su potencia que las arrojadas en 1945 en Hiroshima y Nagasaki. En otras palabras, lo que el Pentágono anuncia es el propósito de mantener y expandir su arsenal nuclear, al mismo tiempo que exigen a otros que no pueden entrar en una carrera nuclear.

Lo que está sucediendo es la ruptura del tratado de no proliferación nuclear de 1970, firmado en medio de la Guerra Fría por Estados Unidos y la Unión Soviética.

Allí se reconoció el derecho a cinco países, vencedores de la Segunda Guerra Mundial a tener el monopolio nuclear: las dos superpotencias más China, Reino Unido y Francia. En virtud de ese acuerdo se estableció que ningún otro país podía tener acceso al desarrollo de armamentos nucleares.

Por cierto, países que ya estaban en posesión de la bomba atómica o que iban en camino de poseerla no suscribieron ese tratado. Fue el caso de la India, Pakistán e Israel, entre otros. Libia había avanzado en ello, pero decidió suspender sus proyectos y entregar los secretos que ya poseía, porque Gaddafi pensó que con ello terminaría con los bloqueos que le sofocaban.

No hubo tal y murió aplastado por la intervención de la OTAN y los rebeldes, mientras Libia es hoy un territorio arrasado. Por eso, Kim Jong-un se indignó cuando el Consejero de Seguridad, el duro John Bolton, dijo que con Corea del Norte cabía aplicar la fórmula Libia.

Son estas contradicciones las que hacen tan difícil la gobernanza en el mundo de hoy. ¿Puede Estados Unidos exigir políticas de desnuclearización cuando en su propio país continúa la carrera armamentista nuclear?

Trump consolida su “America First” como eje de inestabilidad mundial. Suena complejo, pero de una u otra manera, estos temas estarán presentes en la próxima Cumbre del G20, en Argentina. Determinan el clima de diálogo. La economía avanza mejor en tiempos de consensos mayores, no de confrontaciones extremas y amenazas.

* Ricardo Lagos es ex presidente de Chile

 

Clarín,

3 de Junio de 2018

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