AL FONDO CON LA ECONOMÍA DADA VUELTA Por Alcadio Oña

En cinco meses las grandes variables quedaron patas para arriba.

El Relevamiento de Expectativas de Mercado (REM) es un termómetro basado en estimaciones de analistas nacionales y extranjeros que el Banco Central utiliza para medir la temperatura de la economía. Siempre son cifras, solo que del contraste entre dos informes muy recientes surge un muestrario de cómo, en apenas cinco meses, las grandes variables quedaron patas para arriba y, por lo mismo, deja al descubierto errores e imprevisión en las decisiones del Gobierno.

Dentro de este universo trastocado, aquello que iba a bajar o debía bajar subirá a cerca del doble; lo que se imaginaba un crecimiento respetable será un crecimiento muy magro, si no retroceso; un precio que se suponía más o menos contenido terminó disparándose y otro, que era imprescindible reducir, superará en 35% al cálculo original.

Cosas así aparecen al cruzar las hipótesis que los especialistas manejaban a fines de 2017 con las de fines de mayo pasado. Cuentan, ordenadas según las fechas: ○ Inflación anual: 17,4% contra 27,1%, o sea, diez puntos porcentuales mayor. Para este junio, el índice que marcaba 1,2% ahora dice 2,4% y recién 1,5% en noviembre.

Sostenía el Banco Central con los datos de fines del año pasado a mano que “la trayectoria desinflacionaria continuará en los próximos dos años”. Tras el impacto que atribuyó a la devaluación, dejó de hablar de dos años y pasó a hablar de “los próximos años”. Ninguna casualidad: el calendario viró a difuso y desapareció cualquier precisión.

○ Sobre el crecimiento de la economía, el contraste dice: 3,2% versus 1,3%, esto es, menos de la mitad o cerca de cero calculado por habitante. Todo, más un segundo y un tercer trimestres de caídas; sin vueltas, recesión.

○ Precio del dólar para finales de diciembre: 20,40 pesos contra 27,40, o sea, una diferencia del 34%. Lo único que ahí quedó en pie fueron los decimales.

○ Tasa de interés del BCRA para finales de diciembre: 22,25% contra 30%. Brecha de casi 8 puntos porcentuales o muy próxima al 35% y altísimo costo del crédito.

Basta repasar el Presupuesto Nacional de 2018 para advertir que las pautas de entonces, las mismas que se usan en el REM, también quedaron patas para arriba. Nada de lo que pasó después había sido previsto por los funcionarios, y mucho menos que la dinámica de algunas variables -concretamente, la devaluación- se les caería encima.

Con este cuadro semejante a un queso gruyer entró el Gobierno a la negociación con el Fondo Monetario. Y ya puede anticiparse que, aunque sea transitoriamente, en un punto el enorme ajuste que la Casa Rosada comprometió empeorará el cuadro.

Frenar obras públicas que antes de ahora venían en picada implicará pegarle de lleno a la construcción, a uno de los pocos motores que empujaban la actividad económica. Decisión cantada, la onda expansiva caerá sobre provincias y municipios de los colores políticos más diversos.

Pronto, cuando empiece a conocerse qué hay debajo de los títulos del acuerdo, se sabrá además qué significa de verdad recortar el déficit fiscal del 2,7% al 1,3% del PBI en 2019, o pasar del 3,2 al 1,3% en sólo dos años. Y si los porcentajes dicen menos que poco, la plata en juego lo dice todo: traducido a dólares de hoy, el saque ronda US$ 12.000 millones. Esto es, tres veces el presupuesto asignado a salud y diez veces el de vivienda y urbanismo.

Todo el mundo tiene claro, al menos el mundo que mira a la Argentina y actúa según cómo le vaya a la Argentina, que el arreglo con el FMI fue apurado por la fragilidad de las cuentas externas. Por la dependencia extrema de los dólares que la economía consume sin generarlos y por la imperiosa necesidad de bancar la deuda y los intereses de la deuda.

Según números de la consultora LCG previos al convenio, el saldo entero del sector externo, la llamada cuenta corriente o el balance entre divisas que entran y divisas que salen, arrojaría este año un rojo de US$ 27.400 millones. Nada más y nada menos.

Quizás las cifras cambien o quizás no cambien demasiado, pero aun así sigue firme lo que llevan adentro: llevan déficit comercial y de servicios; transferencias de utilidades empresarias; compras de particulares y, sobre todo, muchísimo pago de intereses. De un modo u otro, se trata de pérdida o fuga de dólares valiosos para el país.

Para mayor abundancia: un estudio de especialistas publicado en el BID plantea que cuando el desequilibrio de la cuenta corriente supera el 4% del PBI, se está ingresando en zona de riesgo. El estimado por LCG señala 4,7%, un déficit que pasa de largo al peor de la convertibilidad que obviamente era malo.

Puesto en limpio, el panorama a la vista se llama vulnerabilidad. Vulnerabilidad ante cualquiera de esas contingencias externas que vienen en seguidilla y, añadidas, las turbulencias propias, aquellas que son generadas aquí mismo. Con dosis de ambas cosas, Brasil ha vuelto a padecerlas.

Casi ni hace falta explicar a esta altura por qué el Gobierno celebra los monumentales US$ 50.000 millones del Fondo Monetario; especialmente los alrededor de 15.000 millones que girará pronto. Porque representan financiamiento y desahogo grandes, cuando se ha cerrado el crédito internacional y urge encontrarle una salida al laberinto antes de quedar perdidos definitivamente en el laberinto.

Son dólares y tiempo para enderezar el barco, solo que sirven en tanto y en cuanto comiencen ser resueltos los problemas estructurales que atenazan la economía.

Es cierto que en algún sentido la devaluación saca un obstáculo del horizonte, tan cierto como lo es que en otros sentidos ya lo oscurece. Empezando por el fuerte impacto sobre los precios, la caída del salario real y las demandas gremiales que van enganchadas.

“Pero dado que lo hecho hecho está, ahora es imprescindible preservar la ganancia cambiaria”, dice gran parte de los economistas.

¿Y que significa preservar la ganancia cambiaria? Sencilla o no tan sencillamente, que en adelante el dólar acompañe a la inflación.

Decir eso equivale a decir por ejemplo que si de aquí a fin de año el índice de precios sube 15%, un 15% debiera subir el dólar. Lo mejor sería achicar la variable precios, si fuese posible: en el medio del camino pesarán los aumentos de tarifas, ahora de una magnitud tal vez mayor a la prevista antes del acuerdo con el FMI; pesarán sus coletazos y su correlato, el irrenunciable recorte de los subsidios.

Por lo general un tipo de cambio más o menos alto apuntala las exportaciones, pero en el por lo general suelen encontrarse excepciones y una de ellas asoma clarísima en la economía argentina. Tiene entre otras, la forma de transporte caro e ineficiente; de déficits en puertos y pasos fronterizos; de trámites burocráticos interminables y, al fin, de una presión impositiva elevada.

Es finalmente un combo de costos transformado en pérdida de competitividad de la producción nacional, donde el tipo de cambio solo ayuda poco.

Y si por ese lado el dólar no hará un gran aporte a las cuentas externas, sí lo hará el golpe a las importaciones. Saldrá de un mix muy variado: precios internos altos; consumo sacudido por los menores ingresos y por la situación laboral y economía en retroceso.

De cualquier manera, las importaciones no pueden ser racionadas y menos cortadas porque ahí mismo se cortan bienes e insumos esenciales para los procesos productivos. Tampoco puede cerrarse la canilla de las compras energéticas. El resultado sería que termina parándose la economía.

Las divisas y la dependencia externa afloran por donde se mire. Y si el acuerdo con el Fondo también sirve para ganar tiempo, más vale aprovechar ese tiempo en ir cerrando agujeros estructurales.

Se verá, andando, cuáles son sus costos y cómo son repartidos. No se trata sólo de los costos políticos, sino de aquellos que cargarán sobre quienes no toleran que se les cargue más de lo que ya llevan encima.

Clarín,

09 de Junio de 2018

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