¿POR QUÉ NUNCA LOGRAMOS TENER UN PLAN ESTRATÉGICO Y GENUINO DE DESARROLLO?

Hay que postergar las ambiciones individuales y tomar un camino hacia un progreso económico real, más allá de los partidos, siempre bloqueados por el deseo de poder.

Parece otro siglo, pero en enero de 2018 el ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne, y el secretario de Política Económica, Sebastián Galiani, anunciaban un “sobrecumplimiento” de las metas fiscales para el año (EFE/Ministerio de Hacienda).

Cuántas veces nos hemos preguntado por qué no existe un plan estratégico de desarrollo de nuestro país que oriente todas las políticas y le dé sentido a las decisiones de financiamiento.

El fracaso de las economías planificadas del comunismo y del socialismo ha convertido en vergonzante a todo pensamiento alternativo al neoliberal, aunque estuviese a favor de un sistema capitalista y de una organización política democrática y republicana. Un pensamiento que imagine modelos de crecimiento adaptados a nuestras potencialidades e integrado al mundo.

La política económica de las últimas décadas sólo ha profundizado la integración radial al sistema internacional de unos pocos sectores, cada vez más concentrados y autónomos de los gobiernos.

El ministro de Hacienda Nicolás Dujovne encabezaba en mayo de 2018 una reunión de coordinación del gabinete económico (Ministerio de Hacienda/telam/dpa).

Hacia adentro de nuestro país se cristalizaron dos sociedades: un sector pequeño que vive con estándares del primer mundo y otro cada vez más amplio que, a medida que se aleja de los beneficios colaterales del primero, por los servicios o productos vinculados a aquellos, se empobrece hasta las fronteras de la civilización.

Los gobiernos, con mayor o menor convicción, en sus tres niveles, nacional, provincial y municipal, reemplazan los empleos que no genera la economía por empleo público pero para quienes están cerca del poder. El resto va cayendo a la economía informal o se pauperiza.

Mientras esto pasa, los economistas en cadena recitan todos los enunciados “aprobados” de la macroeconomía, que sólo ve al país con desequilibrio fiscal o monetario, con endeudamiento o despegado del mundo, sea por retraso cambiario o restricción de divisas en los cada vez más reducidos ámbitos en los que opera. Lo que ninguno dice (¿o no sabe?) es cómo generar un crecimiento inteligente y sostenido de la economía real, esa que produce y vende, que compite y genera empleos genuinos, que requiere incentivos de políticas, porque ese pensamiento parece vedado por la Academia. ¿También por la política?

A esta altura del estancamiento crónico, cuando no queda margen de acción que no genere conflictividad, el sentido común nos dice que estamos obligados a pensar un camino de crecimiento, una planificación estratégica donde aparezca el país real, sus miserias y potencialidades.

Cuánto creceríamos si tuviéramos la capacidad de debatir entre multiplicidad de actores informados e inspirados en la búsqueda del bien común, una construcción del lugar al que queremos llegar, el cómo y en qué condiciones.

Seguramente y por mucho tiempo, una parte de nuestra sociedad tendría que llevar una vida menos glamorosa, menos internacional y de mayor productividad y ahorro. Seguramente que por hacer rutas, vías, sanear los ríos, urbanizar villas, quedaría postergada la estética de nuestras ciudades.

Por impulsar sectores económicos nuevos, vincularlos al sistema científico tecnológico, otros perderán sus beneficios. Por controlar los gastos y la eficiencia de la inversión pública habrá ruido en las calles. Es duro perder la libertad de ejecutar presupuestos públicos sin control y que te corten beneficios injustos. ¡Pero cuánto nos aproximaría a una sociedad madura, justa y confiable!

Sólo necesitamos la verdad para conocer, estudiar, elegir y acordar el camino, un gobierno que lo organice y la voluntad de hacerlo a costa de postergar la satisfacción de nuestros intereses particulares.

Creo que esa potencialidad, que es puramente política en el más alto sentido, está en muchos actores de nuestra sociedad y no en el sistema de partidos, bloqueado por el deseo de poder.

Seguramente, luego permearía la acción de los políticos profesionales, y eso será bueno, pero queda claro que hoy no nacerá de ellos.

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