ACUARELAS PORTEÑAS

 

La Plaza del Congreso dividida de verde y celeste

Quizá porque está en entredicho aquello intangible que nos lleva a ser, aquellos hipotéticos 21 gramos que se escapan a la ciencia y a las fe cuando abandonamos la vida, la cuestión de la legalización del aborto ha ocupado un espacio infrecuente en el imaginario colectivo.

Desde marzo, cuando en la apertura de las sesiones legislativas esta problemática fue instalada en la agenda pública por el presidente Macri, ante la sorpresa de la mayoría del arco político, incluso dentro de la propia coalición gobernante. Los sectores vinculados al activismo feminista rápidamente lo tomaron como una cuestión clave, ya que forma parte de reivindicaciones históricas.

También la Iglesia y otros sectores sociales involucrados reaccionaron con prontitud, en defensa de principios que se consideran inherentes no solo al culto, sino a las modalidades de convivencia. Durante tres meses, hubo pronunciamientos de toda índole, tanto en favor como adversos. Muchos de ellos teñidos de una clara intencionalidad política o ideológica, que en todo caso no los hacen necesariamente menos valiosos.

Pero más allá de esto, en los económicamente agitados días de otoño, la polémica comenzó a trascender en las calles, y se podía advertir la ambivalencia de una sociedad interpelada, donde mujeres y hombres comenzaron a reflexionar seriamente sobre el valor de la vida.

Uno de los argumentos utilizados incluso por funcionarios y académicos, fueron las alarmantes estadísticas basadas en cifras extraídas informalmente de los hospitales porteños. Esto puede atribuirse a factores que cuando menos, enturbian la situación.

EL PROTOCOLO
Cabe recordar que fue durante el mandato como jefe de Gobierno de la ciudad del actual primer mandatario, que se instauró el protocolo para las prácticas abortivas en el ámbito porteño. Ya en aquel tiempo hubo reyertas con las autoridades eclesiáticas, ahora ecuménicas, vinculadas a la objeción de conciencia y la oferta pública sobre la que poco se reglamentó, permitiendo la continuidad de prácticas clandestinas, inseguras y a menudo nocivas.
La ausencia de cifras homologadas que sustenten las posiciones no hace más que hablar de una hipocresía que ha sobrevolado desde siempre el ámbito de los seguidores de Hipócrates y sus auxiliares.
Enhorabuena entonces el debate y las diferencias explícitas, que continuarán más allá de la sanción definitiva de una normativa específica al respecto. Porque se habla aquí de una cuestión que también abarca a la salud pública en su conjunto.
Y más aún, sobre las estratégias demográficas que parecen ausentes en todos los discursos de aquellos que vivimos sobre el octavo país del mundo en cuanto a superficie, con uno de los menores porcentajes en densidad habitacional respecto al territorio del orbe.

RESPETO MUTUO
Es oportuno que la mayor ciudad del país haya sido escenario, no casualmente, de la revalorización de disponer de las mejores condiciones para que las mujeres embarazadas puedan continuar o interrumpir la gestación. Asimismo, de la necesidad de lograr mayor nivel y compromiso en la educación sobre sexualidad que implique, además, un respeto mutuo que parece escaparse en las relaciones cotidianas. Pero también hacer que desde el Estado se cumplan todas las reglas al respecto. Esto implica además de lo referente a la salud pública y obras sociales sindicales o mutuales, que las empresas de medicina acaten las disposiciones y respondan adecuadamente a los requerimientos en todos los casos, algo que aún hoy es motivo de litigios. Naturalmente implica también una infraestructura hacia la niñez y adolescencia de la que hoy se carece, cambios en el régimen de adopciones y de menores judicializados, que dejaremos para otro análisis.
No se trata, como ya se ha dicho, de promover el aborto, sino todo lo contrario. Llegar a concebir con plena conciencia de hacerlo. Saber qué perdemos todos cuando ello se interrumpe. Preparar el alma y el cuerpo para un destino desangelado. Y poder decir a tiempo, como Bartebly, aquel recordado personaje literario de Herman Melville: “Preferiría no hacerlo”.

Por Jorge Augusto Avila

La Prensa,

15 de Junio de2018

 

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