GOBIERNO DE BERNARDINO RIVADAVIA

Bernardino Rivadavia (1780-1845)

 Rivadavia, durante su gobierno delegado de 1821 a 1824 y su mandato presidencial de 1826 y 1827, había prescindido totalmente del pueblo urbano y del campesinado. Se le puede definir como el padre de la oligarquía opresora de las clases inferiores desde los primeros días posteriores a la Revolución de Mayo, cuando era el hombre fuerte del Primer Triunvirato en 1811 y 1812, llamado el triunvirato perpetuo. Es el patriarca del liberalismo argentino.

Rosas abominaba de los unitarios como odiaba al liberalismo, porque sus figuras prominentes eran masones, volterianos, racionalistas y europeizantes, que despreciaban a la plebe de la ciudad y a los gauchos de los campos. En su periódico El Tribuno, Dorrego los acusa a los “unitarios y demás del cónclave, iniciados en el Gran Oriente Argentino”, filial porteña de la masonería internacional, como individuos desquiciadores de la nacionalidad argentina.

“Rosas detesta a los unitarios –dice Gálvez- porque son solemnes y afectados, se expresan presuntuosamente y hablan de doctrinas políticas y filosóficas y de escritores extranjeros. Mientras él ve el mundo desde la tierra, desde la campaña argentina; ellos lo ven desde los libros, pensando en imitar a Europa. Rosas cree que esos hombres, desarraigados espiritualmente, hombres de salones o de bufetes, que sienten como extranjeros, son funestos”. “El federalismo –continúa dicho autor- representa entre nosotros el sentido de la realidad, la política vital, la adaptación del gobierno a nuestra idiosincrasia. El unitarismo representa, en cambio, lo ficticio, lo doctrinario”.

Por eso el ministro Julián de Agüero, pontífice del unitarismo, hubo de confesar que la única forma de hacer triunfar tales ideas sobre el pueblo criollo, era imponiendo la unidad a palos.

Rivadavia, aristócrata y enemigo de la plebe, gobierna para la clase dirigente, impone su reforma anticlerical, suprime conventos, se incauta de los bienes eclesiásticos, hiriendo de este modo el sentimiento religioso de la población. Insensible a nuestras realidades, pretende implantar en Buenos Aires, lo que ha visto en Europa. La logia, desde 1821 hasta 1830, fue la expresión de la burguesía pudiente e ilustrada porteña, liberal y anglófila, cuya cabeza pensante era Agüero. Desde 1810 todo se había hecho en nombre del pueblo, pero el pueblo nunca había contado para nada.

El historiador Vicente Fidel López, hijo de Vicente López y Planes dice que: “toda la obra de Rivadavia carece completamente de iniciativa original y propia, pues no pasa de ser una copia de las reformas realizadas en España por el ministro (masón) Floridablanca”. Lo llama luego: “Espíritu visionario e infatuado, que tronchó el lisonjero desarrollo con que el país marchaba, aplastando los gérmenes benéficos con el peso desgraciado de su influjo”. Fue, en toda su vida, un déspota ilustrado que pretendió borbonizar a la República.

“Quiso echárselas de pontífice –dice Juan Bautista Alberdi- y se olvidó que era un laico. Quiso ser el gran organizador de la República y organizó el desquicio de su gobierno. Mejoró la superficie pero empeoró el fondo”. “El ansia de conservarse en el poder –ha dicho Bartolomé Mitre, su hijo espiritual, sucesor suyo a su muerte en la jefatura del liberalismo argentino- comprometió el honor nacional”.

Pérdida de la Banda Oriental

El desastre financiero del gobierno de Rivadavia era desconcertante y su política suicida hacía tambalear al poder presidencial; pero la camarilla que lo rodeaba, prefirió perder los derechos inherentes a la guerra victoriosa del Brasil con los sonados triunfos navales del almirante Guillermo Brown, coronados con la batalla del Juncal del 9 de febrero de 1827, y los militares del general Alvear, sellados pocos días después en la batalla de Ituzaingó del 20 de febrero de 1827; antes que consentir que el poder se les escapara de las manos. Y así, el ministro Manuel José García, pactó la traición de una paz vergonzosa, por la cual “se entregaba al Brasil la provincia argentina del Uruguay, y a Gran Bretaña el control del Río de la Plata”; porque Rivadavia había dicho a su embajador plenipotenciario que “la paz había que firmarla a cualquier precio”.

Vencedores en la guerra, admitimos una paz de derrota. En Buenos Aires se apedrean las casas del presidente Rivadavia y de su ministro García y se profieren mueras a los traidores. Era incontenible el furor popular, y Rivadavia debió renunciar el 27 de junio de 1827 y retirarse para siempre de la Argentina. El congreso nacional aceptó su renuncia “como ventajosa a la salvación de la Patria”. (1)

La política unitaria, cuyo colapso se produjo con la caída de Rivadavia, había provocado una reacción federal virulenta en la campaña de Buenos Aires y en las demás provincias. Los hacendados porteños robustecen al partido federal que aparece poderoso, tanto en la clase dirigente que encabezan los Dorrego, los Anchorena, los Lezica, los Terrero, Manuel Hermenegildo Aguirre, Felipe Arana, Victor García de Zúñiga, etc… como “en las masas de las campañas y en la plebe de la ciudad”, según expresión del historiador Vicente Fidel López.

Críticas de San Martín

San Martín, en sendas cartas a O’Higgins del 20 de octubre de 1827, a Guido del 27 de abril de 1829 y al chileno Polenzuelos del 22 de agosto de 1842, enjuicia a Rivadavia en la siguiente forma: “Ya habrá sabido Usted la renuncia de Rivadavia. Su administración ha sido desastrosa y sólo ha contribuido a dividir los ánimos. Me cercó de espías y mi correspondencia era abierta con grosería. El me ha hecho una guerra de zapa sin otro objeto que minar mi opinión (prestidio)….. Yo he despreciado tanto sus groseras imposturas como su innoble persona…. En mayo de 1823, cuando resolví venir a Buenos Aires, (desde Mendoza), para dar el último adiós a mi mujer, se apostaron partidas en el camino para prenderme como a un facineroso”. Por tal causa, el libertador San Martín sólo pudo viajar en diciembre, cuando ya hacía cuatro meses que había fallecido su esposa, o sea, el 3 de agosto de ese año. “Sería cosa de nunca acabar, si se enumerasen las locuras de aquel visionario –dice San Martín- creyendo improvisar en Buenos Aires la civilización europea con sólo los decretos con que diariamente llenaba lo que se llama archivo oficial”.(2)

Estanislao López fue quien avisó a San Martín que, a su llegada a Buenos Aires, sería detenido y juzgado por haber desobedecido, “haciendo la gloriosa campaña de Chile, al no invadir a Santa Fe y (al realizar) la expedición libertadora del Perú; pero, con sólo avisarle, estaría con la provincia en masa a esperarlo en la posta de El Desmochado (cerca de Casilda), para llevarlo en triunfo a la plaza de la provincia”.(3)

La Ley de Capitalización de la ciudad, decretada por Rivadavia el 4 de marzo de 1826, con la federalización de una gran parte de la provincia, cuyo perímetro propuesto se extendería por el Río de la Reconquista y el partido de La Matanza hasta la Ensenada de Barragán, sublevó a los porteños. El 12 de setiembre presentó otro proyecto en que se dividía el resto de la provincia en dos provincias nuevas: al norte la el Paraná con capital en San Nicolás, y al sur la del Salado con capital en Chascomús. Los comentarios eran que de esta manera se tendía a dividir enteramente los intereses y sentimientos de los habitantes de la capital de los de la campaña, y los de ésta entre sí. Además se fortalecía el grupo unitario y logista, que era en su mayoría, urbano: comerciantes, doctores y funcionarios. La provocación partió de la ciudad contra la campaña. La reacción consiguiente contra el grupo rivadaviano fue enorme. “Rivadavia –en sus dos gobiernos de 1821 a 1824, como ministro y gobernador delegado, y de 1826 y 1827, como presidente- había herido dos puntos sustanciales del alma popular: el amor del porteño a su provincia y el sentimiento religioso que dominaba en la sociedad. La federalización de Buenos Aires y la capitalización de la ciudad sublevaron a los porteños”.(4)

Rosas en prisión

Rosas organiza en toda la provincia una protesta general contra la política unitaria, recogiendo firmas para presentar al congreso nacional; y, al presidir una pueblada en Chascomús, lo pusieron en prisión. El pueblo exige su libertad y Rivadavia tuvo que decretarla. El general Eustaquio Díaz Vélez, Rosas, Terrero y Nicolás de Anchorena recogieron cerca de setecientas firmas contra el proyecto. El grupo federalista de la oposición, en el congreso y fuera de él, dirigido por el coronel Dorrego, se vio incrementado, desde ese momento, por numerosos hacendados e ilustres personajes pertenecientes a las familias patricias de la ciudad. El clero también se incorporó en masa a las filas federales, Juan José de Anchorena se escribía a Rosas desde la ciudad: “(Estos hombres), después de haber capitalizado a Buenos Aires y haberla postrado a sus pies, dejándola sin ser político, no contentos todavía, quieren meterle el puñal y descuartizarla”.

En las provincias la opción contra los unitarios fue formidable. Se agrupó en torno de la bandera que enarbolaron los caudillos en defensa de las autonomías provinciales amenazadas y de la Religión Católica agredida: Ibarra en Santiago, Bustos en Córdoba, Quiroga en La Rioja, López en Santa Fe. Lamadrid, que había ido a Tucumán por orden del gobernador Las Heras para movilizar tropas para la guerra con el Brasil, había aprovechado su situación para levantarse con el ejército nacional y proclamarse gobernador, el 15 de noviembre de 1825; y se había unido con el general Juan Antonio Alvarez de Arenales, gobernador unitario de Salta; pero ambos debieron huir a Bolivia, al ser vencidos por Quiroga en la batalla del Tala, el 27 de octubre de 1826. Quiroga lucha contra los rebeldes, por orden de Las Heras, en nombre del poder ejecutivo nacional y del congreso. Las Heras llamará escándalo y funesto ejemplo la actitud de Lamadrid; manera alevosa de desatar la guerra civil en vísperas de una guerra internacional.

Quiroga continúa, luego, luchando contra la nacionalización de las tierras, hipotecadas como garantía de deudas foráneas; contra la sorpresiva designación de Rivadavia, como presidente de una república, cuya instalación nadie había pedido ni a nadie se había consultado para hacerla, en flagrante transgresión de la Ley Fundamental del 23 de enero de 1825; contra la política antirreligiosa de los rivadavianos, enarbolando su estandarte Religión o Muerte; y contra una Constitución unitarista y aristocrática, que no consultaba el sentimiento popular argentino. La junta de Santa Fe votó, el 19 de enero de 1827, “la inadmisibilidad del Código (o Constitución) del 24 de diciembre de 1826 por estar fundado en la forma de unidad, que es contraria al voto de esta provincia, y no presenta la menor garantía a la libertad, inmunidad y pureza de la Religión Católica, Apostólica, Romana, única verdadera”.

Batalla del Rincón de Valladares

La victoria total contra los que apoyaban en las provincias la política rivadaviana la obtendrá Quiroga en la batalla del Rincón de Valladares, el 6 de abril de 1827. Juan Facundo Quiroga, el Tigre de los Llanos, aparece entonces como el héroe de los vencedores federales provincianos contra los unitarios rivadavianos. Nacido en La Rioja en 1788, hijo del capitán de milicias José Prudencio Quiroga, fue arriero de las tropas de ganado de su padre, recorriendo las provincias mediterráneas, que conocía palmo a palmo, cual astuto baqueano. Se alistó en el ejército de San Martín; y el gobierno nacional lo honró incluyéndolo, en la Gaceta de Buenos Aires del 31 de enero de 1818, como “Benemérito de la Patria, para satisfacción de sus conciudadanos, en la lista de los patriotas que habían auxiliado al ejército, y a quienes se les daba las más expresivas gracias en nombre de la superioridad por sus recomendables servicios prestados”.

El 2 de febrero de 1816 había sustituido a su padre como capitán de milicias de La Rioja; en 1817 se había distinguido por su cooperación en apoyo de la campaña libertadora de San Martín en su expedición a Chile y en la ayuda prestada al ejército del Alto Perú; el mismo día de 1818, en que fue elogiado en la Gaceta, se hace cargo de la comandancia general de los Llanos; y, en 1820, San Juan, San Luis y Mendoza lo felicitan como salvador de Cuyo y de La Rioja contra las maquinaciones de Carrera y sus cómplices andinos.

En San Luis, el 8 de febrero de 1819, ayudó al gobernador Vicente Dupuy a sofocar la sublevación de los jefes realistas amotinados, allí recluidos como prisioneros de guerra desde las victorias de San Martín en Chacabuco y Maipú. La actitud de Quiroga, en defensa del orden y de las autoridades patriotas, le valió una medalla, acordada por el director supremo de las Provincias Unidas, Juan Martín de Pueyrredón. Luego se impone como Señor de los Llanos en La Rioja. Durante su hegemonía en la región andina le llega el consejo de San Martín, que lo exhorta a la paz por el bien de la provincia. Diciéndole: “Se que es usted buen patriota y un hombre de coraje. Estas dos circunstancias me han decidido a escribirle lleno de confianza”.

El magnánimo Quiroga

Como fue magnánimo con los prisioneros en Tucumán, Salta, Catamarca, Santiago del Estero, La Rioja, Córdoba, San Juan, San Luis y Mendoza, después de los combates, comportándose con hidalguía caballeresca , San Martín lo felicita: “He apreciado y aprecio a usted por su patriotismo y buen modo de conducirse y porque usted me ha manifestado una completa deferencia a la parte que, como simple particular, tomé en las desavenencias de La Rioja”.(5)

También el prócer Pedro Ignacio de Castro Barros, congresista de Tucumán y presidente en la sesión del 3 de mayo de 1816, que eligió a Pueyrredón como director supremo, y signatario del acta de la Independencia del 9 de julio, lo felicita y le presta toda su adhesión, como rector de la universidad de Córdoba, cuando enarbola la bandera de la reacción federal, nacional y popular contra Rivadavia, diciéndole: “El gobierno de Buenos Aires, o más bien Rivadavia, se empeña en arruinar el estado eclesiástico y nuestra santa Religión, y yo estoy dispuesto a morir en esta defensa”.

El historiador Vicente Fidel López, que lo conoció de cerca, pudo escribir: “Quiroga no cometió jamás acto ninguno de traición ni de infidelidad o perfidia contra los intereses o contra los hombres con quienes se hubiera ligado. Amaba y respetaba a su mujer, amaba a sus hijos, de quienes se puede decir que fueron todos ellos laboriosos ciudadanos, los varones; y excelentes madres de familia, las mujeres”.

Lamadrid, herido y enfermo, vuelve de Bolivia a Salta, y solicita a Quiroga pasar a Buenos Aires para curarse. Quiroga, entonces, “temeroso de un contraste, que no está en mis manos evitarlo; pues, que deseando servirlo con la mayor eficacia, tal vez quedaría mal”; le adjunta en su misiva un salvoconducto para Tucumán, Santiago del Estero, Córdoba y Santa Fe; “para que le presten todas las consideraciones y asistencia que le son debidas como a un antiguo defensor de la patria”.(6)

Rosas, amigo y compadre de Lamadrid, intercede ante Quiroga, a pedido de los familiares, en estos términos: “El coronel Lamadrid desea venir al seno de su familia… El es mi compadre y un amigo antiguo, y yo no me desentenderé nunca de los buenos oficios que debo a mis amigos en desgracia (Aquí, en Buenos Aires, no podrá ser perjudicial). Ruego a usted que se sirva prestarse por su parte a la súplica que le hago, y le aseguro que siempre me hallará pronto a comprobar lo que sinceramente le he ofrecido: ser su afectísimo amigo, Juan Manuel de Rosas”. Tal pedido y la actitud favorable de Quiroga iniciaron la vinculación y sellaron la amistad entre Juan Facundo y Juan Manuel. Dice Carlos Ibarguren: “Ambos profesaban, como intérpretes del alma campesina, el mismo sentimiento de protesta contra la dominación de la ciudad ejercida por los unitarios y por la política de Rivadavia”.

Constitución unitaria de 1826

Rivadavia, durante su presidencia, trataba a las provincias y a sus gobernadores como si fueran sus empleados. La oposición de las provincias no se hizo esperar, y estalló cuando el congreso nacional sancionó la constitución unitaria del 24 de diciembre de 1826. El rechazo de tal constitución y el levantamiento de las provincias contra tal política, trajo como consecuencia la caída de Rivadavia y la disolución del gobierno nacional. La Rioja, a fines de setiembre de 1826, resuelve no reconocer como presidente de la república a Rivadavia ni las leyes que dicte el congreso, y declara: “la guerra a toda provincia o individuo en particular que atentase contra nuestra religión católica, apostólica, romana”. Consecuencia lógica del anticlericalismo de los unitarios, de su doctrinarismo político y de su desconocimiento de nuestras realidades.

Quiroga, en ese momento de nuestra historia, es el héroe del federalismo. Se ha levantado en armas en La Rioja, ha invadido a Catamarca y derrocado a sus autoridades. Lleva en sus banderas el tema Religión o Muerte. Ya el 19 de marzo de 1823, en la revolución contra los atropellos de Rivadavia, tropas al mando de varios coroneles habían entrado en la plaza de la Victoria al grito de ¡Viva la revolución, mueran los herejes! El tema también significaba la lucha contra los gringos (ingleses) y los masones, cuya manifestación visible eran los protestantes y los volterianos.

Quiroga marcha hacia Tucumán. El 27 de octubre de 1826 – según se dijo- derrota al gobernador unitario Lamadrid, quien meses antes había derrocado a las autoridades legítimas. Quiroga se dirige luego hacia San Juan y Mendoza, cuyos gobiernos depone. En pocos meses el Tigre de los Llanos domina La Rioja, Tucumán, Santiago del Estero, Córdoba, San Juan, Mendoza y San Luis con su triunfo definitivo del Rincón de Valladares del 6 de abril de 1827.

“El Quiroga de Sarmiento –dice Lucio V. Mansilla- es un Quiroga a lo Alejandro Dumas, convirtiendo la historia en leyenda. El mismo día en que derrotó a Lamadrid a las puertas de Tucumán, se presentó en casa de la esposa de éste y le dijo: No llore Usted. En la puerta de su casa hay un carruaje, una pequeña escolta y aquí está este dinero. Váyase Usted a encontrar a su marido que, derrotado, huye en dirección a Salta. Cuando Usted lo alcance le dirá que así se debe tratar a las mujeres de los enemigos; que ellas no tienen la culpa de los caprichos de sus maridos”. Quiroga aludía a los malos tratamientos habidos con familias de su partido y a lo que Lamadrid haría con su madre septuagenaria en La Rioja, humillándola hasta el extremo de atarle una cadena al cuello y hacerle barrer la plaza de la ciudad.(7)

José Manuel Estrada, a pesar de haber sido educado en el unitarismo, afirmó con respecto a la constitución de 1826: “La constitución era contraindicada, destinada a perecer mortalmente porque era antipática para las muchedumbres y mala en sí misma”.

“Es que en el unitarismo –decía Manuel Gálvez- hay algo de importado. Procede un poco de Rousseau y otro poco de los afrancesados liberales españoles del siglo XVIII. Consideran a las provincias como regiones semibárbaras, cuyas poblaciones son míseras rancherías. Ellos, los porteños, se creen más inteligentes y más cultos que los demás argentinos. Por esto están convencidos que sólo ellos pueden gobernar al país. El federalismo ha sido en las provincias una reacción espontánea y vernácula contra el porteñismo absorbente y extranjerizo, y en la de Buenos Aires, una reacción de los hombres de la campaña. Sus anhelos han surgido desde el fondo de la tierra y de la raza. El federalismo se confunde con la democracia, es el espíritu de la tierra, es la religión de la raza”.

García y Rivadavia abogados de los intereses británicos

Los ministros García y Rivadavia fueron los mejores abogados de los intereses comerciales y financieros con que contaron los británicos en la Argentina, precursores del equipo entreguista posterior a la caída de Rosas. La deuda nacional, en 1821, era de dos millones de pesos; al fin de 1826 era de cuatro millones. Al caer Rivadavia, en julio de 1827, ascendía a trece millones. ¡Y quería remitir veinte millones para sostener en el gobierno a los liberales de España!. El Banco de Descuentos o Banco de Buenos Aires, fundado por Rivadavia el 22 de junio de 1822, fue puesto en manos de los extranjeros ingleses y “ninguno de los fines que se habían propuesto con su creación fueron logrados; desalentó la producción y debilitó el sistema monetario… El Banco Nacional, del 26 de enero de 1826, se creó tras la bancarrota del Banco de Descuentos”. Esta nueva creación de Rivadavia sólo favoreció –según lo afirmó en el seno del congreso general constituyente de ese año el diputado por Mendoza, Miguel Villanueva- “a unos accionistas, que los más no son hijos del país ni tampoco existentes en él. Si el Banco de Descuentos ha faltado a sus compromisos, (tal quiebra o falencia no tiene que dar como) resultado la necesidad de que la nación tenga que comprar ese crédito tan caro, (de un 40% a beneficio de los ingleses que poseen los 2/3 de las acciones y que totalizan en el directorio más votos para las decisiones que el mismo gobierno)”. El ministro García confirmó este juicio manifestando en el recinto del Congreso: “La mayor parte de las acciones pertenecen a capitales muy distantes de este teatro, y no a los residentes aquí ni a los naturales del país”.

Después del Empréstito de la casa bancaria británica Baring Brothers, diligenciado por Rivadavia en 1824, y del tratado angloargentino del 2 de febrero de 1825, el comercio inglés con el Río de la Plata declinó, como consecuencia de la desvalorización de la moneda, saldo de la acción especuladora de los mercaderes británicos residentes y de sus compinches criollos, incluidos miembros del gobierno. Todo conducía al enfeudamiento del país a los intereses británicos. Se había creado el banco para atraer metálico a sus cajas y no se registraba entrada alguna. El empréstito del millón de libras esterlinas, de las cuales el gobierno recibiría a la postre –y a costa de angustiosos forcejeos- sólo setecientas mil, y que, deduciendo comisiones, servicios y amortizaciones adelantados, todo se redujo a quinientas sesenta mil al 6% de interés con la hipoteca de todos los bienes, rentas y tierras de la provincia de Buenos Aires y luego de la nación entera; y que –además, el97% fue entregado en documentos y sólo el 3% en metálico, concluyéndose de pagar recién en 1901 con un monto de quince millones- fue un negociado infame y escandaloso: una auténtica estafa.(8)

Por otra parte, el cónsul británico Woodbine Parish, en carta del 25 de abril de 1824, informaba al ministro inglés Jorge Canning: “(He obtenido de Rivadavia los siguientes datos): La mitad de la deuda pública del país, así como la mayor parte de las propiedades más valiosas del lugar, se encuentran en manos de los súbditos de Su Majestad, que aquí suman unos tres mil”.

Origen de la burguesía terrateniente argentina

Desde 1822 hasta 1826 Rivadavia, creador de la Ley de Enfiteusis, o alquiler de la tierra pública a largo plazo y mínima cuota, concede, sin que nadie pague el importe del canon fijado, ni ocupe realmente las tierras, 8.660.000 hectáreas a 540 personas. La burguesía terrateniente argentina tiene su origen en esa ley de Rivadavia que: “los vivos de entonces –según escribió el socialista Jacinto Oddone- hallaron la forma de hacer servir a sus intereses particulares, y acapararon tierras y enriquecieron a sus descendientes”. Rivadavia, para respaldar el empréstito solicitado a Gran Bretaña, debió fijar en “hipoteca, al pago de dicho capital, las tierras y los demás bienes inmuebles de propiedad pública que hoy posee y en adelante poseyere la nación” –dice el documento.

La enfiteusis rivadaviana fue un gravísimo error. No creó colonos sino especuladores de tierras. El agio que se desató con la repartija entre los allegados al gobierno provocó el establecimiento de los grandes latifundios de la campaña bonaerense, algunos de los cuales aún subsisten; perdiendo el Estado el dominio de las tierras más ricas, sin recibir nada en compensación; pues, también desde el punto de vista fiscal, la enfiteusis de Rivadavia fue un fracaso espectacular.

Rosas en 1832, durante su primer gobierno, también entregó tierras, porque había que llevar gente a la campaña; pero lo hizo a cientos de kilómetros de Buenos Aires, donde la provincia no estaba habitada, y no con concesiones de cien o doscientas leguas como había hecho Rivadavia; sino con estancias de una legua de extensión, para que el favorecido fuera personalmente a habitarlas y no se le ocurriera especular a distancia con ellas, sin haberlas pisado siquiera. Por eso pudo afirmar Pedro de Paoli: “En la acción de Rosas no hay despilfarro. Hay una política clara de poblar las pampas y atajar al indio por medio de procedimientos legales y claros”.

Ley Agraria de 1836

Por la Ley Agraria del 10 de mayo de 1836 organizará Rosas la efectiva colonización de la tierra pública a favor de numerosos pequeños propietarios, con obligación de poblar y con ayuda crediticia del estado, acabando con los enfiteutas detentores de tierras improductivas. Una vez poblada la tierra con vacunos, equinos u ovinos, o destinadas al cultivo de cereales, el beneficiario obtenía el título definitivo de propiedad. “La política posterior a la caída de Rosas –dice José María Rosa- desguarneciendo los fuertes del Colorado y los destacamentos del Negro, permitieron que otra vez los indios pudieran llevar el producto de sus robos a Chile, y los malones volvieron a surgir con violencia. La pequeña propiedad (formada por tierras que Rosas había rescatado del Salado al Colorado y que había repartido a los colonos) fue la principal víctima de las incursiones de los indios”.

Desaparecen así los pequeños propietarios después de Caseros. Rescatadas nuevamente las tierras, el Banco Hipotecario las venderá en latifundios a las personas acaudaladas que las pudieran comprar, suplantando a sus primitivos pequeños estancieros desposeídos que no pudieron hacer frente a la elevada tasa fijada por el estado.

De los primeros actos de Rivadavia como presidente en 1826 los caudillos infirieron que se llevaba todo el desastre por incomprensión, ceguera, ideologismo y manejos secretos a través de la logia, y se pusieron en acción para contribuir a que el país no volviera a deshacerse. El gobernador de Entre Ríos, Mateo García de Zuñiga, escribió al gobernador de Corrientes, Pedro Ferré, el 11 de mayo de 1827: “Debemos pedir (al Congreso) que cese una administración que, con el nombre de nacional, todo lo lleva a la destrucción. (Bustos, Ibarra, Quiroga y Rosas –le decía- ya están apalabrados y aseguran) no omitirán sacrificios para deshacerse de un déspota que los consume”.

El pacto, firmado ese mes, incluía a las provincias de Córdoba, Santa Fe, Santiago del Estero, La Rioja, Entre Ríos, Corrientes, Salta, Mendoza, San Juan, San Luis y la Banda Oriental, “que forman entre sí una Liga –dicen- y se comprometen a provocar a la misma Liga a las provincias de Buenos Aires, Catamarca y Tucumán; convienen en desechar la constitución, destruir las autoridades nominadas nacionales, que están causando los males de que todo el país se resiente; formar un nuevo congreso, cuyo solo objeto sea constituir el país bajo la forma de gobierno federal; y reconocer la obligación de auxiliar a los Orientales en la actual guerra contra el imperio del Brasil”.

Estanislao López escribe a Lavalleja, el 29 de julio de 1827, anunciándole que Rosas, verdadero amigo del país, se dispone a ayudar a los orientales; y el mismo Rosas, el 1º de agosto, se lo comunica a Lavalleja –nombrado por el presidente provisional, Vicente López y Planes, general en jefe de las fuerzas nacionales en la Banda Oriental, a la caída de Rivadavia.

Ya en 1825, Julián Segundo de Agüero, uno de los prohombres del liberalismo argentino, temeroso de que la constitución de 1826 fuera federal, había dicho: “La constitución, por buena que sea, no hace la felicidad del estado, si este no tiene una buena organización. Esta organización debe preceder a la formación de la constitución, dando las leyes progresivamente y organizando la nación por partes. La constitución hoy, lejos de traer bienes, traerá males”. Palabras de este mismo tenor dichas por Rosas en 1834 –escribe Vicente Sierra- “le ganaron duros adjetivos de parte de la historiografía liberal y sus continuadores; pero como fueron dichas (también) por el rivadaviano y logista Agüero, se optó por olvidarlas. Las palabras de Rosas eran fruto de una convicción, las de Agüero, en cambio, eran un pretexto, a fin de realizar el plan de la logia; a saber, unitarizar el país, instalando primero el poder ejecutivo con plenos poderes, omnipotente, y a gusto de la oligarquía mercantil porteña y su aliada la comunidad británica de mercaderes”.

Lucha entre la democracia auténtica y el liberalismo

Es notoria en la historia argentina esta lucha entre la democracia auténtica y el liberalismo de importación, el cual ve en el estado sólo el medio de crear para los pudientes condiciones de seguridad, y de usar el poder político, pero sólo para ellos, pues si se prodiga en gran escala se autodestruirían. La constitución es el curalotodo; y el constitucionalismo, una exigencia de la burguesía triunfante para afirmar sus derechos al poder. Dice el académico argentino Julio Irazusta que, “mientras los hacendados y los hombres de la campaña se separaban de Rivadavia en búsqueda de un mayor esclarecimiento de los problemas argentinos, de sus cosas y de sus hombres; los comerciantes y especuladores se unían a su derredor. De una parte, los hombres arraigados a la tierra nativa; de la otra, los innovadores sedientos de patrias extrañas. Choque de la realidad con las ideologías; de las esencias con el plagio”.

Fracasado Rivadavia en la política exterior y con la amenaza de una guerra interna, su impopularidad había llegado al máximo. No pudo hacerse a menos que aceptar su renuncia por ventajosa para el país, según lo estableció el congreso nacional en la sesión del 30 de junio de 1827 por 48 votos sobre 50. “Su actuación –afirma V. Sierra- había sido una sucesión de fracasos. Tras él quedó una nueva desmembración de la patria, hundidas las finanzas y la economía, y entregado el país al desarrollo ineludible de un drama que prácticamente se prolongó hasta 1880”.

El nuevo ministro del presidente provisional Vicente López, que fue Tomás Manuel de Anchorena, había dicho el 18 de julio de 1827 en el congreso nacional: “A la caída de Rivadavia la deuda pública asciende a treinta y cinco millones de pesos; y en el tesoro nacional no hay un solo peso”.

El historiador Vicente Fidel López asegura que el ministro Agüero recomendó a Manuel José García, antes de partir para el Brasil para tratar de la terminación de la guerra: “Usted sabe lo que nos va con esto a todos los hombres de 1823. Sáquenos usted a todo trance de este pantano. De otro modo caeremos en la demagogia y en la barbarie”.

Cuando el nuevo presidente, Vicente López y Planes, ofreció un ministerio a Agüero, éste al rechazarlo le escribió: “Nuestra caída es aparente, nada más que transitoria. No se esfuerce usted en atajarle el camino a Dorrego, (jefe indiscutido del partido federal); déjelo usted que se haga gobernador y que impere aquí como Bustos en Córdoba y López en Santa Fe. Hecha la paz, el ejército volverá al país; y entonces veremos si hemos sido vencidos”.(9) Es que el grupo unitario y legista: “necesitaba el ejército nacional –afirma V. Sierra- no para luchar contra los brasileños (y defender nuestra provincia de la Banda Oriental) sino para someter a los jefes de los pueblos, unidos por el pacto de mayo de 1827”.

Lo que interesaba en el momento a Rivadavia, Agüero y demás de la logia unitaria, en total acuerdo con el embajador inglés lord Ponsomby, era la paz a cualquier precio, aún a costa del honor de la nación. Lo importante era que volviera el ejército e hiciera la organización a palos, según frase de Agüero, dicha en febrero de 1826 en el seno del congreso nacional.

Independencia y defensa de la Religión Católica

Las Instrucciones que las provincias daban a sus diputados para la Convención Nacional, que sesionó en Santa Fe en 1828, ofrecen un interés extraordinario para valorar situaciones y posiciones vinculadas con el problema de dar existencia jurídica y política real a la nación. Dos factores espirituales se destacan como impulsores de la unidad: la lucha común por la Independencia y la defensa de la Religión Católica. Ellos aparecen como basamento de un sentimiento nacional, hecho singular en la historia argentina, que la historiografía liberal ocultó, hasta el punto de brindar la idea, groseramente falsa, de que lo que podríamos llamar espíritu nacional de la argentinidad nace con los sucesos de Mayo por generación espontánea. Las Instrucciones de San Juan, por ejemplo dicen: “La provincia de San Juan está firmemente convencida, como lo están expresamente las demás, que el único medio seguro de afianzar la conservación de la nación es la observancia de la Religión Católica, Apostólica, Romana, única verdadera”.

En el año 1820 habían aparecido los elementos anarquizantes que estaban implícitos en los sucesos de Mayo de 1810; y, con ellos, aparecieron también los factores tendientes a dominarlos. Son los dos grandes grupos de opinión que han venido tratando de imponerse el uno al otro en el decurso de la historia política de la Argentina hasta nuestros días; a saber, lo popular y lo clasista, lo tradicional y lo plagiario; o sea, la esencialidad de un pueblo, que quería ser auténtico, en lucha contra ideologías racionalistas, positivistas, naturalistas y laicistas imperantes en el mundo occidental contemporáneo.

En resumen, en la época de Rivadavia se perdieron para la unidad nacional las provincias del Alto Perú y la Banda Oriental, se ató el país al dominio financiero y económico de la más alta potencia capitalista de entonces, y se ensayaron legislaciones extrañas al ser nacional, para desembocar al fin en una encrucijada fatal que abrió la posibilidad para el país de seguir el propio destino que le marcaba su historia, su razón de ser nacional, su fe religiosa y su estilo de vida.

 

Referencias

(1) La Masonería – A. J. Triana, páginas 226 a 232.

(2) San Martín –Su correspondencia – Ricardo Font Ezcurra.

(3) Historia…. – V. Sierra, Vol. VII, página 285.

(4) Juan Manuel de Rosas, su vida, su drama, su tiempo – Carlos Ibarguren, página 113.

(5) Juan Facundo Quiroga – David Peña

(6) Memorias – G. A. de Lamadrid.

(7) Rosas – Lucio V. Mansilla, página 135.

(8) Historia Arg. – José María Rosa, Tomo III, páginas 374 a 381.

(9) Historia…. – V. Sierra, Vol. VII, página 28

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