¿COMENZÓ EL SIGLO XXI?

Introducción
Los griegos tenían dos palabras para referirse al tiempo: Cronos y Kairós. La primera se refiere al tiempo cronológico o secuencial. La segunda significa aquel tiempo, el momento o tramo indeterminado, donde las cosas especiales y definitorias suceden. Mientras la naturaleza de Cronos es cuantitativa, la de Kairós es cualitativa. Así ellos calificaron al Siglo V (ac) el “Siglo de Oro de Pericles” donde Atenas alcanza el cenit de su grandeza política, militar y filosófica. Sin embargo no fueron cien años dorados sino, apenas, cincuenta. Desde el 478 (ac) donde los griegos repelen la invasión y limitan el avance del Imperio Persa, hasta el 431 (ac) donde se produce la muerte de Pericles y la derrota de Atenas en la Guerra del Peloponeso a manos de Esparta una polis guerrera y bárbara, comparada con la Magna Atenas. Según Cronos el Siglo de Oro es la centuria V(ac) , según Kairos los años dorados de Atenas abarcan escasos 50 años hasta la derrota frente a Esparta.
Son dos formas diferentes de referirse y calificar el tiempo y, por tanto, los siglos. Estos conceptos jamás coincidieron en la calificación de los ciclos históricos, trátese del Renacimiento, la Ilustración , la Revolución Industrial, hasta la Era Atómica.
El prestigioso historiador Eric Hobsbawm, señaló a 1991 como el final del Siglo XX. Era consecuencia del fin de la Unión Soviética y la nueva geopolítica mundial, que se inauguraba con el liderazgo unilateral de los Estados Unidos. Esa idea se correlaciona con la de algunos historiadores como Paul Johnson que lo dan por iniciado en 1918 con el fin de la Primera Guerra Mundial, el surgimiento de la Unión Soviética, la génesis del Nazismo y el Fascismo y el nuevo orden mundial surgido de la Conferencia de Versalles de 1919. Este “ciclo”, de siete décadas, habría concluido con la fractura histórica provocada por el colapso soviético y el fin de la Guerra Fría.
Estamos iniciando el año 2018 y uno podría preguntarse si el Siglo actual es –hasta hoy- una extensión del Siglo XX o ha comenzado, con identidad propia, el Siglo XXI. Esta disertación se propone hacer un serio replanteo sobre las explicaciones simplistas que adjudican, al atentado de las Torres Gemelas, el surgimiento de la postmodernidad, las ideas de posverdad, distopía, antiglobalización, posthumanidad cibernética, inteligencia artificial, o metapolítica, los hitos que marcan el inicio del Siglo XXI.
No pretendemos sembrar certezas sino dudas. Compartir con Ustedes, todos los interrogantes y conjeturas, alrededor de esta lenta y dolorosa transición. Nos preguntamos: ¿qué procesos pueden ser los parteros de la Historia? Qué eventos pueden significar las fracturas de la continuidad, para modificar la geopolítica mundial y extender un certificado de nacimiento al Siglo XXI.
La mayor parte de la humanidad ha renunciado a pensar, distraída por la industria del entretenimiento o por este nuevo dios omnisapiente al que llaman Google que nos satura de información, generalmente, vana. Lo que nos proponemos es incitarlos a pensar mejor para vivir mejor. A liberarse de la alienación de nuestro tiempo que es la hiper-información manipuladora e inútil. Nada mejor entonces que verificar si es cierto que el Siglo XX fue un ciclo corto de siete décadas, que comenzó en 1918 concluyó en 1991, con el colapso de la Unión Soviética y el fin de la guerra fría.
¿Qué pasó en el Siglo XX?
Les propongo que nos imaginemos viviendo en el Londres de 1900, la capital del mundo de ese tiempo. Europa dominaba el Hemisferio Este. Era difícil encontrar un territorio que no estuviera dominado, directa o indirectamente,
desde una capital europea.
Europa vivía en paz y gozaba de una prosperidad sin precedentes. La interdependencia entre las naciones de Europa debida al comercio y las inversiones era tan grande y globalizada, que nadie, seriamente, podía imaginar una guerra. Ello aparecía como un imposible y si algún conflicto se desatara acabaría en unas pocas semanas ya que los mercados financieros
globales no tolerarían la inestabilidad. El futuro parecía fijo y sólido: una pacífica y próspera Europa se preparaba para gobernar el mundo.
Trasladémonos ahora, imaginariamente, a 1920. Europa salía de la Primera Guerra Mundial (1914-1918) hecha pedazos. El exterminio y los daños superaban, en crueldad y cuantía, cualquier otra contienda a lo largo de la historia. Como consecuencia desaparecían o se desmembraban cuatro imperios: el Austro-Húngaro, el Otomano, el Ruso y el Alemán. La guerra terminó cuando el continente exhausto presenció el ingreso de un millón de soldados estadounidenses que, con precisión quirúrgica, entraron y salieron velozmente del conflicto, dejando configurada su calidad de nueva potencia mundial y una
nueva Europa, que diseñaría junto a sus aliados.
El comunismo dominaba Rusia, que se había convertido en la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS). En el mayor aislamiento pretendía concretar la teoría del “socialismo en un solo país”, lo que hacía muy dudosa su supervivencia.
Al mismo tiempo países que habían sido la periferia del Poder Europeo como EE.UU. y Japón, súbitamente, emergían como grandes potencias.
Pero de todas las certezas que se tenían al finalizar la primera Gran Guerra, había una que no ofrecía lugar a dudas: que las condiciones impuestas a Alemania, por los vencedores –a través del Tratado de Versalles (1919)- desde las indemnizaciones a la mutilación territorial, harían imposible el resurgimiento
del poder germano.
Imaginémonos ahora el verano de 1940. Alemania no solo había reemergido sino que había conquistado a Francia y dominaba la mayor parte de Europa. Contra todos los pronósticos la URSS había sobrevivido y era ahora aliada de la Alemania nazi. Gran Bretaña, casi en soledad, resistía los bombardeos alemanes y cualquier persona medianamente informada hubiera opinado que la guerra estaba concluida.
Si bien era ilusorio pensar en el Tercer Reich por mil años, todo indicaba que se había decidido el curso del siglo XX. Alemania dominaría Europa y heredaría la posición imperial conquistada en el siglo XIX.
Saltemos ahora a 1960. Alemania había sido derrotada en la guerra y su territorio partido en dos: la parte oriental dominada por la URSS y la occidental por EE.UU. Toda Europa había sido ocupada por ambas potencias dividiendo sus esferas de influencia entre el Este y el Oeste.
Los imperios europeos habían colapsado. Los EE.UU. y la URSS competían entre sí para ampliar sus respectivas esferas de influencia, no solo en Europa sino en todo el mundo.
Los EE.UU. tenían cercada a la Unión Soviética a través de un colosal arsenal de armas nucleares. Los primeros habían emergido como un super-poder global. Dominaban todos los océanos del mundo y, con su capacidad nuclear, estaban en condiciones de dictar los términos a cualquier rival, en cualquier
latitud. La “detente” era la mejor carta que la Unión Soviética podía jugar.
La otra alternativa era que la URSS invadiera Alemania y conquistara Europa. Ésta era la guerra para la que todo el mundo estaba preparado, en medio del terror nuclear que intimidaba al continente europeo.
Imaginemos, ahora, estar en 1980. Los EE.UU. habían sido vencidos, en una guerra que duró siete años, pero no por la Unión Soviética, sino por un pequeño país comunista del Asia: Vietnam. La nación americana era vista, y se veía a sí misma, en medio de la desmoralización y el retroceso.
Expulsados de Vietnam, fueron luego expulsados de Irán, perdiendo el control de los yacimientos petroleros, que –ahora- podían pasar a abastecer a la Unión Soviética. Para contener a ésta última los EE.UU. establecieron una alianza estratégica con la China Comunista. Solo a través de esta alianza parecía
factible contener el surgimiento soviético que se había extendido a Asia, África y América Latina.
Imaginemos, por fin, el año 2000. La Unión Soviética había colapsado completamente sin que se disparara un solo misil. China continuaba nominalmente bajo un régimen comunista pero iba reconvirtiendo –gradualmente- su economía a modos de producción capitalista. La NATO se expandía en el Este de Europa e incluso en parte de la ex URSS.
Desde la visión “occidental” el inicio del siglo XXI, repetía el panorama de comienzos del siglo XX. El mundo entraba en la “globalización” en un ambiente de paz y prosperidad. En los EE. UU. se constituía un Think-Thank denominado: “El Nuevo Siglo Americano”. Esa potencia se preparaba a garantizar a través de la “pax americana” el futuro de la humanidad.
Cualquier tipo de consideraciones geopolíticas eran consideradas de carácter secundario frente a las nuevas realidades económicas y financieras. El conflicto quedaba circunscripto a ámbitos regionales y con características de baja intensidad.
Donde estamos parados
El optimismo de finales del Siglo XX, continuó a comienzos de nuestro Siglo. La globalización había llegado para quedarse. Las naciones iban a subsumirse en grandes “espacios”, de los cuáles la Unión Europea era sólo un anticipo. El nacionalismo y el proteccionismo tenían los días contados. Tras la caída del Muro, agonizaban las ideologías. El mundo iba a estar más seguro que nunca. Esa fue durante los años 90´s y el comienzo del nuevo Siglo, la fantasía cautivadora que atrapó a Occidente. La respaldaron miles de trabajos académicos, según los cuales se borrarían las fronteras, llegaría el fin de los aranceles y viviríamos una paz duradera. Era, para Fukuyama, el fin de la Historia.
Entonces ocurrió el 11 de Setiembre de 2001 y el mundo giró sobre su cabeza otra vez. La Doctrina de la Defensa Nacional de EE.UU. de 2002, desaparecida la amenaza soviética, se centró en un nuevo “enemigo identificado”: el terrorismo internacional. Las represalias en Afganistán, Irak, Libia, la emergencia de la
“primavera árabe”, las amenazas a Irán por su desarrollo nuclear, la crisis global del capitalismo que disparó la quiebra de Lehman Brothers, y la crisis europea acabaron, muy pronto, con el idílico escenario del año 2000. Los conflictos proliferaron en diferentes áreas del planeta. La primavera árabe desembocó en la dictadura militar de Egipto, la ¨limpieza étnica” en Birmania (Myanmar), las migraciones masivas de refugiados y la guerra en Siria; en la que intervienen EE.UU. y Rusia, que ya provocó 400 mil muertos y 5 millones de emigrados. También hay conflictos en la zona del Golfo, donde Arabia Saudita, los Emiratos Árabes Unidos, Jordania y Egipto, están enfrentados a Qatar, aliado de Irán y apoyado por Turquía.
La lista de conflictos es interminable. El incesante enfrentamiento palestino-israelí, que no deja de producir muertes, ha sido agravado por la decisión del Gobierno de EE.UU. que reconoció a Jerusalén como capital de Israel y trasladará su embajada a esa ciudad, sagrada para las tres religiones del libro. El retorno del nacionalismo xenófobo y el aislacionismo, con el Presidente Trump a la cabeza, quien intenta acabar con todo organismo multilateral del que EE.UU. sea parte, desde el Tratado Trans- Atlántico, el Tratado del Asia Pacífico, el NAFTA, hasta el gradual desmembramiento del Sistema de Naciones Unidas. El retiro de Gran Bretaña de la Unión Europea, los intentos de Cataluña buscando la secesión de España, así como un gran número de países y movimientos ansiosos por convertir un retazo geográfico en una nación. En medio de este alarmante panorama, debemos admitir que existe un flujo y reflujo de la historia.
Debemos admitir que la guerra no es la única expresión del conflicto. La crisis económica y financiera iniciada en Wall Street en 2008, ha tenido y tiene consecuencias alarmantes, las guerras comerciales, monetarias, las ciberguerras, el espionaje generalizado, como intromisión en los asuntos internos de otros países soberanos, son formas del conflicto que se apoyan en nuevas tecnologías
En suma, ni globalización, ni liberalización comercial, ni paz. Las ilusiones noventistas se han desvanecido. El optimismo de finales del Siglo XX está moribundo, pero el Siglo XXI no termina de nacer, es hasta hoy, apenas, una melancólica continuidad del anterior.
¿Qué podemos aprender?
No se puede pensar el Siglo XXI con las categorías mentales del Siglo XX. De ahí que muchos reaccionan con estupefacción cuando el Papa Francisco dice “que estamos viviendo una Tercera Guerra Mundial”. Obviamente que se trata de una guerra de baja intensidad o de cuarta generación, que luego explicaremos con más detalle. El Siglo XXI aparece, sin duda, como el de la expansión e integración del capitalismo a escala mundial (como profetizara, ya en 1946, Silvio Frondizi). Sin embargo, en menos de dos décadas, la visión de una geopolítica unilateral liderada por EE.UU. y el optimismo de un mundo ordenado por la “Pax Americana”, son sustituidos por una distopía (lo contrario a la utopía) representado por la serie inglesa Black Mirror, donde la humanidad se mira en un espejo negro, donde no se ve nada más que oscuridad e incertidumbre. Es hora, pues, de que empecemos a pensar el Siglo XXI con nuestras propias categorías, antes que Goldman Sachs, Fukuyama, o algún otro augur, nos venda la visión elaborada, empaquetada y sin certificado de origen, del Siglo que transitamos.
Lo que vendrá : Hipótesis y conjeturas
Tengo la impresión que estamos viviendo la calma que precede a la tormenta, como dijo recientemente el Presidente Trump, en una reunión con militares. En consecuencia, voy a enunciar tres hipótesis que pueden constituir, aislada o conjuntamente, el hecho excepcional (el kairós) que sea el parteaguas entre el Siglo XX y el XXI.
Hipótesis 1: El paso de una geopolítica unilateral a una multilateral:
En un reciente Informe de la Consultora Stratfor se informa que EE. UU. ha variado el paradigma de su Doctrina de Seguridad Nacional. Desde 2002 a 2017 el principal enemigo identificado era el terrorismo internacional. La Nueva Doctrina de Defensa sustituye al terrorismo, como prioridad, para colocar en su lugar a dos grandes potencias enemigas: China y Rusia. Esto implica un cambio copernicano en el tablero geopolítico mundial. Ahora el enemigo principal no es un actor no gubernamental, sino dos grandes potencias nucleares. La administración Trump advierte que, en 20 ó 30 años, pasará de ser la potencia hegemónica a ser un primus inter-pares, lo que brinda un marco histórico y conceptual al nacionalismo de Trump. Ello se manifiesta en el aumento exponencial del presupuesto de defensa, con especial afectación al incremento de su capacidad nuclear.
Si bien EE. UU. supera en 4 veces el gasto militar de China y 10 veces el de Rusia, el discurso de Putin el 1° de marzo de 2018, le responde que cuenta con tecnología capaz de vulnerar los escudos antimisiles desplegados alrededor de Rusia, desde Polonia y otros países ex soviéticos. Este clima que recrea la guerra fría nos hace pensar que el enfrentamiento EE. UU. vs. Rusia en Siria, se asemeja a la Guerra Civil Española, donde las grandes potencias experimentan su capacidad y su tecnología militar. El Informe de Stratfor dice que si esto fuera así, después de siete años de guerra, Siria y Rusia, la estarían ganando . Los turcos están a punto de tomar la capital kurda, Assad controla casi el 90 % del territorio y Rusia ha recuperado la importante base naval que tiene en Siria, lo que le otorga una posición estratégica sobre el Mediterráneo.
Agrega el Informe, que la política en materia arancelaria respecto a la producción de acero, aluminio y otros metales, más que proteccionismo comercial, tiene que ver con aplicar barreras arancelarias a insumos críticos para cualquier esfuerzo bélico, (buena parte del acero que importa EE.UU. proviene de China). Esto huele a preparativos de guerra. Por su parte China respondió el 5/3/2018 que, ante un ambiente tan hostil, habrán de aumentar el gasto militar al 8,1% de su PBI, que representa el 25% del PBI mundial. El conflicto en el Mar de la China, convierte a esta potencia, tradicionalmente volcada al esfuerzo de expansión comercial, en un potencial beligerante respecto de su principal opositor en la región que es Vietnam.
Es indudable que hay un aumento del riesgo geopolítico que rompe la ventaja de la guerra fría. EE.UU. interviene en Georgia, Rusia en Ucrania, Crimea y Siria, donde la recuperación de su puerto cambia la geopolítica de la región. La impresión es que ninguna de estas potencias quiere dominar el mundo, pero sí redistribuir sus zonas de influencia. El objetivo de Putin es recuperar el área comprendida entre el Ártico y el paralelo sur y del Atlántico a Vladivostock. En el caso de Xi-Jimping fortalecido como líder absoluto, de reelección indefinida, a la altura de Mao y Deng Xiao Ping, lo que pretende es mantener su influencia en el Sudeste Asiático y extenderla al continente africano.
En tanto, EE.UU. hace un cambio de paradigma de seguridad nacional, consecuencia de que la administración Trump hizo una interpretación equivocada, sobre Rusia y China. Su política de apelar a la superioridad en armamentos, es desafiada por Putin quien se siente capaz de romper el cerco. EE.UU. tiene que revaluar la política de la revancha inútil. Tanto en Irak, Libia, Afganistán y Siria, ha perdido más de lo que ha ganado.
Si se compara el crecimiento promedio chino del 6% anual sobre el 3% de los EE.UU., en 15 años China duplicaría su PBI. Con Partido Único, Xi como líder sin límites de tiempo, centro de las grandes decisiones, y una meritocracia política, son todas ventajas a favor de China. La pregunta obligada es: ¿EE. UU. necesita crear un casus belli o aceptará pacíficamente el crecimiento y la expansión de China? Por otro lado, Rusia aspira a ejercer su influencia en Eurasia. En Europa Putin tiene mejor imagen que Trump. Por otra parte el primero es el gran proveedor de gas a Europa. A Rusia lo que le molesta es el cinturón de seguridad que la rodea y que los países bálticos entren en la OTAN. Ya ha quedado muy atrás la tesis de Breszinsky de dividir a Rusia en tres, después del colapso soviético. Putin es considerado por los rusos un líder nacionalista. Por eso ganó las elecciones del 18/3/2018 con el 74% de los votos. Mientras China sigue pensando como Mao: “la democracia es buena…para los anglosajones”.
En suma, vivimos un nuevo paradigma del poder, hemos pasado de una geopolítica unilateral a una multilateral. Es decir, la geopolítica de tres potencias: EE.UU., Rusia y China, definirá la estructura y distribución global del poder en el Siglo XXI.

Hipótesis 2 La escalada de una guerra comercial a nivel global
En otro paso cauteloso, ante la posibilidad del estallido de una guerra comercial a nivel global, varios organismos internacionales se abstienen de denunciar el proteccionismo estadounidense, que viola las normas fundacionales de la Organización Mundial de Comercio (OMC).
Tanto la Declaración de la reunión ministerial del G20 de marzo de 2017, como el FMI en sus Reuniones de Primavera en Washington, omitieron toda crítica al unilateralismo de EE.UU. En ambos casos, abandonaron su postura oficial de “libre comercio”, debido a la presión del gobierno de Trump, en consonancia con el programa “América First” de la Casa Blanca. Cambiando la tradicional postura del FMI, la declaración emitida por el Comité Monetario y Financiero Internacional de la institución (CMFI) ahora procura “promover la igualdad de condiciones en el comercio internacional”.
El actual presidente del CMFI, Agustín Carstens, gobernador del Banco de México, buscó restarle importancia a la decisión, sugiriendo que la redacción previa fue sacada porque “el uso de la palabra proteccionismo es muy ambiguo”.
En realidad, la omisión del rechazo al proteccionismo es una inconfundible expresión del aumento en las tensiones comerciales, impulsadas sobre todo por la administración de Trump.
Estos conflictos no pudieron mantenerse bajo la superficie. En su declaración ante el CMFI, el ministro de Finanzas alemán, Wolfgang Schäuble, dijo que Alemania “se compromete a mantener la economía mundial abierta, resistirse al proteccionismo y mantener en marcha toda cooperación económica y financiera global”.
Esta declaración se contrapuso a la del secretario del Tesoro estadounidense, Steven Mnuchin, quien dijo que EE.UU. “promovería una expansión del comercio con aquellos socios comprometidos a una competencia basada en el mercado, mientras nos defendemos -más rigurosamente- ante prácticas comerciales desleales”.
Su intervención iba dirigida en particular a los dos países con el mayor superávit comercial con EE.UU. ,China y Alemania. Washington no reconoce a la economía china como de mercado, mientras que miembros del gabinete de Trump han acusado a Alemania de aprovechar ventajas injustas, ya que el valor del euro es menor a lo que valdría su antigua moneda, el marco alemán.
Sin nombrar directamente a Alemania, la cual registró un excedente comercial récord el año pasado, Mnuchin dijo que “los países con grandes superávits externos y finanzas públicas firmes tienen una responsabilidad particular de contribuir a una economía mundial más robusta”.
La decisión del FMI de doblegarse ante la presión de EE.UU. tuvo lugar pocos días después de que el gobierno de Trump anunciara la intención de imponer extensas restricciones a las importaciones de acero que tendrían consecuencias de gran alcance para el mercado global de este producto.
Invocando una ley de 1962, Trump firmó una orden ejecutiva para investigar el impacto de las importaciones de acero en la seguridad nacional del país. Tras asumir que el decreto marca “un día histórico para EE.UU.”, indicó que el acero es “fundamental para ambas, nuestra economía y las fuerzas militares”, y que no se trata de “un ámbito en el que podemos permitirnos depender de países extranjeros”.
Dicho enfoque de la “seguridad nacional” constata la clara agenda militarista del nuevo gobierno. Sin embargo, esta legislación es parte de una estrategia más amplia que fue detallada ante el Congreso por el secretario de Comercio, Wilbur Ross, y el titular del Consejo Nacional de Comercio creado por Trump, Peter Navarro.
El objetivo es utilizar leyes ya establecidas en EE.UU. para eludir las reglas de la Organización Mundial del Comercio (OMC), permitiéndole así imponer medidas proteccionistas unilaterales y discrecionales. Cabe notar que, en su informe, Ross y Navarro invocan Ley Smoot-Hawley de 1930, considerada- ampliamente- como la responsable de desencadenar los conflictos comerciales de los años treinta, que contribuyeron al estallido de la Segunda Guerra Mundial.
Comentando, sobre esta última iniciativa de Trump, en el diario Financial Times, Chad Brown, investigador del Instituto Peterson y ex consejero del presidente Obama, dijo que “recurrir a cuestiones de “seguridad nacional” para justificar restricciones a las importaciones de acero equivale a una “opción nuclear” en el comercio. Esta es otra evidencia más de una tendencia preocupante. Trump parece estar rebuscando cada rincón, e investigando cada herramienta disponible, bajo las leyes estadounidenses, para obstaculizar el libre comercio”.
En los últimos años, EE.UU. ha impuesto 152 casos de antidumping contra el acero y 25 otros casos contra tubos de acero sin costura. Esta última iniciativa representa una escalada importante. Según el Secretario de Comercio, el sistema actual es muy “poroso” y sólo permite quejas muy limitadas contra países determinados, que pueden evadir las regulaciones fácilmente. Las nuevas medidas pretenden lograr la extensión y ampliación de aranceles a una amplia gama de productos, además del acero, aplicable a una numerosa cantidad de países.
Esto generaría caos en los mercados internacionales ya que los exportadores de acero buscarían verter sus productos en otros mercados, resultando en acusaciones de dumping y la imposición de mayores aranceles y otras barreras. En suma, una guerra comercial a gran escala.
Dos fuerzas fundamentales están detrás de las acciones del gobierno estadounidense. En primer lugar, el constante declive económico de EE.UU., que intenta superar por medios políticos y militares. Ese proceso se ha acelerado a raíz de la crisis financiera del 2008, la posterior reducción en el crecimiento económico mundial y la contracción de los mercados internacionales. En segundo lugar, el gobierno de Trump busca contener y encauzar las crecientes tensiones sociales causadas por los bajos salarios y las, cada vez más profundas dificultades económicas, a través de posturas económicas nacionalistas.
La lógica inherente y objetiva de estos procesos es la de una guerra económica y militar, a la que los políticos no pueden ofrecer ninguna alternativa progresista, como lo demostró la impotencia del FMI ante lo que ha reconocido históricamente como el gran peligro del proteccionismo. Ello se debe al hecho que, el auge en marcha del nacionalismo económico y el proteccionismo, está arraigado en una visión del sistema socioeconómico, que observa la división del mundo en Estados-Nación rivales.
El mundo condenó, en forma unánime, las medidas proteccionistas anunciadas por Donald Trump, que amenazan con desencadenar una guerra comercial global. La mayoría de las potencias comerciales de Europa y Asia criticaron la decisión del presidente norteamericano de aumentar, «por un largo período», las tasas a la importación de acero (25%) y aluminio (10%), al tiempo que las bolsas sufrieron el impacto de la medida.
«Una guerra comercial sería catastrófica para todo el mundo. Nadie saldría ganador de ese enfrentamiento», había advertido en vísperas del anuncio, el brasileño Roberto Acevedo, director de la Organización Mundial del Comercio (OMC). Sordo a esos llamados, Trump mostró su satisfacción ante las reacciones preocupadas de los socios comerciales de Estados Unidos. «Cuando un país [Estados Unidos] pierde miles de millones de dólares comerciando prácticamente con todos los demás, las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar», escribió en un provocador tuit. «Por ejemplo, cuando se tiene un déficit de 100.000 millones de dólares con alguien, y ese país se hace el vivo, se deja de hacer negocios con él y se gana mucho. Es fácil», agregó. Obviamente, se refería a China. Imaginando las consecuencias del enfrentamiento, las bolsas europeas y asiáticas reportaron caídas.
«La entrada en una verdadera forma de guerra comercial no es una buena noticia para el mercado», advirtió Patrick O’Hare, de la empresa de servicios financieros Briefing. Eminentes miembros del Dow Jones, que tuvo una fuerte caída, también reaccionaron. Títulos como Boeing BA, Caterpillar CAT o United Technologies UTX, cayeron sensiblemente tras el anuncio.
Alarmado, el Fondo Monetario Internacional (FMI) también lanzó desde Washington un llamado de atención sobre los riesgos que corre la economía mundial e incluso de Estados Unidos: «Es probable que las restricciones a la importación anunciadas por el presidente [Trump] causen daños no solo fuera de Estados Unidos, sino también a la propia economía estadounidense», dijo Gerry Rice, vocero del organismo.
La “guerra comercial global” libró una dura batalla en la reciente reunión interministerial del G20 en Buenos Aires, Las tensiones con EE.UU. acapararon las declaraciones de los funcionarios asistentes, aunque tuvieron poco eco en el Comunicado Conjunto, para satisfacción de la representación anfitriona, es decir, argentina. La disputa se planteó, principalmente, por los cuestionamientos de los representantes europeos a la administración de Donald Trump y sus políticas proteccionistas.
“El proteccionismo es un gran error histórico”, dijo el Ministro de Economía de España: Román Escolano y su par francés Brune Le Maire expresó: “Conocemos que existen dificultades, pero creemos fuertemente que el proteccionismo no es la respuesta adecuada”, dijo sobre la decisión de EE.UU. de imponer aranceles a la importación de acero y aluminio. El término “guerra comercial global” se instaló en las deliberaciones bilaterales. Los países temen que EE.UU. avance con niveles mayores de proteccionismo. Ya los ha impuesto a los cítricos, las carnes, el gasoil y los tubos sin costura. Todos ellos afectan directamente a la Argentina. En tal sentido los países miembros del G20 preparan un documento contra el proteccionismo de los EE.UU.
“La guerra comercial no es nuestro objetivo, pero no le tenemos miedo”, advirtió en una conferencia de prensa el Secretario de Tesoro de EE.UU. Steven Mnuchin. El francés Le Maire le contestó en una conferencia posterior: “Ninguna guerra comercial será civilizada”. Solo habría perdedores si hubiera una guerra comercial global”.
Hipótesis 3: La guerra de divisas y la declinación del señoreaje monetario del dólar
La Reserva Federal (Banco Central de los EE.UU.), a partir de la crisis de 2008, ha bajado las tasas de interés y ha emitido casi 4 billones de dólares nuevos. Ha inundado el mundo con su divisa para salvar a los bancos, es decir al sistema financiero. Lo hace en ejercicio de su “señoriaje monetario”, que consiste en el poder de emitir, sin restricciones, la moneda de reserva del mundo. El comercio global se realiza en dólares estadounidenses. La mayoría de los gobiernos invierten sus excedentes o ahorros en activos financieros de los EE.UU. Por eso la revista Forbes dice: “Hay una moneda global, se llama dólar estadounidense”. Adicionalmente, el señoriaje del dólar le significa al órgano emisor obtener la diferencia entre el costo de impresión de cada billete (tres centavos de dólar) y el valor que el billete adquiere en el mercado. Pero la Reserva Federal no emite sólo dólares para el mercado estadounidense, sino que lo hace para países que han adoptado el dólar como moneda nacional y para financiar la mayoría del comercio internacional, cuyos precios y contratos se denominan en dólares.
Bien, todo esto corre peligro de declinar rápidamente o incluso desaparecer. ¿Por qué? Trataré de explicar mi visión de este proceso.
Nada más que lo emitido por la administración Obama para paliar la crisis desatada en 2008 (4billones de dólares nuevos), equivale a casi un cuarto del PBI total de los EE.UU. Al inundar la FED el mercado de dólares nuevos se temía que esto provocara un aumento masivo de precios y, consiguientemente, un aumento de la inflación. Sin embargo, la consecuencia esencial de ese emisionismo, no ha sido la inflación. Ha sido la deuda. EE. UU. ha pasado a ser el mayor, el gran deudor, del planeta. La deuda total del sector privado es de 60 billones de dólares. Esto es el triple (es tres veces más grande) que toda la economía estadounidense. Si le sumamos a esa cifra la deuda pública federal, llegamos a los 80 billones de dólares. Esto es, 4 veces el tamaño de la economía de ese país. En otras palabras, si cada ciudadano destinara el 100% de sus ingresos anuales a pagar la deuda nacional, durante 4 años seguidos, todavía quedarían pendientes 4 billones de dólares (los emitidos para paliar la crisis de 2008).
Este problema comenzó en 1971, cuando el Presidente Richard Nixon acabó con el respaldo del patrón oro. Es decir, que desvinculó la emisión de dólares de las reservas de oro que lo respaldaban, guardadas en Fort Knox. Desde esa fecha, el total de la deuda de EE.UU. se disparó de 5 a los 80 billones de dólares actuales. La Oficina de Administración y Presupuesto del Congreso proyecta que la deuda llegará a representar el 250% del PBI, en los próximos años, si el gobierno no hace un cambio en la política monetaria. La Oficina de Responsabilidad Gubernamental acaba de informar que EE.UU. está en riesgo de “crisis fiscal”. La Agencia Bloomberg afirma que la vulnerabilidad más importante es la deuda creciente, mientras el periódico Investor´s Business Daily publica que “la deuda actual ronda el 105% del PBI y se ha entrado en zona de peligro”.
Como se puede apreciar el dólar y la deuda son dos caras de la misma moneda. Warren Buffett dice: “La gente tiene razón de temer al papel moneda, cada vez va a valer menos”. El magnate está en lo cierto. El dólar estadounidense ha perdido el 96% de su valor desde que se creó la Reserva Federal en 1913, mientras que el endeudamiento se ha disparado. Los países están inquietos sobre las posibilidades de que EE.UU. pueda pagar su deuda, mientras sus reservas en dólares van a seguir perdiendo valor. Es por este motivo que el mundo se está “desdolarizando”. Muchos países están renunciando al dólar como reserva de valor, optando por las reservas metalíferas: el oro, en menor medida, la plata, o las cripto-monedas o monedas digitales. De estas últimas, hablaremos luego. El dólar está dejando de usarse como moneda de cambio o reserva de valor, por el consumo desmedido de productos importados, el emisionismo creciente y el endeudamiento de los EE.UU.
Ejemplos:
• Gran Bretaña se unió al sistema de comercio de divisas de China para evitar el dólar y comerciar directamente con la libra esterlina y el yuan.
• El gobierno chino vendió casi 100 mil millones de dólares en acciones estadounidenses en 2017. Han estado reduciendo sus tenencias de bonos del Tesoro y han almacenado, secretamente, cientos de toneladas de lingotes de oro de alta pureza.
• Irán ha utilizado oro para evitar las sanciones estadounidenses y el sistema de pago basado en dólares llamado SWIFT.
• India ha firmado acuerdos con Japón para recibir yenes a efectos de financiar proyectos internos de desarrollo, en lugar de recurrir a instituciones de desarrollo estadounidenses, al propio gobierno de EE.UU, o al Banco Mundial.
• Japón ha acordado eludir el dólar y comerciar directamente con China en varios miles de millones de yuanes y yenes. Se asegura que el movimiento apunta a cubrir el riesgo de la caída del dólar, a largo plazo, como moneda dominante del mundo.
• Suiza acordó ayudar a China a desarrollar su mercado offshore de yuanes para que más países puedan diversificar sus excedentes fuera del área del dólar. Según publica Bloomberg, el franco suizo es “una de las monedas que puede ser cambiada directamente por yuanes, evitando la conversión a dólares americanos”
• Rusia está buscando países a los que vender petróleo en rublos, en lugar de dólares, y su petrolera estatal está emitiendo deuda corporativa en monedas asiáticas en lugar de dólares. Bloomberg dice que “el objetivo de Rusia es alejar la cotización del petróleo del dólar estadounidense”
• Emiratos Árabes Unidos creó un convenio comercial bilateral con China (55.000 millones de U$S) para comerciar en dírham y en renminbi. El objetivo chino es buscar una moneda alternativa al dólar.
• El FMI incluyó el yuan en su canasta de monedas de reservas, con la que se establece el valor de los derechos especiales de giro (DEG). Un gran exportador de materias primas aseguró que “el dólar estadounidense es una moneda imperfecta….el yuan probablemente desafiará al dólar estadounidense”.
• La suma total de la “desdolarización es de, al menos, 280 mil millones de dólares.
Como se puede comprobar, no solo los países han dejado de comprar bonos del Tesoro, sino, también, se están desprendiendo de ellos rápidamente. Según Bloomberg los mayores acreedores de EE.UU. (China) venden los bonos del Tesoro para advertir a Trump. The Economist dice: “A medida que la supremacía económica de EE. UU. se desvanece, la primacía del dólar parece insostenible”. Y Forbes sorprende informando que “la participación de EE.UU. en la economía global ha caído casi un 50%”. Incluso el propio Donald Trump, antes de jurar su cargo, hizo una declaración pública en la que aseguraba que iba a abandonar el dólar, en sus propios negocios, e iba a darle mayor peso al oro. Trump sabe lo que hay en juego. Más temprano que tarde, un enorme número de estados e inversores abandonarán el dólar por otra reserva de valor.
Esta no es la primera vez que EE.UU. vive una situación parecida a la actual, pero nunca tan grave. ¿Cómo resolvió esas crisis monetarias?
• El Acuerdo de la Casa Blanca de 1933. El Presidente Franklin Roosevelt creó unilateralmente un plan para reanimar la economía afectada por la Gran Depresión. Primero confiscó las tenencias de oro en poder de los privados. Luego, ordenó una devaluación del dólar del 60%, moviendo el precio del oro de 20,37 dólares a 35 dólares la onza.
• El Acuerdo de Bretton Woods, del 22 de julio de 1944. Cuarenta y cuatro países y 730 personas se reunieron en New Hampshire, para adecuar el sistema monetario internacional, posterior a la Segunda Guerra Mundial. El dólar quedaría atado al oro a 35 dólares la onza y el resto de las monedas del mundo quedaban atadas al dólar convertible en oro. Allí se sentaron las bases del señoriaje monetario de los EE.UU. sobre el resto de las monedas y el comercio internacional, consagrándose como la divisa de reserva de valor a nivel mundial.
• El Acuerdo Smithsonian de diciembre de 1971. Bajo la Presidencia del Presidente Richard Nixon, y a pedido de EE. UU., se reunió el “Grupo de los 11”: Reino Unido, Japón, Canadá, Francia, Alemania Occidental, Bélgica, Países Bajos, Italia, Suecia y Suiza, todos aliados cercanos a EE.UU. En ese Acuerdo, convalidaron la propuesta de Nixon de devaluar el dólar en un 8%, lo que significaba el principio del abandono del patrón dólar, adoptado en Bretton Woods.
• El Acuerdo de Jeddah (Arabia Saudita), en Julio de 1974. Nixon enfrentaba una crisis petrolera, una inflación descontrolada, el desplome del mercado bursátil y recesión. El Presidente Nixon decidió abandonar definitivamente el patrón dólar y liberar la emisión de moneda de las reservas de oro de Fort Nox, sustituyendo el “oro metalífero, por el “oro negro”, el petróleo. Nixon envió a Henry Kissinger Y William Simon a Arabia Saudita, que lideraba la Organización de Países Productores de Petróleo (OPEP). En esta reunión de Jeddah EE.UU. firmó con el monarca saudita el “Acuerdo Petrodólar”. Este acuerdo determinó que el precio internacional del petróleo se fijara en dólares , impidiendo cualquier transacción sobre petróleo, gas y otros combustibles en una divisa diferente al dólar. Ello a cambio de que el ejército de EE.UU. defendiera a la familia real saudí y al propio reino de toda amenaza regional o extra-regional. Se trazó así una alianza estratégica de largo plazo entre EE.UU. y Arabia Saudita, que perdura hasta la actualidad. Como todo el mundo necesita petróleo, todo el mundo necesitaba dólares para poder comprarlo. Esta enorme demanda de “Petrodólares”, salvó al sistema financiero de los Estados Unidos. El respaldo de los nuevos dólares emitidos ya no era el oro sino la demanda generada por la compra-venta de petróleo a escala mundial. Este fue el comienzo del emisionismo desmedido que ha llevado a la situación actual, manteniendo artificialmente el predominio del dólar frente a las demás divisas.
Todas las represalias militares que EE. UU. emprendió, desde el comienzo del Siglo XXI, tienen que ver con la preservación del dólar como la divisa obligada para las transacciones en materia de petróleo y gas. La invasión a Irak obedeció al desafío de Saddam Hussein de vender petróleo a Rusia a cambio de rublos. La invasión a Afganistán tuvo que ver con la construcción de un gasoducto que permitiría proveer a Europa de gas, recibiendo el pago en Euros. La represalia sobre Libia, que había adoptado políticas pro-occidentales, en el último período de Kadaffy, fue motivada por la provisión de petróleo a la empresa italiana Agip, a cambio de Euros.
La dificultad actual para mantener la hegemonía del dólar como divisa monopólica en las transacciones petroleras, deviene los cambios geopolíticos que se han operado por la emergencia de Rusia y China, como potencias que desafían el predominio del dólar. Por otra parte la aparición de cripto-monedas o monedas digitales como el Bitcoin, también resultan un desafío al señoriaje del dólar. Estaríamos pasando del patrón oro al Bitcoin, del petrodólar a las criptomonedas, lo que algunos ven como la muerte del dinero físico, el billete, y su reemplazo por las monedas digitales.
La Agencia Bloomberg anuncia que China está por sacudir el mercado de futuros. Ha pasado a ser el mayor importador de petróleo del mundo y está dispuesto a comprarle a Irán toda su producción de petróleo, con una nueva moneda que lanzará próximamente: el “Petroyuan”. Mientras tanto, la visita de Putin al nuevo monarca saudita, constituye una sorpresa diplomática de proporciones. Rusia está dispuesta a vender su gas a Europa a cambio de euros. Hasta Venezuela ha lanzado una cripto-moneda el “Petro”, cuyo respaldo serían las reservas petroleras de la Cuenca del Orinoco, estimadas en 5.000 millones de barriles de crudo de alta calidad. Venezuela asegura haber recibido pedidos de compra por un monto equivalente. Aunque no se pueda confiar demasiado en esas afirmaciones, no existen dudas de que los rusos están invirtiendo en “petros”, mientras siguen acumulando enormes cantidades de oro puro de alta calidad.
Las cripto-monedas son medios de pago virtuales, que permiten el intercambio comercial, independiente de gobiernos y bancos centrales, mientras quienes participan en esas transacciones permanecen en el anonimato. El caso más conocido es el bitcoin, pero ya existen cientos de criptomonedas que están revolucionando el comercio internacional. El Bitcoin se propone como la moneda de máxima libertad (sin bancos centrales que la regulen) y que promueve las más sofisticadas habilidades cibernéticas. El dinero se independiza del oro, del intercambio y de la razón de Estado. Este tránsito del patrón oro, pasando por los petrodólares hasta llegar a las criptomonedas o monedas digitales, es el producto de las dos hipótesis que enunciamos: el paso de una geopolítica unilateral a una multilateral y el estallido de una guerra comercial a escala global.
Cada uno de estos tres procesos que hemos enunciado, o los tres juntos, interactuando entre sí, pueden ser los parteros del nuevo “kairós” del Siglo XXI.
Ya se sienten los dolores del parto.

JOSÉ MIGUEL AMIUNE
Muchas gracias

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