DIVERGENCIA ARGENTINA: CIEGA FRENTE AL HAMBRE, ATENTA A LA CODICIA

No hace falta ser brillante para entender que una devaluación del 50% en dos meses disparará la inflación y aumentará la pobreza. La dirigencia política y su característica prepotencia.

La foto, de archivo, fue tomada hace un año en las calles del centro porteño, pero ver homeless durmiendo en las veredas es una imagen que se replica a diario (AFP/Eitan Abramovich).

En las barriadas pobres la crisis pega fuerte. Más aún que en 2016, cuando el Gobierno lanzó la primera tanda de ajustes para ordenar la macroeconomía. Las cosas mejoraron desde hace un año hasta principios de este. El Gobierno, por entonces, anunció entusiasta la disminución de los índices de pobreza. Pero, el curso de los acontecimientos de las últimas semanas, ha hecho añicos las perspectivas favorables sobre el crecimiento y la inflación.

En la Argentina no se requiere ser muy perspicaz para entender que una devaluación del 50% en dos meses disparará la inflación, estancará la economía e incrementará a pobreza.

Era junio de 2016, Día de la Bandera. El presidente Mauricio Macri encabezaba un acto en Rosario, Santa Fe, en el que renovó su compromiso por un “cambio” que incluya la “pobreza cero” (EFE/Presidencia de Argentina).

Históricamente, la Argentina, un país con una fuerte ventaja competitiva en términos de los commodities alimenticios, se especializa en la producción de bienes-salario. Una modificación positiva del tipo cambiario los impacta directamente hacia la alza. Así paso en 2016, y así ya está ocurriendo en tanto no se detenga la estampida -hasta ahora imparable- del dólar.

La suba cambiaria se replica en el precio de los combustibles. La mayoría de los barrios populares consumen gas envasado. La consecuencia era también esperable en ese rubro: reducir al mínimo el uso de la garrafa para cocinar, calentar el agua con braseros e improvisar fogatas en la vereda para atravesar la noche, departiendo con amigos para no padecer la crudeza del frío en el interior de viviendas precarias.

Uno de los principios básicos de las estrategias de supervivencia en situaciones críticas es “estirar“ la comida, concentrándola en guisos con carne, fideos, polenta, arroz y pucheros. Todos alimentos ricos en hidratos de carbono que “llenan”, en sustitución de postres y yogures, indispensable para la nutrición de los chicos.

Los trabajadores formales suelen comprar en las grandes cadenas de supermercados próximos a sus sitios de trabajo. Los informales, que son la mayoría, lo hacen en supermercados medianos o bien en los comercios barriales que cobran segundas y terceras marcas mucho más caro.

Éstos habilitan el “fiado”; pero a fin de mes hay que pagar acorde a la suba de su precio. Ahí comienza el descenso que obliga a muchos desde recurrir a los comedores comunitarios hasta revolver la basura de las zonas residenciales.

El panorama luce incierto y angustiante. Sólo la devoción futbolera atizada por el Mundial atenúa el estado de zozobra. En esos barrios y en los sectores formales e informales, el Gobierno cosechó en 2016 un caudal de votos insospechados; y no sólo por las obras públicas sino por la confianza que inspiraba la promesa de “Pobreza 0” y cortar el torrente de subsidios sociales en favor de las maquinarias políticas venales.

Hoy impera el desengaño atizado por el “bulling” culpabilizador de los punteros kirchneristas resentidos y envalentonados en contra de los que apostaron por “el cambio”.

En el otro extremo de la escala social, los productores agropecuarios retienen exportaciones a la espera de nuevas subas del dólar.

La cosecha de trigo y maíz – no así la de soja- registró récords durante el último ciclo. Han ganado miles de millones de dólares desde 2015. Pero siguen especulando sin liquidar divisas. También ellos hacen suya la consigna “vamos por más”; o tal vez, “vamos por todo”. Amenazan, así, no sólo la estabilidad de un Gobierno que les ha quitado retenciones y plazos de liquidación sino al conjunto de un sistema político cuyos exponentes tampoco se privan de aportar lo suyo en cuanto a mezquindad e irresponsabilidad.

En 2008, cuando el gobierno de Cristina Kirchner intentó imponerles las confiscatorias “retenciones móviles”, salieron en apoyo de “el campo” no sólo las clases medias acomodadas de pueblos y capitales: también hubo movimientos sociales de desocupados solidarios en contra de la prepotencia autoritaria que ellos también padecían por no “encuadrarse” a los designios hegemónicos del régimen. Diez años después, esa reciprocidad brilla por su ausencia.

Mientras tanto, el Gobierno no hace valer su indispensableautoridad disciplinadora en procura del interés general. Conspicuos intelectualoides y comunicadores aprovechan la oportunidad para difundir en los medios eldiscurso populista de rigor: lo que ocurre es, ni más ni menos, que la implementación exitosa de un “modelo agro minero exportador” que excluye a las “mayorías populares” y a las clases medias bajas, en favor de una minoría oligárquica, a espaldas del país.

Un discurso paranoico fácilmente refutable por el extinto “gradualismo” de los primeros dos años, y los intereses electorales de una coalición que pretende seguir ganando elecciones. Pero el que calla, otorga; y quien no comunica, habilita a estas explicaciones tentadoras tanto por su simpleza, su tradición, y por su verosimilitud con la irresponsabilidad de quienes medran para afianzar lucros exorbitantes.

La prepotencia hasta el salvajismo ha sido el emblema distintivo de nuestras élites durante los últimos noventa años. Al compás de la democratización, ésta fue permeando en la sociedad hasta contaminar su cotidianeidad.

En las bases de la pirámide social su expresión más concentrada son las barras bravas. En el vértice superior, la codicia insolidaria y el cinismo de nuestras élites dirigentes en general. Ambas se retroalimentan contribuyendo a hacer de la Argentina un país invivible.

Por Jorge Ossona

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