DONDE LAS BUENAS NOTICIAS NO LLEGAN

 

El gran interrogante es si las novedades derivarán en cosas tangibles que contribuyan a mejorar un panorama que pinta espeso.

De apuro en apuro. El jefe del Banco Central, Luis Caputo. Aclaraciones a pedido del FMI por una firma de Sturzenegger. (Mario Quinteros)

Buenas noticias hay según la vara que algunos usan para definir qué son buenas noticias, pero viniendo de donde se viene hay lo que hay. El gran interrogante pasa por saber si las buenas noticias de estos días también lo son vistas desde la economía real, o sea, si derivarán en cosas tangibles que contribuyan a mejorar un panorama que pinta espeso y si, por lo tanto, no llevan solamente el color del dinero.

Con un metro parecido puede analizarse el hecho de que la Argentina hubiese recuperado la categoría de mercado emergente, esto es, la posibilidad de que las compañías locales que cotizan en Nueva York consigan financiamiento en mejores condiciones. O que empiecen a superar el derrumbe de sus acciones que es como decir el derrumbe de su valor.

Un puñado de empresas fuertes, muy puntual, heterogéneo y selectivo está en condiciones de aprovechar la nueva calificación. Entre otras, de las telecomunicaciones, la energía, la agroindustria, de los servicios y la banca.

Hablar de un grupo reducido y de un circuito donde están excluidas las compañías medianas revela, ya, que de ahí no puede esperarse un gran derrame sobre la economía real. También está claro que la posibilidad de incrementar la capacidad de producción irá atada a las oportunidades que el país ofrezca o a la demanda interna: “Yo descartaría decisiones importantes hasta el año próximo”, dice alguien que opera en ese mundo.

Por un par de puntos que son al fin un mismo punto, el efecto inmediato de la noticia fue bueno, incluso oportuno. Resultó favorable porque reforzó la estabilidad del mercado de divisas y también por lo opuesto, porque seguir bajo el estatus de economía de frontera o de “segunda” habría provocado un nuevo temblor en el mercado de divisas.

En tren de continuar con las interpretaciones, hubo una del nuevo jefe del Banco Central sobre la crisis cambiaria que no lució precisamente afortunada. Sostuvo Luis Caputo: “En el corto plazo estas cosas tienen costos, pero en el mediano y largo plazo es lo mejor que pudo habernos pasado. Esto nos obligó a pedir el crédito al Fondo Monetario y eso da mucha mayor certidumbre porque dependemos del financiamiento externo”.

Suena extraño llamar a semejante crisis “lo mejor que pudo habernos pasado”, aun suponiendo que hubiese servido para remontar parte o gran parte del atraso cambiario. Es que antes de terminar abrazado al FMI, el método que empleó el Gobierno fue, más que un método, un ajuste fortísimo, desordenado y sin programa.

Hubo hasta ahora: devaluación del 50% desde enero, con obvio traslado a los precios y a las operaciones indexadas al dólar; tasa de interés del BCRA del 40 y hasta del 47%, a la cuenta de deudores de todo tipo, y por último un paquete de compromisos fiscales con el Fondo negociado y sacado de apuro.

Costos habrá en cantidad, empezando por aquellos generalmente desparejos que desparramará la recesión. Y ganadores también habrá, empezando por los grandes jugadores del negocio financiero.

De hecho, Caputo intenta salir de la crisis o tapar los agujeros que dejó la crisis apelando a una variedad de instrumentos financieros, que deben ser necesariamente atractivos y que en algún sentido son más de lo mismo: deuda del Estado.

Lo cierto es que si urgía frenar el dólar, el jefe del Central lo frenó y lo frenó apoyado en un enorme, inusual y bastante político paquete del Fondo Monetario. Ahora el punto consiste en mantener la ventaja cambiaria que se ha logrado; si se prefiere, en evitar que sea consumida por la inflación.

Otra noticia de estos días fue el crecimiento del 3,6% que la economía anotó durante el primer trimestre; a esta altura, pasado y simple registro estadístico. Aún así, va a ser un metro útil a la hora de medir la magnitud del ajuste que el Gobierno aplicó para enfrentar la tormenta. Será otra medición estadística, pero será una medición al fin.

Nadie espera que se repita una cifra siquiera parecida al 3,6% en lo que resta de 2018, sino todo lo contrario: caídas seguras, recesión, cantan los consultores para el segundo y el tercer trimestre y quizás para el cuarto.

Según LCG el año terminaría con registros similares a los del segundo trimestre de 2015 y según Ecolatina, el PBI por habitante resultaría incluso menor al de 2011 o en línea con el promedio del período 2012-2015.

Salta evidente en los cálculos de ambos estudios el impacto que le atribuyen al combo maxidevaluación, tasa de interés altísima y duro ajuste fiscal. Y tan evidente como que, descontado el aumento de la población, la economía real retrocedería varios años.

Algo similar proyecta la Fundación Capital sobre 2019: su última cifra dice crecimiento del 0,8% o caída del PBI por habitante. Si la realidad coincide con cifras así de bajas, así de baja será la temperatura de la economía.

La estimación del Gobierno cuenta entre 0,4 y 1,4% para este año y 2% para el próximo. Tal cual se ve, todo bastante moderado.

Ahora, el aporte de un párrafo del Memorandum de Entendimiento que el Gobierno acordó con el Fondo Monetario: “El BCRA se compromete (…) a no relajar las condiciones monetarias, en particular bajando la tasa de política monetaria, hasta que se lleve adelante una discusión con el FMI”.

La tasa de política monetaria es el notable 47% que apenas asumido Caputo fijó para detener la corrida hacia el dólar. Y la traducción del párrafo, que el Banco Central no podrá bajarla sin la venia del FMI.

Ya no sólo se trata de mantener el costo del crédito a alturas inalcanzables y de trabar cualquier inversión productiva posible, sino también de seguir hiriendo peligrosamente la cadena de pagos. O empujar una línea subsidiada del Banco Nación para auxiliar a pequeñas y medianas empresas enfrentadas a serios apremios.

Parece todo un contrasentido que el 47% haya sido obra de quien nunca se cansó de cuestionarle a Federico Sturzenegger la política de altas tasas de interés: ¿un contrasentido una decisión a la medida del Fondo Monetario? Veinte puntos por arriba de la inflación que se espera para este año, las expectativas del mercado señalan que se mantendría a ese nivel hasta septiembre.

Ya no un contrasentido, la prueba del apuro que prevaleció en el manejo de las cosas fue que Caputo debió asumir como propios los compromisos contenidos en el memo con el FMI. Lo hizo a pedido del organismo, porque llevaban la firma de Sturzenegger.

Así son las cosas cuando manda la imprevisión. Y será inevitable seguir vigilando al dólar, porque la estabilidad cambiaria no está garantizada definitivamente.

 

Clarín,

23 de Junio 2018

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