LA VERDADERA PELEA ENTRE ESTADOS UNIDOS Y CHINA ES POR LAS INVERSIONES EN TECNOLOGÍA

 

Google es la última de las grandes de la tecnología en instalarse en China.

Lo que está en juego en el conflicto comercial entre EE.UU. y China no es el comercio sino las inversiones; y no las inversiones chinas en las empresas de alta tecnología norteamericanas, sino las inversiones estadounidenses, ante todo la de las 5 grandes high tech —Apple, Google, Microsoft, Amazon, Facebook— en la alta tecnología de la República Popular, en especial en el sector de la manufactura más avanzada que integra la economía digital (34% del PBI /US$4.3 billones/+18% anual, que es el doble del PBI nominal, y sería 60% del producto en 2025).

La percepción de Donald Trump es acertada. EE.UU. nunca va a ser más fuerte en relación a China que en este momento. El PBI norteamericano crece 4,8% anual en el 2do trimestre de 2018, casi 3 puntos por encima del promedio 2010 / 2016, con un nivel de desocupación de 3,8%, el más bajo en 44 años, que sería 3,5% al concluir 2018, y quizá 3% en los primeros 6 meses de 2019.

El acuerdo nuclear con Corea del Norte ha sido un éxito histórico de extraordinaria relevancia para EE.UU. y el presidente Donald Trump. Ha resuelto el principal conflicto de seguridad internacional de la época y, al mismo tiempo, ha transformado a la economía norteamericana en el centro de la inversión mundial, atrayendo más de US$7 billones de capitales del mundo entero entre 2017 y los primeros 5 meses de 2018.

El problema no es la inversión china en las high tech norteamericanas, que ascendió a US$13.000 millones en 2017 y representa solo 4% del “venture capital” volcado a las startups de alta tecnología.

La cuestión decisiva para la República Popular en esta etapa de su proceso de acumulación, centrado en la demanda doméstica y en la mejora cualitativa de su sistema de producción, es que la inversión extranjera que necesita no es más la proveniente del Este y Sudeste de Asia (Taiwán, Hong Kong, Singapur, Corea del Sur, Japón), como fue la que recibió mayoritariamente en los 33 años posteriores a 1978, que buscaba la ventaja comparativa de su abundante y barata fuerza de trabajo (900 millones de operarios).

Ahora China requiere la inversión que se orienta hacia los segmentos de punta del sistema transnacional de producción, de elevada productividad e intensa capacidad de creación de valor agregado, lo que significa esencialmente que es la que proviene de EE.UU. y Europa, sobre todo Alemania.

Por eso la prioridad estratégica de la República Popular es atraer a las transnacionales estadounidenses, encabezadas por las cinco grandes high tech, y a la manufactura altamente intensiva en capital de la República Federal, plenamente volcada a la nueva revolución industrial (Industrie4.0).

Google anunció en diciembre del año pasado que abría en Beijing un centro de investigación y desarrollo de “inteligencia artificial” (AI), integrado por 600 científicos e ingenieros de nivel mundial — casi todos chinos—, conducido por el titular del Laboratorio AI de la Universidad de Stanford, Fei Li, que también dirige el negocio “cloud computing” (la “nube”) de Google en la República Popular.

Google es la última de las grandes high tech norteamericanas en invertir en China en las tecnologías de la nueva revolución industrial. Antes lo han hecho Microsoft, Amazon (AWS) e IBM, que son los líderes de la “cloud computing” en el mundo.

El balance estratégico de la alta tecnología oscila en el sistema global; y el centro de gravedad del sistema, sobre todo en la tecnología decisiva que es la “inteligencia artificial”, se vuelca crecientemente hacia Asia / China. Es solo cuestión de tiempo un giro completo en la relación de fuerzas entre las dos superpotencias. En ese caso, el eje de la tecnología avanzada pasaría de Silicon Valley a Shenzen.

Este es el momento de definición de la puja por el poder mundial entre EE.UU. y China. El siglo XXI se resuelve aquí y ahora. Esto lo ha percibido Donald Trump, lo que comprueba una vez más que el instinto es lo mejor que tienen los hombres de Estado.

La hoja de ruta con la que se guía Trump no son las reglas de la OMC, sino las presunciones y prioridades establecidas en su “Estrategia de Seguridad Nacional” de diciembre de 2017, que fija con nitidez que EE.UU. disputa el poder mundial con China; y que no hay otro camino para enfrentarla que establecer una relación de fuerzas favorable a los intereses vitales norteamericanos.

Esto ocurre en un mundo que se ha integrado plenamente, y donde la globalización ha adquirido un ritmo vertiginoso arrastrada por la instantaneidad de la revolución tecnológica. Por lo tanto, la puja por el poder global es una parte estratégicamente decisiva del esfuerzo de integración. Competencia e integración son un solo fenómeno histórico.

El conflicto entre EE.UU. y China, denominado “comercial”, es la cuestión más importante de la política mundial en esta parte de la historia.

 

Clarín,

24 de Junio de 2018

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