TRABAJO INFANTIL: NACER, COMER JUGAR Y DORMIR EN UN BASURAL

PETISOS es una fundación que trabaja por los derechos de los niños y adolescentes, DEF dialogó con su creadora, Elena Durón Miranda, acerca de la explotación infantil y otras problemáticas relacionadas con la niñez. Por Susana Rigoz.

Elena Durón Miranda (casada, un hijo) es oriunda de México, psicóloga y doctora de la Universidad de Salamanca, España, donde entre 1995 y 1999 trabajó en el ámbito de la Psicología Ambiental y formó parte del Consejo de la Unión Europea. Ha desarrollado un trabajo de investigación acerca de las conductas ecológicas responsables aplicadas específicamente a los residuos. Después de conocer a un argentino que, según sus palabras, “la devolvió al sur”, se radicó en el año 2000 en Bariloche, provincia de Río Negro, ciudad que de inmediato la conquistó con sus bosques, montañas y lagos que conforman una geografía única.

Sin embargo, a poco de llegar conoció la cara menos amable de esta ciudad: la de la pobreza y los niños sin infancia, la de la lucha por la supervivencia en medio del frío extremo y la de un desamparo que todos se niegan a ver.

Elena Durón Miranda, fundadora de PETISOS, organización que trabaja por los derechos de niños y adolescentes. Foto: Rocío Fresno Navarro.

Convocada para realizar un proyecto de erradicación de un basural, entró al mundo de los trabajadores de los residuos donde conoció el trabajo infantil que se desarrollaba junto al de los adultos en ese ámbito tóxico. “Se trata de esas realidades que te impulsan a actuar, injusticias que te levan a replantear el mundo y ante las cuales es imposible continuar la vida como antes de conocerlas”, describe. Desde entonces, trabaja activamente por los derechos de los niños y adolescentes, objetivo por el cual creó la Fundación PETISOS (Prevención y Erradicación de Trabajo Infantil SOS), que se dedica también a la promoción de derechos infantiles, a través del acompañamiento de los menores y sus familias.

Con su trabajo logró que cientos de chicos pudieran salir de ese circuito laboral y recuperaran su condición de niños y su expectativa en el futuro. “La clave es devolverles la fe en sí mismos, lograr que sientan que son valiosos y que creemos en ellos”, afirma esta emprendedora social que logró dar visibilidad a una realidad que, pese a estar a la vista de todos, era ignorada.

-¿Cómo comenzó a trabajar con los cartoneros de Bariloche?
-A fines de 2001 y comienzos de 2002, cuando producto de la crisis mucha gente empezó a acercarse a la basura buscando elementos con valor de comercialización. En ese momento, los vecinos del barrio Pilar 2 que está ubicado frente a un basural, molestos por la quema de residuos, me convocaron para que elaborara un programa de concientización acerca del reciclado, tema en el que había trabajado en España. El objetivo era cerrar el basural. Así comencé a conocer esa realidad y descubrí que trabajaban allí alrededor de 300 las personas, de las cuales la mitad eran niños. Fue un impacto muy grande que me llevó a involucrarme con los chicos desde una empatía muy fuerte, al punto que me enamoré para siempre de ellos. Años después escuché hablar de un concepto que me remitió a ese sentimiento: la “indignación ética”, algo que tiene que ver con la bronca y la desesperación, con no poder tolerar determinadas injusticias. Todo lo que había elaborado intelectualmente a lo largo de mi carrera se puso a prueba en ese lugar, donde conocí a la gente invisible de las ciudades, la que se ocupa de los desechos y de la que ni siquiera se habla.

-¿Fue difícil ingresar a ese mundo?
-No es fácil que te acepten, pero empecé por explicarles la razón de mi presencia y me volví una figura cotidiana que participaba de su universo de la mañana a la noche. Aunque parezca gracioso, me ayudó mucho el Chavo del 8. ¡No había niño que no lo conociera! Me reconocían por mi manera de hablar y me llenaban de preguntas. De este modo, fui metiéndome en la tribu urbana de los recicladores. Eso me permitió aprender sus códigos e interiorizarme de la dinámica de los chicos. Durante dos años trabajé con ellos a la par, pensando siempre en cómo hacer para sacarlos de ese lugar y, a la vez, tratando de entender por qué nadie se indignaba ante esa situación, cuál era la razón de que se naturalizara el trabajo de esos niños e incluso por qué ellos mismos lo aceptaban como normal.

-¿Cómo podrías describir el mundo del basural?
-Hablar de basural es casi literal porque se trata de un lugar donde queda expuesta toda la miseria humana. Si tuviera que describirlo, diría que es como un pelotero gigante en el que en lugar de pelotitas hay bolsas de residuos. La gente camina por ese mar de basura con naturalidad. Cuando empecé a ir a la quema de Bariloche, había lugares donde me decían que no avanzara porque podía desaparecer, y eso era literal en el caso de los niños porque a mí que soy un adulto la basura me llegaba a las rodillas.
Es muy duro trabajar ahí, buscar comida en los desechos de los otros; es ir a lo último. Yo he visto literalmente a niños y grandes limpiar fideos con la mano, enjuagarlos y después cocinarlos. Se trata de una situación de suma desesperanza que genera vergüenza y eso mismo lleva a que se arme una especie de gueto en el que nadie puede entrar y donde hay códigos precisos. En las partes más altas del basural se armaban distintos campamentos –de cartoneros, de vidrios, etc.- con elementos sacados de la basura. Allí en verano, a veces se quedaban a dormir, incluso después supe que muchos chicos directamente vivían ahí.

-Debe ser un impacto muy fuerte estar todo el día en ese contexto y después regresar a la propia vida…
-Si, en mi caso además acababa de ser mamá y muchas de las cosas que veía y vivía me movilizaban particularmente. Muchos chicos tenían una edad cercana a la de mi hijo y dormían acostados en un cajón de frutas. Mientras mi bebé se entretenía con un juego didáctico de encastres, los chicos con los que trabajaba aprendían a distinguir el vidrio por ámbar, verde y blanco. Los paralelismos eran atroces y pensar que a 7 kilómetros de Bariloche se desarrollaban esas infancias de modo tan dispar me desarmaba. Sin embargo, aunque muchas veces me dio tristeza y dolor, hoy que lo puedo ver en perspectiva, me doy cuenta de que fue mucho más lo lindo que lo triste.

 El basural es como un pelotero gigante en el que en lugar de pelotitas hay bolsas de residuos

-¿Cuánto le sumó a su vínculo el hecho de involucrarse a fondo en su trabajo?
-Mucho. Además de conocimiento, me dio autoridad para alertarlos sobre los peligros a los que estaban expuestos en esta tarea que es considerada por la Organización Internacional del Trabajo, OIT, una de las cinco peores formas de trabajo infantil porque pone en riesgo la vida de los niños. Esta realidad es tan palpable en un lugar como ese que hasta circulaban leyendas acerca de chicos que habían sido literalmente tragados por la basura. Nunca supe cuán real eran esas historias pero ellos lo creían y eso era tremendo.
El compartir la tarea también me permitió identificar los factores de riesgo potencial e inmediato y empezar a trabajar desde lo que llamamos en la intervención social la “reducción del daño”. Por ejemplo, explicarles que no deben guardar los medicamentos porque con seguridad están vencidos o que no hay que beber los restos de las botellas. Innumerables veces vi chicos con pinchaduras de agujas hospitalarias, residuos patológicos que pueden trasmitirles cualquier enfermedad y otras tantas veces, por este u otro motivo, terminamos en la guardia de un hospital. Estando adentro, pude enseñarles a usar guantes, a explicarles que no debían meter la mano dentro de una bolsa sino rasgarla con algún instrumento para comprobar si contenía algo que les pudiera servir, entre otras recomendaciones.

-En este panorama tan desolador, ¿dónde estaban los adultos?
-Ausentes. Sin embargo, de a poco logré vincularme con ellos y explicarles las cosas que estaban naturalizadas y me preocupaban, como por ejemplo que un bebé diera sus primeros pasos sobre montañas de basura o que hubiera que salir corriendo a rescatar a un chiquito que había sido atropellado por un camión, accidente que solía no tener consecuencias graves porque el piso era blando y se hundía. Con esfuerzo, logramos que se generara la conciencia del cuidado de los chicos que fueron pasando de una adultización precoz a ser vistos como un sujeto a proteger.

-¿Y los chicos?
-Con los pequeños, lo primero que hice fue generar entre ellos mismos actividades de prevención: no hay nada más importante para un chico que saber cuidarse a sí mismo, sobre todo en un contexto donde los padres casi no existen. Armamos un espacio propio, una especie de campamento –con alfombra, flores artificiales y unas reposeras torcidas que servían de asientos– al que bautizamos “Los peques”. En poco tiempo se transformó en un lugar de pertenencia, donde los chicos sabían que podían estar, tener agua potable y ser escuchados. Entonces armé un protocolo. Del mismo modo que cuando uno se va de su casa deja los teléfonos útiles pegados en la heladera, yo dejé en el campamento los números de mi casa, el celular, la comisaría y el hospital para que, de ser necesario, pudieran comunicarse desde el teléfono público más cercano que quedaba a seis minutos en bicicleta. Que alguien se preocupara por ellos y les dijera qué hacer era un plan y eso los hizo sentir seguros. Aunque no fue fácil tener como interlocutores a chicos de 8 o 9 años, lo logramos.

Chicos y grandes, en la Fundación PETISOS.

-¿Hubo más personas que se involucraron en el proyecto?
-Sí. En cuanto comencé a difundir mi trabajo se empezaron a unir grupos de voluntarios, logramos hacer campañas de concientización en distintos medios y se sumaron profesionales –psicólogos, psicomotricistas, psicopedagogos, trabajadores sociales– que aportaron desinteresadamente su trabajo. Incluso hubo maestros que nos ayudaron con la escolarización de estos niños que eran los eternos repitentes. Chicos de 12 años que cursaban segundo grado, gigantes que apenas conocían las letras y a los que les resultaba imposible sostener la escolarización en ese contexto. Pero con ayuda de algunas escuelas de la zona y a través de planes conjuntos, adaptación curricular y estrategias personalizadas logramos su reinserción en el circuito educativo formal, a los que después se sumaron talleres artísticos y de expresión que abrieron nuevas puertas en sus vidas.

UN PASITO MÁS

-¿En qué momento decidió que debía ampliar el radio de acción?
-Fue en 2004, cuando vimos que en el basural se había logrado cierta organización, se había producido una especie de acomodamiento que lejos de impulsarlos a salir de ese lugar había institucionalizado su situación. Fue entonces, cuando con mucha tristeza decidimos pasar a otra etapa. Después de lograr que algunos padres accedieran a que sus hijos no trabajaran durante seis meses y se dedicaran a retomar la escolaridad, comenzamos con la ayuda de voluntarios a dar clases de apoyo y los llevamos a controles de salud. Poco después nos involucramos en el barrio de referencia de los chicos, donde nos encontramos con otras problemáticas cuyo factor común era la vulneración de derechos y decidimos ampliar nuestra labor. Así nació PETISOS nombre que elegimos con los 24 chicos el primer día que nos organizamos como grupo. Con el tiempo llegamos a tener un centro de día donde transitaban 100 niños, cada uno con su legajo y la supervisión de equipos multidisciplinarios especializados en infancia en riesgo que no existía en el mismo Estado.

-Ustedes tienen el lema “Todos los niños, todos los derechos”. ¿De dónde nació?
-A medida que fuimos creciendo y comenzamos a abordar problemas como abuso y explotación sexual, maltratos y violencia psíquica o verbal comprobamos que se trata de aberraciones que se dan en todos niveles sociales. Sin embargo, como se parte del prejuicio de que en las familias de clase media y alta esas cosas no ocurren, cuando se habla de derechos de la infancia se tiende a pensar en grupos vulnerables, pobres y oprimidos cuando en realidad pasan las mismas cosas en cualquier contexto socioeconómico. ¿Qué hace la diferencia? Qué cuando un chico va a una salita u a un hospital tiene de algún modo la protección del Estado en la figura del pediatra que debe activar un protocolo, mientras que en una clínica muchas veces el médico no realiza la denuncia, incluso para evitar un posible juicio. La representación es tremenda: pareciera que estos problemas se dirimieran en clases socioeconómicas: los pobres, todos abusados y maltratados; los ricos, plazas y juegos.

La Fundación PETISOS, en Bariloche, acompaña a los chicos y a sus familias. Foto: Rocío Fresno Navarro.

-Hasta ahora hablamos de los chicos pequeños, pero en la Fundación también se ocupan de los adolescentes. ¿Cómo describiría esa franja etaria?
-En general son chicos muy explosivos, iracundos, que tienen problemas de consumo, delincuenciales, varones que carecen de figura masculina o que no tienen quién los quiera.Se trata de chicos que muy rápido fueron grandes, a quienes su familia y la sociedad los etiquetó como ladrones y actuaron en consecuencia de un modo diría inevitable.Nuestro trabajo entonces es tratar de sacarles las etiquetas y rescatarles la infancia. En la Fundación tenemos espacios de reflexión donde trabajamos con los adolescentes en la reconversión de sus tragedias personales como un aspecto que los puede hacer crecer más fuertes. Es fundamental que puedan poner en palabras lo que sienten y que comprendan que lo que vivieron no los define.

-Rescatar lo positivo.
-Exacto. Buscar lo bueno y trabajar desde las potencialidades. En las familias donde no hay una emocionalidad manifiesta, suelen generarse niños muy tímidos que solo escucharon cosas malas de sí mismos. Rótulos. Eso se replica en la sociedad, donde nadie pone en valor un futuro para ellos: según el lugar donde nació es una potencial profesional –médico o ingeniero– o una amenaza –ladrón o, en el mejor de los casos, jardinero–. Esa mirada social también determina y etiqueta, por eso es fundamental reafirmarles que cada uno puede ser lo que quiere. Sé que suena a libro de autoayuda pero he comprobado que es real, sobre todo en personas a las que nadie nunca les destacó algo positivo. Ese es una de mis mayores aprendizajes.

 Nuestro trabajo es tratar de sacarles las etiquetas y rescatarles la infancia

-¿Qué otras lecciones que aprendió de los chicos?
-Muchísimas, pero entre las más importantes rescato su capacidad de comprender y transformar el propio entorno; y su fuerza interior para salir adelante aun en las situaciones más complejas. Por ejemplo, hicimos un proyecto al que llamamos “Participación protagónica” con chicos pequeños y con adolescentes. Nuestro objetivo fue que elaboraran proyectos destinados a, desde su mirada, mejorar su comunidad. Los resultados fueron asombrosos: repararon en cosas que los adultos nunca habían tenido en cuenta, como por ejemplo, el peligro de determinados juegos en una plaza. Los niños leen su circunstancia, son expertos en sus propias vidas. Sin dudas, si alguien quiere saber qué necesita la infancia hay que preguntarle a ellos mismos.

-Dada la experiencia de tantos años, ¿cree que tiene alguna dificultad particular el hecho de trabajar con niños?
-Hay mucha gente que cree que porque tiene hijos o porque le gustan los chicos o hasta porque alguna vez lo fueron saben trabajar con esa franja etaria y no es así. Cuando se trata de niños en estado de vulneración económica, social o emocional: abusados, maltratados físicamente, violentados, pobres en general, etcétera, se tiende a generar una especie de manto de amor que lleva a verlos como cosas a las que hay que proteger y no como personas. Eso se traduce en que ven al niño, lo arropan, le limpian los mocos, le quitan los piojos y lo mandan a la casa donde vuelve al mismo contexto. Yo creo que trabajar con la infancia es algo muy especial y soy muy exigente y crítica, porque muchas veces sin querer se hace daño. Para tratar con esta clase de problemáticas hay que saber que el bien superior es el de los chicos y hay que tener claro que no se trata de lugares donde dirimir intereses propios del tipo: “Me siento mejor persona porque voy a ayudar a un comedor”.

-¿Cuál es el error más frecuente que comenten los adultos?
-Centrarse en lo que le falta a un niño. Si un chico no ve en el espejo de la mirada del otro una valoración de lo que puede llegar a ser, si le devuelven que es un pobre niñito desvalido, nunca va a poder verse como una persona plena y tendrá una autoestima muy baja. Recuerdo un caso tremendo de un chico de 8 años, cuya madre, que tenía problemas mentales, desde los cinco lo dejaba afuera de la casa con los perros. Cuando recién llegó a la Fundación se comportaba casi como un animalito. El resto de los chicos, aunque desconocían su historia, notaba que algo fuera de lo común ocurría, en especial por el trato que le daban los adultos. Había mucho amor y cuidado de parte de todos, pero me di cuenta de que lo que él necesitaba era que le regresáramos otra mirada de sí mismo. Entonces empecé a tratar de que rescatara lo valioso de su propia historia, preguntándole cómo no le daba miedo dormir solo en la perrera a la intemperie o qué hacía para aguantar el frío. “¡Qué genio que sos! Yo me hubiera muerto”, le dije en una ocasión. Y él me contestó entre risas “Usted es muy maricona, señora”. Creo que es un ejemplo muy claro de la impronta de PETISOS: buscar siempre lo bueno. Así como nadie es totalmente maravilloso, nadie es totalmente nefasto y mucho menos un niño.Después de tantos años de experiencia, diecisiete en total, puedo afirmar que vi situaciones terribles pero que siempre encontré en cada niño la fuerza necesaria para sobrellevarla.

INFOBAE,

23 de junio de 2018

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