PERÓN ES PARTE DE LA HISTORIA VIVA DE NUESTRA PATRIA

Este texto corresponde a la homilía del 1º de julio, aniversario de la muerte de Juan Domingo Perón. ………………….SI
PERÓN ES PARTE DE LA HISTORIA VIVA DE NUESTRA PATRIA

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MsEG: “Como diría Perón: Hoy, doctrinas foráneas se han filtrado en la raíz más propia de nuestro pueblo hasta el punto de tratar de oponer el pensamiento de Perón a la enseñanza de la Iglesia. Sin embargo, su postura fue clara: “Frente a tal relatividad moral, de clases, castas, grupos y consorcios, los pueblos refuerzan en sus conciencias las simples verdades evangélicas de Jesucristo. Ellas son los postulados de nuestra moral profundamente cristiana y popular” (Perón, Filosofía Peronista).”

Al cumplirse un nuevo aniversario del fallecimiento de Juan Domingo Perón, el evangelio nos habla de construir sobre terreno firme y paradójicamente muchos pueden seguir sintiendo como “misterio” la vigencia histórica de este hombre, que nos equivocaríamos si dijéramos “pasó a la historia”, ya que es parte de la historia viva de nuestra patria. Sería muy pobre, aunque no lejos de la realidad, decir que es un sentimiento, porque hasta los sentimientos tienen una raíz.
Traicionaríamos la inteligencia de la historia, y en esto somos expertos los argentinos, si redujéramos esta vigencia a una presidencia carismática en el momento justo de la historia donde los planetas se alinearon. Sin descartar estas coordenadas y siendo fieles a nuestra propia historia, ella nos señala que está en las raíces de una conciencia que hoy tenemos como pueblo. El movimiento creado, su doctrina, tanto como su pensamiento hecho acción, fue una respuesta social y la genuina opción de cambio de la clase trabajadora argentina.
Una transformación social en un mar de contradicciones propias de la realidad de nuestro país desde sus orígenes. En un tiempo en que el modelo agroexportador y su comercio internacional ubicaba al país entre los cinco o seis primeros del mundo, solo una minoría tenía acceso a los últimos avances de la modernidad y la miseria, junto a la exclusión, eran el pan de cada día para la inmensa mayoría de la población. Las decisiones estaban en manos de un puñado de poderosos y los intentos de transformar política y socialmente la realidad tenían por respuesta el fraude reiterado y la represión.


En ese contexto, no exento de errores pero con claridad en el rumbo, Perón encara la transformación de un modelo viejo de “fabricación de pobres” en una nueva realidad que dio nuevas posibilidades a millones de hombres, mujeres y niños que estaban hasta entonces condenados a sobrevivir como pudieran.
Su legado histórico, que no podemos pasar por alto, fue hacer pasar a muchos hombres y mujeres de habitantes a ciudadanos; haciendo posible la masiva creación de una ciudadanía real y popular en la que millones de obreros, empleados, mujeres y hombres, excluidos de la participación en la riqueza que producían y fuera de la toma de decisiones políticas, se convirtiesen en artífices de su propio destino.
Esta “inclusión”, como decimos ahora, de los trabajadores se edificó sobre principios básicos, necesarios para toda vida democrática: la dignidad del trabajo y la justicia social. El trabajo es, ante todo, un derecho. Ganarnos el pan con el sudor de nuestra frente, producir por lo menos el equivalente de lo que consumimos es la base de la dignidad humana. Para que sea así, necesariamente debe ir de la mano de la justicia social, que garantice a los trabajadores la participación que les corresponde como creadores de la riqueza.
Hacer memoria en este día, y que gran parte de nuestro pueblo se identifique con grandes ideales, no puede quedar reducido a entonar la marcha o darle al bombo hasta que se rompa el parche, ni tampoco andar repitiendo frases sueltas o las veinte verdades, sin la raíz de su pensamiento y anhelo vital.
Para Perón ser argentino implica estar metido en la historia concreta y tener un compromiso ético con el destino de la propia tierra, por eso lo popular hace a su identidad. Su pensamiento es claro: el hombre es cuerpo, alma y tierra que, cuando encuentra su equilibrio, se convierte en pueblo y, cuando ese pueblo defiende su tierra y su cultura, su tradición y su historia, toma la categoría de patria. Cuando la patria, en su conjunto, decide seguir un objetivo común, se convierte en nación. Y cuando se logra la perfecta armonía y equilibrio entre pueblo, patria y nación, junto a un gobierno que comprenda y entienda las consignas de su tiempo, se consigue el objetivo final: ser una comunidad organizada.
Siempre el hombre con su vida a cuestas está en el centro: “Nuestra doctrina es una doctrina humanista; nosotros pensamos que no hay nada superior al hombre, y, en consecuencia, nuestra doctrina se dedica al hombre individualmente considerado para hacer su felicidad, y al hombre colectivamente tomado para hacer la grandeza y la felicidad del país” (Perón, ante estudiantes brasileros, 19 de julio de 1950).
La vida tiene en su pensamiento y acción política y social un valor fundamental: “Levantamos la bandera de nuestra doctrina en defensa del hombre… del hombre auténtico y total… materia y espíritu… inteligencia y corazón, individual pero social, material pero trascendente, limitado pero infinito. Así es el hombre para la doctrina justicialista del peronismo, y con esa concepción enfrentamos a un mundo que se derrumba, precisamente por haber destruido al hombre, y nos proponemos levantarlo sobre sus ruinas hasta devolverle a las alturas de su excelsa dignidad humana” (Perón, en la clausura del IV Congreso Internacional de Cardiología, 5 de septiembre de 1952).
“Principios morales, valores éticos” tan pocos mencionados cuando hablamos de su pensamiento, pero fuertemente presentes y hoy tan necesitados. La virtud, para la ética peronista, no exige el desprendimiento de la vida, sino el apego a ella, pues la filosofía peronista es filosofía de la vida, no de la muerte; y la ética enseña al hombre cómo debe proceder para vivir plenamente, con autenticidad, sin desnaturalizarse. “Hace falta llevar a la humanidad a una altura mejor, y para eso le corresponde a la política ganar derechos, ganar justicia y elevar los niveles de la existencia, pero es preciso que los valores morales creen un clima de virtud humana capaz de compensar en todo momento, junto a lo conquistado, lo debido”.
Como diría Perón: Hoy, doctrinas foráneas se han filtrado en la raíz más propia de nuestro pueblo hasta el punto de tratar de oponer el pensamiento de Perón a la enseñanza de la Iglesia. Sin embargo, su postura fue clara: “Frente a tal relatividad moral, de clases, castas, grupos y consorcios, los pueblos refuerzan en sus conciencias las simples verdades evangélicas de Jesucristo. Ellas son los postulados de nuestra moral profundamente cristiana y popular” (Perón, Filosofía Peronista). La misma tercera posición que dejó Perón es una propuesta que supera a todas las ideologías que hoy existen en el mundo, porque surge de los principios de la justicia social que abrevan de la doctrina social de la Iglesia, de ahí su vigencia universal.
El humanismo peronista se enraíza en la doctrina evangélica, su ética entronca en la corriente viva de la ética popular que siempre guardó en lo más profundo de sí las enseñanzas de Cristo.
A los peronistas de eslóganes populistas huecos o de cultura de Wikipedia, estas palabras no pueden quedar ausentes: ha dicho Perón que su doctrina no es nueva, que hace dos mil años ya se había iniciado. “He luchado por cumplir lo que desde hace dos mil años ya está anunciado y practicado, y que el mundo había olvidado” (Ante religiosos de la Orden Franciscana, 5 de octubre de 1948).
El peronismo quiere hombres felices y sabe que no es posible la felicidad sin la bondad, sin el amor. “Las creaciones de la humanidad no se amasan con separaciones y odios, sino con colaboración y amor” (Perón, en la concentración de empleados bancarios, 11 de agosto de 1944).
Palabras que nos cuesta muchas veces reconocer en esta realidad en la que cada vez nos sentimos más extraños, lo tomo de un escritor contemporáneo que parafrasea el viejo tango Te acordás, hermano…. “Pueblo, ¿te acuerdas de tus grandes hijos? / Aquellos a los que debimos imitar, / Se acuerdan, compañeros, qué tiempos aquellos. / Eran otros hombres… más hombres los nuestros. / San Martín peleando por emancipación, Dorrego por federación, / Facundo Quiroga por constitución, Felipe Varela y Ugarte por la Patria Grande. / Mosconi, Savio e Ignacio San Martín por la Argentina industrial… ¡Y Perón! / Pero si me acuerdo de ello, escondo la cara y me pongo a llorar”.
En estos días donde la ignorancia y la falta de sentido común crean sensación de caos, donde se fogonea la violencia verde, donde el “me parece” es ley y orden y se empodera cualquier mamarracho, se instrumentaliza la juventud, donde la vida se manosea desde los altares de los medios de comunicación social y de los intereses personales, donde los eternos rivales comulgan en la decisión de descartar la vida —qué atropello a la razón, diría Discépolo—, sería bueno volver a las raíces para no construir una patria con base en doctrinas ocasionales, snobistas y oportunistas. El valor vida recorre toda la doctrina de Perón. Aparece 56 veces en La comunidad organizada y 131 en Filosofía peronista, sin contar sus discursos; ojo, lo fundamenta en los grandes pensadores de la historia y no en la palabra de modelitos de turno, en encuestistas que nos usan de conejitos de Indias o charlatanes a sueldo.
El peronismo toma del pensamiento cristiano el concepto de la persona humana, todos los hombres y mujeres poseen una dignidad intrínseca fundada en el carácter de hijos de Dios. El criterio de inviolabilidad de la dignidad humana se diferencia sustancialmente del pensamiento liberal y del pensamiento marxista, y por esta razón el peronismo sostiene una clara concepción de este valor en la construcción social, en la cual el hombre es el centro, y tanto el Estado como las diversas formas de organización social están obligados a respetarlo. En boca de su compañera Evita esto toma sensibilidad auténticamente femenina y vital al afirmar: “El vientre de la mujer es la cuna sagrada donde se genera la vida”.
Conmemorar en este día al general Juan Domingo Perón es hacer memoria, honrar su memoria, no fragmentadamente, tomando lo que conviene. Debemos volver a buscar las raíces que nos permitan recrear nuestra identidad nacional. Si así no lo hacemos, no podremos ser nunca un árbol que crezca y que dé frutos, solo aspiraremos a ser un clavel del aire o una orquídea, bellas ambas, pero parásitas de otros árboles que están bien parados.
Vienen oportunamente unas palabras del mensaje del papa Francisco a los jóvenes en Rosario: “No renegués la historia de tu patria. No renegués la historia de tu familia, no niegues a tus abuelos. Buscá las raíces, buscá la historia. Y desde allí construí el futuro”, y “a aquellos que te dicen que los héroes nacionales ya pasaron, que ahora empieza todo de nuevo, reíteles en la cara, son payasos de la historia”.
Que aprendamos las lecciones de la historia, a veces amargas, para que podamos ser de los anónimos capaces de ser recordados buenamente como aquellos que, con poco o mucho, se animaron a ser constructores de la historia y no bufones al servicio de un palacio internacional.
Confiamos a Dios el eterno descanso del general Juan Domingo Perón haciéndonos eco de sus mismas palabras y asumiéndolas como consigna. “Nosotros no solamente hemos visto en Cristo a Dios, sino que también hemos admirado en Él a un hombre. Amamos a Cristo no solo porque es Dios, lo amamos porque dejó sobre el mundo algo que será eterno: el amor entre los hombres” (Perón, en el V Congreso Eucarístico Nacional, en Rosario, 29 de octubre de 1950).

Por Mons. Eduardo García
Obispo de San Justo
Infobae
7 de julio de 2018

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