EL ESCÁNDALO DE LA CRUZ Y EL ANUNCIO DE LA FÉ EN EL MUNDO

El Evangelio según San Marcos en el capítulo 6 nos relata el regreso de Jesús a su pueblo, para predicar y curar, y el rechazo que sufre en ese encuentro por su falta de fe. El evangelista afirma que Jesús era para ellos motivo de escándalo. Comentando este pasaje, el P. Damián Nannini dirá que es el escándalo de la cruz, el escándalo del amor de Dios que se entrega por nosotros y nos da la vida.

El problema del escándalo de la cruz está en el corazón de las relaciones de la Iglesia con el mundo. Es uno de los ejes centrales del pensamiento de Joseph Ratzinger como teólogo y luego como Papa Benedicto XVI.

En una conferencia en 1966 dedicada al tema “El catolicismo después del Concilio”, Ratzinger se refería a la cuestión de la orientación al mundo por parte de la Iglesia. Y afirmaba que esta orientación “no puede ser el de abolir el escándalo de la cruz, sino el de hacerlo accesible de nuevo en toda su desnudez, mientras quedan fuera todos los escándalos secundarios que se han ido formando y que con bastante frecuencia encubren por desgracia la necedad del amor de Dios con la necedad del amor propio de los hombres, dando así un falso impulso que pretende atrincherarse, pero sin razón, en el impulso del Maestro” (Ratzinger, Joseph, Obras Completas, Tomo VII/2, BAC, Madrid, 2016, p. 962).

En un discurso de Benedicto XVI en Alemania el 25 de septiembre de 2011 citado por el P. Nannini reaparecen estas mismas ideas. “La fe cristiana es para el hombre siempre un escándalo, no sólo en nuestro tiempo. Creer que el Dios eterno se preocupe de los seres humanos, que nos conozca; que el Inasequible se haya convertido en un momento dado en accesible; que el Inmortal haya sufrido y muerto en la cruz; que a los mortales se nos haya prometido la resurrección y la vida eterna; para nosotros los hombres, todo esto es verdaderamente una osadía. Este escándalo, que no puede ser suprimido si no se quiere anular el cristianismo, ha sido desgraciadamente ensombrecido recientemente por los dolorosos escándalos de los anunciadores de la fe. Se crea una situación peligrosa, cuando estos escándalos ocupan el puesto del skandalon primario de la Cruz, haciéndolo así inaccesible; esto es cuando esconden la verdadera exigencia cristiana detrás de la ineptitud de sus mensajeros” (Discurso a las asociaciones católicas comprometidos con la Iglesia y la sociedad. Domingo 25 de septiembre de 2011).

Por eso, para Ratzinger, se trata de liberarse de los “escándalos” de los hombres (en 1966 los llama escándalos secundarios) para que quede más evidente el “escándalo de la cruz” (escándalo primario).

Ciertamente, los escándalos secundarios pueden llevarnos a callarnos y a no anunciar el Evangelio. Pueden llevarnos a acomodarnos al mundo, como si el misterio de Dios hecho hombre nada tuviera que decirle al mundo. Pero tales actitudes serían una forma de claudicación que no expresan la verdad del amor de Dios que se nos ha confiado para que lo testimoniemos y anunciemos hasta el fin de los tiempos.

Para Benedicto XVI, la Iglesia debe “hacer una y otra vez el esfuerzo de desprenderse de esta secularización suya y volver a estar de nuevo abierta a Dios. Con esto sigue las palabras de Jesús: “No son del mundo, como tampoco yo soy del mundo” (Jn 17,16), y es precisamente así como Él se entrega al mundo. En cierto sentido, la historia viene en ayuda de la Iglesia a través de distintas épocas de secularización que han contribuido en modo esencial a su purificación y reforma interior” (2011).

Benedicto XVI llama la atención sobre un hecho de la historia que, a primera vista nos podría parecer “malo” para la Iglesia, pero que sin embargo la ayuda a purificarse para anunciar mejor al Señor. Decía el Papa en 2011 a las organizaciones católicas alemanas: “las secularizaciones –sea que consistan en expropiaciones de bienes de la Iglesia o en supresión de privilegios o cosas similares– han significado siempre una profunda liberación de la Iglesia de formas mundanas: se despoja, por decirlo así, de su riqueza terrena y vuelve a abrazar plenamente su pobreza terrena.”

Y nuevamente vuelve sobre el tema: “La Iglesia se abre al mundo, no para obtener la adhesión de los hombres a una institución con sus propias pretensiones de poder, sino más bien para hacerles entrar en sí mismos y conducirlos así hacia Aquel del que toda persona puede decir con san Agustín: Él es más íntimo a mí que yo mismo (cf. Conf. 3, 6, 11). Él, que está infinitamente por encima de mí, está de tal manera en mí que es mi verdadera interioridad. Mediante este estilo de apertura al mundo propio de la Iglesia, queda al mismo tiempo diseñada la forma en la que cada cristiano puede realizar esa misma apertura de modo eficaz y adecuado.”

Para Benedicto XVI, “no se trata aquí de encontrar una nueva táctica para relanzar la Iglesia. Se trata más bien de dejar todo lo que es mera táctica y buscar la plena sinceridad, que no descuida ni reprime nada de la verdad de nuestro hoy, sino que realiza la fe plenamente en el hoy, viviéndola íntegramente precisamente en la sobriedad del hoy, llevándola a su plena identidad, quitando lo que sólo aparentemente es fe, pero que en realidad no es más que convención y costumbre”.

En estos tiempos en que arrecian embates contra la Iglesia en distintos lugares del mundo, pidamos a Dios que aprendamos a liberarnos de los escándalos secundarios y aprender a ser testigos del escándalo de la cruz, que no es otra cosa sino el amor apasionado de Dios por cada hombre revelado en Cristo Jesús.

Por Jorge Nicolás Lafferriere

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