UNA DISYUNTIVA DE NUESTRO TIEMPO

¿Es Crisis o Decadencia? (La Argentina del siglo 21)

El riesgo de devenir en un Estado fallido debería ser considerado seriamente por los argentinos. Al menos por sus líderes, o aspirantes a serlo. Unos hablan de “tormenta” y otros de “crisis” pero es muy probable que esto resulte un fenómeno más complejo y profundo: una decadencia estructural, mucho más que un ocaso coyuntural. El columnista abordó el dilema:

“El grave problema que se plantea hoy día a las identidades nacionales y personales, no es la identidad de los otros, sino la identidad, entendida, de todos por igual.”

El hombre, en general, sabe de la realidad por lo que aparece, mientras que las ciencias particulares conocen por los actos o hechos específicos a cada disciplina. Así el psiquiatra conoce a su paciente por lo que dice y hace. El médico por las manifestaciones del cuerpo del enfermo, el detective, el historiador, el sociólogo, el economista, de igual manera.

¿Y el filósofo? Él, en principio, como el hombre común, conoce por lo que aparece. Y si bien no existe, en este sentido, una diferencia entre ambos, la misma va a surgir en la descripción de aquello que a los dos se les aparece.

Y aquello que aparece es denominado técnicamente: el fenómeno.

Término que proviene del griego ϕαινομαι, que es la voz pasiva del verbo ϕαινω (”mostrar”), de ahí que fenómeno venga significar etimológicamente: “lo que se muestra”, que tiene su raíz última en “ϕος−ϕοτος” = luz. Es el origen de nuestros términos cotidianos de fósforo o foto. Así, lo que se muestra es lo que sale a la luz, sea del interior del hombre, como del interior de la realidad objetiva, el ente = ens/entis= lo que es.

Nuestra observación nació allá por el 2001 cuando todos los discursos desde el poder o desde la hermenéutica periodística al referirse a la situación de nuestro país afirmaban que “estamos en crisis” o “ésta es la peor crisis de nuestra historia”. Pero luego nos detuvimos un poco más y vimos que en otras latitudes el discurso se repetía, y así leímos acerca de la crisis rusa, francesa, alemana, española, italiana, norteamericana, brasileña, etc.etc.

Ante esto sostenemos que nosotros, los argentinos en particular y el hombre en general, no estamos en crisis sino más bien en decadencia.

¿Por qué? Porque crisis como su nombre lo indica viene del griego “κρινω”, que significa separar, distinguir, juzgar. Que originariamente significaba tamiz, como el que usan nuestros albañiles para separar la arena fina.

Los momentos de crisis en la vida personal son, por ejemplo, los de la adolescencia en donde el joven se encuentra ante una bifurcación de caminos y debe decidir que hacer o llegar a ser. Se da en la menopausia o andropausia momento en el que los hombres deciden rejuvenecerse o aceptar el envejecimiento. En una palabra, las crisis son siempre etapas que hay que superar en el camino de la vida.

Pero Argentina hoy no vive una etapa, sino en todo caso asiste a un cambio epocal. Un cambio que se parece más a una decadencia que a un resurgi miento. Y decimos decadencia porque asistimos a la desvalorización de todo aquello que fue valioso, por ejemplo, el respeto a la palabra empeñada, a las normas mínimas de convivencia, a la honradez, laboriosidad, austeridad, piedad(veneración por los padres y los próceres) en definitiva, grandeza de alma o “μεγαλοφιχια” (“Lo grande nace grande”, afirma por ahí Heidegger, de lo mínimo no sale nunca lo máximo). Y así podríamos seguir llenando páginas pintando nuestra decadencia. Pero que cada uno utilice sus pinceles y colores que más le plazcan. Mucho hay para pintar, diría demasiado.

Ahora bien, la noción de decadencia encierra un enigma poco común, y es que siempre se puede ser, un poco más decadente. Su concepto significa tanto naufragio, hundimiento, ruina, caída u ocaso. Encierra la idea de “declinación necesaria” de la que no se puede salir recorriendo el camino hacia atrás. Es necesario comenzar de nuevo como lo hace el sol luego del ocaso o el comerciante después de la ruina.

Esta ley de la decadencia se manifiesta en todos los campos, en la vulgaridad de nuestro folklore(ahora romanticón), de nuestro paisanos (ahora con boina y botas con pompón), de nuestros dirigentes(sin pertenencia, pues no se sabe dónde viven ni de dónde son), de nuestros milongueros (parodia de acróbatas), de nuestros periodistas (todos carilindos que repiten lo mismo), de nuestras actrices (intercambiables unas con otras), de nuestros obispos (con cara de nada), de nuestros militares (cortados por la misma tijera de la mediocridad), de nuestros sindicalistas (aunque flacos casi todos gordos), de nuestros filósofos (que siempre imitan e imitan mal al estilo de un espejo opaco) y así podemos seguir ad infinitum.

Así, pues, de la decadencia sobre todo social, política, económica y cultural que es la que nos afecta hoy, aquí y ahora, en Argentina, solo se puede salir por dos vías: O la restauración o la revolución. Ejemplos históricos tenemos de ambos caminos. Así Augusto, luego de las desastrosas guerras civiles que sumieron en decadencia a la República romana comienza la restauración de las costumbres antiguas que habían hecho grande a Roma. De idéntica manera, mutatis mutandi, en nuestro país Rosas luego de la desastrosa anarquía de la década de 1820/29 que sumió en decadencia a la sociedad, se alzó como el Restaurador de la Leyes.

Pero la restauración o la revolución son siempre relativas a las circunstancias y sujetos históricos que las encarnan. Eso lo dejamos para los historiadores, sociólogos y politólogos.

Desde el punto de vista filosófico salida de la decadencia encierra una paradoja (etimológicamente: algo inesperado o raro), y es que no se puede salir de la decadencia remontando el camino que no lleva a ella, sino sólo se puede salir intentando otros caminos, otras alternativas como se dice hoy.

Yo creo y esta es mi íntima convicción que de la decadencia solo se puede salir como lo hicieron Dédalo y su hijo Ícaro del laberinto cretense: por arriba. Sólo por arriba. Pensando en grande y actuando en grande. No imitando, sino pensando con cabeza propia. Eliminando la autodenigración tan propia y fomentada por la intelligensia vernácula. Buscando e intentando la preferencia de nosotros mismos. Recuperando el sano orgullo de ser argentinos, con todos los pro y los contra que ello supone y encierra.

Y acá entra de rondón el tema de la identidad. Y aquello que la amenaza no es la identidad de “los otros” sin la identidad pensada para nosotros de todos por igual.

La mejor más profunda definición de decadencia es la que nos brinda el periodista y pensador Gilbert Comte cuando la define como le refus du sacrifice, el rechazo del sacrificio: “La décadence débute quand chacun refuse de prendre des risque pour les autres” (la decadencia comienza cuando cada uno rechaza tomar riesgos por los otros). (1)

Nuestros representantes rechazan sacrificarse por sus representados, no toman ningún riesgo a favor de los otros, sus representados. El pueblo en su conjunto es simplemente un convalidador de representaciones que sus dirigentes, los representantes, no se ven obligados a cumplir.

La única obligación que tienen es cumplir con el procedimiento jurídico formal de acceso a los cargos, a las representaciones. Una vez en posesión de las mismas su responsabilidad se diluye en un discurso político que dice y no dice: que promete sin comprometerse, ni moral ni existencialment e. En una palabra, promete pero no se obliga.

Esta ruptura de la representatividad que se da en todos los niveles y dominios de la actividad ha hecho que el pueblo llano busque la solución de sus problemas, a sus demandas, a través de las movilizaciones, las tomas de edificios, los piquetes en las rutas y calles, la ocupación de los espacios públicos, la interferencia en los servicios y las mil medidas y revueltas hechas ad hoc.

El pueblo ha tenido que tomar la representación en sus manos porque sus representantes, políticos y sociales, no lo han representado, no han estado a la altura de sus necesidades.

¿Para qué sirve el Parlamento si con sus leyes no soluciona los problemas del pueblo que lo votó?

¿Para qué sirven los sindicatos si no logran las reivindicaciones reclamadas por sus trabajadores?

¿Para qué sirven los científicos s i no investigan lo que es , lo que se necesita en lugar de descular hormigas o desentrañar sombras?

¿Para qué sirven los pastores que no se ocupan de las necesidades de sus ovejas y las protegen del lobo?

¿Para qué sirven los jueces que ignoran la noción de equidad, limitándose al procedimiento?

¿Para qué sirven los dirigentes locales y barriales si en lugar de ocuparse del vecino se ocupan del ciudadano o peor, de la humanidad?

En definitiva, ¿Para qué sirven los filósofos si en lugar escribir abstrusos informes para el Conicet o pensar sobre la inmortalidad del cangrejo, no se “aplican a los problemas y necesidades concretas de la América del Sur” como propugnaba Juan Bautista Alberdi?

Cuando un dirigente enaltezca el sacrifico personal como su método en el ejercicio de la representatividad podrá, entonces, el pueblo confiarle su representación, en el mientras tanto, está la exigencia de construir en la lucha, que es donde se muestran los talentos, nuevos dirigentes que tengan como apotegma: “tomar riesgos personales a favor de sus representados”.

Sólo así se podrán reemplazar a los antiguos, de lo contrario se reciclarán automáticamente como lo vienen haciendo desde hace décadas. Así como lo hicieron ostensiblemente luego de la débacle del 2001, interpretando el grito popular: “que se vayan todos” no yéndose ninguno.

Que el discurso social de la decadencia prive al ciudadano de a pié, como nosotros, de pensar la diferencia entre el bien y el mal para evitar el riesgo de discriminar, o lo que es peor que lo discrimine por pensar de ese modo, está mostrando a las claras que en la sociedad secularizada (se perdió la idea de lo sagrado), igualitarista (se perdió la idea de igualdad de oportunidades), incrédula (no cree en nada ni en nadie) y nihilista (eliminó la esperanza como virtud teologal y se quedó sólo en la espera-desesperante). En esta sociedad en que vivimos ya no hay pecadores sino delincuentes.

Y “el delincuente, ha escrito en estos días Aquilino Duque, el más lúcido pensador español vivo, no tiene temor de Dios y tampoco debe temer mucho a las leyes de una sociedad sin valores que proclama la neutralidad ética y se niega a distinguir el bien del mal. Su mayor castigo es lo difícil que le resulta (a él) que esa sociedad se dé por transgredida”.

NUESTRA PROPUESTA

Hay que llevarse del consejo de Simón Rodríguez, el maestro de Bolivar, “sino creamos morimos”. Y así crear y buscar nuevas formas de representación política y social. Nuevos mecanismos de participación ciudadana y popular. Nuevos referentes culturales. Nuevos proyectos de asociación. Esto que estamos haciendo hoy aquí en Junín, en la Cámara de Empresarios, es nuevo. Y todo ello que vaya dirigido a la construcción de un nuevo Proyecto Nacional y a la refundación de un Nuevo Estado y a la conformación de una nueva estrategia internacional por parte de Argentina.

Esquemáticamente los puntos sobre los que se debería trabajar en forma prioritaria son los siguientes:

  • Identidad cultural: Es el aspecto que nos determina en lo que somos entendido no como una cosa siempre idéntica sino como aquello que nos hace ser a nosotros mismos. Identidad viene de idem. La correcta defensa de la identidad radica en el mantenimiento del ser colectivo de un pueblo en medio del cambio histórico que se produce, alentando todas aquellas expresiones que consoliden y expresen de mejor manera nuestra identidad. El ser sí mismo lo expresaban los latinos en el ipse.
  • Restauración del Estado: Como instrumento del poder nacional es aquello que tiene el gobierno para ejecutar lo que decide hacer. Sin Estado no hay proyecto nacional posible, pero con un Estado Bobo tampoco. Los principios de solidaridad, de subsidiariedad y de bien común serán los pilares sobre los que se apoyará la reestructuración del nuevo Estado. La reestructuración rápida y contundente de la representación política, judicial y administrativa es una exigencia de la hora actual.
  • Economía Alternativa: La economía al servicio de la política y ésta al servicio del hombre es el postulado a realizar. Para ello se debe privilegiar la economía de producción y comercial por sobre la especulativa del “dinero casino”, última responsable de la espuria deuda externa y de la destrucción de aparato productivo. La economía debe incorporar en sus modelos de análisis y proyección el principio de reciprocidad de los cambio s para el logro de un intercambio equitativo entre las partes que conforman el mercado y en orden a la propiedad debe tender a su mayor difusión.
  • Política Internacional: Las tensiones de fuerza internacional vigentes tendientes a la globalización compulsiva del mundo y los mercados nos indican que nuestro Estado-Nación aislado no tiene ninguna posibilidad eficaz de oposición, de allí que propiciemos una integración regional de Suramérica a través de la teoría del rombo, según la cual hay que conformar un gran espacio cuyos vértices sería Buenos Aires, Lima, Caracas y Brasilia. Gran estrategia que aunaría Pacto Andino y Mercosur.

La isostenia cultural: patología del pensamiento único

Quisiera dejar en esta breve meditación si no, una idea original (que lo es sin duda), al menos originaria (pues se origina desde nosotros y no es copia de nadie). Este es el concepto de isostenia cultural.

Con la inauguración de este concepto lo que pretendemos es trabajar en la descripción del pensamiento único y políticamente correcto.

El termino que proviene del griego “ισος”,  igual; y “στενος”, estrecho, que se traduce por similar consideración.

La noción quiere indicar la existencia de gustos, actitudes, normas, estimaciones y expresiones artísticas, contradictorias entre sí, pero de igual valoración cultural.

Ello hace imposible una valoración jerárquica de los productos culturales al mismo tiempo que nivela todos por el mismo rasero.

No se distingue lo bueno de lo malo y se intentan borrar todas las diferencias entre la cursilería y la maestría, lo lícito y lo ilícito, lo sagrado y lo profano, lo cotidiano y lo festivo.

Así, la televisión-basura está al mismo nivel que el más exquisito de los pintores y los grandes textos literarios perdiendo su valor en sí, son sólo pre-textos para otros textos.

El reinado de la mediocridad desea justificar su propia incapacidad nivelando todo por lo bajo. La época de la nivelación que llamara Max Scheler.

La imposición del concepto de isostenia,(debido en primer lugar a los antropólogos sociales noramericanos según los cuales no existe ninguna cultura superior a otra, desde Franz Boas para acá) al ámbito reducido de las expresiones artísticas y culturales logró en nuestra época postmoderna relativizar toda expresión cultural en donde lo más vulgar, burdo y plebeyo es equiparado en valor a lo más noble, fino y profundo que produce el hombre.

Pero no termina allí la funcionalidad de la isostenia, sino que llevado el concepto a dominios más amplios, que aquellos de la pers ona, ha reemplazado a las culturas populares por la vulgaridad más chata y mercantil. Así, la denominada bailanta –mezcla de cumbia, chebere, salsa y mal gusto– sustituyó la música popular. Y no faltará el estulto que iguale y equipare lo popular con lo masivo, lo popular con lo homogéneo, lo popular con la carencia de matices.

El grave problema que se plantea hoy día a las identidades nacionales y personales, no es la identidad de los otros, sino la identidad, entendida, de todos por igual.

En realidad el concepto de isostenia cultural, que se aplica de igual manera al arte, la filosofía, la literatura, la política, la historia, la música, la arquitectura es producto de la razón calculadora de la modernidad en donde el hombre aparece por primera vez definido como una res extensa, como una cosa mensurable. Y si lo podemos medir, se preguntaron, lo podemos etiquetar y encorcetar en un modelo único y de validez universal siguiendo el modelo de la mathesis matematica.

La isostenia tiene su proyección en el campo político a través del concepto de lo “políticamente correcto” en donde el consenso massmediático va reemplazando a los partidos políticos. De allí que con agudeza se haya hecho notar que hoy, el discurso político, que hemos caracterizado como “un compromiso que no compromete”, se encuentre dirigido no al pueblo sino a los massmedia.

Largas horas pasan nuestros políticos hoy explicando en los medios sus propias declaraciones a los medios, mientras que la realidad sigue su curso que no es, casualmente, gobernado por ellos sino por los poderes indirectos que son a la postre, entre otras cosas, los dueños de los medios.

Hoy, la instalación política de cualquier candidato es antes que nada mediática y luego, pero lejos, se resalta su capacidad de ejecución y gestión.

  • El concepto de isostenia cultural al sostener por principio el relativismo cultural y el escepticismo filosófico limita la crítica a la esfera de la reflexión (la mera crítica cultural), dejando de lado toda proyección de ésta, al campo de la vida social y política. Es por ello que sus intelectuales orgánicos pertenezcan a la izquierda progresista y sus variantes socialdemócratas y carecen de pensamiento político crítico, pero se llenan la boca acerca de la creación de un pensamiento crítico.

Son simples agentes del simulacro, del “como sí” kantiano, que es uno de los signos de nuestro tiempo.

La isostenia cultural rechaza de plano lo diferente y su expresión: el disenso, porque significa y exige otra cosa distinta de lo vigente, de lo dado.

El disenso funda la alternativa real y exige de suyo un paso que va más allá de la crítica meramente teórica, porque el disenso es ruptura con la opinión, que en las sociedades de masas y de consumo es siempre y sólo opinión publicada, y no ya más opinión pública.

La isostenia cultural es, en definitiva, la patología propia del pensamiento único y políticamente correcto, que ha devenido en nuestros días la consecuencia más evidente del fracaso por los errores filosóficos del liberalismo y del marxismo en sus concepciones sobre el hombre, el mundo y sus problemas. Como gustaba decir a don Miguel Angel Virasoro, uno de nuestros máximos filósofos.

Por ALBERTO BUELA

(1). Comte, Gilbert: Notes sur un temps rompu, Paris, Le Labyrínthe, 2003, redactor de Le Monde 1969 a1982.

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