LA INSOPORTABLE INSUSTANCIALIDAD DEL ANTIPERONISMO…

No es el relato, es la realidad estúpido.

Miente, miente que algo queda. Frase de la que reniegan del autor pero que bien la aplican en sus vidas. “Es necesario mentir como un demonio, sin timidez, no por el momento, sino intrépidamente y para siempre…Mentid, amigos míos, mentid, que ya os lo pagaré cuando llegue la ocasión” escribía Voltaire en carta a un amigo, 1736.

Con el advenimiento de la Democracia, surgieron tres clases de políticos: unos pocos buenos, algunos malos y muchos brutos.

Un político rescatable, que era malo (pero en el fondo era bueno) fue el radical César chacho Jaroslavsky, un gran político, insidioso, punzante, ingenioso. Chicanero como pocos. Pero eso sí, no apelaba a la mentira como vicio. No falseaba la Historia, la respetaba.

Luego de los ´90, y avanzado el nuevo siglo, nuestra dirigencia política ya es bruta por vocación. Aunque haya algunos pocos casos para rescatar, como es Guillermo Moreno  –N.R.: declaracion del autor con el que no estoy de acuerdo-.

Pero el más bruto de todos, mendaz al extremo, calumniador inescrupuloso, ridículo hasta la vergüenza ajena, es el tal diputado Fernando Iglesias.

Iglesias, como Silvia Mercado, son hijos del Decreto Ley 4161 de 1956 y del Libro Negro de la Segunda Tiranía. El primero ordenaba hacer desaparecer de la memoria del pueblo al Justicialismo; el segundo daba las herramientas para realizar el acto.

El gran problema para estos escritores, que nacen con un solo objetivo en sus vidas que es “matar a Perón”, es que no han logrado destruir la memoria histórica, el boca a boca, los archivos y documentos de países vecinos, como Chile, Uruguay o Brasil o las bibliotecas privadas. Todo esto permite reconstruir la realidad. Ergo, los esbirros como Iglesias y Mercado quedan desacomodados y sus libretos se ven reducidos a la nada.

Ignacio de Luzán, escritor y crítico literario español del S.XVIII, en su obra “Poética” establece dos tipos de verdad, una cierta y otra probable, y dice: “Una es la verdad que de hecho es o realmente ha sido; otra es la verdad que verosímilmente es o ha sido o ha podido y debido ser según las fuerzas y el curso regular de la naturaleza. La primera verdad es la que buscan los teólogos, los matemáticos y las otras ciencias como también la historia. La segunda especie de verdad pertenece a los poetas, a los retóricos y a veces a los historiadores”. Marca la diferencia entre realidad y verosimilitud.

Luzán destaca el carácter social de la verosimilitud: “Será pues verosímil todo lo que es creíble, siendo creíble todo lo que es conforme a nuestras opiniones.” A continuación, diferencia dos clases de verosimilitud, una popular y otra noble: todo lo que es verosímil para los doctos lo es también para el vulgo, pero no todo lo que es verosímil para el vulgo lo es para los doctos.

La verosimilitud es un concepto antiguo, y en Platón encontramos ya la acusación que hace a los poetas de mentir. En el capítulo XI de la Poética, Aristóteles introduce la idea: “Es evidente, a partir de lo que se ha dicho, que relatar lo que ha sucedido no es el trabajo del poeta, sino contar lo que podría haber sucedido, lo posible según la verosimilitud o lo necesario. Pues el historiador y el poeta no se diferencian por expresarse en prosa o en verso (…sino) en decir uno lo que ha sucedido, y el otro lo que podría suceder.”

Para Aristóteles, las artes son mímesis, imitación, pero no se trata de una simple imitación, una copia fotográfica de la realidad, sino que expone algo que podría suceder y que es, por tanto, verosímil. Verosímil es todo aquello que entra en lo que los hombres aceptan como probable, y entre esas cosas puede haber algunas que sean imposibles en el mundo real. Frente a esta idea, lo ilógico o irracional es imposible.

Aristóteles, que no persigue la verdad sino la verosimilitud, plantea una paradoja al decir que “es preferible lo imposible verosímil que lo posible inverosímil”, a partir de lo cual Nicolás Boileau -poeta y crítico francés del S.XVII- escribirá “lo real puede a veces no ser verosímil”.

Por lo tanto, para estos muchachos como Iglesias y Mercado, si hay un conflicto entre la razón (lo VEROSÍMIL) y la realidad, hay que elegir la razón, lo verosímil. La VEROSIMILITUD se traduce en la credibilidad de la obra, en el hecho de que los elementos que la componen han de ser creíbles para los lectores o para la opinión común.

“Lo que importa es que se crea, no que sea real”. Esto es tan viejo como la civilización misma. Hoy le llaman “posverdad”, donde la verdad es independiente de nuestras opiniones…

 Por Prof. Luis E. Gotte

Mar del Plata, 2 de agosto de 2018

 

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