DEL MARXISMO A LA FÍSICA DE EINSTEIN


Díaz integró en 2017 el equipo que obtuvo el Nobel de Física. En tiempos del Cordobazo, participó como militante trotskista y delegado sindical.

Mario Díaz es astrofísico y dirige el Centro de Astronomía de Ondas Gravitacionales de la Universidad de Texas. Vive en EE.UU. pero cada tanto regresa a Argentina. En septiembre, por ejemplo, asistirá a un encuentro de la AFA aunque no se reunirá con “Chiqui” Tapia y compañía sino con sus colegas de la Asociación Física Argentina. El equipo LIGO (Observatorio de Ondas Gravitacionales por Interferometría Láser, en español) del que forma parte fue galardonado en octubre 2017 con el Nobel por la detección de ondas gravitacionales. A continuación, se propone un recorrido por la trayectoria de este investigador argentino que, aunque hoy es reconocido en el mundo por su ciencia, también es dueño de una historia juvenil riquísima. Durante los 60’ y los 70’trabajó en la industria textil y en la automotriz, militó en Política Obrera, fue delegado sindical y estuvo preso más de una vez. Todo eso antes de sus 30 años, cuando decidió, finalmente, estudiar física en el Instituto de Matemática, Astronomía y Física (IMAF) de la Universidad Nacional de Córdoba.

En la convulsionada década de los sesentas Mario tenía 15 años, vivía en Villa Urquiza y estaba afiliado a la “Fede” –Federación Juvenil Comunista– como tantos otros amigos interesados en la política de aquel momento. Estudiaba en el Colegio Nacional Buenos Aires y establecía los primeros contactos con líderes obreros de la zona. Para 1966, cuando Onganía irrumpía con un nuevo golpe de Estado y planificaba con su ceguera de ocasión una nueva “Revolución Argentina”, a este joven talento todavía le faltaba un año para culminar el secundario. Pero debía trabajar, así que dejó los libros y debutó en el mundo laboral. Empezó en “Mi Textil”, la fábrica del barrio.

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Apenas pudo comenzó a militar en el sindicato de empleados del rubro. Sin embargo, con el gobierno de facto las actividades de las organizaciones obreras y estudiantiles –naturalmente– frenaron su inercia, aunque solo fuera para tomar vigor en los años siguientes. Así, en 1968, en medio de un escenario de efervescencia social y la emergencia de múltiples movimientos colectivos, Mario se casó. Aunque celebró un matrimonio con Lidia, su noviecita de la primera infancia y compañera de toda la vida, no pudo dejar su otro gran amor, la política: “Habíamos formado un movimiento de izquierda al interior de la Fede –Partido Comunista Comité Nacional de Recuperación Revolucionaria– y era, más bien, una bolsa de gatos. Una linda ensalada que reunía a maoístas, ‘troscos’, diversas corrientes marxistas y anarquistas”, narra.

Más tarde, cuando cerraron la planta comenzó a trabajar en una fábrica sueca de rulemanes –“SKF”– de Nueva Pompeya. También allí hizo lo suyo: se encargó de formar una agrupación y la denominó “Celeste y Blanca”, porque esta vez su costado populista y nacionalista había ganado la partida. Al poco tiempo fue enviado por la dirección de Política Obrera a reorganizar la sección Córdoba porque, en épocas de Cordobazo, cuando todos los movimientos incrementaban el número de sus filas el partido –todavía– se apoyaba en las mismas caras. “Si bien en Córdoba los sectores peronistas eran mucho más débiles y la izquierda tenía un peso mayor; en Argentina se respiraba peronismo por todas partes, a partir de la potencia de Montoneros y el Ejército Revolucionario del Pueblo”, asegura. Así fue como se marchó con su mujer y su hija y en 1973 ingresó como mecánico en la automotriz Renault.

No obstante, aunque mucha gente creía que la revolución estaba a la vuelta de la esquina, Mario nunca se entusiasmó demasiado. “Nunca estuvo muy en claro qué teníamos que hacer en caso de tomar el poder. No sé qué carajos hubiéramos hecho, no había un plan de transformación viable”, indica con mezcla de nostalgia, ironía y rabia actualizada.

La política, a su turno, también le mostró su cara más oscura. Estuvo preso varias veces pero no lo recuerda tan transparente. La memoria es caprichosa, sobre todo cuando no acepta el mandado. “Según puedo acordarme, la primera vez que estuve en cana tenía 15 años. La Alianza Anticomunista Argentina (Triple A) protagonizó una campaña feroz de allanamiento de todos los locales del partido. Cuando me enteré, fui con mi compañera –en ese entonces novia y actual mujer– a rescatar el mimeógrafo y nos agarraron. Fui un pelotudo, muy ingenuo”, confiesa. Estuvo casi un mes preso en “el Roca” –Instituto de Menores– y ese bautismo anticipó lo que vendría después tras realizar pintadas en la vía pública y también más adelante, en 1974,cuando la ligó durante el “Navarrazo” cordobés que fue el golpe de Estado policial que culminó con el gobierno provincial de Ricardo Obregón Cano. “La situación venía muy negra, nos enterábamos a diario de nuevos asesinatos. Luego, con la última Dictadura del 76 tuve miedo; todas las noches esperaba que me vinieran a buscar, un sentimiento horrible”.

El 14 de marzo de 1883 murió, en Londres, Karl Marx y el mismo día pero de 1879, en Ulm, nació Albert Einstein. La similitud no sirve para trazar ninguna conjetura astrológica ni sobrenatural de ninguna clase, sino simplemente para exhibir cómo ambos genios definieron el norte de Mario, el genio de Urquiza. “Para mí el marxismo era una forma científica de ver a la sociedad y Einstein no fue ajeno a ello. En sus escritos políticos –se refiere a ‘¿Por qué el socialismo?’, artículo publicado en 1949, en el primer número de la revista Monthly Review– expone sus críticas al sistema capitalista y la necesidad de políticas educativas con el objetivo de lograr beneficios sociales”, comenta.

Este técnico mecánico, fierrero de ley, con un pasado de militancia y política obrera, culminó el secundario de grande y enseguida decidió estudiar Física en el Instituto de Matemática, Astronomía y Física (IMAF) de la Universidad Nacional de Córdoba. En 1987 se doctoró –fue el primero en hacer una tesis sobre relatividad general– y se marchó a EEUU. Contra todos los pronósticos, viajó al imperio.

Como podrá advertirse, Mario no solo leyó a Einstein por pura admiración sino que trabajó durante largas décadas para que su principal teoría pudiera ser comprobada. “La contribución de Einstein se empantana durante años porque no podía conectarse con la realidad, pero gracias al desarrollo de la astrofísica –en la segunda mitad del siglo XX– se colma de sentido”, advierte. En efecto, a partir de aquel momento, todo un campo de conocimiento cuyas ideas y reflexiones solo habían sido bocetadas a nivel teórico podría ver la luz de un momento a otro. En ese caldo de cultivo se crearon las condiciones para el hallazgo de las ondas gravitacionales.

No obstante, el camino no es lineal en la ciencia pues, desde que Einstein predijo la existencia de ondas gravitacionales hasta que pudieron ser detectadas por los instrumentos del consorcio LIGO-Virgo (ubicados en Estados Unidos e Italia) pasó un siglo. En 2017 el trabajo de Mario –y de miles de científicos que componían el equipo internacional– fue premiado con el Nobel de Física; aunque para ser exactos, la primera detección sucedió dos años antes, el 14 de setiembre de 2015 a las 5.51 de la madrugada en el observatorio de Livingston, Louisiana.

“Hasta el momento los hallazgos nos han permitido comprender los procesos de evolución estelar; conocer qué son las estrellas de neutrones, cómo chocan y de qué manera generan los elementos pesados; así como también, dar con mayores detalles de los agujeros negros. En unos años, quizás, podamos llegar a oír los murmullos que dejó el Big Bang”, explica.

Se sabe que este hombre de modales amables se altera cuando le preguntan por las funciones de la ciencia básica. Y también es posible saber cómo reacciona al segundo siguiente: respira profundo –como si fuera la última porción de oxígeno disponible– y responde con calma. “Cuando (Heinrich) Hertz logró comprobar la existencia de ondas electromagnéticas, un periodista que accedió al laboratorio le preguntó para qué servía aquello que despertaba tanta admiración entre sus colegas y él le dijo: ‘para nada, probablemente’. Gracias a la ciencia se han desarrollado las civilizaciones; si no comprendiéramos cómo funciona el universo no podríamos vivir como seres inteligentes”, señala quién cree que escogió la ciencia porque le apasionaban los personajes del entrañable Roberto Arlt y las revistas de divulgación sobre astronomía.

Hoy Mario Díaz se desempeña como director del Centro de Astronomía de Ondas Gravitacionales de la Universidad de Texas, del valle de Río Grande; donde el 90 por ciento de estudiantes son hispanos y primera generación de universitarios. Por otra parte, está unido a Argentina por intermedio de un cordón umbilical muy querido: respeta a raja tabla sus reuniones con los amigos de militancia y está involucrado en la puesta a punto de un nuevo espacio para la astronomía local. Junto a colegas cordobeses desarrolla un observatorio en Cordón Macon –Puna Salteña–. El proyecto se llama “Toros” y consiste, fundamentalmente, en seguir las contrapartidas ópticas asociadas a los eventos de generación de ondas gravitacionales que detecta LIGO y Virgo.

Afirma que continúa ligado a la política y que simpatiza por el senador demócrata Bernie Sanders. Incluso, se halla deslumbrado por la audacia de Alexandria Ocasio-Cortez, una jovencita de solo 28 años que triunfó con el 60 por ciento en las primarias del Partido Demócrata en el distrito de Nueva York. “Esto es fundamental porque se viene una juventud a la que no le molesta la palabra ‘socialismo’ y está cansada de un montón de cosas. El mundo está despertando”, concluye de la misma manera que empezó; con las esperanzas intactas en que las cosas puedan cambiar de una vez por todas. A partir de la ciencia, o bien, a través de la política, porque, al fin y al cabo, también son un poco lo mismo.

Mario Díaz,

astrofísico y director del Centro de Astronomía de Ondas Gravitacionales de la Universidad de Texas

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