SAN MARTÍN, EL POLÍTICO VISIONARIO    

La decisión del prócer de cruzar a Chile y, en juego de pinzas con Bolívar, tomar Lima, requería de una obra de ingeniería meticulosa, planes precisos y hombres dispuestos a dar respuesta.

El General José Francisco de San Martín liberó Argentina, Perú y Chile. Su ejemplo parecer ser modelo para nuestra de decadencia institucional y corrupción estructural.

El año 1815 no era, en el plano internacional, el más aconsejable para poner en marcha audaces planes independentistas. La realización del Congreso de Viena había sepultado la osadía napoleónica y, en el Viejo Continente, enterrado las aspiraciones republicanas herederas de la revolución francesa. La Santa Alianza revivió a las monarquías y Fernando VII rehízo su nominal poder sobre el inmenso imperio español.

Con ese respaldo emprendió contrarreformas en la península y lanzó la contrarrevolución en una América alzada en rebelión. La amenaza realista golpeaba también nuestras fronteras: los brasileños no ocultaban sus “pretensiones” sobre la Banda Oriental y la Mesopotamia.

La decisión de San Martín de desarrollar el “Plan Continental” –cruzar a Chile y, en juego de pinzas con Bolívar, tomar Lima– enfrentaba, por lo tanto, un mapa poco favorable. Requería, en consecuencia, de una obra de ingeniería meticulosa, de planes precisos y claridad de metas y, para ello, de los hombres dispuestos a dar respuesta a las necesidades de la hora.

Cuando las crisis se aceptan como oportunidades exigen tanto rigor que acompañe las decisiones temerarias, como astucia, creatividad, dominio de la táctica y acertada comunicación.

Parece retórico pero no lo es. Entre los años 1815 y 1816, San Martín tejió una red nacional para concretar las políticas más trascendentes (o necesarias), incluyendo su fuerte presión para que el Congreso de Tucumán declarara la independencia. Reafirmémoslo: San Martín fue el arquitecto de aquel intrépido 9 de julio, donde “hicimos cumbre”.

Tras desplazar al alvearismo, rearmó la Logia Lautaro, su núcleo operativo; respaldando a Güemes, levantó un cerco a las incursiones españolas en la región; en un Congreso en sesiones, su dilecto amigo Pueyrredón fue electo Director Supremo, un poder indispensable para el plan. Centró así sus esfuerzos en preparar al Ejército de los Andes, con logística, disciplina y moral. Sus operadores actuaban aquí y allá: Guido en Buenos Aires, Godoy Cruz en Tucumán, Brown y Bouchard como corsarios por los mares del mundo.

Y él, en El Plumerillo, alistaba a sus granaderos, formaba jefes como Las Heras o Soler –completó un staff de tres generales, 28 jefes y 207 oficiales– y entrenó cerca de 4.000 paisanos, muchos de ellos esclavos libertos como montó 1.200 milicianos para trasladar víveres y artillería.

Movilizó a las damas y a la opinión pública, parlamentó con los indios, hizo inteligencia y alentó al ingenioso Luis Beltrán para desarrollar el parque mientras se cuidaba a casi 12.000 caballos y burros. Frente al desafío propuesto no había lugar para la empiria: la vida de sus hombres y la importancia de la causa no admitían rehacer planes o especular con el infortunio ajeno.

Se trataba de reducir al máximo la posibilidad de imprevistos y ubicar a los mejores hombres en las posiciones estratégicas –la mayoría, un inexperto grupo de cuadros nóveles– cohesionándolos con el duro trabajo en equipo.

Sin exageraciones, en circunstancias internacionales más que complicadas, San Martín fue el líder capaz de parir y consolidar la independencia tres “naciones”. “¡Seamos libres y lo demás no importa nada!”, fue la consigna que convirtió así en el programa aglutinador de muy variadas voluntades.

En el invierno de 1819, el ejército libertador desembarcó en el Perú. El virrey Pezuela –dicen– se burló del titánico esfuerzo: “A todo chancho le llega su San Martín”, vaticinó, porque en las fiestas de cada 11 de noviembre se sacrificaba un cerdo. Sin embargo, en enero del 21, Pezuela fue removido, y en julio San Martín declaró la independencia del Perú… La gesta sanmartiniana constituye una escuela de formación política y moral. Las situaciones excepcionales, las obras de magnitud histórica requieren, por lo general, de hombres de una dimensión especial, de miras distantes y de esa probidad que deviene en modélica: la coherencia entre el decir y el hacer anima a los pueblos a realizar sacrificios desusados.

¿Es entonces San Martín –evitando anacronismos– un ejemplo para nuestra realidad presente, en el que la decadencia institucional, la corrupción estructural y la venalidad y negligencia se han convertido en una cultura que parece crónica (e inexplicable) y que sume al país en una decadencia sistemáticasometiendo a la población a sufrir recurrentes crisis? Creemos que sí, que la Argentina actual tiene en la gesta de la independencia un espejo en el cual mirarse.

La construcción de una épica sólo se plasmará como consecuencia del acierto en las respuestas a las necesidades políticas y sociales y de actuar en consecuencia con valentía y resolución. Los discursos –enseñó el Libertador– sirven si armonizar con los hechos, no si los preceden y menos aún si pretenden disfrazarlos o negarlos. San Martín señaló: “Hacen falta hombres de coraje (y mujeres, desde ya)” que sean capaces de dejar de lado esa moderación que suele presentarse como “políticamente correcta”.

Apuntemos, por fin, que cuando las crisis profundas no se convierten en saltos de calidad “histórica”, la consecuencia suele ser el reinado de la desconfianza y el escepticismo, el clima clásico para la aparición de los oportunistas.

Por Ricardo de Titto

Clarín

20 de Agosto de 2018

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