EL FMI NO VA A SUPLIR NUESTRA DEBILIDAD

Argentina debe lograr una economía confiable, con una moneda respetada. Y construir el imprescindible sistema financiero que incluye el mercado de capitales. Así, cada vez menos, tendremos que depender de organismos internacionales que siempre castigarán a los más débiles.

Conferencia de prensa conjunta en la Argentina. Christine Lagarde, directora del FMI junto al ministro de Hacienda, Nicolás Dujovne. Foto Maxi Failla.

Hay una especie de déjà vu en la Argentina de situaciones que por un tiempo creímos haber superado y que, inesperadamente, vuelven a aparecer con una fuerza impensada. ¿Otra vez el Fondo Monetario Internacional? ¿Otra vez ajuste? ¿Otra vez correr con el dólar? Son algunas de las tantas preguntas que por estos días circulan en las mentes de políticos, economistas y analistas. En fin. de toda la sociedad.

Al ver los principales medios de comunicación es imposible no sentirse en un túnel del tiempo imaginario que nos lleva décadas atrás, cuando el Estado nacional estaba conectado al pulmotor financiero del Fondo para seguir funcionando y , a pesar de ello, recurrentemente el país se sumergía en sucesivas crisis.

Para unos el FMI era el salvador, para otros representaba el malo y el país una víctima de sus malas políticas. Los que defienden la nueva relación con el organismo dicen que es distinto, que después de las últimas crisis mundiales, es menos ortodoxo y más político, y que no quiere ver nuevamente a la Argentina hundida como en 2002.

Cualquiera sea la observación, lo cierto es que lo que ha cambiado y significativamente no es tanto el FMI sino el funcionamiento del mundo, su dinámica, con nuevos actores y protagonistas. Antes, la sola presencia del FMI era vista como un reaseguro contra cualquier tormenta económica o financiera. De hecho, se lo creó para atender crisis y evitar así que se repitieran trágicas historias como la alemana de los años 30 que derivó en el ascenso de Hitler al poder y en la Segunda Guerra Mundial.

De alguna manera, hoy el Fondo también se ve impactado por la tecnología que transformaron al sistema financiero internacional impulsando violentos y gigantescos movimientos de capitales que estabilizan o desestabilizan regiones, países e instituciones.

La nueva revolución del siglo XXI, basada en las comunicaciones, tiene como característica esencial que es exponencial y a tal velocidad que termina afectando a las estructuras estáticas y burocráticas del siglo XX, como lo son las organizaciones mundiales tipo FMI y hasta los mismos Estados-Nación que se comportan como sistemas lentos, pocos operativos y permeables. Dejaron de ser actores excluyentes del poder internacional y son penetrados por este fenómeno a escala que replantea su propio futuro.

Prueba excluyente de esto ha sido la crisis financiera de 2008 con epicentro en EEUU con vastas repercusiones en todo el mundo y que de no ser por las medidas “salvadoras” del sistema adoptadas principalmente en ese país, se hubieran producido seguramente daños de consecuencias aún más drásticas de las vividas en la otra gran crisis, la de los años 30.

El capitalismo financiero fluye online las 24 horas por todo el planeta y no responde a lógicas racionales y menos aún a principios emocionales o morales. Se mueve a impulsos especulativos y oportunistas sin importar las consecuencias que pueden producir con tal de preservar o mejorar sus ganancias. Y es muy sensible a las inestabilidades políticas.

Esto no es ni bueno ni malo en sí mismo. Es así, a secas y tiene una dinámica propia que influye decididamente en las relaciones económicas-financieras planetarias.

Las debilidades de todos los sujetos de crédito, sean estos países, empresas (véanse los casos de Turquía o Facebook) o individuos son ampliamente conocidos por los operadores (ya no siempre humanos dado el avance de los algoritmos en este campo). Lo que ocurre es que a períodos de relativa inactividad en los mercados, recordemos la no tan lejana colocación de un bono de Argentina a 100 años, que no hay que confundirlos con indulgencia y/o desconocimiento, le siguen otros de hiperactividad, que en muchos casos, por el efecto masivo, derivan en una sobrerreacción produciendo nuevas inestabilidades.

Christine Lagarde, directora del FMI. Foto Maxi Failla

En este escenario, que Argentina disponga de 50 mil millones de dólares del FMI como respaldo puede ayudar a enfrentar nuevas tormentas de coyuntura y a ordenar su frente interno, siempre que se tomen decisiones políticas que solucionen los problemas estructurales de fondo del país, en especial el de la inflación.

Tanto más necesarias dado el poco desarrollado capitalismo argentino con un sistema financiero pequeño, y con una moneda con poco valor económico y simbólico, susceptible todo esto de poner al país en situación de vulnerabilidad ante posibles nuevas turbulencias en los mercados financieros internacionales producto de un mundo cada vez menos previsible, con los países centrales saliendo del largo periodo de estímulos monetarios, luego de la crisis de 2008, y con una guerra comercial que sigue escalando y cuyas consecuencias reales aún se desconocen.

La crisis de Turquía y su impacto en el mundo muestra, una vez más, cuán vulnerables son los países emergentes a estos repentinos efectos no deseados pero que en horas pueden cambiar el escenario económico de un país. Por eso hay que ser realistas: no hay ni habrá soluciones milagrosas para la Argentina, si no la de seguir por un derrotero de lograr tener una economía confiable basada en sanos indicadores, con una moneda respetada en su valor, e ir construyendo poco a poco ese imprescindible sistema financiero, que incluye el mercado de capitales, para que cada vez menos tengamos que depender de estos inestables y volátiles flujos internacionales de capital que siempre castigará a los más débiles, como los somos nosotros, con nuestro pasado a cuestas.

Por Ricardo De Lellis

Clarín,

29 de Agosto de 2018

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