GOLPES QUE DUELEN Y NO DEJAN MARCAS

Acuarelas porteñas-

La técnica ortodoxa habla de toallas mojadas. Pero los castigadores de distintas mafias hace rato que han incursionado en otras variantes. Algunas se pueden ver en alguna película. Otras, se advierten en la cruda realidad de varios deportes donde los roces nunca son casuales. Seis naranjas amontonadas en una sábana, pueden hacer efecto en algún boxeador que no garantiza un resultado. Tablas de madera cubiertas de paño son efectivas sobre caballos o galgos que no tienen que ganar. Hay muchas otras maneras, incluso con la novedad de medicamentos o brebajes.

Fue la ex campeona de boxeo femenino Mia St John quien denunció hace unos días que “todos lo hacen”, refiriéndose al doping y el uso de anabólicos. La californiana, ya retirada, busca defender a una de las estrellas actuales, Saúl Canelo Alvarez, que por ese motivo debió postergar su revancha con el campeón Gennady Golovkin. Pocos le salieron al cruce para desmentirla. Pero en materia pugilística, no hace falta ir a Las Vegas para reconocer las peores miserias.  Alcanza con recorrer los andenes de Constitución. Incluso los subsuelos inciertos que se extienden hasta bajo la plaza, donde hay gimnasios precarios que utilizan chicos de la calle para dar sus primeros golpes. En esos cuadriláteros andrajosos se pelea por la comida o por un lugar donde dormir.

POR LA SUBSISTENCIA

Mientras en la superficie la calle aturde de colectivos y fragores ferroviarios, en esos recovecos subterráneos se lucha por subsistir. A los golpes. Con guantes desflecados de tanto uso. Sin árnica ni vaselina, a puro sudor aún en invierno. Y muchas veces, sin tregua, hasta caer.

El club de la pelea ferroviario no siempre fue así. Hubo un tiempo de maestros, boxeadores retirados que daban clases. Nombres que pocos recordaran, como Landini, Merentino, Bunetta. Incluso Horacio Accavallo, quien luego tuvo varios negocios de ropa deportiva en la zona, cuando fue su época de esplendor mundialista. Pero todo eso se fue perdiendo en el tiempo y con la anuencia de las autoridades de la ciudad.

Aquello que comenzó siendo un emprendimiento solidario en una zona de tránsito habitual para muchos, fue copada en su momento por la denominada Comisión Municipal de Boxeo, organismo que en la ciudad representaba al ente mayor, la Federación Argentina de Box, cuyo estadio en la calle Castro Barros, suele considerarse todavía hoy una especie de santuario para el pugilismo. Por allí desfilaron todos los grandes campeones del deporte de los puños.

Pero regresemos a Constitución, donde en un precario cuarto se prepara un campeón mundial de 57 años, Omar Manotazo Alegre, al que sus seguidores también le llaman Dinamita.

Alegre, conquistó su título recientemente, en una pelea realizada sobre el anden 10, de los trenes que salen a Mar del Plata, ante un tal Enrique Zuñiga, avalado por el flamante Consejo Internacional de Boxeo, entidad que fiscaliza junto con la Federación, el otorgamiento de licencias y la validez de los combates.

El veterano púgil se hizo conocido cuando participó del programa televisivo Todo por dos pesos, con Fabio Alberti y Diego Capusotto. Actualmente se gana la vida como changarín en la estación terminal del Roca. “Es injusto dejarles la plata a los promotores, cuando somos nosotros los que subimos al cuadrilátero a dejar la salud a golpes, los que ponemos el cuerpo”, afirma mientras prepara una supuesta revancha por su corona.

Ahora que se habla del posible regreso de Sergio Maravilla Martínez y de Jorge la Hiena Barrios, otros dos veteranos de añejas glorias, sería oportuno verificar quiénes fiscalizan la condición de los boxeadores para tener licencia y seguir en actividad. Que controles médicos, físicos y psicológicos se realizan. Cuales son los parámetros de trayectorias que se analizan.

Y de paso, algún funcionario de la Secretaría de Deportes porteña, tan atareados con las próximas olimpiadas, podrían ir un rato por Constitución, para ver estas peleas al paso donde el alma queda sumergida en un subsuelo sin rastro, mientras dos hombres se faenan, como solía decir un inolvidable poeta del barrio, Elías Castelnuovo.

Por Jorge A. Avila

La Prensa,

24 de Agosto de 2018

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