LA GUERRA COMERCIAL, DE VON CLAUSEWITZ A TRUMP

Lo que muchos interpretaron como una bravuconada verbal más de la campaña presidencial de Donald Trump en 2016 se ha convertido, dos años más tarde, en una auténtica guerra comercial que amenaza con sumir a la economía global en un mar revuelto como el que atravesó hace una década o peor.

Con la bandera del “American First” ya flameando en la Casa Blanca, los intempestivos tuits del presidente de la primera potencia económica mundial se transformaron en decisiones de peso, como la salida del Acuerdo del Trans Pacífico de Cooperación Económica (TTP) y la renegociación del Tratado de Libre de Comercio (TLC) con Canadá y México, por cierto, dos promesas de campaña.

La escalada se confirmó en junio pasado con una sucesión de anuncios de suba de aranceles de importación a un rival económico declarado como China, la principal potencia emergente del nuevo siglo, abriendo un conflicto que puede involucrar más de 200 mil millones de dólares en bienes.

Casi simultáneamente, Washington se despachó también con la imposición de aranceles al acero (25%) y al aluminio (10%) a sus propios aliados occidentales, la Unión Europea (UE) y Canadá, que como China tardaron nada en replicar la ofensiva con medidas similares, si bien Bruselas ya ofreció una tregua.

Suelto de cuerpo, a través de las redes sociales, Trump proclamó: “Cuando un país está perdiendo muchos miles de millones de dólares en el comercio con casi todos con los que negocia, las guerras comerciales son buenas y fáciles de ganar”.

Lecciones de historia

Estados Unidos protagonizó en el pasado dos grandes momentos de sanciones comerciales y en ambos el resultado fue desastroso para todo el mundo, tal como se cansaron de recordarle los economistas a Trump desde que desató esta guerra.

La reacción proteccionista ante la Gran Depresión que siguió al crack financiero de 1929 tuvo como único resultado la caída generalizada del intercambio comercial en todo el mundo, en dos tercios, hasta que la política fue revisada y acompañó la recuperación de la economía estadounidense bajo las premisas del New Deal.

Ya en los 60, la “Guerra del Pollo” fue un costoso intento de Europa occidental por evitar la importación de sobrantes de aves de corral de Estados Unidos, que replicó a su vez arancelando productos como los camiones livianos alemanes, con lo que sólo consiguió después abrirle la puerta a la moderna invasión automotriz japonesa.

Es verdad: hasta los rivales demócratas de Trump antepusieron el empleo de los norteamericanos al comercio, con algo del espíritu aislacionista que caracterizó a Estados Unidos, hasta que como la nueva gran potencia intervino en la II Guerra Mundial, para fundar lo que se conoce como el “orden internacional liberal”.

Aquella vocación multilateral que sentó las bases institucionales de la ONU y de un orden económico global fue atribuida entonces por el establishment de Washington a un ideario internacionalista del que ahora reniega Trump. En verdad, también fue dictada por la real politik, la necesidad de tejer

Esa misma necesidad le dictaría hoy a un Estados Unidos de mucho menor peso económico global a renegar de aquel multilateralismo y, en cambio, reivindicarse como primera potencia mundial a golpes de subas de aranceles contra rivales emergentes, un imperio enciernes como China, y viejos aliados por igual.

La explicación económica es ciertamente insuficiente. Aunque Trump alegue que la suba de aranceles de importación le ayudará a reducir una deuda federal de 21 mil billones de dólares, ese ítem le aporta sólo 1,21% a los ingresos fiscales totales, según el propio Departamento del Tesoro.

De hecho, Trump recurrió a también a duras sanciones económicas para respaldar la ruptura del acuerdo nuclear internacional con Irán, como ya lo había hecho Barack Obama en 2009, e impuso después aranceles a Turquía hasta desestabilizar su economía, pero en ambos casos con el evidente trasfondo de los pesados conflictos de intereses que envuelven a Medio Oriente.

En ese sentido, el abanico de sanciones desplegado por Trump contra amigos y enemigos podría leerse menos como una exclusiva disputa comercial y más como una reacción política visceral, con aires nacionalistas, que retrotrae a Estados Unidos como gran potencia a viejas épocas de aislamiento.

Parafraseando a Von Clausewitz, la guerra comercial leída como el ejercicio de la geopolítica por otros medios.

Esperanzas periféricas

Resulta inevitable relacionar la reacción proteccionista de la Casa Blanca -muy criticada por los más reconocidos economistas estadounidenses y poco por los estamentos políticos republicano y demócrata- con la indiscutible pérdida de influencia de Estados Unidos como potencia mundial, en especial frente a China.

Desde los 90, el poderío de la nación dominante de un “nuevo orden mundial” se había expresado en intervenciones armadas de Bill Clinton, Bush y hasta Obama, pero ahora la configuración de un mundo multipolar, con la irrupción definitiva de China y otros emergentes, le plantea a Washington otra clase de desafíos.

En el caso de China, primera potencia mundial según PIB por paridad de poder de compra (Estados Unidos representa hoy el 25% de la economía mundial, la mitad que en la posguerra), la disputa comercial esconde la puja central del Siglo XXI: el control de la tecnología y del conocimiento de losbienes que consumimos.

La última sanción comercial de Estados Unidos a China lo puso en blanco sobre negro: prohibir la importación de tecnología de comunicaciones de los gigantes chinos Huawei y ZTE. A su vez, para cortar la expansión de ZTE, ya le había vetado la venta de chips y sistemas operativos Made in USA.

Trump plantea abiertamente la disputa comercial con China en términos de “seguridad nacional”. Su par Xi Jin Ping, decidido a asegurar la autonomía tecnológica plena de China para 2025, también lo asumió: “La iniciativa de innovación y desarrollo debe permanecer segura bajo nuestro control”, dijo.

Frente a este panorama de conflicto global, ¿qué le espera a nuestro país y al resto de América Latina? La aplicación de aranceles chinos a la soja estadounidense, entre otros elementos coyunturales de esta guerra, puede generar entusiasmo en algunos países de la región a corto plazo.

Sin embargo, la transformación de las maneras de producir, vender y consumir, hace que todo resulte mucho más complejo y las economías insertas en cadenas globales de valor, como México, Brasil o incluso Argentina, se vean perjudicadas por el cambio de precios de los insumos involucrados en las disputas entre potencias.

El mundo ingresó en una nueva realidad, que traspasa la frontera de la especulación política del Trump candidato y nos instala en otra, mucho más compleja, en las que el reacomodamiento geopolítico de grandes actores, desde la UE hasta los BRICS, puede terminar aplastando las esperanzas que las ventajas de la globalización puede generar todavía en la periferia de la que formamos parte.

Por Jorge Argüello (ex embajador y presidente de la Fundación Embajada Abierta), publicado el 23 de agosto de 2018 en El Cronista

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