LOS DESARRAIGOS MASIVOS DEBERÍAN SER CRIMINALIZADOS POR LA COMUNIDAD GLOBAL

La Argentina está recibiendo, generosamente, a miles de venezolanos. Ellos son ya la tercera nacionalidad, medida en términos de número de radicaciones concedidas por nuestro país.

 

Vengo señalando, desde hace ya más de dos años, que el régimen marxista que gobierna Venezuela es una amenaza real para la paz y seguridad internacional, así como para la de nuestra región.

Los hechos confirman ahora, desgraciadamente, esa visión. Más de dos millones trescientos mil venezolanos, esto es nada menos que el 7% de la población total del país, ha emigrado, huyendo de la falta de libertad y del pronunciado deterioro del nivel de vida de la población, derivado de la incapacidad de gestión de quienes ocupan los más altos puestos del gobierno de Caracas.

Esa circunstancia es, ante todo, una tragedia que envuelve no sólo a aquellos que han podido escapar al desastre venezolano, sino también a quienes, por las más diversas circunstancias, no han podido hacerlo pese a que hubieran querido escapar del infierno cotidiano que afecta y deteriora sus vidas.

Quizás es hora de pensar en criminalizar los desarraigos masivos. Como el que ha desatado el marxismo venezolano.

SUFRIMIENTOS

Ese desarraigo es consecuencia de la precariedad. Pero también de la discriminación. Millones de personas han perdido y siguen perdiendo sus raíces sociales y/o familiares.

Ello trae aparejado sufrimientos profundos que afectan la identidad personal y generan una pérdida evidente de sentido social y cultural y las perturbaciones individuales consiguientes.

Para ellos, la decisión de abandonar su patria y desconectar sus raíces inevitablemente genera tristeza y desazón. Pero también depresión, frustración, marginalización y toda suerte de tristes alienaciones, además de la necesidad de enfrentar con frecuencia el desempleo y la aventura incierta de comenzar una nueva vida con resultados imprevisibles.

La diáspora de los venezolanos se ha transformado ya en un éxodo tan visible como imparable y América latina no puede permanecer -insensible- de espaldas frente a una situación tan grave. Para personas concretas, hablamos de una tragedia indescriptible.

La mayor parte de quienes se escapan de Venezuela lo hacen por falta de alimentos, pero en todos los casos a ello se agrega incuestionablemente el cercenamiento perverso de sus libertades individuales y la pérdida del sentido y la esperanza de un futuro feliz.

LOS TERCEROS

La República Argentina está recibiendo, generosamente, a miles de venezolanos. Diariamente. Ellos son ya la tercera nacionalidad, medida en términos de número de radicaciones concedidas por nuestro país.

El tema al que aludimos debiera estar en la agenda regional. No puede ser ignorado. Prueba de esto es que Ecuador acaba de declarar el estado de emergencia en algunos rincones del país, con miras a tratar de ordenar y -de ser posible- contener la oleada de inmigrantes venezolanos que ha ido creciendo hasta alcanzar las 4.000 personas por día. Y los incidentes entre la población de Pacaraíma, en Brasil, y los inmigrantes venezolanos.

La cifra antes mencionada es una forma, de las muchas que existen, de medir la verdadera dimensión de la enorme tragedia que se ha abatido sobre el pueblo venezolano.

Para la propia Venezuela, lo que sucede es aberrante. Entre los ahora millones de exiliados hay ya cientos de miles de profesionales, formados en Venezuela, que ahora se desempeñarán en el exterior. El esfuerzo económico y social del Tesoro de Venezuela rendirá entonces sus frutos fuera del propio país, lo que es -por lo menos- un sinsentido.

Es hora entonces de pensar si quienes son directamente responsables de generar las olas de desarraigo social, como la que sucede en Venezuela, deberían ser penalizados por sus infames e inhumanas conductas.

Observar en silencio la catástrofe social venezolana es cobardía. No denunciarla es complicidad. Ponerla sobre la mesa es, en cambio, el deber de todos aquellos que observan y comentan lo que sucede en el escenario internacional. Más aún, cuando el azote del desarraigo nos golpea tan cerca, como nos sucede a los argentinos con el desesperante caso venezolano.

Las olas de emigrantes exigen solidaridad en quienes los reciben. Pero la tarea de absorberlas es compleja y exigente desde el punto de vista financiero. Por esto, la respuesta a lo que sucede debiera tener algún componente regional, transformándose en un esfuerzo colectivo.

Pero por sobre todas las cosas, el éxodo de los venezolanos debiera corregirse en sus propias raíces, lo que supone abandonar las políticas que han generado el problema y reemplazar, democráticamente, a quienes son claramente los responsables de la actual ola venezolana de desarraigo social.

DESPRECIABLES

El pueblo venezolano no puede ni debe ser abandonado en una instancia de enormes sufrimientos. Las declamaciones de apoyo no alcanzan. La lástima, tampoco.

Es hora entonces de examinar el tema con urgencia y muy de cerca. Lo primero es, siempre, animarse a llamar a las cosas por su nombre. Lo segundo es pasar a la acción diplomática, pese a las dificultades que frente a individuos despreciables, como Nicolás Maduro, la reacción pueda de pronto provocar.

El tema es grave. Porque tanto el éxodo de los venezolanos como el de los nicaragüenses está provocando xenofobia, la antesala de la violencia.

Por Emilio J. Cárdenas

La Prensa,

27 de Agosto de 2018

Se el primero en comentar en "LOS DESARRAIGOS MASIVOS DEBERÍAN SER CRIMINALIZADOS POR LA COMUNIDAD GLOBAL"

Deja un comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.


*