RECORDANDO A JULIO CORTÁZAR, A 104 AÑOS DE SU NACIMIEMTO

 Páginas de la historia- “De algunos escritores que escribieron susurros surgieron gritos”

Quiero referirme hoy a un intelectual que después de Borges y Sabato, es considerado por muchos, otro de los grandes escritores argentinos en difusión y en talento: Julio Cortázar.

 Nació y así como Borges eligió el exilio de Ginebra para su cita con la muerte, Julio Cortázar, el gigante con rostro de niño y alma de adolescente, la encontró en París, en febrero de 1984, a los 69 años.

 Cortázar había nacido en Bruselas, Bélgica, el 26 de agosto de 1914. A los 6 años ya estaba viviendo en Banfield, al sur del Gran Buenos Aires. Treinta años después -tenía ya 36 años- y corría el año 1951, se mudó a París, donde residiría hasta su muerte, treinta y tres años después.
Podríamos decir, entonces, que Cortázar fue belga por nacimiento, argentino por adopción y francés por elección.

 Y en Francia precisamente, escribió el 80% de su vasta obra literaria. Y es allí donde se casó, a los 39 años con la hermana del escritor Francisco Luis Bernardez. Y fue en París donde publicó su primera novela “Los Premios” y también su obra más famosa: “Rayuela”, que la crítica francesa y la argentina incluso, trató con mucha severidad. Pero el tiempo, que es un jurado infalible, dictó su fallo favorable para “Rayuela”.

Fue físicamente un hombre muy alto, elegante, que siempre vistió deportivamente; que fumaba sin pausa; que hablaba con un leve acento francés, que se notaba especialmente cuando pronunciaba la letra R.  Era auténtico y contundente en sus opiniones. Y de una dignidad irrenunciable, que a veces lo hacía sufrir. Pero esa misma dignidad, lo consolaba.

Era modesto frente a la grandeza, pero aparecía arrogante contra la bajeza. Y tenía actitudes valientes frente a muchas cosas. Pero no era realmente valiente, sino digno. A los 18 años se recibió de maestro y 2 años después ya era profesor en letras. A los 25 años estaba en Chivilcoy como docente en un colegio secundario. Y lo clásico. Una alumna de 17 años se enamoró de ese profesor algo callado y sobrio, peinado a la gomina.

La plaza de Chivilcoy fue testigo mudo de encuentros fugaces, que muchos lugareños observaban y criticaban con esa ferocidad con que los espíritus pequeños juzgan y condenan las humanas debilidades de los hombres superiores.

Cortázar tuvo muchas inquietudes, no sólo literarias. Gustaba del box, del tango, del jazz, de la pintura. Quizás podríamos haber resumido todo esto diciendo que fue un “enamorado de la vida”.
En uno de sus cuentos, reúne a los boxeadores Firpo y Justo Suárez con el pintor Marc Chagall; y todavía mezcla literariamente una melodía de Charly Parker con un tango de Pedro Maffia.

Cuando Cortázar estaba internado con una severa leucemia de la que no sobreviviría, en el hospital de Saint Lazare en París, tenía siempre junto a él un viejo portafolio, en el que guardaba algunos apuntes y el libro “Don Quijote de la Mancha” de Cervantes, que a veces lo colocaba bajo su almohada. Estaba forrado en hule.

Cuando falleció en febrero de 1984, hace más de 34 años, un amigo abrió “El Quijote” para hojearlo. Y quitó el hule que cubría la tapa del libro. Y se llevó una gran sorpresa.
Muy escondida, estaba allí una pequeña foto de una hermosa muchacha rubia, de unos 17 años. Detrás de la fotografía se leían claramente estas palabras: “Con el amor eterno de Nelly Mabel. Chivilcoy, enero de 1941”. ¡Y habían transcurrido 43 años…!

Y cierro esta nota con un aforismo para Julio Cortázar y para ese amor que permaneció en él, hasta el último día de su existencia: “El primer amor nunca se olvida. Porque fue el primer milagro”.

Por José Narosky

La Prensa,

28 de Agosto de 2018

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