6 DE SEPTIEMBRE DE 1930, EL FIN DE UNA ÉPOCA

Hipólito Yrigoyen (1852/1933) fue presidente de la Nación de 1916 a 1922, y asumió por segunda vez el gobierno el 12 de octubre de 1928 con una mayoría abrumadora: obtuvo el doble de votos que sus adversarios.

Luego de la presidencia de Marcelo de Alvear, el anciano caudillo llegaba convencido de que debía dar forma definitiva a la reparación nacional iniciada en 1916, pero desde el día siguiente al inicio de su segundo mandato comenzó a tejerse una sorda conspiración que involucraba a los sectores del privilegio económico nacional e internacional, a la prensa y a los sectores militares más reaccionarios.

La nota característica de la segunda presidencia yrigoyenista fue la lucha por la nacionalización del petróleo y la acción de YPF, bajo la dirección del general Enrique Mosconi.

En agosto de 1929 YPF tomó el mercado petrolero interno al definir el precio de suministro en detrimento de las grandes compañías, a la vez que celebró un contrato con la empresa Iuyamtorg Corp. dedicada a realizar el intercambio comercial entre la Unión Soviética y América del Sur. El contenido de dicho contrato consistía en que la Argentina comprara a la Iuyamtorg nafta y la empresa se comprometía a invertir lo percibido en productos argentinos derivados de la ganadería, la agricultura y la industria nacional, lo cual no produciría la fuga de oro del país. La nafta soviética vendría a suplantar la importada sin molestar la producción de YPF y además el Estado argentino se reservaba la facultad de reducir la cantidad de nafta a importar si la producción de YPF aumentase y hasta la opción de rescindir el contrato si así le conviniera. Las ventajas eran más que evidentes, el contrato con Iuyamtorg significaría un desalojo total de las compañías extranjeras, principalmente la norteamericana Standard Oil

Pero para evitar el avance y penetración de esta empresa se necesitaba la ley de nacionalización del petróleo, y de esta manera se aseguraba, el país, la propiedad de su riqueza, el monopolio de su explotación, el transporte y la comercialización

La ley de Nacionalización del Petróleo -como otras iniciativas progresistas de Yrigoyen- había sido aprobada en Diputados, pero sufrió la obstrucción de los conservadores en el Senado. Un testigo calificado cuenta que por el año 1928, antes de las elecciones, le preguntaron a don Hipólito porqué quería ser nuevamente presidente, a lo que éste habría respondido: “vuelvo por mi ley de petróleo”.

Tamaña importancia le asignaba el viejo líder a la magnífica fuente de energía y riqueza que actualmente los argentinos dilapidamos en manos extranjeras sin control alguno.

La campaña de desestabilización y desprestigio de Yrigoyen y su administración hizo uso abusivo de la absoluta libertad de expresión y de prensa imperantes y adjudicó al presidente radical debilidad y falta de actividad. Sin embargo, en el bienio 1928/1930 el Boletín Oficial acusa la producción de 2918 actos -Decretos- del Poder Ejecutivo y 8529 resoluciones ministeriales, sobre diversos temas de administración.

Los Decretos presidenciales se subdividen según el área de gobierno en: Interior 316; Relaciones Exteriores y Culto 28, Hacienda 504, Obras Públicas 380, Agricultura 80, Justicia e Instrucción Pública 882 Guerra 550 y Marina 176. Es difícil creer que un presidente que en dos años produce casi tres mil decretos se encuentre en un estado de letargo o alelamiento.

Entre las medidas de gobierno más importantes se destacan la creación de más de seiscientas escuelas, la ley de Creación del Banco Agrario, la ley de Arrendamientos Agrícolas, el decreto del Ferrocarril a Huaytiquina, el nuevo impulso a la Reforma Universitaria, haber sentado las bases de la marina mercante nacional y la creación de los institutos de la nutrición, del petróleo y del cáncer. En el plano de las relaciones internacionales ejerció la defensa de nuestra dignidad nacional por el valor soberano que emana de la autodeterminación de los pueblos y fomentó la confraternidad americana y mundial.

En septiembre de 1930 el producto bruto de nuestro país era el 50 por ciento del de toda América latina.

El domingo 7 de septiembre debían realizarse elecciones en Mendoza y San Juan para normalizar la situación de ambas provincias que estaban bajo la intervención federal, de las cuales surgirían gobernadores radicales y cuatro senadores que colocarían a la UCR yrigoyenista a sólo 1 voto de obtener mayoría en la Cámara alta.

Pero un sonido metálico y siluetas marciales asomaron en Buenos Aires en la madrugada del sábado 6 de septiembre, sonido que puso fin a una época y cambió para siempre la historia argentina para peor. Al atardecer de ese día, mientras en la Casa Rosada y los salones de los clubes selectos las minorías brindaban con champán, una turba exaltada asaltó el domicilio de Hipólito Yrigoyen, un modesto departamento ubicado en los altos de Brasil 1039 en el barrio de Constitución, destruyendo todo lo que encontraron allí ante la pasividad policial que observaba la escena.

Algunas horas antes Yrigoyen, enfermo, partió en automóvil hacia La Plata en compañía de su médico Osvaldo Meabe, su secretaria Isabel Menéndez y el canciller Horacio Oyhanarte. En pocas horas quedó detenido en una unidad militar, y luego fue trasladado a un buque de guerra y finalmente a la Isla Martin García, donde sufrió un verdadero calvario hasta su muerte.

Por Diego Alberto Barovero

* autor de “Radicalismo. Un siglo y cuarto de historia argentina” (Editorial Docencia, Buenos Aires, 2016). Vicepresidente del Instituto Nacional Yrigoyeneano.

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