CÓMO HACER RESETEAR LA POLÍTICA EXTERIOR ARGENTINA

En plena crisis económica, el apoyo financiero de Washington pinta decisivo. Pero no se puede soslayar que en su radar estratégico aparecen en rojo los vínculos con China, perfeccionados durante la gestión kirchnerista.

El presidente Trump y el presidente Macri en la Casa Blanca. REUTERS/Carlos Barria .

Una de las explicaciones de la actual crisis económica enfatiza, en exceso, el papel desempeñado por los factores externos: apreciación del dólar en el mundo, subida de las tasas de interés, “efecto Trump” expresado en el proteccionismo comercial, problemas en Brasil, etc. El listado responde a una realidad que también debe incluir las variables internas.

También existen responsabilidades porque hubo una falla en el GPS de la política exterior: no se advirtieron los indicios de un cambio de agenda mundial. Tal vez lo más significativo de esas nuevas tendencias es que marcaban el momento que atravesaba la globalización implicando, entre otras cosas, la agonía del multilateralismo. La apuesta a organizar la Cumbre de la OMC y la del G20 están en el corazón de esa lectura. Ya se advirtió, in situ, que la OMC probablemente tenga más pasado que futuro y nada hace pensar que el G20 va a renacer en Buenos Aires. Una foto de familia no puede ocultar la verdad: es el futuro del pasado.

Si eso es así, habría que aprovechar la actual crisis económica para resetear la política exterior. En verdad se ha perdido un tiempo precioso en temas no necesariamente vitales, como la candidatura a la Secretaría General de las Naciones Unidas; la organización de macro-eventos globales (OMC+G20) y se invirtieron excesivos recursos diplomáticos en objetivos de difícil logro, como el Acuerdo Comercial Mercosur-Europa.

En Europa no están dadas las condiciones para firmar un acuerdo que afecte las bases simbólico-sociales de sustentación de gobiernos como el francés.

Dicho esto, la clave de bóveda del reseteo implica caracterizar el actual estado del mundo. Si bien los titulares se concentran en el trumpismo y en la guerra comercial alimentada desde Washington, la batalla que se está desarrollando a nivel global posee otra entidad: es una lucha chino-americana por la preeminencia científico-tecnológica. Nada que ver con la guerra fría, donde la competencia se desarrolló en el subsistema militar, económicamente la URSS era irrelevante. Ahora los campos de batalla son simétricos, militar, económico y tecnológico.

En 2017, el presidente Macri también visitó China en busca de relaciones estratégicas y comerciales. Junto al primer ministro, Li Keqiang. DYN/PRESIDENCIA.

Trump combate contra el denominado modelo “China 2025”, el proyecto de liderazgo del futuro. Una voz autorizada, la cabeza del Massachusetts Institute of Technology, L. Rafael Reif, en el New York Times (11/8) escribió que “si el objetivo americano busca impedir que China se convierta en un gigante científico y tecnológico la batalla estaría ya perdida”. Por esa razón los argumentos americanos justifican los aranceles en nombre de la seguridad nacional.

En la guerra fría, la Argentina aplicó el manual de la alineación con Occidente. La historia muestra que no había otra opción. Sólo la dictadura militar se atrevió a buscar apoyos en el bloque soviético: comercialmente, no respetando el embargo cerealero del Presidente Carter (1980) y estratégicamente, cuando Galtieri, cercado en Malvinas, exploró la factibilidad de la opción moscovita.

Ahora, en esta nueva pulseada estratégica global, la política exterior deberá encontrar una respuesta inteligente a una ecuación compleja: en plena crisis económica, el apoyo financiero de Washington pinta decisivo pero no se puede soslayar que en su radar estratégico aparecen en rojo los vínculos con China, perfeccionados durante la gestión K.

Queda claro que una sabia política exterior debe ponderar debidamente necesidades y oportunidades. El futuro de nuestras exportaciones alimenticias está, sin duda, en el Asia. No sólo en China, también en otros mercados como India. Pero durante 12 años Pekín avanzó en otras dimensiones: proveyó sawps, cuando en el Banco Central escaseaban las reservas; construyó una base militar en Neuquén e instaló su diplomacia de obras públicas. Concretamente China financia y construye centrales hidroeléctricas de Santa Cruz, firmó acuerdos para proveer centrales nucleares y participa en otros emprendimientos energéticos y de transporte ferroviario.

El despliegue chino en el mundo -“Iniciativa del cinturón y de la ruta de la seda”, versión de la globalización post-occidental- alimenta interrogantes. En Europa, las compras de puertos y de empresas energéticas despiertan temores: ¿Pekín será su gran proveedor energético? Como se sabe, no existe reciprocidad, es casi imposible invertir en infraestructura en China.

En Asia, el nuevo primer ministro malayo, Mahathir Mohamad, en visita a Pekín alertó contra una “nueva versión de colonialismo”. Allí anuló tres proyectos: ferrocarril Malasia-Tailandia y dos gasoductos. En total, 23.000 millones de dólares. El argumento: “No podemos devolver el préstamo”. En Oceanía, Australia excluyó al líder chino de telefonía, Huawei, quien no podrá instalar la red 5G. Razones: temor a injerencia y espionaje.

En esta agenda global no puede soslayarse un “apriete estratégico”.Trump no pacta ideológicamente, hace negocios. Acordó con López Obrador, soslayando a J. Trudeau. La visión estratégica americana, que probablemente sobrevivirá a Trump, comienza a desplegar una estrategia de contención a China en América Latina. En términos de negocios, en Washington señalan que existen lazos objetivos para concebir una alianza con la Argentina: alimentos y petro-gas. Ambos países serán líderes mundiales en el shale. Consejo, resetear y no improvisar.

 

Clarín,

05 de Septiembre 2018

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