SARMIENTO Y SUS DOCTRINAS PEDAGÓGICAS

Domingo F. Sarmiento (1811-1888)

Con su singular habilidad para eludir juicios absolutos acerca de los escritores consagrados por el consenso liberal, don Ricardo Rojas se expidió sobre el libro de Sarmiento, “La Educación Popular”, en estos términos: “Más de sesenta años han corrido sobre este libro y huelga anticipar que muchas de las cuestiones estrictamente pedagógicas que plantea se ha convertido ya en lugares comunes de la enseñanza normal o han sido desechadas por la experiencia.  Si tenemos presente que hacia la mitad del siglo XIX, cuando fue escrita esa obra, las aspiraciones de la ciencia a favor de la educación democrática distaban mucho de ser una realidad o siquiera un ideal universalmente aceptado, comprendemos mejor el significado de su doctrina y el quilate de audacia precursora o de filantropía revolucionaria que ella significaba en el ambiente de América”.  Como se ve, para el señor Rojas, Sarmiento excedía como apóstol de la educación popular hasta los límites continentales…

Logrado el retruécano para el remate gerundiano del período, el apologista anunció la antítesis: “Baste para el lector novel la prevención de que los libros deben utilizarse principalmente como excitantes de la propia meditación y no como revelación absoluta de la verdad”.  Y agregaba: “si algunas verdades le parecen viejas es porque Sarmiento se apresuró a difundirlas antes de que él (el lector) naciese, y que si algunas afirmaciones le parecen equivocadas en cambio queda dentro de ellas, vibrante y eterno, su ideal filantrópico y su fe en la vida”.  A continuación redondeó el párrafo con el floripondio de rigor.

He abundado en transcripciones para que se advierta cómo por interés o encogimiento pervivió el mito sarmientito.  Ah, pero don Ricardo Rojas no podía con su arrogancia: “El carácter de esta noticia preliminar no me permite discutir aquí las diversas ideas que este libro plantea”.  Lo que no hizo nunca.

La verdad radica en que Sarmiento no formuló en ese libro ningún enunciado estrictamente pedagógico; los ítems del presupuesto para educación, inspección de escuelas, salas de asilo y disquisiciones sobre ortografía no son cuestiones didácticas sino de simple menester burocrático.  Los restantes capítulos enumeran simplemente lo que observó o transcribió a su paso por Europa.  El meollo “pedagógico” está contenido en el capítulo inicial.  Pero tampoco allí campean conceptos fundamentales; y menos en lo que respecta a la escuela argentina de ese entonces, que le era desconocida.  Sólo expresa ideas generales, en su mayoría inexactas, como su afirmación de que “la instrucción pública es una institución puramente moderna nacida de las disensiones del cristianismo”.

La instrucción pública, en su sentido estricto, acaso sea la más antigua de las instituciones humanas.  A partir del hombre paleolítico estuvo a cargo de los ancianos.  De haber sido el privilegio de clases aristocráticas, ni los sumerios, ni los babilonios, ni los egipcios, ni los fenicios, hubieran alcanzado el grado de cultura y civilización que hoy nos asombra.  Ellos conocían la numeración decimal y la sexagesimal, las operaciones fundamentales de la aritmética, inclusive la raíz cuadrada u cúbica, además de superficies y volúmenes de los cuerpos.  Los sumerios y los egipcios transmitieron a través de las edades millares de ideogramas, pictogramas y signos hieráticos.  Los babilonios conocieron los meses lunares, la hora, los signos zodiacales y las constelaciones; los egipcios inventaron el calendario hace 3.000 años.  Sobre ese portentoso legado científico los griegos y los romanos elaboraron su civilización posteriormente.

Si en Grecia la educación de los niños estaba a cargo de esclavos (pedagogos) ello prueba que hasta los esclavos tenían instrucción.  El imperio romano hizo suyo el principio aristotélico de que “la educación es un asunto de Estado” pero impuso la sujeción total del hombre a las exigencias del Estado.  Con la Edad Media triunfó el concepto cristiano de la liberación del espíritu humano, pero cayó en el exceso de convertir la educación en artículo de fe.  Se ha reconocido empero que la escuela medieval significó un período de transición entre el mundo antiguo y el moderno.  La cultura griega y la romana habían exaltado la facultad razonadora del hombre; la Edad Media subordinó el raciocinio a los deberes morales logrando con ello la igualdad espiritual.

El descubrimiento de América generó la más profunda revolución filosófica, social y religiosa registrada en la historia de la humanidad.  Coetáneamente Copérnico actualizó las antiguas teorías heliocéntricas de Hiparco, Archilao y Pitágoras; Magallanes comprobó la esfericidad de la Tierra; con Galileo nacía la astronomía moderna; Newton formuló las leyes reguladoras de la rotación astral; Harrison fabricaba el primer cronómetro y Hadley inventaba el sextante.  Esa trascendental evolución de la idea nutrió la obra de los enciclopedistas e invadió el ámbito político y educacional quedando como proyección imperecedera de la Edad Media la creación de las universidades modernas organizadas como grandes estados.  Fue el resultado directo de la filosofía de la Educación.

Con el Renacimiento se afianzó la educación popular pero con tendencias excesivamente librescas que la tornaron esencialmente aristocrática; de humanista decayó en individualista.  Por ello fracasó en su finalidad fundamental.

Con el propósito de liberar la enseñanza de su rémora libresca e intelectualista Comenio esbozó su teoría del aprendizaje por medio de la intuición, teoría complementada y continuada por Rousseau y posteriormente por Pestalozzi, el creador de la pedagogía moderna.

Oponiéndose a la tradición platónica que propugnaba la aprehensión dogmática de la verdad, Juan Locke proclamó la investigación personal, la tolerancia y la libertad insistiendo en la relatividad de la certidumbre.  A la intuición opuso la experimentación y al anterior sistema del magíster dixit la necesidad del esfuerzo en la búsqueda del conocimiento.  A través de la educación, la civilización contemporánea le debe a Locke el estamento del derecho individual y del derecho civil como concesión de la conformidad previa acordada por hombres libres.

En lo que respecta a la ecuación puede decirse que el siglo XVIII afirmó definitivamente la escuela pública, ya fuese como institución del Estado, realización municipal o entidad privada.  Así nos la transfirió España.  Véase la grosera impostura de Sarmiento al atribuirse la paternidad de la escuela popular en América y en el mundo, según don Ricardo Rojas.

Continuaba el escritor sanjuanino: “Los derechos políticos, esto es, la acción individual aplicada al gobierno de la sociedad se han anticipado a la preparación intelectual que el uso de tales derechos suponen”.  ¿Pero en qué nación de la Europa monárquica de esa época intervenía el pueblo en la elección de los gobiernos?  En nuestro país los ciudadanos pudieron votar recién en 1912, como resultado de una ley proyectada por un descendiente de “sicarios del tirano”.  ¡El concepto trascripto coloca al “apóstol de la democracia” entre los partidarios del voto calificado!

Y agregaba: “Las masas están menos dispuestas al respeto de las vidas y de las propiedades a medida que su razón y sus sentimientos morales están menos cultivados”.  El plan de operaciones que el señor Sarmiento les propuso a los unitarios para combatir contra Rosas, instituyendo el terror; las confiscaciones y fusilamientos que dispuso siendo gobernador de San Juan; su carta a Mitre aconsejándole el exterminio del gaucho y pidiendo la horca para Urquiza prueban lo contrario de lo aseverado por el sociólogo de “La Educación Popular”.

Según él (página 24) “Los estados sudamericanos pertenecen a una raza que figura en última línea entre los pueblos civilizados debido a que carecen de industrias y medios mecánicos”.  La afirmación es mendaz.  En primer lugar véase como confunde progreso con civilización.  Ya desde las postrimerías del coloniaje todas las provincias argentinas tenían sus pequeñas o grandes industrias que subsistieron a pesar del contrabando antes de 1810 y a la libertad de comercio impuesta por Inglaterra desde entonces.  Es la repetición del tenaz denuesto del liberalismo genuflexo y apátrida que ni siquiera captó el sentido, en cierto modo justificado, de la crítica formulada contra España y tan gallarda y justamente refutada por Unamuno: “el error de asimilarlo legando al futuro una progenie bastarda rebelde a la cultura”.  Las proporciones del problema racial que asume en la actualidad el negro de América del Norte, el Brasil y otros países del continente dejan mal parada la visión “genial” del estadista cuyano y compárece este fermento de resentimientos raciales con esta raza criolla constituida por todas las sangres del mundo transvasadas a la vigorosa cepa indígena.  No creo zaherir a Sarmiento si afirmo que ni un estadista de la jungla africana hubiera propugnado como él la estratificación de razas.  Por eso fue acertada la definición formulada por el escritor chileno Vicente Pérez Rosales: “Sarmiento tiene más talento que instrucción y menos prudencia que talento.  Como periodista da a la estampa en un español bastardeado cuanto disparate se le viene al pico”.

En realidad “La Educación Popular” no es un libro atinente a la educación sino de meras divagaciones sociológicas cuyo contenido encaja en la irónica afirmación de Philip Guedalla: “La Psicología es la ciencia de los datos carentes de conclusiones y la Sociología la ciencia de las conclusiones carentes de datos”.  Su crítica al sostenimiento de las fuerzas armadas consuena con la influencia de los vestidos como causa de “la inmovilidad del espíritu” y “limitación de aspiraciones”.  Canta loas al Norte América porque allí el leñador y el banquero “usan por igual el paletó, la levita y el frac…”

La única idea aprovechable de “La Educación Popular” es la necesidad de orientar la enseñanza hacia las actividades industriales y manuales, o sea una enseñanza de tipo profesional; pero se trata de un complemento de la escuela primaria, no de la escuela primaria misma.  Su realización dentro de esos límites entrañaría un cierto despropósito.  La enseñanza primaria en los Estados Unidos tan alabada por Sarmiento, no pasaba por ese entonces de “las tres erres” (leer, escribir y contar).  A juzgar por el libro comentado y ciertos artículos alusivos Sarmiento desconocía los más elementales adelantos pedagógicos predominantes en su tiempo y la realidad educacional de su país.  Así como en “Facundo” describió un estado social sin más aporte documental que su imaginación y su resentimiento, en “La Educación Popular” enunció una ringlera de conceptos arbitrarios e híbridos.  Por eso la pedagogía argentina nada le debe y de ahí la curación en salud de don Ricardo Rojas al insinuar esa realidad.  Con respecto al contenido integral de la educación griega y observación de las aptitudes específicas en los alumnos como índices vocacionales, Sarmiento registró un atraso de 2.500 años; y cinco siglos con respecto al artículo 5º de la respectiva ley incaica que establecía la obligación de determinar las inclinaciones naturales de cada niño para orientar sus ocupaciones futuras.

El análisis de “La Educación Popular” lleva por contraste a las ideas y realizaciones educacionales del auténtico promotor de la enseñanza: Manuel Belgrano.  Abandonó España en el auge del despotismo ilustrado y su tendencia a la aristocratización de la cultura.  Nadie como él, empero, comprendió la realidad social argentina y encentró en ella su acción civilizadora: la necesidad de intensificar la agricultura y mejorar los métodos de cultivo a cuyo fin proyectó la creación de una escuela de agronomía; en vista de la incapacidad de los artesanos criollos fundó una escuela de dibujo para mejorar sus aptitudes; en el deseo de elevar la significación de la mujer proyectó la creación de escuelas gratuitas para niñas, destinadas a la alfabetización, moralización y aprendizaje de las más comunes labores domésticas; fomentó la enseñanza del hilado mecánico como recurso para proporcionar a la juventud de ambos sexos ocupaciones útiles y honestas; como medio de capacitación de los jóvenes, a la vez de estimular las actividades mercantiles creó una escuela de comercio y, finalmente, previendo el desarrollo del tráfico fluvial y marítimo fundó la escuela de náutica, iniciativa que con el correr de los años habría de atribuírsele a Sarmiento.

La escuela pública gratuita fue la pasión belgraniana; escuela pública alfabetizadota y moralizadora para ambos sexos. El 24 de marzo de 1810 propugnaba desde las páginas del “Correo de Comercio” la fundación de escuelas primarias en las ciudades, villas y parroquias de la campaña, utilizando para ello fondos públicos, a la vez que los jueces de paz establecerían y harían cumplir la obligatoriedad escolar.  Ese pensamiento, que en su hora no pasó de tal debido a los tremendos problemas dimanados de la Revolución de Mayo, fue el derrotero tras el cual más tarde marcharon los sucesivos gobiernos que fomentaron la instrucción pública: Rodríguez, Las Heras, Dorrego y Rosas.

En cuanto a la organización de las escuelas y condiciones de los maestros, el creador de la bandera enunció directivas que aún no han caducado.  “Basta con que los maestros –decía- sean virtuosos y puedan con su ejemplo dar lecciones prácticas a la niñez y juventud, y dirigirlos por el camino de la santa religión y del honor”.  La misma vida pública de Belgrano constituyó un paradigma de tales normas.

Después del triunfo de la Batalla de Salta la Asamblea General Constituyente le obsequió por decreto del 8 de marzo de 1813 un sable de oro y 40.000 pesos que el ilustre patricio destinó a la fundación de cuatro escuelas en sendas provincias del norte, en las cuales se enseñaría “a leer y escribir, la aritmética y la doctrina cristiana y los primeros rudimentos de los derechos y obligaciones del hombre en sociedad, hacia ésta y al gobierno que la rige”.  Compárense estas normas sabias y sencillas con el absurdo atiborramiento científico que Sarmiento, por desconocer los rudimentos de la pedagogía, se jactaba de imponer en la famosa escuela de Catedral al Norte y resalta la enorme desproporción que los separa.  Pero hubo que sacrificar las concepciones docentes de Belgrano y años después las realizaciones de Avellaneda para la creación del mito.  Belgrano hasta reglamentó la dación de los cargos docentes por concurso.

Pero no solamente como educador el ilustre soldado dejó señales imperecederas de su genio.  Como jefe de la expedición al Paraguay y posteriormente como estadista, logró un acuerdo comercial y político con el triunvirato guaraní, evitando el desgarramiento territorial como procuró hacerlo con el Alto Perú, escisión aplaudida por Sarmiento.  Jamás denostó al indio ni al gaucho.  Y fue tan realista en sus decisiones que, considerando los peligros a que se veía expuesta la Revolución debido a la escasez de recursos para proveer de armamento a las tropas, desde la Villa de Luján envió un oficio al gobierno el 18 de junio de 1814 cediendo para gastos militares la suma que él había destinado a la fundación de escuelas.  El ocultamiento de este hecho por parte de los historiadores liberales respondía a la necesidad de tener las manos libres para atacar a Rosas por suspender las partidas del presupuesto destinadas al sostenimiento de la educación cuando el bloqueo y la guerra contra Francia e Inglaterra dejaron exhausto el tesoro público.  Estadista y educador, Belgrano se vio obligado por imperio de las circunstancias a mandar ejércitos y lo hizo con ejemplares muestras de patriotismo y abnegación; en cambio Sarmiento intentó hacer valer el discutible grado militar el 22 de diciembre de 1885 para conseguir que el gobierno le acordara una cesión de 16.000 hectáreas de las tierras quitadas a los indios.  El presidente Roca desestimó la solicitud porque según el dictamen del ministro de guerra no constaban los antecedentes militares del peticionante…

Veamos ahora las realizaciones escolares del “Maestro de América” en su provincia natal.  Cuando asumió el cargo de gobernador de San Juan el 9 de febrero de 1862, esa provincia se contaba entre las más castigadas por el analfabetismo. En el interior sólo funcionaban dos escuelas primarias, una en Concepción y la otra en Pocitos.  Sarmiento creó por decreto una escuela en la capital, cuyo nombre sería “Escuela Sarmiento”.  Cuando abandonó ese cargo sólo existía de la referida fundación los cimientos y el nombre.  Le dio término su sucesor, Santiago Lloveras, el 9 de julio de 1864.

El progreso educacional de San Juan nada le debe a Sarmiento.  El 24 de diciembre de 1865 el gobernador Camilo Rojo, uno de los más progresistas gobernadores de la provincia cuyana, creó el Departamento General de Escuelas, en plena guerra del Paraguay e hizo sancionar la primera ley escolar; y en 1868 siendo gobernador José Manuel Zavalla fueron fundadas las primeras escuelas nocturnas para ambos sexos, se estableció la gratuidad de la enseñanza y fueron fundadas varias escuelas superiores.  En 1869 el gobernador Ruperto Godoy creó el museo mineralógico, inauguró la cátedra de esa ciencia y se radicó un establecimiento metalúrgico.  Al término de su mandato la provincia de San Juan contaba con 93 escuelas, de las cuales 51 eran mixtas, 34 de varones y 8 de niñas.

Política económica de Sarmiento

Caricatura de Sarmiento publicada en la revista El Mosquito

Hacia 1870 el proceso de colonización agrícola que transformaría nuestras pampas litorales en una fábrica de trigo, continuaba sin cesar. La inmigración, cuyo teórico más batallador era al fin gobierno, ascendía en progresión geométrica. Al mismo tiempo, la red ferroviaria se ampliaba, cumpliendo su función de organizar la gran factoría pampeana y ahogar todo intento de una economía nacional al servicio de los argentinos. El Ferrocarril Oeste, propiedad de la provincia, necesitaba expandir sus líneas hacia los Andes, para restablecer con su trazado la ruta histórica de nuestro comercio con Chile. El Gobierno Nacional le niega los fondos necesarios, mientras entrega concesiones leoninas a empresas de aventureros ingleses que levantan otro ferrocarril, el Pacífico, en competencia con el Oeste. Como lo ha demostrado Scalabrini Ortiz, “el Ferrocarril Pacífico nació para sofocar una empresa argentina” (1). El ministro del Interior que firmaba la ley de concesión es Uladislao Frías. Poco después cambiará su despacho ministerial por un empleo de director del Ferrocarril Pacífico. El sistema británico de corrupción se volverá luego un elemento indisociable de la política argentina. Ese mismo inmutable caballero pasará a la Corte Suprema en 1879 y negará la libertad de Ricardo López Jordán, prisionero del gobierno.

La destrucción de los últimos focos nacionalistas que resistían en el Interior, realizada por Mitre y Sarmiento, había abierto el camino a la colonización impuesta por las grandes fuerzas mundiales. Lejos de incorporar a los argentinos nativos a las nuevas formas económicas y transformarlos en chacareros capitalistas, el sistema los aniquiló, como a los indios y a las alimañas. En una carta a José Victorino Lastarria, Sarmiento decía: “Pudimos en tres años introducir 100 mil pobladores y ahogar en los pliegues de la industria a la chusma criolla, inepta, incivil y ruda que nos sale al paso a cada instante”. (2)

El bravo educador esgrimía un puntero sangriento.

Cumple lo que promete: el decreto de julio de 1872 –año en que aparece “Martín Fierro”- establece la aplicación de la pena de muerte a los desertores, decreto absolutamente ilegal que origina las protestas del Congreso; “su ministro de Guerra imparte la tremenda orden de diezmar a la gente sublevada de Locagüé, sitio vecino a Nueve de Julio”, dice el apologista Alberto Palcos (3); pone precio a la vida del gobernador legal de Entre Ríos, general Ricardo López Jordán. La cabeza del caudillo es aforada por Sarmiento en 100.000 pesos fuertes. El Congreso no aprueba el insensato proyecto.

Sus opiniones sobre todo lo humano y lo divino, ingeniosas a veces, brutales otras, siempre pintorescas, regocijan o indignan al público. El campeón de la inmigración juzga a los árabes como “una canalla que los franceses corrieron a bayonetazos hasta el Sahara”; de los italianos que trabajan en la Argentina y luego se repatrían, dice que se educan entre nosotros y al volver a Italia “han de educar a los ministros mismos”: los llama “gringos bachichas”; de los españoles, no quiere ni oír hablar; de los judíos dice:

“¡Fuera la raza semítica! ¿O no tenemos derecho como un alemán, ni cualquiera, un polaco para hacer salir a esos gitanos bohemios que han hecho del mundo su patria?”.

Por razones difíciles de evaluar, sin embargo, la furia de Sarmiento se detenía en particular contra el imaginario peligro de la inmigración irlandesa, a la que consideraba manejada por los curas católicos:

“En 10 años quedaría reducida la Argentina a la condición de Irlanda, pueblo por siglos ignorante, fanatizado”. (4)

Ni por asomo se le ocurría a Sarmiento que el atraso irlandés se fundaba en la esclavitud colonial que le imponía Inglaterra. Así, tomaba el efecto por la causa y pretendía poblar la pampa con ingleses, que habían logrado la civilización gracias, precisamente, a la expoliación de los “pampeanos” del mundo. Hacía dos años se había hundido el II Imperio, con su brillante corte, sus mariscales y sus aventureros. Lucio Victor Mansilla enviado por Sarmiento a la frontera de Río Cuarto, donde escribiera su magna “Excursión a los indios ranqueles”, contaba a Sarmiento en la intimidad que su padre, el cuñado de Rosas, el bárbaro argentino, le había presentado al pobre Emperador destronado, Napoleón III, a su esposa la insinuante española Eugenia de Montijo. “Mira chica, si andás con tiento el franchute este caerá en el garlito”, le decía a la futura emperatriz de los franceses el desenfadado Mansilla (5). Derrotado ante el sable de Bismarck, el Imperio del último Bonaparte desaparece, París se levanta en la gloriosa Comuna y los trabajadores enfrentan a los versalleses que, incapaces de vencer a los alemanes, sabrían masacrar a los obreros de París. Louis Adolphe Thiers, el miserable intervencionista en el Plata de treinta años antes, será el verdugo de la jornada.

Tras la inconcebible represión, muchos obreros franceses emigran a América. En Buenos Aires se radican algunos y en 1872, en medio de la guerra de montoneras, del degüello y de la ejecución a lanza seca, con la indiada a las puertas de la altiva ciudad, se funda la Sección Francesa de la Asociación Internacional de Trabajadores. Cinco años antes, Marx publicaba el primer tomo de “El Capital”.

Vocablos raros y signos misteriosos hacen su aparición en la capital aldeana; “socialismo”, “revolución social”, “marxistas”, “bakuninistas”. Posteriormente, se funda la Sección Italiana y Española. ¡En la Córdoba de 1874 establecen una filial! ¿Qué habría hecho el coronel Simón Luengo con el latón al cinto y rodeado de lanzas, de haber escuchado estas voces del nuevo credo? (6)

Pero Sarmiento no tenía tiempo para estos ritos. Le bastaban los suyos: las logias masónicas de Buenos Aires lo contaban como hermano y se esforzaban en arreglar sus diferencias con Mitre y Urquiza.

En esos días trabajaba afanosamente en una habitación del Hotel Argentino un soldado errabundo en nuestras luchas civiles, periodista a ratos, amigo de cantores y matarifes, hombre de luces, adversario de Mitre y Sarmiento. José Hernández escribe su “Martín Fierro”; lo publicará él mismo en un cuaderno de tapas verdes impreso en papel de almacén. Será la respuesta de una caballería agonizante a la sordidez portuaria y a la locura homicida de Sarmiento. El genio de Hernández elevará su obra a las más altas cumbres del arte universal. Esa “raza de hombres aún próximos a la Naturaleza” (7) vencida en la historia resurgirá en el canto de nuestro poeta épico. El poema alcanzó en poco tiempo tal difusión en nuestras campañas, que Avellaneda, amigo del autor, recordó más tarde el hecho singular de que los pulperos pedían a sus proveedores de la ciudad:

“12 gruesas de fósforos, una barrica de cerveza, 12 vueltas de “Martín Fierro”, 100 cajas de sardinas”.

Fundido desde su arranque glorioso al alma de su pueblo, Martín Fierro no podrá ser jamás desentrañado de nuestra formación nacional; y el núcleo resistente de la población criolla, dominando a la masa inmigratoria, transferirá al hijo del europeo, afincado para siempre a nuestro destino, el temblor primordial del verso rústico. El vástago del inmigrante aprenderá de memoria la payada heroica y la sentirá como propia. Hecho memorable, véase en ese encantamiento el mejor testimonio de su triunfo póstumo.

Carlos Alberto Leumann, en su obra “El poeta creador” compara a “Martín Fierro” con los Nibelungos y observa que las maravillas del poema “sólo hayan equivalencia si se remontan los siglos hasta tiempos que corresponden a la creación de nuevas nacionalidades y nuevos idiomas”. (8)

Lejos de poseer un carácter “inconsciente”, según la desdichada afirmación de Lugones (9), la obra de Hernández es una síntesis deliberada. Se emparenta con las grandes literaturas por su condición indisimulada de relato histórico, rasgo característico de toda epopeya nacional. Una lectura didáctica de “Martín Fierro” en las escuelas iluminaría agudamente la historia de los argentinos. Es una “Summa” de proverbios; la sabiduría colectiva de un pueblo está encerrada en el deleite de su música. Los eruditos han resecado el origen de ese grito épico. Los intelectuales alejandrinos, en su hipnosis europea, prefieren héroes más prestigiosos. Para Aristóteles según recuerda Lafargue, la importancia de los proverbios era inmensa:

“Aristóteles considera los proverbios como restos de la filosofía de tiempos remotos devorada por las revoluciones sufridas por los hombres: su picante concisión lo salvó del naufragio. A los proverbios y a las ideas en ellos expresadas, les atribuye la misma autoridad que a la filosofía antigua, de la cual proceden y de la que guardan su noble sello”. (10)

De ahí se deriva el carácter monumental de “Martín Fierro” pieza clave de nuestro drama histórico y documento sin igual del ingreso argentino al arte del mundo. Su canto testimonial dice más de nuestro pasado que todas las academias heladas por el miedo.

El desencuentro entre Sarmiento y Hernández ha sido silenciado por la oligarquía; pues la diatriba del “Facundo” se dirigía contra los “Martín Fierro” y el poema de Hernández no fue sino la vindicación de “Facundo”. Hernández dirá a su hija:

“Le he puesto el nombre de Martín Fierro en homenaje a Güemes y porque de fierro es el temple del alma del hijo de la pampa”.

Cierto es que hubo en la presidencia de Sarmiento telégrafos, ferrocarriles, puentes, caminos, escuelas, profesores importados, progresos en distintos órdenes. Porque ese hombre era un ser de asombrosa y desordenada actividad y, a pesar de todo, constituía una tentativa de llevar cosas nuevas al interior atrasado, de elevarlo a la escala de lo moderno, desde las condiciones heredadas de la historia. Si la presidencia de Mitre es un desastre bajo todos los puntos de vista, Sarmiento echa las bases de instituciones nacionales y, en un sentido contradictorio y limitado usa de los recursos gubernativos para promover el desarrollo del interior. Esto último chocará con la resistencia de la mezquina oligarquía porteña, para la cual cada peso gastado fuera de Buenos Aires constituía la prueba de un despojo.

El Congreso frena sus mejores iniciativas: no puede hacer el puerto según su deseo, prescindiendo de las autoridades bonaerenses que, dice Gálvez, son “dueños de la ciudad”. Indigna a los porteños que Sarmiento funde en La Rioja una escuela superior y once primarias, entregando para esos fijes 25.000 pesos. A otras provincias las subvenciona con 100.000 pesos; promueve la educación popular aunque sobre esto la oligarquía haya exagerado enormemente ocultando el papel de Avellaneda, auténtico propulsor de la educación pública en nuestro país, antes de Roca. La idealización de Sarmiento que organizará luego la oligarquía antinacional propenderá a disimular los crímenes y extravíos en que incurrió el sanjuanino cuando estaba al servicio de Buenos Aires. (11)

El presidente Sarmiento, acompañado por su comitiva visita Federación, en Entre Ríos:

“Federación es algo así como la capital de los dominios del coronel Guarumba, un indio puro. El coronel al frente de sus soldados a caballo sale a recibir al presidente. Chapeados de plata lujosos, chiripaes y tacuaras. Guarumba se apea y presenta sus respetos al Primer Magistrado. Sarmiento había tenido la ocurrencia de enviar a Guarumba, antes de su viaje, algunos de sus libros. Le pregunta si los recibió y si los había leído y el charrúa le contesta que los recibió, y que como eran de distintos tamaños los hizo cortar para que cupiesen en la alacena que los esperaba, a lo que Sarmiento que no admite bromas, hace un escándalo y dice a Guarumba: civilización hasta aquí, y barbarie de tu lado”.

He aquí en toda su magnificencia el método de Sarmiento. Acusa de “bárbaro” al soldado analfabeto pero le envía libros antes de enseñarle a leer. El “civilizado” era Guarumba en relación a sus conocimientos pues respetó el extraño obsequio y lo cortó a cuchillo evidenciando un afán de orden. Y el “bárbaro” era un presidente tan fatuo como pueril capaz de enviar libros a un iletrado.

Durante el período presidencial de Sarmiento, ingresan al país cerca de 300.000 inmigrantes. De ellos regresan a sus patrias de origen alrededor de 120.000. El país, a pesar de las disensiones civiles, comienza a crecer. Las tierras se valorizan mientras la oligarquía terrateniente las acapara: el régimen de propiedad agraria ya estaba constituido desde los tiempos de Rivadavia y de Rosas. Sarmiento hace aprobar un empréstito inglés para construir el ferrocarril de Río Cuarto a Tucumán, el puerto, los muelles y almacenes de aduana. El empréstito se verifica, pero las obras públicas quedarán sobre el papel. La guerra del Paraguay insume 30 millones de pesos y la represión contra Ricardo López Jordán, 16 millones. (12)

La relación de dependencia con el Imperio británico se consolida. Según Dorfman, las rivalidades de Gran Bretaña con Estados Unidos y Alemania obligaban a aquélla a una política financiera específica en los países semicoloniales, pues “la única forma de asegurar abundantes exportaciones era la inmensa colocación de empréstitos que implicaban una supeditación económica creciente del país deudor y una inyección de vida en las industrias inglesas. La relación entre los empréstitos ingleses y las importaciones del mismo origen es muy estrecha. Si en 1868-1873 hay un empréstito por valor de 11.703.000 libras esterlinas, la importación es por valor de 90.000.000 de pesos fuertes, en 1891-1900 los empréstitos ascienden a 34.300.000 de libras esterlinas y las importaciones a 370 millones de pesos fuertes. Gran Bretaña cubre en ese período el 40% de las importaciones recibidas por la economía argentina”.

Sarmiento no tenía la menor idea del significado de estos hechos. Desde los lejanos tiempos de su “Facundo”, había predicado en cientos de páginas y discursos el carácter mágico del librecambio. Guardaba de su conversación con Ricardo Cobden, al que conoció en Barcelona, un recuerdo imborrable. El librecambista británico lo dejó en la puerta de su hotel, “abismado de dicha, abrumado de tanta grandeza y tanta simplicidad contemplando medio tan noble y resultados tan gigantescos… La protección de las industrias nacionales, un medio inocente de robar dinero al vuelo arruinando al consumidor y dejando en la calle al fabricante protegido”. (13)

Como presidente no podía amparar la política que había sostenido como publicista.

Sin duda alguna, Sarmiento fue en su presidencia un prisionero de la oligarquía porteña: vivía en su ciudad, gastaba su dinero, usaba su puerto. Cuando se dispuso un día a presenciar un desfile militar, dada la incomodidad del Fuerte para observar la parada, ordenó que el desfile se realizara frente al edificio de la Municipalidad porteña, comunicando al Concejo municipal que el Gobierno nacional ocuparía los salones comunales. El vicepresidente del Consejo contestó al Presidente de la República que la Municipalidad porteña recibía como huésped al Presidente, pero no podía entregar su casa. Así, el último concejal, representante de los rentistas y bolicheros de la ciudad, tenía más fuerza que el Presidente de los argentinos. Para la insolencia portuaria el primer mandatario sólo era un huésped. Tejedor hará famosa la palabra en 1880 y eso costará 3.000 muertos. La hora del interior se aproxima. Avellaneda será un hombre de transición, el prólogo a Roca.

Resulta de interés señalar que, pese a todo, con la Presidencia de Sarmiento renacen a la vida política nacional figuras del viejo federalismo intelectual, como Bernardo de Irigoyen, excluido hasta ese momento de la vida pública por el odio mitrista. Otro provinciano, Avellaneda, será ministro de Instrucción Pública y realizará con brillo y eficacia toda la obra educacional que la propaganda póstuma atribuirá a Sarmiento. Representantes de la burguesía ilustrada de las provincias, federales bonaerenses que asoman tímidamente la cabeza después de veinte años de persecución facciosa, muchos hombres del nacionalismo antiporteño encuentran en el gobierno de Sarmiento la posibilidad de manifestarse. Sarmiento masacrará la rebelión jordanista, pero tal como estaban las cosas, las masas populares ya no podían expresarse a través de los viejos caudillos; en la etapa inmediata pesarán en la política argentina, por medio de la burguesía intelectual o militar provinciana: Avellaneda y Roca. Sarmiento fue el resultado de una inestable transacción entre el interior y Buenos Aires. De antiguo embrujado por una Europa mal comprendida, encarnó al mismo tiempo la aspiración de la burguesía provinciana por elevarse a la civilización. Sus extravagancias personales se explican por esa base contradictoria de su política. Ni genio, ni loco, ni padre de la patria, ni sinvergüenza. Liberales y clericales lo han simplificado con la apología o el denuesto. Las tensiones interiores de su personalidad eran tan divergentes como la tierra y la época que las produjeron.

Referencias

(1) Raúl Scalabrini Ortiz – Historia de los Ferrocarriles Argentinos. Página 264, Buenos Aires (1957).
(2) Ricardo Font Ezcurra – La unidad nacional. Buenos Aires (1941).
(3) Alberto Palcos – Presidencia de Sarmiento. Página 110, Historia Argentina Contemporánea, Acad. Nac. De la Historia, Tomo I, Ed. El Ateneo, Buenos Aires (1963).
(4) Roberto Tarmagno – Sarmiento, los liberales y el imperialismo inglés. Página 138, Ed. Peña Lillo, Buenos Aires (1963).
(5) Lucio V. Mansilla – Entre Nos. Página 332, Ed. Hachette, Buenos Aires (1963).
(6) Sebastián Marotta – El movimiento sindical argentino. Página 25, Tomo I, Ed. Lacio, Buenos Aires (1960).
(7) José Hernández – Martín Fierro, prólogo a la vuelta “Cuatro palabras de conversación con los lectores”, p. 270, Ed. Estrada, Buenos Aires.
(8) Carlos Alberto Leumann – El poeta creador, p. 9, Ed. Sudamericana, Buenos Aires (1945).
(9) V. Leopoldo Lugones – El payador, Edic. Centurión, p. 231, Buenos Aires (1944).
(10) Cit. Paul Lapargue – La méthode historique de Kart Marx, p. 26, Ed. M. Girad, París (1928)
(11) Manuel Gálvez – Vida de Sarmiento.
(12) Palcos, ob. cit., p. 133
(13) Tamagno, ob. cit., p. 65

Sarmiento, los británicos y las minas

Domingo F. Sarmiento (1811-1888)

Don Domingo Faustino Sarmiento haría buena carrera, antes de llegar a la presidencia.  Si Bernardino Rivadavia había intentado entregar las riquezas mineras argentinas al capital británico, Sarmiento no le iría a la zaga.  La maniobra de Don Bernardino había fallado.  La montonera de Quiroga y la ascensión de Juan Manuel de Rosas al poder, había significado el retroceso circunstancial de las tentativas británicas.  Al consolidarse en el poder los hombres del mitrismo, los ingleses, en efecto, volvieron a concentrarse en su antiguo objetivo.

Sarmiento hizo “esfuerzos” de tanto “mérito”, como los de Rivadavia, para entregar nuestras riquezas minerales al capital extranjero.  Las minas de San Juan serían previamente inspeccionadas por el ingeniero Rickard, contratado especialmente a tal efecto por Sarmiento, en 1862, poco tiempo antes de constituirse las sociedades anónimas que debían concretar su explotación en beneficio de los accionistas de la City, y sus “socios”.  La “San Juan Mining Co.”, formada en 1862, tenía un capital total de 100.000 pesos (22.000 libras), integrado en acciones de cien pesos cada una; y acerca de la cual, desde Londres, el citado ingeniero Rickard le escribe a Mitre el 23 de abril de 1863, avisándole que ha comprado las maquinarias adecuadas “a fin de extraer la plata con economía y certeza” y que “con la ayuda del cónsul general M. B. Simpson Ey –editor del “Times”, controlado financieramente por Baring Brothers- hemos formado en Londres una gran compañía de los capitalistas más célebres y poderosos de Inglaterra, para explotar las minas no solamente en San Juan, sino en la República entera”.  El directorio local de la “San Juan Mining” estaba constituido por: Domingo Faustino Sarmiento, como presidente, Juan Anchorena, Mariano de Sarratea, Antonio López, Nicolás Vega, Ruperto Godoy, Manuel Moreno y otros, como vocales.  Interventores de la compañía eran Valentín Videla y Augusto Carrié y administrador de trabajos el ingeniero Francisco Rickard.  Sarmiento era Gobernador de San Juan; Juan Anchorena uno de los hacendados más ricos de Buenos Aires; Mariano de Sarratea, se encontraba en Valparaíso a cargo de la legación argentina; Antonio López, era un acaudalado minero de Copiapó; Nicolás Vega, que vivía en París, era agente de enlace con los banqueros europeos.  Godoy, Videla, Moreno y Carrié, eran “ejecutivos” y testaferros de la oligarquía.  Por último, Rickard, era el “Gran Maestre” minero.

Los intereses de la Sociedad sarmientina, se habían visto afectados por el pronunciamiento del Chacho.  Diría Sarmiento de la montonera, reproduciendo las “lamentaciones” de la prensa de San Juan, que él mismo inspirara: “La noticia de su vandálica excursión en las campañas de San Luis, nos llega al mismo tiempo que la carta del Presidente de la República a la “Sociedad de San Juan.

“Al mismo tiempo que Rickard desde París anuncia estar trabajando para San Juan; el día en que los carros de Moreno descargan las máquinas de amalgación de Videla, construidas en Buenos Aires (…) en Chile, capitales, compañías y barreteros, para trabajar nuestras minas (…) Nazar, Saá, Ontiveros, Carrizo, lograrán retardar esos bienes que van a hacer de nosotros un pueblo rico”.

Al producirse el pronunciamiento montonero –de los “lores del desierto”, como los llamaba el sanjuanino- las minas del noroeste argentino, las más ricas del país, con un sistema adecuado de comunicación, estaban en manos británicas.  En 1864, los primeros conatos montoneros interrumpen la explotación británica de San Hilario, San Juan, la más importante de Sud América.  La desocupación en las minas cunde.  Los ingleses traen sus propios técnicos y mineros, menos competentes que los nativos, pero más “controlables”, más “fieles” en tanto compatriotas y súbditos de S.M.B.

Los ingleses están satisfechos: muestras de mineral argentino obtienen una medalla de premio en la Exposición de París.

Pero la montonera conmueve a los explotadores invasores.  Por eso el presupuesto de la Provincia de San Juan, mientras Sarmiento es Gobernador muestra las siguientes cifras:

Vigilancia de Policía, $ 7.980; Vigilancia de Policía en Jáchal, $ 2.280; Vigilancia de Policía Valle Fértil, $ 628; Banda de Música, $ 6.640, Instrucción Pública, $ 8.368.

El temor a la montonera era lo que se manifestaba con evidencia en el presupuesto.  Por eso, los montoneros de Varela debían ser derrotados.

Con su derrota, volverían los ingleses.  En 1869, Rickard estimaba que la industria minera ocupaba 2.867 hombres y un capital de 1.500.000 piastras fuertes.  En 1870 se forma una compañía inglesa para explotar las minas de Gualillán, San Juan.  La presidencia de Sarmiento era una garantía, que los ingleses no desperdiciarían.

Los mineros británicos volvían así por sus fueros mineros, para desgracia de nuestra Patria.

La traición de Sarmiento

Domingo Faustino Sarmiento (1811-1888)

En el año 1842 Domingo Faustino Sarmiento se halla exiliado (1) en Chile.  Tiene a su cargo la dirección de los periódicos del gobierno conservador y dictatorial de ese país.  Ese año, un norteamericano, que en ninguna forma es un simple marinero como se ha intentado presentarlo, se entrevista con Sarmiento.  El yanqui le sugiere a Sarmiento que abra una campaña en los periódicos para que Chile ocupe el Estrecho de Magallanes y las tierras adyacentes.

Sin duda llama la atención, aún del más inocente, que a un marinero, y yanqui además,  se le ocurra de buenas a primeras ir a proponer a Sarmiento, a quien no conoce, un asunto de esa gravedad y de esa índole.  El tal marinero –dijo llamarse Jorge Mebón, pero sólo Dios y quien lo mandara sabrían cuál era su verdadero nombre y su cualidad de agente- convence enseguida al sanjuanino.  Y caso curioso, inmediatamente el gobierno de Chile funda un periódico, “El Progreso”, confiándole a Sarmiento la dirección.  Y desde el primer número el periódico, por la pluma de Sarmiento, comienza una campaña tenaz para que Chile ocupe el Estrecho de Magallanes, lo que hoy es Punta Arenas (antes Puerto Hambre) y las tierras adyacentes.

En “El Progreso” Sarmiento explica de la siguiente forma el encuentro con el yanqui: “En 1842 se me presentó un pobre norteamericano casi desnudo, Jorge Mebón, marino, que había hecho la pesca de lobos marinos en el Estrecho de Magallanes, y con el ojo avezado del yanqui, había visto que podía navegarse el Estrecho por medio de vapores si una colonia de cristianos se establecía allí.  Este hombre me pedía el concurso de mi posición como escritor para incitar al gobierno de Chile a dar ese paso”.

Declara Sarmiento que a raíz de esa entrevista estudió el problema y viendo “la tentativa físicamente posible, inicié la redacción de “El Progreso” con una serie de estudios que hoy, después de ocho años, no son del todo estériles”. (2)

Es por demás curioso que a un simple marino, que por su trabajo y estado es más bien un simple marinero, pobre y casi desnudo, se le ocurra entrevistar al director del diario oficialista con la proposición de marras.  Lo más probable es que el tal yanqui haya sido un agente de una más alta calificación, lo que Sarmiento oculta.  Como oculta que “El Progreso” se fundó, por parte del gobierno de Chile, exclusivamente para que Sarmiento llevara a cabo la campaña de usurpación del territorio del Estrecho, que era argentino.  Y es así que el primer número del periódico se inicia con el primer artículo de Sarmiento sobre el asunto en cuestión, y con el último de los artículos deja de aparecer el periódico..  Esta tentativa de usurpación no era una iniciativa del yanqui, sino del propio gobierno de Chile, el que, sin saber qué sesgo tomaría el asunto, lo ocultaba tras la insinuación de Mebón, contando siempre con la colaboración y complicidad de Sarmiento.

El 11 de noviembre de 1842 se inicia la publicación de “El Progreso” con el primer artículo de Sarmiento sobre el Estrecho.  Y desde entonces, y casi a diario, el sanjuanino insiste con el mayor entusiasmo sosteniendo que ese paso y sus tierras adyacentes sn chilenos, y que Chile debe ocuparlos y poblarlos.

Y con ese propósito, el 28 de noviembre de ese año de 1842, Sarmiento publica el más contundente artículo en pro de su campaña, titulado “Navegación y Colonización del Estrecho de Magallanes”.

Al incitar una vez más al gobierno de Chile para que ocupe el Estrecho, Sarmiento hasta da la forma de hacerlo: “Pues que nada sería dar el primer paso, que es mandar al Estrecho algunas compañías de soldados y los víveres necesarios para su mantenimiento….”

“Para Chile basta en el asunto de que tratamos decir quiero, y el Estrecho de Magallanes se convierte en un foco de comercio, de civilización…”  “¿Quedan dudas después de todo lo que hemos dicho sobre la posibilidad de hacer segura la navegación del Estrecho y de establecer allí poblaciones chilenas?”.

“Creemos haber tomado cuanto estaba a nuestro alcance para ilustrar un asunto que de tanto interés nos parece para la prosperidad del país y su futuro engrandecimiento”. (3)  “Si no hemos logrado excitar el interés del público y de las autoridades, acháquese este defecto a nuestra inhabilidad y falta de luces.  Nuestras intenciones servirán de disculpa…”.

Destaquemos el carácter de la campaña de Sarmiento en esta cuestión.  En manera alguna es el de simple comentarista de un propósito del gobierno de Chile.  por el contrario, es el del periodista que incita, excita e insta al gobierno de Chile para que ocupe un territorio que pertenece a su patria.  Y lo hace no con un razonamiento frío, sino vehemente, apasionadamente, a pesar, o precisamente por eso, por tratarse de arrebatar un territorio a su propia patria.  Así debe haberle parecido, al ilustre recopilador de sus Obras Completas, cuando de éstas excluyó los artículos de “El Progreso”.

  • La ocupación del estrecho

Cumplida la primera parte de la campaña con los artículos de “El Progreso” escritos por Sarmiento, y vista ninguna reacción del gobierno de Buenos Aires, demasiado ocupado con el alzamiento de los unitarios y los conflictos con Inglaterra y Francia, el gobierno de Chile, creyó oportuno materializar los propósitos de la campaña.  Y a tal efecto envió una pequeña expedición armada al Estrecho, formando parte de la misma el yanqui Mebón.  Con fecha 21 de setiembre de 1843 esta expedición tomó posesión del Estrecho de Magallanes y tierras adyacentes, en nombre del gobierno de Chile.  la campaña iniciada por Sarmiento en contra de su patria tenía completo éxito.

A fin de darle mayor formalidad a la toma de posesión, operación propia y detalles formales cuando una nación se posesiona de un territorio que no le es propio, con lo cual Chile proclamaba la usurpación que llevaba a cabo, se labró la siguiente acta: “En cumplimiento de las órdenes del Gobierno Supremo, el día 21 de setiembre de 1843, el ciudadano capitán de fragata, graduado,  de la marina nacional, don Jorge Mebón, el naturalista prusiano voluntario, Don B. Philipi, y el sargento distinguido de artillería, don E. Pizarro, que actúa de secretario, con todas las formalidades de costumbre, tomamos posesión de los Estrechos de Magallanes y su territorio, en nombre de la República de Chile, a quien pertenece, conforme está declarado en el artículo 1º de su Constitución pública, y en el acto se afirmó la bandera nacional de la República con salva de 21 tiros de cañón.

“Y en nombre de la República de Chile protesto del modo más solemne, cuantas veces haya lugar, contra cualquier poder que hoy, o en adelante, tratase de ocupar alguna parte de su territorio.

“Firmaron conmigo la presente acta el 21 de setiembre de 1843, 3º de la Presidencia del Excelentísimo señor general don M. Bulnes, Juan Guillermos, Manuel González Hidalgo, Bernardo Philipi, etc.”

Destaquemos una vez más el hecho de labrarse un acta de toma de posesión, a pesar de que en ella se diga que ese territorio pertenece a Chile.  ¿Hubiese labrado el gobierno de Chile un acta semejante si fundaba una colonia en las cercanías de Santiago, Valparaíso o Rancagua, por ejemplo, territorios indudablemente de su pertenencia?  En toda la historia de Chile no existe un acta semejante de la que comentamos.  Ello evidencia la seguridad que tenía Chile de que el Estrecho y sus tierras adyacentes no le pertenecían, ya que una acta semejante solamente se labra cuando se trata de la toma de posesión de un territorio ajeno, o de una tierra considerada “res nullius”, de nadie. (4)  Y en este caso, el acta en mención especifica que esos territorios pertenecen a Chile.  Si pertenecían a Chile, repitamos hasta el cansancio, no había por qué labrar el acta de toma de posesión.

  • La responsabilidad de Sarmiento

Lo grave de este asunto, del punto de vista del patriotismo, estriba en que quien incita e instiga al gobierno de Chile para que usurpe esos territorios no es un chileno, sino un argentino.  Que tal hecho lo hubiese promovido un chileno, o un ciudadano de cualquier país del mundo, menos de la Argentina, carecería para nosotros, argentinos, de la gravedad que tiene por haber sido consumado, y aún alabado de haberlo hecho, por un hijo de nuestro país.

El gobierno de Chile comprendió perfectamente este aspecto de la cuestión, y por ello hizo actuar como actores principales a dos extranjeros: el yanqui Mebón y el argentino Sarmiento.  Si la cuestión se presentaba, como se presentó muy luego, de alegar en el conflicto, Chile usaría como argumento efectista y de cierto peso que un argentino, y argentino de cierta calificación, como Sarmiento, era quien lo incitaba a la ocupación y quien argumentaba que esos territorios pertenecían a Chile.  La persistencia de Sarmiento a través de los años en su falaz argumentación daba aparentemente a Chile fuerza probatoria de su actitud.

  • Reacción de Rosas

Ante la reacción de Juan Manuel de Rosas, que protesta por la usurpación del Estrecho y sus tierras circunvecinas, Sarmiento se empecina en la posición contraria a la Argentina.

Pero no es sólo la cuestión del Estrecho lo que molesta a Rosas, sino toda la campaña que la Comisión Argentina desarrolla en Chile en contra del gobierno de la Confederación, si bien Sarmiento es quien más se destaca en esa campaña antiargentina.  Con el fin de contrarrestarla, Rosas funda en Mendoza una revista muy bien presentada “La Ilustración Argentina”, a cargo de Juan Llerena y Bernardo de Irigoyen.  Y es el joven Irigoyen quien, al tratar la acción de Sarmiento en Chile y su participación en la usurpación del estrecho, lo llama traidor.

El calificativo es incisivo para Sarmiento.  Siente su aguijón.  La palabra traidor lo mortifica y la ha de recordar toda su vida.  Tal vez tiene conciencia de la verdad que encierra.  Pero por el momento no piensa amainar en su actitud.  Y con la mayor arrogancia, escribe: “Pero para Chile, para los argentinos y para mi, bástenos la seguridad de que ni sombra de pretexto de controversia le queda (por el asunto del Estrecho) con los documentos y razones que dejo colacionados”.  Ya veremos cómo el tiempo lo convencerá del error de esas palabras.

  • La retracción de Sarmiento

Con la caída de Rosas, Sarmiento vuelve al país.  Al parecer ya no se siente chileno.  Y como argentino emprende su gran campaña para ascender políticamente.  Se radica en Buenos Aires, donde gobiernan sus correligionarios políticos y sus cofrades masones.  Y con el tiempo, políticamente llegará a Presidente de la República.  Y como masón, al grado máximo: gran maestre.

Pero la política tiene sus encontronazos representados por contrarios, aún dentro del mismo partido, rivales, y toda una gama de antagonismos.  Y uno de estos rivales, o contrarios, es nada menos que el general Bartolomé Mitre.  Y don Bartola, con el prestigio que le da su militancia en el liberalismo triunfante, escribe en su diario “La Nación Argentina”, ocho días antes de que Sarmiento cruce su pecho con la banda presidencial: “Ud. ha sostenido en Chile contra su patria los pretendidos derechos de un país extranjero para despojarla de su territorio… No creo que haya ningún hombre, cualquiera sea su nacionalidad, que intente justificar al señor Sarmiento, pues, hasta hoy todos los pueblos del mundo han condenado del modo más terrible al que atenta contra la integridad del territorio de su país en beneficio de un gobierno extranjero”.

Y dos días después, “La Nación Argentina” vuelve al ataque: “Sarmiento ha sido el abogado de un gobierno extranjero contra su propio país.  El ha sugerido, ha propagado y ha hecho triunfar la idea de hacer despojar a la República Argentina de su territorio.  El inició en la prensa la tarea de probar que no pertenecían a la República Argentina, sino a Chile, los territorios de la Patagonia”.

Era el 6 de octubre de 1868.  Seis días después, Sarmiento sería el Presidente de la República.  Natural que tuviese periodistas amigos y además partidarios.  Y sino, allí está su casi suegro (5), el doctor Dalmacio Vélez Sarsfield, con “El Nacional”.  Y en este diario se intenta una defensa que es toda una confesión de culpa, ya que tal defensa sostiene que al aconsejar tal medida (6) Sarmiento lo hizo para atacar a Rosas.  Certeramente, como una estocada a fondo, Mitre, desde “La Nación Argentina”, responde: “El aconsejar a los gobiernos extranjeros que le arrebaten a la patria sus territorios, ¿es atacar a Rosas o la República Argentina? ¿Son acaso de Rosas las tierras magallánicas o de la República Argentina?

Como se ve, en la defensa de Sarmiento no se trata de reafirmar la tesis de Sarmiento, sino de justificarla diciendo que era para atacar a Rosas.  Si en esos momentos, octubre de 1868, y ya Sarmiento en Buenos Aires y próximo a asumir la primera magistratura del país, no se anima nadie, ni el mismo Sarmiento, a sostener los mismos principios sostenidos en 1843 y 1849, ello significa paladinamente el reconocimiento de que aquellos principios, aquella tesis, eran falsas, porque de ninguna manera se puede aceptar como justificación de la instigación para que Chile se apoderase de parte del territorio argentino, que con ello se perjudicaba a Rosas.  Mitre, en su respuesta, está en lo exacto: “El Estrecho y sus tierras adyacentes no eran de Rosas, sino de la República Argentina”.

Si en esta ocasión, año 1868,  se hubiese creído que eran justos los argumentos de Sarmiento, esgrimidos el año 1843 y el año 1849, se habría sustentado francamente.  En cambio, convencidos Sarmiento y sus partidarios de lo falso de aquellos argumentos, optan por la excusa de que sólo se buscaba perjudicar a Rosas, confesión, repetimos, la más paladina, del mal paso dado por Sarmiento y que provocará la calificación de traidor por parte de Bernardo de Irigoyen, y que ahora, en cierta forma repite Mitre desde las columnas de “La Nación Argentina”.

Pero el asunto de la recriminación a Sarmiento por su ingrata intervención en la usurpación del Estrecho de Magallanes no para allí.  Luego de una pausa, se reanuda en 1873.  Y se explica.  Los chilenos al ver en la presidencia de la República Argentina al hombre que sostuvo ardientemente en la prensa chilena que el Estrecho de Magallanes, sus tierras adyacentes, y la Patagonia eran chilenas, se apresuraron a reavivar el asunto.  Y reclamaron la Patagonia.

Volvió Sarmiento a no tener argumentos para defenderse de la acusación que ahora se le hacía.  Muchas son las voces que lo acusan y acosan.  En Chile, el pueblo se enardece con la cuestión, y hay manifestaciones tumultuosas contra la Argentina y contra Sarmiento.  Y tan grave llega a ser la situación, que Sarmiento habla de renunciar a su cargo.

En Chile es embajador argentino don Félix Frías, antiguo unitario.  Inicia con Sarmiento una correspondencia, a veces oficial y a veces privada.  Frías, con gran entereza, le informa a Sarmiento cuanto ocurre en Chile.  Allá se recuerdan y se releen los artículos de Sarmiento en “El Progreso” y en “La Crónica”.  No hay excusa ni desmentido posible.  Esos mismos artículos se releen también en Buenos Aires por parte de sus contrarios, que son todos altos personajes: Mitre, Rawson, Oroño, Torrens, José Hernández, Navarro Viola…  La calidad de estos opositores que lo critican públicamente, lo anonada por momentos.  Pero sin argumento, sin justificación a su instigación ante el gobierno de Chile, busca una excusa, una coartada, que no es más que una declaración de culpabilidad.  Así es que escribe a Frías el 20 de mayo de 1873: “Los escritos anónimos de un diario chileno que se proponían ser útiles (a Chile) y cuya redacción se atribuye a un joven (7) emigrado argentino, hoy presidente de esta república (no pueden utilizarse) para comprometer (en su cargo, ni se debe) suponer que al Jefe de un Estado lo ligan ideas que pertenecieron a otro país…  Es verdad que un diario (de Chile) sostuvo estas ideas, pero ellas no llevan nombre de autor.  Yo, López (Vicente Fidel) y Vial redactábamos el diario.  Eran anónimos los artículos y no pueden citarse como doctrina de autor aquellas que no llevan su nombre.  Todo argumento sacado de allí contra mí es simplemente contra un diario chileno”.

Jamás una retracción tuvo argumento semejante.  Sarmiento, siempre había reconocido como suyos aquellos artículos. Más aún, se había envanecido por ellos.  Acorralado, sin poder justificarse, acordándose del calificativo de traidor que le aplicó Bernardo de Irigoyen desde “La Ilustración Argentina”, opta por un argumento, el más pueril y ridículo: los artículos eran anónimos; se atribuyeron a un “joven argentino” que ahora es presidente de la Nación Argentina, pero aunque aquel joven es la misma persona que el hoy presidente de la Argentina, no se le pueden imputar como propios, porque serían dos cosas distintas, sin continuidad.  Además, dice, “El Progreso” o “La Crónica” no eran redactados exclusivamente por él, sino por dos argentinos más.  Y trata de descargar su culpa, su traición, en los demás.  O por lo menos, de repartirlas con ellos.

La culpa, pues, la traición a la patria, está probada.  Y probada por él mismo, por Sarmiento.  Y tanta es su desesperación que le pide al embajador Frías que lo defienda de sus enemigos y que no muestre sus cartas privadas a nadie.  El hombre reconoce que no tiene defensa.

Sin explicación lógica y razonable, la actitud de Sarmiento en esta desgraciada cuestión tiene una sola explicación: su falta de sentimiento patrio.  Por eso después de Arroyo Grande, renuncia a su nacionalidad argentina y adopta la chilena, y por eso cuando los ingleses se apoderan de las Malvinas, escribe en “El Progreso” el 28 de noviembre de 1842: “La Inglaterra se estaciona en las Malvinas para ventilar después el derecho que para ello tenga… Seamos francos; su invasión es útil a la civilización y al progreso”.  Fue el único argentino que aprobó la usurpación de las Malvinas.

  • El reconocimiento del error

Promediando el año 1878, la cuestión se revivió de nuevo.  Y con tal motivo salieron a relucir documentos sobre la cuestión, muchos de ellos que habían estado en poder del ministro de Rosas, F. Arana, y que luego pasaron a manos del Dr. Dalmacio Vélez Sarsfield, en su calidad de principal asesor jurídico del Ilustre Restaurados y ferviente rosista.

Caído el gobierno de Rosas, esos documentos quedaron en poder de Vélez Sarsfield y al fallecimiento de éste en 1875, volvieron al Archivo Nacional, cuyo director, Carlos Guido y Spano, los dio a conocer públicamente.  Esos documentos, como lo sabían Rosas y Arana, probaban fehacientemente, como prueban, que el Estrecho de Magallanes y sus tierras adyacentes eran y debieran ser argentinos, como pertenecientes al Virreinato del Río de la Plata.

Ante su conocimiento público, Sarmiento, ya más acorralado que nunca, tuvo que hacer público su error, su culpa, o su traición a la patria, como lo calificaba Bernardo de Irigoyen.  Y así, el 19 de julio de 1878 publica en “El Nacional”: “En este estado de cosas la cuestión de Magallanes recibe una solución inesperada.  Hemos hecho notar antes que la Cédula de erección del Virreinato sólo habla de resistir a portugueses que invadan la Banda Oriental del Río de la Plata, y de pocos documentos se deduce la vigilancia al Estrecho de Magallanes confiada a esa repartición.

“El doctor Wappaus de Gottinga, examinando los documentos presentados por ambos países, encontraba que hacían falta piezas directas para establecer la adjudicación del Estrecho y tierra adentro como jurisdicción argentina.  Pero registrado el archivo del Virreinato que está en poder del Gobierno de la Provincia y no de la Nación como debiera, creemos que su bibliotecario, el señor Guido, se encontró con bastos portafolios de documentos de la administración colonial del Estrecho y costas patagónicas, y entre millares de piezas, las notas del Capitán General de Chile y otras en que declaran como cosa corriente y sabida que el Estrecho pertenece al Virreinato de Buenos Aires”.

“Sucedió, pues, que después de erigida esta nueva administración, por requerirla la importancia comercial que tomaban estos dominios del extremo sur de la América, que los ingleses aparecieron por las islas que llamaron Falckland, las Malvinas, y desde entonces el gobierno de España confió necesariamente la guarda y jurisdicción de las costas patagónicas y vigilancia del Estrecho de Magallanes al Gobierno que estuviese más a mano para prevenir un desembarco que no estaría el Virrey del Perú.

“Concíbese así, porque hay tan voluminosa masa de documentos sobre expediciones a Magallanes de los buques del Virreinato que tenía su estadía en Montevideo, plaza fortificada y puerto de mar.

“En presencia de tales documentos no hay cuestión posible, porque ha desaparecido toda duda sobre la jurisdicción a que correspondía el Estrecho hasta 1810, puesto que Chile responde por boca del capitán general O`Higgins (viejo) que pertenecía al Virreinato (de Buenos Aires) y como tal daba avisos de movimientos y rumores de ingleses que llegaban por allá a su noticia y comunicaba al gobierno respectivo.

“Convendráse también por esta exposición que también la República Argentina ha obtenido el año pasado (8) documentos claros, fehacientes de su derecho, razón que debe hacernos menos severos para juzgar la política chilena, que al principio creía de buena fe en su derecho al Estrecho, que la ambigüedad de los términos del traspaso de Cuyo al Virreinato autorizaba por lo menos una honrada gestión; y que sólo ha declinado de estas buenas cualidades, cuando la malhadada constitución de palabras, Patagonia y Magallanes, vino a perturbar los ánimos y a cambiar la faz de la cuestión”.

Esta vez, ya no en carta confidencial u oficial a Félix Frías, sino públicamente reconoce Sarmiento “su error”, que Bernardo de Irigoyen calificó de traición a la patria.  El mismo dice que en presencia de los documentos dados a conocer por el bibliotecario Guido Spano, “no hay cuestión posible”, para agregar que a todas luces el Estrecho y sus tierras adyacentes fueron pertenencia del Virreinato del Río de la Plata.  Con todo, quiere achacar la usurpación del Estrecho al gobierno de Chile exclusivamente, callando la participación culpable que él tuvo, cuando dice: “razón que debe hacernos menos severos para juzgar la política chilena”.  No, si la acusación que han hecho Bernardo de Irigoyen, Bartolomé Mitre y numerosas personalidades políticas argentinas, no es a la política chilena, sino a él, al argentino don Domingo Faustino Sarmiento, por su empeño tenaz en que el Estrecho fuera ocupado por Chile.  Y más aún, todavía quiere defender la actitud de Chile al decir: “que al principio (Chile) creía de buena fe en su derecho al Estrecho”.  No, otra vez; quien creía, y no de buena fe, de que el Estrecho era de Chile, era él, Sarmiento.  No hubo tampoco equívoco en las palabras Patagonia y Magallanes.  La intención de usurpar fue clarísima, con buen distingo de lo que era Magallanes y lo que era Patagonia.

Referencias

(1) Ricardo Rojas en su Historia de la literatura argentina llama a Sarmiento y demás exiliados “los proscriptos”.  El calificativo, con propósitos enaltecedores, es injustificado.  Los tales eran simplemente exiliados, alejados del país voluntariamente.  Proscripto se es cuando a uno se lo echa del país.  Sarmiento y sus compañeros no fueron echados: se fueron voluntariamente.

(2) Como muy bien lo destaca Ricardo Font Ezcurra en su libro La Unidad Nacional (Ediciones Teoría, 1963), estos artículos de “El Progreso” no figuran en las Obras Completas de Sarmiento.  El recopilador, hallándolos tan antiargentinos, sin duda por ello lo omitió, alegando que no pudo hallar la colección de dicho diario.

(3) Engrandecimiento y prosperidad de Chile, desde luego.

(4) Existe una teoría jurídica internacional aceptada que exime a la tierra de la calificación de “res nullius”; no obstante, los gobiernos, cuando les conviene, hacen caso omiso de la misma.

(5) Sarmiento frecuentaba una hija casada de Dalmacio Vélez Sarsfield, llamada Aurelia.

(6) La usurpación del Estrecho de Magallanes.

(7) Lo de joven es muy relativo.  Sarmiento tenía en 1849, año de sus artículos en “La Crónica”, 38 años.  Hombre maduro.

(8) Como observa muy bien Font Ezcurra, esos documentos ya eran conocidos con anterioridad.

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