SOCIEDAD Y  COMUNIDAD

Cuando Aristóteles define al hombre como animal social quiere significarnos que el vínculo con los otros es esencial en la vida humana. Es decir: que la presencia del otro, real o virtual, es inevitable y perpetua. Hasta el eremita que vive en el desierto aislado del mundo lleva en sí a los otros en sus costumbres, en sus pensamientos, en sus recuerdos, en su lenguaje interior, en su modo de ver el mundo.

El ser humano nace en un grupo que lo generó, que es anterior a él y del que necesita absolutamente para sobrevivir, y pertenecerá a grupos humanos toda su vida.

Esos grupos se van configurando según dos modalidades. Integran una comunidad cuando las estructuras culturales permiten que cada uno posea para sí y para los otros una propia identidad personal, las relaciones interpersonales tienen cierta calidad afectiva y los integrantes experimentan un adecuado sentimiento de pertenencia al grupo. Y cuando la dimensión del grupo adquiere tal envergadura que requiere una organización, autoridades formales y leyes establecidas, se constituye una sociedad. Pero el hombre no se integra a la sociedad directamente, sino a través de grupos, instituciones y comunidades. En las comunidades, los vínculos predominantes son de índole personal; en las sociedades, las relaciones interpersonales son de carácter formal y las normas, explícitas. Las primeras son entidades objeto principalmente de  la psicología; las segundas, de la sociología. Todas las figuras relevantes de la psicología social son coincidentes acerca de la extraordinaria importancia de las relaciones directas. S. Asch destaca que “los pequeños grupos, como la familia o el grupo de trabajo, constituyen unidades naturales de la sociedad”… “gran parte del trabajo realizado en el mundo se lleva a cabo dentro de sus confines”, mientras G. Homans señala que “la experiencia social primera y más inmediata de la humanidad es la que ocurre en el grupo pequeño. Es la más común y familiar de las unidades  sociales.”

La familia es el  básico y universal de los núcleos sociales. Evolutivamente, las comunidades fueron las primigenias, hasta que, con el crecimiento demográfico, se establecieron sociedades. Pero, como vemos, las sociedades contienen en su seno comunidades, Más aún, es la antigüedad, las relaciones en el ámbito público tuvieron muchos matices comunitarios. Hasta que, a partir de la segunda mitad del siglo XIX, con la Revolución Industrial, que cambió la fuerza física por la máquina y el taller por la fábrica, el advenimiento del capitalismo, la mentalidad del  Modernismo liberal,  el “progreso” científico – técnico y la formación de las ciudades modernas, se produjo un cambio substancial de la sociedad y se fue creando un sistema de vida de carácter cada vez más impersonal. Así, se fue imponiendo una mentalidad individualista, el “ciudadano” libre,  autónomo y competitivo fue constituyéndose en el  valor cultural central y perdieron calificación los vínculos comunitarios.

De tal manera que hoy la globalización se ha convertido en una aplanadora cultural, propulsora de una homogeneidad que borra las diferencias culturales y los perfiles comunitarios y aspira a un “ciudadano del mundo” universal, peros sin raigambre de vínculos sociales y afectivos. Su consecuencia necesaria ha sido, con el desarrollo del mundo digital, el fenómeno reciente de las redes donde los vínculos son tecnológicos e indirectos, no personales, no cara a cara, sin relación corporal ni comprometidos emocionalmente y donde se establecen grupos de facebook que son sólo  “comunidades líquidas”. Allí se extingue todo rasgo propiamente comunitario y los vínculos son efímeros y de unidad y estabilidad inconsistentes.

Por otro lado, ciertos sectores intelectuales confunden comunidad con “grupo cerrado, socialmente aislado”, y rechazan su valoración atribuyéndole un supuesto “comunitarismo” fuera de época, generador de antagonismos y divisiones dentro de la estructura social. Y otro error nada infrecuente consiste en atribuirle a la palabra “comunidad” sólo la significación de “comunidad indígena” o “comunidad antigua”.

De modo  que cuando reflexionamos acerca de sociedad y comunidad es inevitable plantearnos una evaluación (prescindiendo de diferencias históricas y condiciones  materiales, científicas y técnicas) acerca del “grado de humanidad” del sistema de vida propio de una y otra configuraciones sociales. Por ejemplo, es válido preguntarse,  sin ver las cosas con una mirada nostalgiosa sino con una perspectiva realista: el grado de fraternidad humana en el ámbito congestionado de Shangái o Tokio ¿es mayor que en el monástico medieval o en el cristianismo primitivo? La historia nunca vuelve atrás, pero vale la comparación ya que no en vano  la población de esas ciudades modernas ha sido denominada “la muchedumbre solitaria”.

Y sin ir más lejos: tenemos entre nosotros la descripción al desnudo de la sociedad del siglo XX en  el “Cambalache” de Discépolo y, en el otro extremo, mutatis mutandis, la de la comunidad villera:

“La cultura villera…en esas fiestas pone en juego valores como la fraternidad, la solidaridad y la paz, y este tipo de fiestas fortalece el tejido social. … Y tiene un modo propio de concebir y utilizar el espacio público. Así, la calle es extensión natural del propio hogar, no simplemente espacio de tránsito; lugar donde generar vínculos con los vecinos, donde encontrar la posibilidad de expresarse, lugar de la celebración popular. La cultura de la villa tiene características muy positivas  que se expresa en valores como la solidaridad, el dar la vida por el otro,… el cuidar del enfermo, el ofrecerle un lugar en la propia casa, el compartir el pan con el hambriento –“donde comen 10 comen 12”–, la paciencia y la fortaleza frente a las grandes adversidades, etc.(Rev. Criterio N° 1354 Año 2009)

El incremento imparable de la urbanización no anuncia necesariamente buenos augurios. El sistema de “ciudades satélites” menores circundando las grandes urbes parece una alternativa saludable. De todas maneras, la mentalidad comunitaria dentro y fuera de las megaciudades no puede ser subestimada. Antes que el crecimiento del “progreso” material está la defensa de una vida humana digna.

 

Hugo Polcan   7-9 ,

POLITICA Y PENSAMIENTO

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