SON, NO SE HACEN

Las retenciones a las exportaciones se han hecho finalmente un lugar en esta gestión. A pesar de que el PRO, al igual que los asesores de los candidatos Daniel Scioli y Sergio Massa estaban hasta ayer en contra de aplicarlas.

Miguel Bein (Scioli) lo reiteró en cuanto programa de televisión tuvo cabida y también lo hicieron los discípulos de Roberto Lavagna que administran las propuestas de Sergio Massa. El universo político sostenía la necesidad y conveniencia del “tipo de cambio único”. El mismo tipo de cambio para comprar que para vender transables.
Más allá de la absoluta inexistencia de un tipo de cambio efectivo único, que es el que cuenta en cada país, todas las operaciones comerciales y financieras, ya que rigen en todas las aduanas del planeta aranceles diferenciales que hacen que siempre los tipos de cambio sean múltiples, también se encuentran numerosos países que aplican derechos de exportación. No puede hablarse seriamente de un tipo de cambio efectivo único. Aunque sí puede sostenerse que, en general, es bajo el diferencial entre el tipo de cambio efectivo más alto y el más bajo en un mismo país.
Respecto de las retenciones, aquí y ahora, ha trascendido la anuencia de la misión del FMI acerca de no reducir las vigentes; y es conocida la historia del apoyo del FMI al programa de estabilización de Adalbert Krieger Vasena que hizo de las retenciones post devaluatorias “la herramienta” clave de su programa con el apoyo entusiastadelFMI.
Los dirigentes y economistas mencionados anteriormente lo fueron para recordar que la resistencia a las retenciones no ha sido patrimonio del PRO; porque ha sido sostenida tanto por el Frente Renovador, FPV y los economistas que acompañan a los líderes de lo que se ha dado en llamar peronismo federal, racional, perdonable. Así estamos: los profesionales que orientan la política económica de los principales dirigentes políticos conjugan esa fe. Rechazan las retenciones a pesar del fundamento teórico de las mismas. Es más, en la campaña 2003 Néstor Kirchner afirmaba que no debían continuar las retenciones que había impuesto Eduardo Duhalde como producto de la necesidad. Hoy, felizmente, economistas de corrientes de pensamiento tan distintas como Pablo Gerchunoff o Carlos Melconian coinciden en la oportunidad y necesidad de las retenciones.

El tipo de cambio que Duhalde había devaluado en 2002, al asumir el Gobierno, en 40 por ciento, el mercado lo llevó a 4 pesos. Salimos de 1 y pasó a 4, duró poco y se acomodó arriba de 3 y en ese trayecto Jorge Remes aplicó las retenciones a todas las exportaciones primarias y la pesificación de todas las tarifas originalmente dolarizadas en la convertibilidad. Téngalo en cuenta.
Esas fueron las grandes decisiones que, sumadas al viento de cola y otras cuestiones como el default de Adolfo Rodríguez Saá, permitieron que durante los siguientes cuatro años la economía creciera recuperando los niveles alcanzados en 1998 y, en la macroeconomía se produjeran, al mismo tiempo, los mayores superávits gemelos de la historia económica reciente.
Por distintas razones, durante ese período de bonanza, no se tomaron decisiones capaces de modificar la estructura económica, naturalmente deficitaria como consecuencia del desequilibrio de la producción y por lo tanto del comercio industrial.
Desde José A. Martínez de Hoz hasta la fecha, y como consecuencia de decisiones u omisiones de política económica, el crecimiento viene acompañado de un déficit de comercio industrial y ese déficit se financia con endeudamiento externo a largo plazo. Hay un período de bonanza y luego una crisis de pagos: la economía real no genera dólares y los prestamistas pierden la confianza.
En el interregno hay prolongaciones que provienen de la bonanza de los términos del intercambio y cuando se corta ese bonus externo, esta estructura de la economía no tiene capacidad de continuar en ese nivel sin generar una crisis. Y también ocurre que los vientos soplan en contra y la economía se detiene y no deja de generar crisis externa.
En esa crisis en la que, entre otras manifestaciones, el tipo de cambio se dispara en el mercado de cambios. Los prestamistas y los especuladores se retiran, los nativos fugan y el alza del dólar tiene consecuencias letales sobre la inflación y la distribución del ingreso

Esta estructura de la economía, la industria desintegrada con agujeros en la cadena de valor no puede sostenerse sin dólares que, por otra parte, la industria no genera.
Hay un ejemplo paradigmático, que es la industria automotriz que importa mucho más que lo que exporta, paradigmático ya que antes de la revolución de “apertura de mercadodisciplinadora”, su saldo de balanza comercial era positivo y en marcha (Acta de la Industria Automotriz,1974) a lograr el acuerdo de las casas matrices para hacer de nuestro país una plataforma exportadora para toda la región.
Nada de lo que nos pasa ahora es demasiado diferente a lo que se instaló hace 40 años. Esta es una prueba irrefutable que, en los años de bonanza, no ocurrió ninguna transformación estructural. Ningún impulso a la inversión en la industria reproductiva del volumen que requieren los saltos de productividad, que son los que realmente transforman una sociedad al interior y también su relación con el mundo.
La consigna “abrirnos al mundo” es una clase vacía de contenido, si no va precedida en los hechos por una política de productividad (inversiones), que nos abra el mundo para avanzar hacia él. La ausencia de esa política de productividad ha generado este déficit descomunal de comercio acumulado en años, oculto a veces detrás de la bonanza de ingresos, y quedando al desnudo cuando esa bonanza desaparece.

Pues bien la ingeniería de los jóvenes financistas, que han cuidado patrimonios financieros durante años en el país y en el exterior, que hasta ahora consiste en tasas de interés estructuralmente inviables y la provisión de dólares al mercado para que los que quieran puedan salir sin restricciones, ha logrado que el dólar cotice a más de 31 pesos por unidad y que la fuga de capitales en el primer semestre haya aumentado el 117 por ciento respecto del año pasado.

Cuesta creerlo pero los jóvenes magos de las finanzas, en seis meses rifaron 16,6 mil millones de dólares. Más de lo que desembolsó el FMI.
Pero no olvide que “los progres nacionales y populares” K en 2008 financiaron la fuga de 23 mil millones de dólares. Mas de un millón de argentinos compraron para atesorar.
Ni esta ingeniería, ni la anterior sirven. Seguimos regalando (barato) los dólares imprescindibles para mantener el nivel de actividad económica. Es un escándalo moral que un país sin inversiones y con 13 millones de personas bajo la línea de pobreza conviva con dos blanqueos recientes y 400 mil millones de dólares de residentes argentinos colocados en el exterior y lejos del lugar donde se generaron que es acá.

Este es el trasfondo. ¿Cuál es la cara del problema?
Simple, no podemos seguir financiando la fuga barata. No se puede intervenir, con dólares que debemos, para aplacar la furia de la desconfianza. Lo único que la aplaca es el precio.
Ese precio – asumiendo que el passthrough no sea lineal – debe ser administrado con políticas destinadas a que no haya un impacto mayor en los bienes-salarios. Tan simple como eso son las retenciones a las exportaciones asegurando que el tipo de cambio efectivo, para el sector exportador primario, sea suficientemente rentable.
Los sectores de menor valor agregado que, como los de agro, tienen una competitividad extraordinaria pueden soportar, sin afectar su capacidad de retorno suficiente, esa contribución que debe ser declinante a medida que avanzamos en el valor agregado. Debemos tener en cuenta que hoy, como consecuencia de la perforación de las cadenas de valor agregado producidas por la apertura irracional, muchos sectores primarios operan con insumos importados que en el cálculo de las retenciones deben ser tenidos en cuenta.
Esas retenciones, que morigerarán el impacto inflacionario, tienen la enorme virtud ya demostrada empíricamente de aportar sustantivamente al equilibrio fiscal. No es fácil encontrar años de superávit primario en los que no hubiera ingreso por retenciones.
Gracias a las retenciones mejoramos el equilibrio fiscal, contenemos el proceso inflacionario que un tipo de cambio alto genera y proveemos de un tipo de cambio competitivo, para los sectores de mayor valor agregado que pueden ganar mercado interno, sustituyendo importaciones y avanzar en las exportaciones.
Recuperar el mercado interno para la producción nacional, mejorar el nivel de las exportaciones y morigerar el impacto inflacionario, son tres objetivos a los que esas herramientas pueden contribuir. La alternativa es seguir con la demoledora tasa de interés y financiar la fuga.

Esa política no es concebible en manos de los jóvenes financistas. Como dijo Federico Sturzenegger: “He perdido la credibilidad”. Lo dijo después de arrodillarse ante los lobos con 12 mil millones de dólares. ¿Cuántos dólares hay que perder para que este segundo tándem decida reconocer que ha perdido la credibilidad?
Mal planteo. No son las personas las creíbles o no. Son las políticas. Y estas parten de un pésimo diagnóstico que (no olvidar) compartían los candidatos del FR, de FPV, y ahora la mesa de los economistas del peronismo perdonable.
No han entendido todavía a pesar de los golpes sufridos que nuestra economía es una de dos velocidades.
Una velocidad es hija de una cultura productiva extraordinaria que lleva las generaciones de la Patria a la que acompaña una naturaleza saludable. Más productividad que naturaleza.
La otra cultura, una que ha intentado por décadas formar un patrimonio de productividad industrial, pero a la que la locura de esa masa de traductores que han invadido el escenario de las decisiones, le ha destruido las reglas, la ha sometido a la pelea con los más poderosos, sin siquiera darle un tiempo. Esa cultura es la de nuestra precaria industria en la que, naturalmente, hay muchos que han sorteado los vendavales. Hace 40 años con los “Chicago boy’s” se introdujo la moda de copiar (traducir) y no pensar las realidades estructurales de la economía.
La ausencia de pensar el país real impide formular un proyecto para crecer y sanar la economía. A todos los que dominan el escenario mediático, hace 40 años, lo único que se les ocurre es que “abrámonos al mundo y el mundo lo hará por nosotros”.
Son, no se hacen.

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