AQUEL OCTUBRE: 35 AÑOS DE DEMOCRACIA

En pocas horas entraremos en el mes de octubre, un octubre más de aquel de 1983 que devolvía a la Argentina su vida democrática. Han pasado 35 años de esa fecha que ponía fin a muchos años de desencuentros y autoritarismos de todo tipo de ideologías y ese sueño y modelo de vida que se recuperaba, vuelve hoy a hacerse presente con los mismos interrogantes de una etapa que aun cuesta madurar.
Ese rezo laico que se declamaba en cada esquina y que era el preámbulo de la Constitución significaba el sentir de un pueblo que quería de una vez por todas vivir en paz, construir un nuevo país o por lo menos darle fuerza institucional a un modelo desbastado moralmente, por las luchas individuales de aquellos que de una u otra forma siempre se sentían salvadores de la patria.
Los años venideros no fueron un lecho de rosas. El sentir demagógico de que gracias a la democracia se conseguiría un armonioso desarrollo colectivo y la realización personal de los individuos no se cumplió. El mensaje “con la democracia se come, se educa y se cura” .se convirtió en otro eco de frustración ante la creencia que democracia y recuperación económica se retroalimentarían recíprocamente, que la vigencia del sistema constituiría la garantía para que la población tuviera “salarios justos, pan, salud, educación y vivienda”.
Como partícipe activo de los tiempos democráticos que continuaron fui testigo de que esta imagen fue tornándose difusa al ritmo de las crecientes debilidades institucionales que surgieron desde el inicio mismo del proceso. Se produjo, entonces, un progresivo sentimiento de “desencanto” como resultado del creciente contraste entre la diversidad de expectativas que había despertado el nuevo régimen y las posibilidades reales de satisfacerlas. Ya no sería “con democracia” sino “en
democracia” donde podrían buscarse las soluciones a nuestros problemas.
Los años posteriores se fueron consumiendo en la discusión sobre temas temporales, cuya trascendencia fue tan efímera como la propia coyuntura. Jamás se lograron definiciones sobre temas trascendentes para consolidar un destino que nos permitiera, de una vez por todas, encaminarnos en un proceso de fortalecimiento institucional, crecimiento sostenido, bienestar colectivo y que nos alejara de los límites de la marginación y la exclusión.
Por eso nuestra democracia debió de ser algo más que normas, leyes y formas de organización. Nunca pudo constituirse en una cultura política, es decir un cuerpo de creencias sustentada por valores y expresada colectivamente a través de actitudes y conductas. Jamás se alcanzaron consensos políticos y sociales -más que electorales y de apetencias personales- para el logro de acuerdos de gobernabilidad que permitieran cambiar los viejos parámetros de la asignación de recursos públicos y los destinara a los que realmente los necesitaban. No se pudo erradicar el clientelismo, el histórico protagonismo caudillista, ni democratizar el país corporativista, ni generar mecanismos de real participación de los ciudadanos, principios fundamentales de todo proceso de consolidación política.
Nunca la dirigencia entendió que la democracia necesita crear expectativas hacia un futuro estable y que no puede hacerlo con instituciones débiles, con procesos económicos muy lejanos a la búsqueda del bienestar colectivo, con la falta de un marco de seguridad jurídica y con ineficiencias que generan mayor desigualdad en la sociedad.
Aquel octubre de 1983 fue la expresión de la voluntad y la razón de un país que puso de manifiesto que la democracia iba a persistir gracias al esfuerzo, lucha y respaldo de todos los ciudadanos. Este octubre de 2018, 35 años después, nos encontramos nuevamente ante un desafío institucional en donde la dirigencia y la sociedad deberán empezar a desgranar sus pensamientos y propuestas concretas del modelo democrático y republicano del futuro. Tendrán que entender que un país
avanza hacia su consolidación institucional cuando hay un sólo patrón para medir los valores éticos y su responsabilidad civil; cuando cada ciudadano acepte que su futuro depende de su profunda reflexión y de su exhaustivo examen de conciencia; cuando todos nos decidamos de una buena vez a entrar en la historia por el camino de la verdad, asumiendo como seres maduros nuestras propias debilidades y nuestros propios errores. Siento que cuando todo ello suceda, allí estaremos más
cerca de encontrar nuestro destino como Nación.
Por Gustavo Ferrari Wolfenson
Consultor internacional en temas de fortalecimiento de la democracia y gobiernos

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