CHINA, EUA Y RUSIA, LOS NEGOCIOS DE LA NUEVA GUERRA FRÍA

 En 1989, desde Chicago, principal centro de promoción de las teorías monetaristas, el politólogo estadounidense de origen japonés Francis Fukuyama lanzó la teoría del “fin de la historia” de la que se hizo eco buena parte de la clase dirigente mundial, sobre todo a partir de 1992 cuando la misma fue desarrollada en su libro “El fin de la historia y el último hombre”.

 Quienes se sumaron a la proclama se basaban en el proceso de disolución del bloque socialista iniciado a fines de los años ’80 y el derrumbe final de la ex Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas el 26 de diciembre de 1991 con lo cual quedó archivada la “Guerra Fría” que se desarrolló a partir de la finalización de la muy caliente “Segunda Guerra Mundial” en 1945.

 Ronald Reagan, George Bush padre, William Clinton y demás presidentes de los Estados Unidos de América que se fueron sucediendo apostaron de hecho a ello a través de la llamada “globalización” dentro de la cual su país tenía, supuestamente, el rol de hegemonizador a partir de su superioridad tanto en lo económico como en lo militar.

 Mientras, desde fines de 1978, China había abandonado las políticas económicas implementadas a partir de la llegada al poder del Partido Comunista en 1949 y se había lanzado a desarrollar alternativas aperturistas que le permitieran convertirse en una gran potencia en los mercados mundiales pero siempre bajo el férreo control político.

 Así se convirtió en el receptáculo de una enorme cantidad de grandes inversiones de empresas transnacionales del más diverso origen, en particular estadounidenses y europeas que aprovechando los bajos costos de producción hicieron de ese gigante asiático el centro de sus actividades aunque mantuviesen sus casas centrales donde habían partido.

En tanto la economía de las potencias occidentales se fue financiarizando en tanto sus grandes empresas industriales se trasladaban hacia países más baratos, no sola a China, como varias estadounidenses que se dirigieron a México, salvo en cuestiones críticas como el desarrollo tecnológico y la fabricación de armamentos.

Así fue como en 2014 los EUA dejaron de ser la primera economía mundial considerando el Producto Interno Bruto medido por poder de compra (PIB PPP), lugar que pasó a ocupar China, cada vez con mayor distanciamiento al punto de que en 2017 el mismo fue de 19,39 billones de dólares estadounidenses y 23,16 billones, respectivamente.

Simultáneamente el Tesoro estadounidense, debido a sus desajustes fiscales, fue endeudándose al punto de que la propia China, el Japón, Arabia Saudita y otros países, fueron adquiriendo los títulos emitidos por las autoridades de Washington que lo convirtieron en el estado con el mayor pasivo a nivel planetario, que hoy China amenaza con vender.

 El negocio de las finanzas fue deviniendo en el sobreendeudamiento de un alto porcentaje de la población estadounidense lo que terminó estallando en 2008 con una enorme crisis que provocó la quiebra del entonces enorme banco Lehman Brothers y otros estuvieron a punto de caer por lo que la Reserva Federal (FED) debió encarar un suculento salvataje.

 Así es como la FED, el organismo del sistema financiero privado que funciona como banco central, debió emitir una extraordinaria cantidad de moneda (u$s 85.000 millones mensuales) para frenar la catástrofe y de hecho se convirtió en la propietaria de varias entidades adquiriendo acciones preferenciales sin derecho a voto, por lo que los viejos gerentes mandaban.

 China estuvo al margen de la crisis y siguió creciendo no sólo desplazando a los EUA del manejo del comercio mundial sino, incluso, convirtiendo a la hasta entonces primera potencia en uno de los mayores importadores de sus productos en tanto avanzaba en acuerdos estratégicos internacionales con una Rusia en proceso de recuperación.

 Precisamente Rusia, que heredó el poder militar soviético y lo siguió incrementando de la mano de las políticas implementadas por Vladimir Putin que la convirtió en el segundo exportador mundial de armas, detrás de los EUA, y uno de sus importantes clientes es China la que le adquirió aviones y misiles antiaéreos por cifras significativas (u$s 15.000 millones sólo en 2017).

 Los adversarios del presidente estadounidense Donald John Trump acusaron, en su momento, a éste de haber contado con el apoyo del espionaje ruso para ganar las elecciones en 2016 pero aunque eso hubiese sido cierto la referida venta de armas a China exacerbó los ánimos de aquel convertido en un declarado proteccionista de la industria nacional.

Hasta el momento, a pesar de sus esfuerzos por revertir la situación, el déficit comercial estadounidense con China continuó creciendo en los 21 meses de su gestión al punto de que en el pasado agosto llegó a u$s 31.500 millones lo que representa un incremento interanual del 18,7% a la par que frente a julio de éste año aumentó u$s 28.100 millones.

Por otra parte China sigue incorporando a sus áreas de control económico a más cantidad de naciones y, de hecho, ya domina buena parte de África manejando comunicaciones, transportes y otras áreas como acaba de acordar con Zambia, en tanto ha ofrecido a los varios países de ese continente un total de u$s 60.000 millones para que cancelen sus deudas.

  Enfurecido por los avances chinos en la economía global y con los rusos por la cuestión de la competencia en el mercado armamentístico, el segundo negocio más importante en el mundo después de las finanzas, Trump lanzó la guerra comercial contra el gigante asiático estableciendo fuertes aranceles

Luego de numerosas amenazas Trump implementó una política arancelaria sobre alrededor de 11.400 productos que se importan de China lo cual ha provocado ya reacciones entre los importadores, como en el caso de la cadena de supermercados Walmart que dirigió una carta de protesta al presidente por el daño que sufrirá.

Sobre el particular también se expresó la Universidad de Michigan que destacó que las medidas para frenar las importaciones desde China no tienen consenso en la ciudadanía ya que se incrementarán los precios en el mercado interno y se generará un proceso recesivo en las adquisiciones que afectará el comercio, como lo señalara Walmart.

Como respuesta a los gravámenes a las exportaciones chinas a los EUA, implementadas el reciente 24 de septiembre, del orden de los u$s 200.000 millones, el gobierno de Beijing, como réplica en simultáneo, aplicó los suyos a sus importaciones desde ese país que alcanzarán a unos u$s 60.000 millones, lo que dará un carácter histórico a esa fecha.

 Es que también China avanza en el endurecimiento de sus posturas y en ese sentido indicó que apostará por una mayor apertura económica y ofreció a las empresas extranjeras que puedan radicarse en su territorio las mejores condiciones aun superando las alternativas implementadas por Trump con su disminución de las cargas impositivas.

Otra cuestión central que preocupa a la actual administración de los EUA tiene que ver con los avances chinos en materia de innovación tecnológica, sobre todo cuando las relaciones de Trump con empresas del Silicon Valley de California no son las mejores y algunas de ellas impulsan  el Calexit (California afuera) en el plebiscito de 2019 por la independencia.

Y cabe observar que Alemania y los Países Bajos han estado repatriando sus tenencias de oro desde Londres y Nueva York debilitando el tácito respaldo a la libra esterlina y al dólar estadounidense; aunque más tibio que lo hecho por el presidente francés Charles de Gaulle que forzó a su colega Richard Nixon en 1971 a poner fin a la convertibilidad de la moneda de su país.

Trump, en ese contexto, también tiene enfrente a los bancos centrales de Rusia, especialmente, y China, amén de otros menores, lanzados a la compra de oro y a generar una desdolarización de la economía internacional, algo que se agrega a la política de la Unión Europea, liderada por Alemania, aunque ahora también el euro sufre la crisis continental.

Hace nada menos que 43 siglos atrás Sargón de Akkad planteó la cuestión de la globalización, tema que luego suscribieron en sus respectivos momentos el griego Polibio de Megalópolis y el emperador romano Marco Ulpio Trajano, entre otros, pero que, en todos los casos, concluyó con la desaparición de los imperios de sus tiempos.

Por Fernando Del Corro

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