DOLARIZAR LOS DEPÓSITOS PARA EVITAR LOS RIESGOS DE LAS SUPERTASAS

Si los bancos pudieran prestar dólares, el Estado podría tomar deuda a tasas más bajas.

Las altas tasas resultan incompatibles con una política de fuerte baja de la tasa inflacionaria, dice el economista Juan Alemann.

En la Argentina el tipo de cambio es un problema mayúsculo para la economía y para una política económica racional. Si se lo deja librado al mercado, tendrá seguramente grandes fluctuaciones; y si sube mucho, impulsa la inflación y crea un grave problema. Porque la sociedad no tolera una tasa de inflación como la actual, que perturba la actividad económica. Para contrarrestar la demanda de dólares, se elevan las tasas de interés para operaciones en pesos, que han llegado últimamente al 74% para las letras del Tesoro llamadas Leliq. Si bien esas letras son sólo para los bancos, de hecho impulsan las tasas de interés en general hacia arriba, a niveles superiores al 50% anual, que sólo son soportables para la economía con una alta inflación, de no menos del 40% anual, de modo que resultan incompatibles con una política de fuerte baja de la tasa inflacionaria. Si en estos momentos la inflación bajara rápidamente al 15% anual, se produciria un gran desastre. Por otra parte, con la emisión de Leliq, el propio Estado paga estas tasas de interés, incrementando su déficit.

Al mismo tiempo, el Banco Central utiliza sus reservas, más el aporte del FMI, para evitar saltos en la cotización del dólar. Con esto en realidad está financiando la huida de capitales, que este año superará largamente los US$20.000 millones. Es absurdo y lleva a justificar el famoso “cepo”. Pero esta prohibición de comprar dólares para atesoramiento no resuelve el problema, ya que las operaciones pasan entonces al mercado negro, a una cotización superior, porque los que tienen que vender dólares tratarán que por lo menos una parte se canalice por el mercado negro o “libre”. En el mundo moderno este control de cambios es un anacronismo.

Todo esto sucede porque no se quiere comprender que la Argentina tiene, de hecho, un sistema bimonetario, con el peso.y el dólar, cada uno con una función diferente. El peso se utiliza para las transacciones corrientes, pero la medición del valor de las cosas y el ahorro son en gran parte en dólares. Ahora bien: si la gente ahorra en dólares, es lógico que el crédito bancario también sea en dólares. De lo contrario, el ahorro permanece ocioso o fuga al exterior, donde los bancos lo utilizan para conceder créditos en sus países. Un dólar fugado al exterior o retenido en forma de billete constituye un perjuicio para la economía, porque crea una carga para el balance de pagos y resta ahorro y capacidad crediticia al país. En cambio ese mismo dólar, depositado en un banco o colocado en un título público en dólares, no influye en el balance de pagos, ni tampoco resta ahorro al país.

Entonces, lo primero que corresponde hacer, es eliminar la restricción implementada en 2002, de que los depósitos en dólares sólo se pueden utilizar para financiar negocios relacionados con el comercio exterior, en los cuales los valores se ajustan a la cotización del dólar. Hay que dejar que los bancos cumplan su función y determinen a quién le pueden otorgar un préstamo en dólares y en qué condiciones. El resultado de la plena utilización de los depósitos en dólares sería un aumento de la capacidad crediticia de los bancos. De los más de US$30.000 millones depositados en los bancos locales sólo se prestan unos 18.000 millones, o sea un 60%, cuando podría ser 80%. O sea que los bancos podrían otorgar préstamos en dolares adicionales por 6.000 millones. Pero, además, los bancos podrían ofrecer mayores intereses por los depósitos en dólares, lo cual seguramente atraería más dólares.

El crédito bancario es anormalmente bajo en la Argentina. Sumando créditos en pesos y en dólares, no llega al 20% del PBI, lo que se compara con coeficientes superiores al 50% en países como Brasil y Chile, y más del 100% en EE.UU. y otros países avanzados. En la Argentina esta carencia de créditos se subsana en parte recurriendo al crédito extrabancario, que tiene un volumen muy elevado, tal vez superior al del crédito bancario. En este caso los intereses son muy superiores, en muchos casos del orden del 100% anual. En otras épocas a esto se lo llamaba usura. La normalización de la situación exige que haya créditos bancarios en dólares en forma generalizada. En ese caso las tasas de interés serían normales. Sería lo mismo que tomar un crédito en un banco del exterior.

Según cálculos de la Reserva Federal de los EE.UU., hace unos años existían en la Argentina unos US$50.000 millones atesorados, guardados en cajas de seguridad o simplemente escondidos en el domicilio. Es posible que ahora el importe sea mayor. O sea que los dólares que el Gobierno y las empresas buscan en el exterior, con éxito moderado, están en el país. Hay que pensar cómo canalizarlos al sistema bancario.

El problema de los billetes de dólares que los ahorristas tienen en el país es que la mayor parte está en negro. Pero esto permite al Gobierno captar parte del importe a bajo interés. Si se emitieran bonos del Tesoro (Letes y otros) en dólares a tres años con una tasa de interés del 3%, por un importe de US$10.000 millones de dólares, en tramos de 2.000 millones, pero con blanqueo automático, la operación seguramente sería exitosa y resolvería el problema de las finanzas públicas. Para empezar, con esto se irían reemplazando títulos públicos a tasas de interés muy superiores, por estos otros a tasa mucho más bajas, lo cual reduciría la carga de intereses y, por consiguiente, el déficit total (llamado “financiero”) del Estado nacional. Igualmente habría que pensar en un blanqueo para los dólares que se depositen en bancos, atado a la condición de permanencia de los mismos por tres o más años.

En 1998, el entonces presidente del Banco Central, Pedro Pou, propuso (como hipótesis) el paso total al dólar como moneda interna, con eliminación del peso, tal como es el caso en Ecuador. Con esto quería evitar la posibilidad de una corrida sobre el dólar que hiciera trizas la convertibilidad, como finalmente ocurrió en el año 2001. Más allá de que esta propuesta era políticamente conflictiva y que la Argentina perdería el “señoriaje”, o sea el beneficio de la emisión que acompaña el crecimiento económico, y que no es inflacionaria, la propuesta va más allá de lo necesario. Con la plena instrumentación del sistema bimonetario alcanza. En la época de la convertibilidad ya existía un sistema bimonetario, con depósitos (incluso en cuenta corriente) en dólares y créditos en dólares, que funcionaba muy bien. Sólo hacía falta completarlo.

En lugar de eso, en 2002 se lo eliminó de un plumazo con la “pesificación”, consistente en la conversión de los depósitos en dólares a un tipo de cambio arbitrario de $1,40 por dólar, y de los créditos uno a uno. Todo esto era manifiestamente ilegal, y así lo confirmaron innumerables fallos en la Justicia. Pero, además, con esto se desmonetizó la economía, acentuando la grave recesión de entonces. Los depósitos en dólares integraban de hecho los agregados monetarios M2 (billetes en circulación más depósitos en cuenta corriente y de ahorro) y M3 (que incluye los depósitos a plazo fijo), de modo que al eliminarlos en su función monetaria se restringió la cantidad de medios de pago. También se eliminaron de hecho los nuevos créditos hipotecarios, que entonces se constituían en dólares. Aparte de eso, la pesificación constituyó una fenomenal redistribución regresiva de patrimonios e ingresos.

Para que no se plantee un problema como el de 2001/02, es necesaria una política cambiaria basada en el mantenimiento del tipo de cambio real, o sea del acompañamiento del tipo de cambio a la inflación. Entonces la dolarización del ahorro y del crédito bancario no sería en definitiva muy diferente a la del sistema de ajuste basado en el índice UVA, que se basa en el índice de precios minoristas del INDEC. Ahorristas y tomadores de crédito elegirían en qué moneda ahorran y los tomadores de crédito elegirían entre un crédito indexado con UVA o en dólares. Marginalmente pueden mantenerse créditos en pesos no indexados, pero sólo para operaciones a corto plazo y créditos al consumo. En este caso los altos intereses afectan poco a la economía. El compromiso asumido en el último convenio con el Fondo va en la dirección correcta. No así el primer acuerdo, que no preveía un tipo de cambio administrado, como lo es el actual, sino la libre flotación, que resultó desastrosa.

Por Juan Alemann, economista

Clarin

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