RANQUELES Y REFUGIADOS

Unitarios en la Frontera Sur de Córdoba Más o menos en la misma fecha, luego de la derrota de Quebracho Herrado, habrían entrado a las tolderías Domingo Gatica y Antonio Lucero.

Dice Baigorria en sus Memorias:

“Ese día habían llegado también los capitanes Domingo Gatica y Antonio Lucero, mandados por el general Lavalle. Acto continuo, Videla anunció a Núñez y al gobernador la llegada de Baigorria. Estos dispusieron que los mencionados capitanes, como todos, se reuniesen esa noche en el despacho de gobierno. Gatica le habría entregado a Baigorria una carta particular de Lavalle que conducía para él y en la cual Lavalle le recomendaba que se cuidara porque era considerado sujeto hostil a su país, enemigo” (Baigorria, 1975, p. 100) Zúñiga, el testimonio de este cacique fue menos taxativo:

Dijo: “que con respecto al contenido de toda la primera pregunta dirá en obsequio de la verdad, que no ha visto que Gatica conduzca ningunos animales para Salvo, sino que llevaba los muy precisos para su marcha y que con respecto a la ida de Gatica a Chile no sabe más sino que este se presentó en el pueblo de los Ángeles donde ha permanecido sin ser molestado, sin embargo a los pocos días de su llegada, Zúñiga tuvo una conferencia con el indicado Gatica no sabiendo de ella más cosa el declarante, que haberle comunicado este que Zúñiga le había querido traer a su amistad, y al contarle este pequeño incidente le agregó que aquel (por Zúñiga) era un hombre con quien no se podía tener amistad, que es cuanto sabe y puede declarar en obsequio de la verdad […]”(Declaración de Gregorio Domínguez. AHPC, Gobierno, 1846-1851, Tomo 1, f. 129).

Los toldos ranquelinos también ofrecieron refugio a los puntanos Juan, Felipe y Francisco Saá, que habían servido a las órdenes de Paz y Lavalle. En este caso, el ingreso se produjo luego de la derrota que le infligieron las fuerzas de Aldao39 en el combate de Las Quijadas, en enero de 1841. Los hermanos Saá rápidamente se separaron de Baigorria, desconociendo su autoridad. Acompañados por un grupo de más de 30 hombres y mujeres (Hux, 2004, p. 138), se habrían localizado cerca de los toldos La desmembración de las filas de Baigorria continuó, siendo descripta por el mismo así:

Freites se fue también a lo de Payné; allí le dieron una puñalada y se murió. Los Saá se huyeron y fueron a presentarse a San Luis. El capitán Lucero hizo lo mismo. El alférez Ponce y Echavarría también se fueron con los santafecinos a su país. [A] Magallan lo mataron en la Guardia de la Esquina. Al sargento Arce, santafesino, lo asesinaron sus compañeros antes de irse. A Juan Pérez, Felipe Barrasa, Tristán Velázquez y Calixto Juárez los mató él en la persecución, porque se habían fugado llevándole toda la caballada (Baigorria, 1975, p. 109).

Poco a poco, le habrían quedado a

Baigorria “bastantes criados aún pero ningún oficial”:

Quedaban dos sargentos, Carmen Lucero y Lorenzo Rojas, y los soldados Atanasio Rojas, hermano de Lorenzo, un Molina, José González, un Ochoa, un viejo Francisco y su hijo Dn. Simón Echevarría, un Santiago Álvarez, un Ciríaco (alias) Calfucurá, un Estanislao y otros muchos, cuyos nombres no he conocido y a varios he olvidado (Hux, 2004, p. 152).

Avendaño expresa:

“Todos a una se negaron en lo sucesivo a recibir esa clase de huéspedes que, con el tiempo, se tornarían perjudiciales, y de uno en uno empezaron a matar a los que tenían, haciendo muy casualmente una excepción de alguno. Solo aquellos que tenían la suerte de tomar un rumbo distinto, es decir aquellos que por fortuna acertaban a llegar a la indiada de Coliqueo, y que invocaban el nombre de Baigorria o de Pichuin, escapaban de la ferocidad y venganza de los indios.

Ellos creían que todos eran iguales. Por consiguiente ya que no pudieron matar a aquellos que los habían ofendido se contentaban con asesinar a los que no tenían culpa alguna. Bastaba que fuesen cristianos “(Hux, 2004, p. 143).

Este trabajo se focalizó en el examen de un proceso de articulación particular que ocurrió en la década de 1840 en la denominada“Confederación Argentina” en el cual se vieron involucrados los ranqueles y los refugiados unitarios. Su investigación permite constatar que un espacio fronterizo como el del sur de Córdoba debe tener en cuenta diferentes planos analíticos tales como el contexto sociocultural específico, la dinamicidad de las relaciones interétnicas, su cronología, los problemas fundamentales y la especificidad local de este tramo de la frontera indígena.

La combinación de esos planos explica un singular proceso de articulación sociopolítica entre “cristianos” e indígenas. Confirma también dos aspectos centrales de la conflictividad interétnica de este período. El primero tiene que ver con la eficacia de una estrategia que les permitió a los ranqueles recuperarse de los traumáticos efectos demográficos de la ofensiva liderada por Rosas y los gobernadores aliados. Ella habría sido doblemente conveniente por cuanto también puso en jaque el ejercicio del poder territorial por parte del gobierno cordobés. El segundo remite a las paradojas del proceso, por cuanto muestra que la injerencia de los unitarios en las tolderías acentuaba las desavenencias entre los ranqueles, Rosas y López.

Jorge Oviedo

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