BOLSONARO COMO ADVERTENCIA

Los exabruptos totalitarios del candidato no son para ignorar, aunque hasta ahora sólo se manifiestan en una dimensión potencial e hipotética. Y la gente ha preferido votar motivada por los males presentes y actuales: la pobreza, la corrupción y la inseguridad.

Jair Bolsonaro participa en un acto el jueves pasado, en Río de Janeiro. (EFE/Marcelo Sayão)

Brasil acaba de consagrar su ingreso al mal endémico del Occidente de hoy: la anti-política. De consagrarse Bolsonaro, nuestros vecinos habrán procedido, de un solo plumazo, a desplazar a la clase política, entronizando a un gobernante sostenido por otras instituciones –las fuerzas armadas, las iglesias evangélicas- que, aunque pertenecen al sistema institucional, nunca pugnaron electoralmente en competencia con las elites partidarias, empresarias y -desde Lula- también sindicales.

Los exabruptos totalitarios del candidato no son para ignorarse, pero hasta ahora sólo se manifiestan en una dimensión potencial, hipotética, y la gente ha preferido votar motivada por males presentes, actuales, como la pobreza, la corrupción y la inseguridad. Seis semestres de recesióngeneraron desempleo y, con ello, trabajo en negro, pobreza, delincuencia y salida laboral por el narcotráfico. Si a ello se le suma el obsceno carnaval del Lava Jato y el corrupto entramado de empresarios y políticos, el desprecio por las élites gobernantes resulta una conclusión inevitable.

Quienes temen un eventual autoritarismo de Bolsonaro, tal vez debieran preocuparse menos por él mismo que por la existencia de una mayoría que igual lo quiere ver gobernando. No se trata de un caso aislado, en su país Putín es tan popular como Stalin y los Le Pen de Francia y otros países europeos han crecido como nunca se los había visto desde la Segunda Guerra mundial.

La pérdida de fe en la política está extendiéndose como una patología por casi todo Occidente, y nuestra región –nosotros incluidos- no escapa al desencanto generalizado por la perdida capacidad de los partidos políticos para dotarnos de gobernantes al mismo tiempo honestos y capaces.

La perversa anticipación de Laclau advertía que, como primera reacción, las sociedades iban a recurrir a líderes iluminados, poco respetuosos de la división de poderes y de casi todo aquello que hasta ahora hemos considerado un orgullo de la cultura occidental. Pasa en medio mundo: en Europa el populismo tiende a la derecha y, hasta Bolsonaro, en América Latina hacia a la izquierda, pero al votante poco le importa la ideología. Cualquiera puede verificar por Internet en Latinobarómetro que hace rato son mayoría los latinoamericanos que aceptarían perder libertades constitucionales a cambio de crecimiento económico. En toda la región, quienes piensan en contrario no pasan del 30 % y, en Brasil, apenas son 18%.

Está muy claro que el probable primer mandatario brasileño se apoya en la condena popular del PT y el sostén de los militares que, según Data Folha, reciben el 55% de aceptación de los electores. No se trataría de otro gobierno militar sino de un gobierno civil de ex militares tutelados por militares en actividad.

El hundimiento del prestigio de políticos, empresarios y sindicalistas ha provocado la emergencia de no sólo los sectores castrenses y pentecostales. El otro gran ganador es el poder judicial, responsable de desarmar el Lava Jato y poner en evidencia a una corrupción formidable: hay mucha diferencia entre un sistema infectado de personajes corruptos y un sistema articuladamente instalado como una cleptocracia. Los argentinos lo conocemos muy bien.

La notoria fortaleza de estos dos protagonistas emergentes –el militar y el judicial- puede colisionar tanto por la profundidad de las transformaciones que promete Bolsonaro, como por su carácter conocidamente arrebatado. Con un cuadro de tanta fragmentación política en medio de tal crisis económica, en uno de los cinco países con más violencia en el mundo, va a resultar improbable de manejar sin crecientes dosis de violencia institucional. Gobierno y Justicia podrían protagonizar más de un choque de proporciones.

Argentina no debiera temer por la continuidad de la alianza estratégica pero, si finalmente gana, quizá Bolsonaro, al estilo Trump, intente patear algunos tableros para renegociarlos después, a la luz de su proclamada inclinación nacionalista, la estúpida persistencia de nuestra grieta y la condición cataléptica en que hemos sabido sumir al Mercosur. Es el costo de no aprender.

Por ANDRÉS CISNEROS

Clarín,

15 de Octubre de 2018

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