RAÚL BARÓN BIZA

Raúl Barón Biza (1899-1963)

Nació en Buenos Aires el 4 de noviembre de 1899, siendo bautizado el 17 de diciembre del mismo año en la Iglesia San Pedro González Telmo. Su verdadero nombre y apellido era el de Rafael Carlos Barón Biza, y el que adoptó fue su seudónimo literario. Era hijo de Wilfrid Barón Vera, terrateniente cordobés, dueño de grandes extensiones de campo, que había amasado una gran fortuna con el comercio de frutos y cereales, y de Catalina Biza Correa, tucumana, de familia tradicional y católica de la alta burguesía, que había recibido la Cruz Pontificia y la Orden Franciscana. De sus padres heredó una fortuna que algunos calculan en 110 millones de dólares, la que tuvo que compartir con sus cuatro hermanos.

Fue llevado desde joven a Europa para su educación, paso por la Universidad de Harvard (EE.UU.) y luego residió en Paris. A los 18 años vino al país para cumplir con el servicio militar obligatorio, y a los 20 se afilió en Córdoba al Partido Radical.

Quizá por alguna desilusión amorosa a los 21 años, sintió el deseo de suicidarse, pero para alejarse del país y de los malos pensamientos visitó la Unión Soviética en 1923, y en su interés de viajar recorrió varios países.

En 1924 comenzó a frecuentar las comisarías al ser detenido acusado por el delito de estupro, a raíz del cual fue procesado y del que resultó absuelto por el Dr. A. González Oliver.

En Europa conoció una actriz de cine, Myriam Stefford (1), mujer de radiante belleza, simpatía y elegancia, con la que vivió en Saint Moritz en invierno, y en la Costa Azul y la Riviera en verano, hasta que en 1928 llegaron al puerto de Buenos Aires, en el “Cap Arcona” (2). Barón Biza le hizo conocer la estancia familiar de Los Cerrillos en Alta Gracia y tras la estada de unas semanas la pareja regresó a Europa.

El 28 de agosto de 1930, se casaron en Venecia, en la basílica de San Marcos, constituyendo el acontecimiento social del año. Luego de vivir en París durante tres años, volvieron a la Argentina en el verano de 1931, retirada su mujer del mundo del espectáculo. Habitaban en una casona frente a la Plaza Francia (3) y pasaban largas temporadas en la estancia.

Por entonces, ella se dedicó a la aviación, obteniendo el brevet de piloto civil en dos meses. Con su instructor, el ingeniero Luis G. Fusch, por acompañante, decidió intentar un raid por las entonces catorce capitales de provincias. Después de visitar a varias de ellas cayó el avión en Marayes, Departamento de Caucete (Pcia. de San Juan), el 26 de agosto de 1931. Esta trágica y dolorosa noticia tuvo amplia repercusión periodística en todo el país, y conmovió a la opinión pública en general, a la sociedad porteña, y en particular a la cordobesa a la que pertenecía Barón Biza. A los pocos días, en el lugar del accidente, su viudo hizo colocar un monolito con una placa donde se leía una frase de Fancesco Petrarca: “Un bel morir tutta la vita onora”.

Traídos sus restos a Buenos Aires recibieron sepultura en el Cementerio de la Recoleta, en la bóveda familiar del esposo. Trasladados a Córdoba, éste le hizo levantar un monumento impresionante en su estancia (4). El sepulcro se halla a seis metros de profundidad, está rodeado por cariátides y cubierto por una lápida de mármol negro, donde reza: “Maldito sea el que profane esta tumba”. En los cimientos ubicó una caja de acero cubierta por una gran capa de concreto, donde guardó las joyas de Cartier, incluido el diamante único “Cruz del Sur”, de 45 kilates, engarzado a un anillo que él le había obsequiado y en vida solía usar la esposa. A la entrada del monumento, en una vitrina, estaban el casco de Myriam Stefford, su reloj de vuelo y el timón del Chingolo II (5), debajo de una losa con la siguiente leyenda: “Viajero, rinde homenaje con tu silencio a la mujer que en su audacia quiso llegar hasta las águilas”.

Myriam Stefford (1905-1931)

Aparte de su actuación política, se dedicó a las letras; fue un escritor excéntrico y sensacionalista, que publicó varias novelas que despertó en nuestro medio reticencias y escozores por la crudeza del lenguaje que utilizaba, frontera con la pornografía, como Alma y carne de mujer El derecho de matar, que originó encendidas polémicas y escándalos.

Conceptuado como anarquista por su posición ideológica se apoyó en el individualismo de Marx Stirner, que estuvo influido por el hegelianismo de izquierda, y principalmente por Fenerbach y Bruno Bauer, quienes transformaron la idea del hombre, base de su filosofía.

Su elevada posición económica le permitió editar libros por millares que fueron más de propaganda personal que de venta de librerías, salvo El derecho de matar que logró difundirse. Incluso se hizo una versión arreglada de esa obra para ser llevada al teatro donde se representó con éxito por poco tiempo.

En sus libros escabrosos relacionados con el sexo, la droga, contra la mujer, ataca la familia y como era agnóstico abominó contra la Iglesia en su estructura y el Papa. Adoptaba una postura como rival de Dios y lo apostrofaba con frecuencia, dirigiéndole largos discursos tratándolo de igual a igual.

Sobre sus libros no aparecieron críticas en las secciones literarias de los diarios. Se lo ignoró en ese aspecto, pero en cambio, sus escándalos quedaron registrados en sede judicial y en las columnas de la prensa periódica.

Por su activa militancia yrigoyenista después de la revolución de 1930, en el gobierno de Uriburu fue llevado a la cárcel junto con otros correligionarios, siendo alojado en el Palacio de Tribunales. En ese tiempo asumió de Jefe de Policía, el hijo del poeta Leopoldo Lugones, y a uno de los primeros que se encargó de pegarle personalmente fue a él, nada menos que el creador de la picana eléctrica. Luego consiguió exiliarse en Brasil y Uruguay. Su situación política de oposición a los gobiernos militares se mantuvo, adoptando la misma postura con el del general Agustín P. Justo.

La muerte de Yrigoyen acaecida el 3 de julio de 1933, constituyó una de las grandes manifestaciones en la historia política argentina. Barón Biza asistió al entierro que fue apoteótico y trajo de Córdoba en un tren pagado de su bolsillo a cientos de simpatizantes radicales.

En esa época publicó un artículo sobre la resistencia al gobierno militar de Uriburu, La hora de la lucha ha llegado, aparecido en Tribuna Libre (6 de setiembre de 1933), que no era más que una proclama de carácter político. Le siguió luego Por qué me hice revolucionario; (la triple alianza con el derecho de asilo), que vio la luz en Montevideo, en 1934.

Su predicamento en el Partido Radical de Córdoba y sus medios de fortuna lo llevó a pagarle la campaña política al doctor Amadeo Sabattini. Prevalido por esa situación, tiempo después conoció circunstancialmente a Rosa Clotilde, una niña de 16 años, hija del gobernador que con su madre asistían a un baile en el “Sierras Hotel” (Alta Gracia), donde concurría lo más granado de la sociedad local. De inmediato quedó prendado de ella, enamorándose. Enterado de este encuentro y de la relación creada en la pareja, el doctor Sabattini quiso oponerse por la diferencia de edad existente entre ellos que rondaba en 20 años y el pasado tormentoso del viudo.

Monumento a Myriam Stefford

Según referencias dadas por su hijo Jorge en su novela El desierto y su semilla (Buenos Aires, 1998), escrita bajo los nombres figurados de Arón Gageac que oculta el de su padre y Eligia el de su madre, para hacer abortar ese idilio el viejo Presotto (que no es otro que el doctor Sabattini) lo mandó a detener por rumores de que organizaba una conspiración en Córdoba, y ordenó allanar la estancia de su propiedad, encontrándosele un depósito de 200 armas escondidas en el casco y otras en la tumba de su primera mujer. Apenas salió de la detención que le infligió Sabattini, se casó con Rosa Clotilde, entonces menor de edad.

Tal es la versión familiar narrada por el primogénito, y concluye diciendo que Barón Biza así sumó a su megalomanía sexual su resentimiento político. Conocemos sin embargo, otra versión con ribetes de novela. Dice que Sabattini ante aquella situación decidió internar a su hija en un convento. Barón Biza para no perderla optó por disfrazarse de sacerdote y entrar en el convento logrando fugarse con ella a Montevideo donde se casaron contando con la complicidad del teniente coronel Gregorio Pomar. Ello motivó aparte del disgusto de Sabattini la separación, con su esposa que volvió al hogar de sus padres a Rosario.

Todos estos problemas creados y las discusiones suscitadas en la pareja comenzaron a descomponer el matrimonio, pues a los siete meses ya estaban dispuestos a separarse. Este fue el inicio de nuevas desavenencias. La pareja se instaló en Buenos Aires, y Barón continuó con sus negocios agropecuarios y con sus ediciones de libros que tenían más fines propagandistas que comerciales. En 1941, publicó Punto final, otro libro inmoral que atenta contra la familia.

Al advenimiento del gobierno de Juan D. Perón se mostró como empecinado opositor por mantener su credo radical.

En agosto de 1950, debió hacer frente a un proceso que se le instauró por desacato al Jefe de la Policía Federal al plantearle una “cuestión caballeresca” en contra de aquél motivada por la detención de su esposa en el Cementerio de la Recoleta en un homenaje no autorizado. Barón Biza lo consideró agraviante para ella, debido a la difusión que tuvo el comunicado policial, retándolo a duelo, y enviándole los padrinos, los doctores Luis Dellepiane y Oscar López Serrot. En esa ocasión al solicitar informe al Registro Nacional de Reincidencia y Estadística Criminal y Correccional figuraban anotados: un proceso por estupro, dos por desacato, otros dos por violación al artículo 212 del Código Penal, un quinto por cohecho, y dos más por violación a las disposiciones de los artículos 126 y 128 del Código Penal.

Rosa Clotilde Sabattini (1918-1978)

En el proceso que tratamos fue detenido –entonces se alojaba transitoriamente con su suegro, el Dr. Sabattini, en el Hotel Nogaró de Diagonal Sur al 500- y encarcelado. Siendo defendido por los doctores Arturo Frondizi y Juan B. Gauna, más tarde recobró la libertad ordenada por el juez Dr. Rivas Argüello.

Para no sufrir más los penosos encarcelamientos, fugas, conspiraciones contra gobiernos militares, huelgas de hambre y publicaciones de diarios clandestinos en una campaña opositora, optó por el exilio a Montevideo. En ese tiempo como las relaciones conyugales estaban tirantes, aprovechó Barón Biza para llamarla desde el vecino país para que fuese a reunirse con él llevando a sus hijos. Dispuesta a viajar en el buque de la carrera con los pasajes tomados se impidió a que lo hiciera por no reunir las condiciones reglamentarias dando lugar a un fuerte altercado con el capitán y al no querer bajarse se la detuvo yendo a la cárcel junto con sus hijos hasta que éstos regresaron con su abuela materna. Allí permaneció varios meses alojada hasta que recobró la libertad, sabiendo que la autora de la detención había sido Eva Perón, quien en otras oportunidades la persiguió.

Tras el derrocamiento de Perón y el triunfo de la Revolución Libertadora en 1955, regresó el matrimonio al país. Dos años después, proscripto el peronismo, participó en la campaña presidencial que llevó al poder a la UCRI (luego Movimiento de Integración y Desarrollo) con Arturo Frondizi, en la que su cónyuge fue nombrada presidenta del Consejo Nacional de Educación, y Barón Biza pudo rehacer su vida dispendiosa al ser designado administrador de los locales de la galería subterránea de la Avda. Corrientes y Carlos Pellegrini donde los locatarios le temían por su personalidad violenta.

Cuenta su hijo Jorge, que en sus últimos años bebía mucho y estaba agresivo, irascible, pero los locatarios “tenían admiración por su coraje en la pelea, su disposición a jugarse entero, hasta la vida, en cualquier momento. Todos hablaban con respeto de su proverbial temeridad, incluso los que habían sufrido sus furias”.

El trato conyugal a través de los años se fue deteriorando por el distanciamiento que se había creado entre ellos, las malas relaciones que mantuvieron con sus padres políticos y hasta el duelo a pistola que sostuvo con su cuñado Alberto Sabattini, por cuestiones familiares. El matrimonio tuvo largos períodos de separación, contando siempre con la amenaza del divorcio y luego la consiguiente conciliación de los cónyuges. La relación recrudeció a partir de 1960, cuando Rosa Clotilde viajó a Córdoba para hacerse cargo de una cátedra de Historia de la Educación.

Desde entonces Barón Biza siguió siendo afecto a la bebida y vivió con su hijo Jorge en su departamento de la calle Esmeralda 1236, 8º Piso. En esos años aquél había cambiado drásticamente de carácter tornándose más agresivo al punto de que su hijo durante mucho tiempo le rehuyó mientras él se contraía a escribir su último libro Todo estaba sucio (1963) que llevó ilustraciones del pintor Benjamín Mendoza, y que no fue distribuido.

Su hijo observó que estuvo dedicado a la destrucción de muchos papeles, cuando se enteró que había convocado a su mujer y a los letrados precisamente con la excusa de resolver definitivamente la separación personal que siempre terminaba en reconciliación. “Con sus escritos judiciales –señalaba Jorge- se podía escribir un tratado de amor en negativo, no tanto por lo que los papeles decían –ambos habían mantenido un tono general de recato en las causas- sino por lo que se adivinaba en lo que los escritos no decían”.

Para el arreglo anunciado Barón Biza los convocó a una reunión en su departamento, fijando la fecha del 17 de agosto de 1963, aunque Jorge había advertido al letrado interviniente el temor de que podía suceder algo imprevisto. Aquél le respondió que no lo creía. Reunidas las partes, los letrados finalmente arribaron al tan ansiado arreglo del divorcio después de 28 años de matrimonio, aunque en verdad no fueron tantos.

Tenían todo para ser felices junto a sus tres hijos, pero en ellos como en otros seres humanos se anida esa especie de negación a la felicidad monótona.

Lo que sucedió después del arreglo estuvo planeado cuidadosamente por Barón Biza, buen lector de Allan Poe o de los colombianos Jorge Escobar Uribe, que adoptó el seudónimo de “Claudio de Alas”, y de José María Vargas Vilas, a quienes plagió en sus novelas, y lo inspiraron para cometer la agresión.

Invitó a los abogados a celebrar el acuerdo del divorcio ofreciéndoles un vaso de whisky, y se acercó a su mujer con otro vaso conteniendo ácido muriático cuyo contenido se lo arrojó a la cara. Rosa realizó un movimiento instintivo de defensa levantando los brazos que le permitió cubrirse los ojos mientras el líquido le caía sobre la cara, de lo contrario hubiera quedado ciega. El ácido le produjo quemaduras de primer grado, sintiendo un intenso dolor que trato de amortiguar lavándose la cara, perjudicándose aún más. Los abogados atendieron a Rosa que se debatía en llantos y gritos de dolor. Fue llevada urgentemente al Sanatorio Otamendi, donde se procedió a darle calmantes y practicaron las primeras curaciones.

Mientras tanto, Barón Biza se había encerrado en su habitación. Hecha la denuncia policial, el Juez de Instrucción Dr. Alvarez Prado procedió a detenerlo, y al no contestar el llamado en el departamento se procedió a abrirlo encontrándolo a Barón Biza en su cama con un tiro en la sien derecha y un vaso de whisky en la mano vestido con un robe impecable, de camello, con alamares de seda negra.

Su muerte fue muy celebrada en Buenos Aires por el odio que se había granjeado en la población. Los diarios dieron noticia de su ruidoso suicidio. La iglesia lo había excomulgado repetidas veces. Sus restos fueron cremados y llevados a Alta Gracia donde se enterraron bajo un olivo cerca del ala de cemento donde guardan los de su primera esposa.

A su muerte le seguiría, un tiempo después, la de la propia Rosa Clotilde, que se había ido a vivir al mismo departamento donde ocurrió el ataque, y de donde al final se arrojó al vacío desde una ventana. Los suicidios obrarían como una pesada herencia para los hijos. Al de la madre le siguió el de la hija, Cristina, y finalmente el de Jorge.

Barón Biza pasó la vida como una sombra. Fue un hombre excéntrico, apasionado y controvertido. Sus libros han desaparecido de bibliotecas, librerías y seguramente muchos se han quemado, hoy son muy difíciles de hallar.

Se permite la reproducción citando la fuente: www.revisionistas.com.ar

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