BOLSONARO NO DESCUBRIÓ NADA NUEVO

Ni Japón ve a Brasil como puente al Mercosur

Antes que el futuro ministro de Hacienda de Jair Bolsonaro, Paulo Guedes, declarara que ni el Mercosur ni Argentina son prioridades en la próxima gestión, el primer ministro japonés, Shinzo Abe, había sentado las bases con el presidente Mauricio Macri para negociar un acuerdo comercial bilateral que abriera las puertas del Sol Naciente a los otros miembros del subbloque regional del este sudamericano: Paraguay, Uruguay y el propio Brasil, pero sin las barreras arancelarias que tabicaban las fronteras a la competencia externa, con la industria automotriz como leading case de la cerrazón. Japón pivotea en torno de 21 acuerdos bilaterales de libre comercio cerrados desde 2002 con Singapur, México, Malasia, Chile, Tailandia, Indonesia, Brunei, la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASE AN), Filipinas, Suecia, Vietnam, India, Perú, Australia, Mongolia y Unión Europea, además de encontrarse en tratos con Corea, Consejo de Cooperación para los Estados Árabes del Golfo (GCC), Canadá, Colombia y Turquía. Impulsó con USA el transversal Trans-Pacific Partnership, ahora cuestionado por la Administración Trump, pero que da impulso a otros tratados de libre comercio, como con la Asociación Económica Integral Regional, el que comparte con China y Corea (JCK) y el de la Comunidad Económica de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN). El paciente tejido japonés de los cabos sueltos que, desde la inconclusa ronda Doha, había dejado empantanada a la Organización Mundial del Comercio (OMC), conformada por 157 países miembros, remataría en un multilateralismo, pero individualmente negociado, en el que se liberalicen las transacciones internacionales de bienes y servicios, al tiempo que se atiendan las necesidades de los menos desarrollados. La particularidad es que no implican exclusividad ni discriminación. Reclutar al Mercosur significaría, en consecuencia, darlo por terminado como unión aduanera reservada a sus socios, y habilitarlo desde la convergencia del modo que cada uno elija para insertarse en el mundo.

Mucho antes que hablara Paulo Guedes, Mauricio Macri ya conocía la realidad del atasco del Mercosur, y hasta escuchó una propuesta del japonés Shinzo Abe.

El objetivo de quebrar el scrum aduanero que envasa a las dos más grandes economías sudamericanas, como la brasileña y la argentina, junto a vecinos que comparten la franja atlántica austral, como Paraguay y Uruguay, no figuraba en ninguna de las agendas políticas de la Casa Rosada ni de Planalto, aunque se tratara de prioridades de integración.

Era, en tal caso, condición sine qua non de otros subbloques de dentro y fuera del continente cuando individualmente encaraban acuerdos de libre comercio: la Unión Europea y la Alianza del Pacífico, integrada por Chile, Colombia, Ecuador, México y el Perú.

Antes que el presidente electo de Brasil, Jair Bolsonaro, soñara siquiera con ganar la elección del modo que lo hizo, se venían buscando fórmulas que facilitaran un acercamiento del Mercosur como subbloque regional a los otros que están funcionando al margen de la Organización Mundial del Comercio, presidida por un brasileño, Roberto Azevedo, que conforman 157 países, trabada en la ronda de negociación multilateral conocida como Doha.

Una de las mayores dificultades para saltar el cerco proteccionista tendido por el lobby paulista y la UIA está dado por los acuerdos bilaterales compensados de integración, como el de la industria automotriz, de cuyo resquebrajamiento brindó muestras el reciente portazo que dio la compañía de origen japonés, Toyota, a la reorganización de la Asociación de Fabricantes de Automotores (ADEFA), debido a las discrepancias con la política decicunscribir la cerrazón del circuito productivo a esta parte del continente.

Sin saber lo que declararía quien será el ministro de Hacienda de Bolsonaro, Paulo Guedes, acerca de que ni el Mercosur ni la relación con Argentina serían prioridades en la gestión, el gobierno nipón había elegido a la Argentina como puerta de entrada a un Mercosur libre de ataduras aduaneras, aunque con sus producciones integradas para que fueran competitivas con los restantes bloques.

Lo anticipó hace 2 años el primer ministro japonés, Shinzo Abe, en la visita que hizo a la Argentina luego de 57 años sin que ningún otro par suyo pisara nuestro suelo. El último había sido, precisamente, su abuelo Nobusuke Kishi.

“Quiero elevar la relación con América Latina a un nivel aún mayor. Firmar una asociación estratégica entre Japón y América Latina”, aseguró Abe, quien reveló que pretendía alcanzar un acuerdo de libre comercio con el espacio del Mercosur.

Recientemente lo ratificó el embajador en el país, Noriteru Fukushima, al deslizar que, en noviembre, se podrían cerrar las negociaciones con Argentina para la firma de un acuerdo comercial que podría ser anunciado en el marco de la cumbre del G20, a fines de noviembre, en Buenos Aires, a la que asistirá Abe.

Como prólogo formal, en plena transición brasileña, para la se mana que viene está previsto en Montevideo un encuentro entre las autoridades del Mercosur y la representación japonesa.

La aparición del este sudamericano (Argentina, Brasil, Paraguay y Uruguay) en el radar nipón enfocado al multilateralismo comercial, y de Argentina comocabecera de playa para el desembarco, configura una de las patas que le faltan a los 21 acuerdos bilaterales que Tokio ha venido celebrando desde 2002, incluido todo el oeste latinoamericano, es decir, los países que miran hacia el Pacífico, como México, Chile, Perú y Colombia, a fin de integrarlos por añadidura con el Trans-Pacific Partnership (TPP) y con la Unión Europea.

En mucho depende para arribar a ese estadío que USA no cumpla con la amenaza de Donald Trump de abandona r el Tratado Transpacífico (TPP) y, consecuentemente, desarmar el tratado de libre comercio de América del Norte (NAFTA) que afectaría duramente a México, si bien Japón y la Unión Europea también se verían involucrados negativamente.

El Acuerdo Transpacífico de Cooperación Económica (TPP) proporciona impulso a los tratados de libre comercio, como la Asociación Económica Integral Regional, el de Japón, China Corea (JCK) y la Comunidad Económica de la Asociación de Naciones del Sudeste Asiático (ASEAN).

En ausencia del desarrollo de la Organización Mundial del Comercio (OMC) Doha en la elaboración de normas, son las reglas del TPP las que podrían orientar normas de inversión, competitividad y transparencia en las compras del gobierno.

Según la visión japonesa, los tres bloques que involucran a su país, junto a la Unión Europea y a China, están determinados a utilizar las herramientas que tiene la OMC, en particular para la resolución de disputas.

En este contexto, considera que el mapa de interconexiones que ha ido construyendo en red constituye la matriz para diseñar los restantes acuerdos de este siglo, a la luz de los nuevos desafíos que presentan los cambios en las relaciones entre las principales potencias económicas y el resurgimiento del proteccionismo.

·         La suma de los bilateralismos

Factotum de los convenios concretados con México y Chile desde el servicio diplomático japonés, el hoy profesor de Economía Política Internacional, Facultad de Gestión de Políticas, Shonan Fujisawa Campus (SFC), Universidad de Keio, Yorizumi Watanabe, explicó en una entrevista publicada por la revista Mercado el alcance, caso por caso, de un dominó que vincula los entendimientos bilaterales: “Japón tiene uno con la Unión Europea. Y, al mismo tiempo, está negociando otro con China, a partir de la Regional Economic Partnership (RCEP) que ambos comparten en un tratado de libre comercio con Corea y otros países del sudeste asiático”, manifiesta.

Agrega que “en todo caso queda claro que estos acuerdos no marcan exclusividad, porque Japón los tiene a la vez con la Unión Europea y con los otros, con lo que estamos frente a una manera distinta de integrarse, a pesar de lo que ahora desea USA y Japón hace”.

Al disertar en la Universidad Torcuato Di Tella sobre “Japón, su estrategia comercial y lazos económicos con América Latina”, el diplomático enumeró como hitos para la corriente en gestación:

-el convenio firmado en Chile en marzo de este año, y que entrará en vigor después que los 6 países lo ratifiquen, para mantener el impulso de un comercio más libre;

-la actualización de la red de producción en Asia Oriental entre los 16 de la Asociación Económica Integral Regional (RCEP);

-el principal mega tratado de libre comercio interregio nal entre Japón y la Unión Europea concluido en diciembre de 2017, que se espera entre en vigor en 2019;

-la promoción del acuerdo de libre comercio Japón-Mercosur;

-la elaboración de una alianza con el Pacífico Amplio, y

-mantener el multilateralismo comercial incorporado en la OMC y, por lo tanto, mejorar la previsibilidad en los negocios internacionales.

En torno de los beneficios que subyacen en este tipo de acuerdos, Watanabe recordó que “en 2005, cuando Japón y México concretaron el acuerdo de 230 compañías japonesas establecidas, se pasó a 1.100. Al aportar el acuerdo predecibilidad a los capitales y certezas sobre las bases para hacer negocios, se crearon las condiciones para mejorar la inversión y el comercio. Se radicaron empresas de primera y segunda línea. En México, la experiencia fue que Toyota o Nissan, que invirtieron ahí, trajeron a pequeños proveedores de componentes, o sea que que un acuerdo atrajo a las subsidiarias. Y mayor variedad de rubros que llegan a instalarse”.

Japón es un mercado de 120 millones de habitantes, y en 2017 el comercio bilateral con Argentina rondó los u$s2.000 millones, luego de que en 2016 había sido de u$s1.600 millones.

 

Por RUBÉN CHORN

 

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