CONOCER LA HISTORIA PARA TENER UN MEJOR FUTURO

Uno de los más influyentes economistas del siglo XX, John Maynard Keynes, una vez refirió que el profesor Max Planck, posteriormente premio Nobel de Física y uno de los originadores de la Teoría Cuántica, le había comentado que cuando joven había considerado estudiar economía, pero que había desistido por encontrarla demasiado difícil. Keynes reflexionaba que ciertamente el profesor Planck podía con comodidad dominar el cuerpo principal de lo que se conoce como economía matemática en unos pocos días, así que no era allí donde residía la dificultad. Sino que el problema radicaba en la “amalgama de lógica e intuición y el amplio conocimiento de los hechos, la mayoría de los cuales no son precisos, todos elementos que resultan necesarios para una correcta interpretación de los hechos económicos”.

Hoy, que el estudio de la economía ha realizado enormes progresos apoyado en una creciente sofisticación tanto en el campo de la teoría económica, basada en herramientas matemáticas cada vez más avanzadas, como en los métodos para recolectar y analizar con precisión cantidades masivas de datos, dichas reflexiones realizadas por el economista inglés parecen no haber perdido actualidad.

Y es debido a esta razón que el estudio de historia económica se sigue manteniendo como una disciplina central en el estudio de la Economía, aun cuando la importancia asignada a esta materia en los programas de los principales centros educativos del mundo no se ha mantenido constante a lo largo del tiempo.

Entre tantos otros, existen dos poderosos argumentos para el estudio de los hechos pasados, tal como señalara recientemente uno de los más notables historiadores y polemistas de la actualidad, el doctor Niall Ferguson, profesor de las Facultades de Historia y también de la Escuela de Negocios de la Universidad de Harvard. El primer argumento, que las personas muertas superan a las vivas en una proporción de catorce a una, por lo que resulta un verdadero desperdicio ignorar la experiencia acumulada de una mayoría tan abrumadora, la población mundial actual representa sólo un 7% de todos los seres humanos que alguna vez vivieron. El segundo, que el pasado, en palabras del historiador escocés, es nuestra única fuente de conocimiento, en relación con un presente efímero (lo que Jean Paul Sartre definió magistralmente diciendo que “el presente no es”) y a los múltiples posibles futuros de los cuales uno solo ocurrirá.

En nuestro país, por su parte, el estudio de la historia económica ha realizado progresos muy significativos en los últimos 50 años, con el apoyo de los importantes avances realizados tanto en el campo de la teoría económica como en el de la economía aplicada. Ahora, en la Nueva Historia Económica de la Argentina, publicado por editorial Edhasa, Roberto Cortés Conde y Gerardo della Paolera, junto con un grupo extendido de renombrados historiadores y economistas, han llevado a cabo una prolija reconstrucción de los principales aportes realizados en este campo durante estos años, comenzando con los cambios que se produjeran en las universidades después de 1955, atravesando los célebres Ensayos de Carlos Díaz Alejandro en 1970 publicados originalmente por Yale University Press, hasta llegar a los aportes más recientes y novedosos en este campo. Un aporte que será de gran interés y utilidad para quienes quieran incursionar más profundamente en esta área del conocimiento.

La Argentina, y sus distintos antecedentes históricos, desde la aparición del papel moneda en 1822 cuando se creara el Banco de Descuentos, sólo tuvo durante el siglo XIX algo menos del 30% del total del tiempo transcurrido con una moneda convertible, y un 47% sin estar en “default” de su deuda (desde el primer empréstito externo contraído por la Provincia de Buenos Aires en 1824). Mientras que un país como los Estados Unidos tenía en 1900 el mismo nivel de precios que en 1774, en Buenos Aires sólo entre 1836 a 1851, años de gobierno del general Rosas, los precios crecieron un 100%, mientras que el tipo de cambio se depreciaba en un 250%.

A esta fuerte inestabilidad, la Argentina le agregó a medida que avanzaba el siglo siguiente, un muy pobre patrón de crecimiento que, luego de mediados de los años setenta, se transformó en un proceso de retroceso estructural con las demoledoras consecuencias políticas y sociales que vivimos hasta el presente.

Es por tanto, especialmente en países como el nuestro, donde con todas las diferencias que puedan ocurrir, dado que la historia nunca se repite del mismo modo, es que resulta de particular importancia el estudio de nuestro pasado. De modo que algún día podamos decir con justeza que aprendimos de la historia y así fuimos capaces de modificar nuestro futuro.

 

Por Javier Ortíz Batalla

Economista. Presidente del Banco Ciudad

Clarín

28 de Octubre de 2018

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