EL POETA BALDOMERO FERNÁNDEZ MORENO Y EL AJEDREZ

Imagen del autor de sus tiempos de escolar, gentileza de Marcela Negri.

Siendo niño fui a una escuela pública en la siempre hermosa ciudad de Buenos Aires que tenía como nombre “Baldomero Fernández Moreno”. Allí transcurrieron mis años de escolaridad primaria desde el tercer grado. Antes había concurrido a otro establecimiento que tenía el nombre de otro inmenso poeta: Olegario Víctor Andrade. En el Fernández Moreno, en cierto momento, asumió como director una persona que se llamaba Alejandro Alfonso Storni. Sí, el hijo de la mayor poeta argentina, Alfonsina Storni. Tiempos idos. Tiempos añorados. Tiempos en los que los poetas eran muy reconocidos socialmente.

Sin embargo, no recuerdo que en esos años en la escuela que llevaba su nombre se hablara demasiado de la obra de Baldomero (Eugenio Otto son otros nombres que se incluyen en su partida de nacimiento) Fernández Moreno. Para los niños ese era apenas un nombre que indicaba un lugar en el que se desarrollaba la cotidianidad.

Tal vez alguna vez se nos comentó, aunque sin demasiado énfasis, que el nombre del colegio correspondía al autor de unos versos que llevaban el hermoso título de Setenta balcones y ninguna flor (“Setenta balcones hay en esta casa,/setenta balcones y ninguna flor./¿A sus habitantes, Señor, qué les pasa?/¿Odian el perfume, odian el color?…), expresión que constituye una muy exacta pintura, antes y ahora, de la ciudad en la que nació, vivió y murió el poeta.

Imagen de Baldomero Fernández Moreno. Foto Revista Primera Plana, 6 de junio de 1965. En http://www.magicasruinas.com.ar

De padres españoles, Fernández Moreno ve la luz en 1886 en Buenos Aires. Sus progenitores regresan transitoriamente a su país natal por lo que el niño transcurre su infancia del otro lado del Atlántico. Regresa con 13 años de edad a la capital argentina donde cursa sus estudios secundarios en el Colegio Nacional para recibirse más tarde de médico.

Ejerce su profesión abriendo primero un consultorio particular en la ciudad de Chascomús. Luego se traslada a Catriló, una localidad de la provincia de La Pampa, oficia de médico rural en el pueblo bonaerense de Huanguelén para regresar a Chascomús, lugar muy importante en su vida ya que es en esa ciudad, en la que actualmente se proyecta erigir un museo en su memoria, en la que halla su compañera de vida y escribe sus primeros versos. Ulteriormente, termina por recalar en la capital argentina donde, además de profundizar su obra literaria, llega a ser director del Hospital Español de Buenos Aires y profesor titular de la Facultad de Medicina de la UBA.

Baldomero Fernández Moreno es, asimismo, profesor de literatura y de historia en escuelas de nivel de enseñanza medio e integrante de la primera directiva de la Sociedad Argentina de Escritores, dando cuenta de su veta de escritor que comenzó a desarrollar desde muy joven. Su primer trabajo, Las iniciales del misal, es publicado en 1915.

Al cabo de los años, su obra integral recogerá en diversos tiempos la admiración de Jorge Luis Borges, Leopoldo Lugones, Ezequiel Martínez Estrada y del uruguayo Mario Benedetti, siendo reconocido tanto por la originalidad y calidad de sus versos cuanto por su profunda sencillez.

Obtiene Premios Nacional y Municipal en Poesía y, un año antes de su muerte, en su querida Buenos Aires, en un hecho que se cree ocurrió en el momento en el que iba al teatro a ver La muerte de un viajante de Arthur Miller (¡toda una premonición!), en 1949 recibe el Gran Premio de Honor de la SADE.

A fines de 1955 se propone instalar, en el barrio de Chacarita, la Biblioteca Baldomero Fernández Moreno, que está ubicada en la calle Concepción Arenal 4206 de la Ciudad Autónoma de Buenos Aires.

Imagen del poema El Obelisco de Baldomero Fernández Moreno. Fuente: Blog El Mirador Nocturno

En otra muestra de inmortalidad, en la cara sur del emblemático Obelisco porteño, se puede apreciar la inclusión de uno de sus sonetos dedicado al portento, ese que comienza diciendo: “¿Donde tenía la ciudad guardada/esta espada de plata refulgente/desenvainada repentinamente/y a los cielos azules asestada?...”.

Al trazarse una mirada retrospectiva, puede verificarse que Baldomero Fernández Moreno, como tantos de sus colegas escritores, supo incluir al ajedrez en algunos de sus versos.

En efecto, en Las azoteas se imagina a sí mismo volando sobre ellas y, al describirlas, advierte que “Un frontispicio blanco y un techo de pizarra/juegan ante mi vista descompuesto ajedrez,/la fronda de una plaza asciende y se desgarra,/y un campanario eleva su campana y su prez.”.

Ajedrez y prez, una vez más esa rima de palabras que otro poeta argentino, Enrique Branchs (1888-1968), había ya empleado en 1909 al concebir versos con aires medievales incluidos en su libro El cascabel del halcón: “…el rey que sólo sabe jugar al ajedrez./En media luna puestos sobre la mar calmada/caminan los bajeles llevando hombres de prez/Al rey, que tiene tedio, la farsa más granada/le juegan los histriones manchados de la hez…”. Se trata de la poesía Sobre la mar azul en la cual dramáticamente se agrega poco después: “¡Ay!, traspasó el acero su carne sonrosada,/y el rey, el rey estaba jugando al ajedrez…/Esto fue en los bajeles, los bajeles del rey,/los bajeles del rey, los bajeles del rey.”.

Volviendo a Fernández Moreno, se advierte que en Club Social Cosmopolita, se dice que  en la entidad se jugaba al billar y al póquer y, también, otro pasatiempo que se practica sobre una superficie escaqueada, al precisarse que: “Pasan los pantalones rojos de un capitán/y después de un saludo doblemente cortés/juegan la complicada partida de ajedrez/con la sotana negra del padre capellán.”.

Finalmente, en Último Piso se ocupa de un nuevo hogar ubicado en la zona de Congreso, desde cuya azotea se permite el poeta viajar con su imaginación. Al apreciar la gran ciudad desde la altura, puede en ese contexto divisar: “Al frente la ciudad ábrese a  mis miradas,/y veo un ajedrez de calles aceitadas,/por donde van los autos de grandes focos yertos/a palacios que están con los ojos abiertos.”.

Recuerdos de niño, recuerdos muy personales, recuerdos que nos conducen  a Baldomero Fernández Moreno. Recuerdos de niño, recuerdos muy  personales, recuerdos que nos hacen reparar en la obra de un inmenso poeta que no fue indiferente, como tantos escritores argentinos y universales, al ajedrez.

Por Sergio Ernesto Negri

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