PRIMER ACTO DE LIBERACIÓN: LA LEY DE ADUANA DE 1835

Conjeturablemente, Rosas no advirtió la índole de las ligaduras con el extranjero al asumir el gobierno por primera vez, en 1829; sólo la mentalidad de los unitarios que anteponían su clase social a la nacionalidad, y creyó posible reconducirlos al buen camino. Cuando se dio cuenta del motor que los movía, comprendió que la lucha sería tremenda y, tal vez perdida de antemano. Es cierto que tenía el pueblo consigo, pero un gran pueblo y un gran jefe no bastan para liberar a una nación.

Se necesitaba una élite, y no la encontraba. Sólo podía gobernar desentendiéndose del problema fundamental de liberar a la Argentina del imperialismo.

Pero en 1835 está otra vez en el gobierno. Ahora se llevará todo por delante, aunque debe saber en lo íntimo que su fama y su honra, se la comerán los perros, como de cía Sancho Panza.

El 18 de noviembre de 1835, en uso de la suma del poder público, dicta por su propia autoridad la Ley de Aduana que regiría desde el 1º de enero de 1836. Rompe con ella el esquema liberal.

No habría más libertad de comercio, que mataba las industrias nativas en beneficio de las fábricas de Inglaterra: prohíbe la introducción de similares extranjeros de aquellos productos que aún se elaboraban en el interior (tejidos, algunas herrerías y carpinterías, etc.) y grava con altos aranceles la importación de aquellas que podían fabricarse en el país. Favoreció también a los alcoholes y vino de Cuyo, azúcar de Tucumán y Corrientes, tabacos de Salta y yerba de Misiones.

¿Cómo Rosas, estanciero y porteño, pudo hacer una ley en beneficio de los industriales y las provincias del interior? No lo podrían entender quienes suponen intereses materiales en toda gestión política, pero resulta fácil explicárselo aceptando que Rosas hacía prevalecer las conveniencias nacionales sobre las ventajas locales o personales. Pero al móvil patriótico no lo comprenden todos los historiadores.

Confederacion Argentina e historia rioplatense

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