EL ÉXITO

La carencia de inversiones es la madre del desempleo y de la pobreza. El desempleo es una de las razones del desfinanciamiento público y la pobreza, una de las fuentes del gasto

A pesar del respingo del dólar, se mantiene en pie la afirmación de Guido Sandleris: “Ni loco compraría dólares en este momento”.

Cuando lo dijo (30/9) el dólar estaba a $42,10 y el 16 de octubre cotizó a $36,90. El respingo del 17 lo llevó a $37,10 y el jueves 18 subió 20 centavos.

Por ahora el mercado cambiario no ha puesto en jaque la afirmación de Sandleris. Pero igualmente agita los nervios el hecho de que, ante una pequeña baja en la tasa de interés, la respuesta sea un saltito a lo largo de tres días en la cotización. Una dependencia transparente.

Sobre el mercado cambiario operan también otros indicadores que, además de la tasa de interés, dibujan el futuro y alimentan, positiva o negativamente, las expectativas. También operan “las necesidades”. Veamos.

La tasa de interés atrae a convertir en pesos los dólares y sacar, en poco tiempo, el rendimiento, en dólares, que llevaría años conseguir en plazas de los países desarrollados.

Algunos de esos dólares son “verdes golondrinas” que entran a la misma velocidad con la que, a la menor señal de alarma, habrán de salir. Pan para hoy, hambre para mañana.

Es ocioso repetirlo: es lo que venimos viendo desde hace años. Una mala costumbre nacional llamada “pedal” en los viejos tiempos y ahora, con la globalización, la llamamos carry trade. Denominación que ayuda a adjetivar un “trade” como, en criollo, flor de “curri o curro”. Dar nada y recibir a cambio un montón apañado por una supuesta solvencia técnica que garantiza el precio de salida: llamado antes “tablita” para los memoriosos.

Otros dólares se cambian por pesos porque la tasa de interés marca el costo del crédito y obliga a desatesorar para cancelar obligaciones. Esos dólares cambian definitivamente de mano. Los del carry son transitoriamente pesos para convertirse en más dólares: pedal.

Volvamos al respingo del miércoles pasado. Ese día, otro indicador, la tasa de inflación, se presentó con una fuerza inusitada.

Si bien esperada, esa tasa era una marca superior. El inventario de razones puede llenar varios anaqueles. Pero lo que “indica” es que el objetivo de estabilización de los precios queda lejos.

Con el fuego de los hechos alguien tuvo la picardía de recordar una de las frases históricas de Mauricio Macri. Dijo: “La inflación es la demostración de tu incapacidad para gobernar”. ¿Es así?

Y siguió: “En mi presidencia la inflación no va a ser un desafío. El desafío va a ser conseguirle trabajo a la gente”.

No creo que sea justo decir que la suba de la tasa de la inflación sea una demostración de la “incapacidad para gobernar”.

Sin duda, es una demostración de incertidumbre acerca del valor de mercado de las cosas. Y en ese caso, la dureza del dólar opera como un refugio.

Es razonable pensar que el trepidar inflacionario impulse un respingo, se deja de vender y la cotización se estabiliza o sube.

La aceleración de la inflación, aunque transitoria, es una fuente de incertidumbre que se reflejará en el dólar, salvo tentaciones en contrario.

La segunda parte de los “desafíos de campaña”, según Mauricio, fue “el desafío va a ser conseguirle trabajo a la gente”.

Veamos los indicadores aludidos. Los precios al consumidor, en septiembre, subieron 6,5%. Esa tasa anualizada refiere a una inflación del 100% anual. Todos los analistas suponen una tasa del 5% para el actual mes de octubre y eso implica una tasa del 70% anual. Nadie imagina la continuidad de estas tasas. Pero proyectarlas, como si fuera posible su continuidad, explica el rigor de las tasas de interés que impone el BCRA.

Es un “contrafuego” para contener el incendio de esas tasas y a la vez lograr la “estabilización” del tipo de cambio.

La intensidad del “contrafuego” también es, a pesar de su ineficacia presente para contener los precios, y su razonable eficacia para contener el tipo de cambio, un indicador de incertidumbre.

El “contrafuego” también, aunque controlado, es un indicador de riesgo al menos hasta que se apaga.

Mientras las tasas de interés sigan a ese ritmo puede que se estabilice el dólar (no parece que ocurrirá lo mismo con los precios), pero lo que sí es indudable es que se trata de un riesgo, supuestamente controlado, que tiene pavorosos daños colaterales.

El desempleo (9,6%) del segundo trimestre de 2018 (antes de los eventos más desalentadores) se aproxima a los dos dígitos. La más alta de los segundos trimestres de la última década. Señal de incertidumbre.

No se trata de una “tasa alta en descenso” sino de una en crecimiento en la que el 30% o más de los desempleados tiene un año o más buscando trabajo; cuatro de cada cinco desocupados son jefes de hogar o cónyuges y esas participaciones son más altas que en el pasado.

Si a la aceleración de la tasa de inflación, que disminuye el poder de compra, le agregamos el crecimiento del desempleo, que disminuye la masa salarial, componemos un nuevo indicador de incertidumbre o, en otras palabras, que algo está funcionando “mal”.

Detrás de esos indicadores hay uno material: la caída del PIB del segundo trimestre 2018, respecto del mismo trimestre del año anterior, fue de 4,2%.

La economía está en recesión y, al mismo tiempo, en inflación, lo que no se compadece con los escenarios de los manuales. ¿Por qué funcionaría la política de los manuales? En agosto, el Estimador Mensual Industrial acusó una caída interanual de 5,6%.

La vida urbana, con inflación, caída de actividad y suba de desempleo, acusa que 27,3% de las personas está en situación de pobreza.

Sandleris puede mostrar que su afirmación (“Ni loco compraría dólares en este momento”) hasta ahora viene bien, pero el precio parece alto.

La han comparado con la frase que, en 1981, pronunció Lorenzo Sigaut. “El que apuesta al dólar pierde”, dijo.

Sigaut había expuesto los males del atraso cambiario para combatir la inflación, un fracaso con aumento de la deuda externa y balance comercial negativo.

La realidad convirtió esa frase en un “consejo-boomerang” para la clase media: para no perder el capital, la única vía fue comprar dólares.

Los dólares de larga duración no vienen por la misma razón por la que se van

A dólares corrientes, la fuga anual, hasta 1975, estaba muy por debajo de los US$ 2.000 millones al año. Y hacia 1981 alcanzó los US$ 10.000 millones año. En 1995 superó los US$ 15.000 millones y con alzas y bajas y hasta nuestros días.

Esa cifra sería un buen promedio de la fuga anual que, acumulada, suma los US$ 400.000 millones fuera del sistema.

Una idea de lo que esa cifra significa. Imaginemos que, en promedio, un puesto de trabajo requiera una inversión de US$ 100.000. Esa cifra bien puede ser, aproximadamente, el promedio de lo que cada puesto de trabajo utiliza hoy en nuestro país. Las Cuentas Nacionales refieren un empleo total de 20 millones de personas, formales e informales.

Empleo y su relación con la cantidad de capital nos remiten a una “productividad” que da lugar, finalmente, a nuestro PIB por habitante.

Si esos US$ 400.000 millones estuvieran invertidos con la misma matriz productiva que hoy tenemos, y si cada puesto de trabajo insume US$ 100.000, tendríamos 4 millones más de personas trabajando.

El PIB y el PIB por habitante, con las cifras con las que jugamos, serían 20% mayor que el de hoy y, con el mismo grado de economía en negro, habría desaparecido el déficit fiscal.

Ese 20% de crecimiento que no tenemos no se debe a la falta de ahorro nacional sino a la fuga de ese excedente.

¿Qué tiene que ver esto con Sandleris? Es que si la economía argentina hubiera construido las condiciones para evitar la fuga, aplicar todo el excedente (lo que se fugó es excedente: ahorro de residentes argentinos) a la producción, con las inversiones que siguieran el mismo molde de las que hasta ahora hemos realizado, el PIB sería mayor y no tendríamos déficit fiscal.

Ese 20% más de nivel de actividad generado por el ahorro privado representa recaudación. La única fuente genuina de recursos fiscales es la inversión.

El déficit fiscal es la consecuencia de la ausencia de inversión y esta (la nacional) es la consecuencia de la fuga del excedente (no aplicación interna de los ahorros) y la gran pregunta es por qué fuga el excedente. Los dólares de larga duración no vienen por la misma razón por la que se van.

La carencia de inversiones es la madre del desempleo y de la pobreza. El desempleo es una de las razones del desfinanciamiento público y la pobreza, una de las fuentes del gasto público. Gasto sin aportes de contrapartida. Camino al déficit.

Hay dos versiones para entender nuestros problemas estructurales. Una, la de Charles Chaplin: si no puedo cerrar la valija cortó lo que sobra y cuando llegó a destino, pantalón sin piernas y saco sin mangas. Inútil.

La otra manera de mirar de donde vienen los males es observar la cuestión de la ausencia de inversión y la fuga.

Lo de Sandleris, de resultar cierto y definitivo, habrá significado un cambio monumental. El peso se habrá instalado como opción para preservar el valor de la moneda…

No parece que el propósito de Sandleris sea posible con una economía en recesión, desempleo y pobreza y alta inflación. Es que el método es mutilante y nadie quiere ser amputado.

Los dólares especulativos que se invierten en pesos a tasas imposibles, cuentan con “seguro de cambio” gratuito de una “tablita” de nombre sofisticado. El retorno en un trimestre es una gloria, si es medido en las tasas de los países desarrollados. Pero en el momento de la salida es Puerta 12. No hay magia.

Hemos vivido varias experiencias similares fuertes, débiles, cortas, largas. La recesión con inflación supera las herramientas macro tradicionales. Detrás hay un problema político que exige una solución de “política económica” que la tasa no ofrece.

Sandleris apuesta a una tasa que puede incentivar a colocarse en pesos. La vida de esa tasa tiene un límite. Todo límite impide la salida. Y el significado de éxito es “salida”. Sin salida no hay éxito.

 

Por Carlos Leyba

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