“DON GABINO SALGUERO”, SOLDADO DE LA FRONTERA

Vivió en Saladillo, allá por 1934, un viejo gaucho que contaba por entonces con 80 años de edad. Su nombre era don Gabino Salguero y se comentaba en el pueblo que había sido soldado en los fortines, en los tiempos de la lucha contra el indio.

Don Orlando Sanguinetti (1), con su olfato de historiador y periodista, decidió entrevistarlo, dejándonos el testimonio directo de lo que era ser un soldado de frontera en esos tiempos lejanos.

Los fortines contaban en sus guarniciones con un comandante y dos o tres suboficiales permanentes. El resto de la partida se completaba con gauchos que trabajan en las estancias próximas o con los que, por la subjetividad de los Jueces de Paz eran juzgados como «vagos y mal entretenidos».

Así eran mandados estos pobres gauchos, a pelear en la frontera contra los Pueblos Originarios que resistían el despojo de sus tierras. Gauchos que arriesgaron sus vidas por las tierras del patrón y que terminada la lucha, siguieron siendo lo que eran: ¡Gauchos pobres nomás!

Don Gabino Salguero, había nacido en el partido de Lobos, allá por 1854. Siendo apenas un mozo de 18 años, mientras realizaba tareas rurales en los pagos de Cañuelas, fue reclutado por el Gobierno para prestar servicios en la frontera Sur.

“En esos fortines – recuerda – rodeados todos de zanjas profundas y con pequeños ranchos como habitaciones, debían pasar los soldados los días y las noches, en continua vigilancia. Eran como ratoneras, bajitas y oscuras, donde nos amontonábamos para dormir.

En las inmediaciones, cada uno tenía su correspondiente corral zanjeado también, para refugio de sus caballos, y luego todo era campo, estando los fortines más próximos a cinco leguas de distancia”.

Cada día debían prestar el servicio de guardia, consistente en caminar por sobre un terraplén cercano a la empalizada, levantado con la tierra extraída del foso. Y también el «mangrulleo», en el que subidos a una precaria torre de palos, debían tener la mirada atenta a cualquier movimiento que pudiera indicar la presencia de indios. Los relevos en estas guardias eran cada dos horas.

Otra misión eran las «descubiertas», en las que dos pares de jinetes partían rumbo a los fortines próximos. Una pareja lo hacía el sur y la otra hacia el norte. Llevaban la correspondencia y los partes con órdenes y novedades. A la mitad de la distancia existente entre uno y otro, se encontraban con las patrullas que con igual fin habían partido del otro fortín. Allí intercambiaban las correspondencias y regresaban a su lugar de origen. Si por alguna razón este encuentro no se daba, era motivo suficiente para poner en alerta a toda la línea de fortines.

Para comer contaban con reses que los Jueces de Paz recogían en las estancias de sus respectivos partidos. El menú se completaba con toda clase de bichos que aprovechaban a cazar en las «descubiertas». Mulitas, peludos, patos, liebres, gamas, avestruces, perdices y muchas otras especies iban a parar al asador, cocinados penosamente con un fuego alimentado con cardos secos y duraznillos.

“Cuando me reclutaron me dieron un caballo – comentaba don Gabino –, pero llevé mi apero, el que usé mientras duró mi servicio. Me dieron dos mudas de ropa interior, un traje de brin de soldado y un kepi oscuro con franja colorada. La ropa la lavábamos nosotros mismos y teníamos que cuidarla, sino nos castigaban.

Nos dieron armas enseguida de llegar a la frontera: un sable corvo y largo con su cinturón y una carabina de cargar por la boca, que para hacerlo después del primer disparo, se tardaba tanto tiempo que los indios podían lancearnos a su gusto.

No nos pagaban sueldo. A veces podíamos vender algunos cueros y las plumas de avestruces que cazábamos en las descubiertas. De ese modo teníamos algo de plata para pagar los vicios”.

En las inmediaciones de los fortines siempre había algún pulpero que les compraba esos frutos de la caza a muy bajo precio y les vendían caro lo que los soldados precisaban. “Cobraban cincuenta pesos por medio frasco de ginebra, pero por un peso teníamos cigarros para pitar”.

Si el soldado cometía alguna falta, dependiendo la gravedad, era estaqueado al sol o colocado en el cepo varias horas, imposibilitado de moverse, en una posición incómoda y dolorosa.

Dos años le tocó estar a don Gabino en la frontera y cuando lo licenciaron le dieron 150 pesos. ¡Dos años de servicio, por apenas un frasco y medio de ginebra!

Confederacion Argentina e historia rioplatense

 

Por Jorge Oviedo

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