HISTORIOGRAFIA O HISTORIA SESGADA Y FALAZ

La historiografía argentina nació con la obra de Bartolomé Mitre. La narrativa que él propuso otorgaba un protagonismo central en la independencia y en el progreso nacional a la burguesía de Buenos Aires y a los políticos de esa ciudad.
En cambio, el espacio rural y las provincias del Interior aparecían como sitio del localismo estrecho, del atraso y de una democracia turbulenta e inorgánica que sólo encontraría canalización institucional gracias al impulso porteño.

Los caudillos del partido federal (enemigos de los unitarios a los que Mitre ensalzaba) aparecían o bien ignorados, o bien considerados en términos fuertemente negativos. Algunos historiadores complejizaron o cuestionaron parcialmente este relato en vida de su autor.

Sin embargo, la interpretación de Mitre y el panteón de héroes y villanos que él propuso tuvieron una influencia incuestionada y perdurable en el sistema escolar al menos hasta mediados del siglo XX. Ese influjo se vio reforzado por las poderosas imágenes que aportó Domingo F. Sarmiento en su Facundo (1845), que contaba la historia argentina como una lucha entre “civilización” y “barbarie” en la que las clases letradas urbanas (especialmente las porteñas) y lo europeo representaban el polo positivo, y las clases plebeyas criollas, el espacio provincial y los caudillos federales el negativo.

Autores como Vicente Fidel López o Juana Manso, también de gran presencia en el ámbito escolar, abonarían ese tipo de visiones, reforzadas luego los intelectuales positivistas del cambio de siglo.

De este modo, no sólo Juan Manuel de Rosas sino también caudillos como José Artigas, Estanislao López, Francisco Ramírez, Facundo Quiroga, Ángel “el Chacho” Peñaloza (y por supuesto sus huestes montoneras) aparecieron como los villanos de la historia nacional (BUCHBINDER 2005).

Frente a tales visiones se erigió un “revisionismo histórico” que buscó reivindicar el papel de los caudillos federales y de las masas rurales y provinciales y llegó a proponer una verdadera contrahistoria, denunciando la de cuño mitrista como una “falsificación” al servicio del imperialismo y de las élites locales. Aunque reconociendo algunos antecedentes incluso de fines del siglo XIX, los especialistas han tendido a situar el momento decisivo de surgimiento del revisionismo en torno de 1934, año de aparición de obras y de iniciativas que marcaron un parteaguas en el debate sobre la historia nacional.

 El contexto cultural de esa época es fundamental en la explicación.

Por entonces el liberalismo se encontraba en su momento de máximo descrédito. La crisis económica, que había golpeado fuertemente a la Argentina, convocaba a un reexamen de su curso histórico, volviendo a los intelectuales más receptivos a las ideas de derecha que proliferaban en Europa.

Desde esta explicación, el revisionismo sería sobre todo un movimiento iniciado entre intelectuales de la derecha nacionalista y antiliberal que, influidos por Maurras, imaginaban en el pasado un proyecto de nación autóctono y un orden social orgánico –encarnado en Juan Manuel de Rosas, caudillo bonaerense y la autoridad dominante del país entre 1835 y 1852– que luego sería frustrado por el imperialismo y las élites liberales. En este sentido, como apuntó Halperín Donghi, se trataba de una visión “decadentista” de la historia (HALPERIN DONGHI 1996; DEVOTO; PAGANO 2009; GOEBEL 2013; CATTARUZZA; EUJANIAN 2003).

Matizando esta visión, varios autores señalaron que había habido esfuerzos previos por recuperar la figura de Rosas no necesariamente asociados a un pensamiento antiliberal. Diana Quattrocchi mostró ya en 1996 que la reivindicación de Rosas surgió algunos años antes, relacionada no tanto con la crisis del liberalismo como con la irrupción de la política democrática luego de 1916.

Las masas que apoyaron a Yrigoyen desde ese año despertaron memorias sobre la época de Rosas, tanto positivas como negativas. Este rosismo tuvo así dos vertientes desde el comienzo: una elitista, que destacaba la capacidad del caudillo de mantener a la plebe bajo control, y otra “popular”, que valoraba la participación política del pueblo que Rosas habría prohijado (QUATTROCCHI 1995)

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