LA BATALLA DE CASEROS SU VERDAD Y LA LIBRE NAVEGACION DE LOS RIOS

¿Ganancia o pérdida de soberanía nacional?

La verdad es, que en la batalla de Caseros nadie peleó verdaderamente del lado de Rozas, exceptuando el coronel Chilavert. Sus batallones no tuvieron ocasión ni nervio para empeñar combate formal, y varios de ellos, los que no se sublevaron matando a su jefe o se desbandaron, al rendirse en formación pasiva, ponían las baquetas en los cañones de los fusiles limpios, para mostrar que no habían descargado sus armas. Fue más que una dispersión, una disolución por su propia fuerza de inercia.

La explicación de esta fácil victoria está en que el ejército de Rozas era una masa inerte, sin alma y sin cabeza, que ni esperanza de resistir tenía. Era una línea inmóvil, a la defensiva pasiva, sin iniciativa posible, relatada a una posición falsa como la del palomar le Caseros, que por cualquier punto que fuera atacada, no podía variar su plan defensivo, de manera que, aislada esta posición, la batalla estaba ganada. Esto fue lo que comprendió el general Urquiza al primer golpe de vista, al lanzarse a deshacer la izquierda de Rozas.

Pero de cualquier otro modo la batalla se hubiese ganado, y tal vez mejor. La prueba de ello es que el ataque se llevó de frente en las condiciones más ventajosas para los que la defendían, bajo los fuegos de sesenta cañones bien situados y bien mandados, sostenidos por toda su infantería intacta. A pesar de esto, el núcleo sólido de las fuerzas de Rozas no ofreció casi resistencia, y su derrota sólo tuvo el honor de ser saludada valientemente por los cañones de Chilavert en las dos posiciones que sucesivamente ocupó, peleando él solo con sus artilleros como lo había hecho en la batalla de Arroyo Grande bajo la bandera de la libertad.

Me es agradable tributar este homenaje póstumo a la memoria de mi antiguo jefe y maestro en artillería, cuya apostasía deploré en vida, y cuya muerte contemple” en presencia del vencedor de Caseros.

No obstante estas observaciones y rectificaciones parciales, debo agradecerle los benévolos conceptos con que algunas veces me honra al nombrarme, aun cuando agregue, «que conservo sin saberlo mis tradiciones partidistas».
Si por tradiciones partidistas entiende usted mi fidelidad: ni los principios porque he combatido toda mi vida, y que creo haber contribuido a hacer triunfar en la medida de mis facultades, debo declararle, que conscientemente las guardo, como guardo los nobles odios contra el crimen que me animaron en la lucha. Admito con Lamartine, que las víctimas se den el abrazo de la fraternidad sobre las tumbas de sus verdugos; pero pienso que el odio contra los tiranos es una fuerza moral, y pretender extinguirlo en las almas, es desarmar a los pueblos, y entregarlos como carneros sin iras en brazos de una cobarde mansedumbre.

Dice usted con tal motivo, al finalizar su libro, que « ha estudiado en treinta años de historia un cuerpo social y un hombre, haciendo la autopsia de uno para descubrir la naturaleza del engendro de la tiranía, y que esto le ha parecido más serio y más útil que lapidar la persona de Rozas, sin fruto para nadie, si no es para los que han querido acreditar con esto su odio a la tiranía y su amor a la libertad.»

Empero, acaba por confesar el mismo odio que repudia, con estas palabras: «Yo no necesito acreditar en mi país mi odio a la tiranía.»Es el grito de la conciencia contra lo malo, complemento necesario del amor al bien. El odio al vicio, es un soplo que enciende la llama sagrada de la virtud, que se alimenta con los generosos humanos. Si su llama reverberase en sus páginas, les comunicaría la vida, el calor y el sentido moral: condiciones tan esenciales en toda obra histórica como en toda conciencia bien equilibrada.

También me cita usted como historiador invocando mí testimonio como actor en el gran sitio de Montevideo, que le suministra inconscientemente, según cree, argumentos en favor de su tesis cuando juzga ese sitio de su punto de vista, y reproduce como prueba mi cuadro de los defensores de Montevideo. Debo manifestarle que al trazarlo, me di cuenta de lo que hacía.

En él quise hacer resaltar que dentro de los muros de aquella nueva Troya, no se defendía una causa local, sino la causa general del Río de la Plata, de un carácter cosmopolita y humano, como es su civilización, que envolvía la salvación de su libertad en su último é inexpugnable asilo, que fue y es el punto de partida de la época actual, en el orden doméstico y en el orden internacional.

Al aceptar con estas restricciones sus benévolos conceptos personales, debo además protestar contra dos aserciones suyas, dictada la una por una generosa intención y la otra por un simple descuido. Me compara usted con Rozas, a la par de Rivadavia y de Sarmiento, como administrador puro de los intereses extranjeros.

Tengo á Rozas por un autómata en materia de administración, — fuera de la de sus estancias, —que no hizo en el gobierno sino continuar la forma externa de la rutina burocrática, sin alcanzar siquiera a comprender su mecanismo; y como administrador de los caudales públicos, lo tengo por un ladrón, como lo ha declarado la justicia.

Detrás del presupuesto oficial de dos millones de pesos que usted trae, sin mencionar su registro falso de órdenes unipersonales del gobernador en que no se daba cuenta sino con la orden misma, estaba toda la fortuna privada que subvenía a los gastos generales por medio de auxilios, o sea exacciones de toda especie que pensaban como sobre un país conquistado, sin derecho a la propiedad inmueble, móvil o semoviente; además de las emisiones, y de las confiscaciones de los salvajes unitarios.

Todo era artículo, desde los ganados y la tierra hasta los hombres y sus mercancías, y esto constituía el verdadero presupuesto gratuito de Rozas sin cuenta ni razón.

Dice usted también que fui «partidario de Rivera». Nunca lo fui, y bien lo sabía él: por no serlo fui perseguido y sufrí destierros. Verdad es que serví algunas veces en sus ejércitos en campaña peleando como otros muchos argentinos por la causa de mi patria, pero no por la de él. Todo esto no impide que haga justicia, —como la he hecho antes, —a la sana intención que haya podido inspirar su obra, al procurar estudiar los complejos y confusos fenómenos de nuestra sociabilidad al través de la historia, aun cuando no acepte su criterio histórico.

Reconozco la inmensa labor que encierra su libro, verdaderamente extraordinaria en la compulsación de documentos comprobatorios, la metódica ordenación de las materias, la «extensa exposición de los hechos,—a veces por demás prolija, —revelando en el estilo y los corolarios un notable
progreso intelectual, que hace honor a usted como trabajador, escritor y pensador, haciéndolo a la literatura argentina como producción original de largo aliento que la enriquece, suministrando un nuevo contingente a la historia.
Con este motivo me es agradable repetirme de usted como siempre, su afectísimo amigo y S. S. Bartolomé Mitre. (La Nación del 19 de octubre de 1887.)- Carta de Saldias a Mitre.

Historia de la Confederación Argentina – Adolfo Saldías

·       General LM Mansilla y el Coronel Chilavert.

En la foto Mansilla viste su uniforme de Coronel durante la Guerra Argentino-Brasilera de 1825-28.

También tenga en cuenta el cordon de honor de los oficiales superiores.

El Coronel Chilavert durante la Batalla de Caseros (donde tuvo que enfrentar nuevamente a los brasileños) tenía puesto su uniforme nuevamente de la Batalla de Ituzaingo en su uniforme de artillería azul.

Mansilla también uso su uniforme de Ituzaingo en la Batalla de Caseros contra Urquiza y el Imperio del Brasil

La libre navegación de los ríos fue una derrota argentina que nos presentan ¡como una victoria!

Y encima nos enseñan a babearnos de satisfacción y darnos corte, como vencedores, allí, justamente donde fuimos derrotados.

¿Comprenderéis ahora por qué se oculta la Vuelta de Obligado donde, a pesar de la derrota impusimos nuestra soberanía sobre los ríos, y se celebra, en cambio, Caseros, donde dicen fuimos vencedores, y la perdimos?

  1. A) Florencio Varela en su viaje a Inglaterra en 1843 llevó las instrucciones de la Comisión Argentina (los emigrados unitarios), para negociar con aquella potencia. Decía la clausula 6ª:“Uno de los puntos que más deben llamar la atención de Inglaterra es la libre navegación de los ríos  afluentes al Plata. El señor Varela debe tener por guía en ese particular que las ideas del gobierno (a formarse) son por la absoluta libertad de aquella navegación.”
  2. B) En el Tratado con el Brasil del 9 de mayo de 1851, firmado por Urquiza al aliarse con aquél, se dice (Art. 18):“la navegación fluvial se
    declara libre”.
  3. C) Conforme al convenio así firmado, después de Caseros se dicta el Decreto del 3 de octubre de 1852:“La navegación de los ríos Paraná y Uruguay será permitida a todo buque mercante, cualquiera sea su nacionalidad, procedencia o tonelaje. lo mismo que la entrada inofensiva de los buques de guerra extranjeros. “Y así hasta la legislación vigente que impuso “la libre navegación., etcétera”.
  4. D) Tratado de Paz Paraguayo-Brasileño de (Arts. 7º y 8º):“El Paraguay concede la libre navegación de las aguas de su jurisdicción a todos los buques del mundo sin limitación en el tiempo. Se excluye expresamente de estas reglas la navegación de los ríos brasileños y su comercio de
    cabotaje”.
    Se impone al Paraguay, por la victoria de la Triple Alianza, lo que se ha impuesto al país por la “victoria” de Caseros.
  5. E) Comparado todo esto con los resultados que obtuvo Juan Manuel de Rosas en la heroica defensa de nuestros ríos. En la Convención Arana-Southern, entre Gran Bretaña y la Confederación Argentina firmada en Buenos Aires el 24 de noviembre de 1849 y en la Convención Arana-Lepradour, entre Francia y la Confederación Argentina firmada en Buenos Aires el 31 de agosto de 1850, se reconoce:“Ser la navegación del río Paraná una navegación interior de la Confederación Argentina, sujeta solamente a sus reglas y reglamentos; lo mismo que la del río Uruguay, en común con el Estado Oriental”.(Arts. 4º de la primera y 6º de la segunda). Jaime Gálvez, Rosas y la libre navegación de nuestros ríos.

Con la lógica de las zonceras el resultado obtenido por Rosas fue una derrota: el obtenido por los vencedores de Caseros, una victoria.

Arturo Jauretche

Confederación Argentina e historia rioplatense

 Por Jorge Oviedo

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