ALEJANDRO HEREDIA OTRO MALDITO “OLVIDADO” POR LA HISTORIA OFICIAL

No se conoce con certeza el año de su nacimiento -1783 o 1788- pero sí el lugar: Tucumán. La historia oficial lo trata despectivamente, como al resto de los caudillos federales, es decir, como “defensor de la barbarie” y enemigo de introducir en el interior del país aquellas luces de “la civilización” europea que aconsejaba don Bernardino Rivadavia. Con un aditamento: lo identifica como “el indio” Heredia y recuerda “su tez cobriza”, con lo cual le otorga la imagen –según esa concepción racista- de hombre atrasado, depredador, salvaje.
Sin embargo, no bien se ahonda la investigación, aparecen otros datos. No sólo se trata de un caudillo culto, sino de uno de los mejores gobernadores que tuvo Tucumán.
Realiza estudios superiores en Córdoba, en cuya universidad llega a dictar una cátedra de latín. Graduado, en 1808, como licenciado y doctor en teología es un entusiasta de los estudios acerca de la cultura clásica y como prueba, hasta de exquisitez, designa a su finca como “La Arcadia”, región de la felicidad según los poetas griegos.
Su preocupación por la formación cultural de los jóvenes se prueba en su trato con Juan Bautista Alberdi a quien enseña latín, le facilita el estudio de la música y luego se convierte en su protector, enviándoselo a Facundo Quiroga para que le otorgue una beca que le permita avanzar en sus estudios de Derecho.
Lizondo Borda señala que “Heredia fue el gobernador más culto y progresista de cuantos hubo en Tucumán entre 1810 y 1853, ejerciendo una verdadera hegemonía sobre Jujuy, Salta y Catamarca”. Por si faltaran más pruebas, para Rosas, desde su ideología tradicionalista, “no era un malvado pero abrigaba muchos disparates en su cabeza”, seguramente en alusión a su vocación por modernizar la sociedad tucumana.
Incorporado a la revolución en 1810, participa en las batallas más importantes que se dan en el Alto Perú, como oficial de Güemes y de Belgrano. En 1820, participa como segundo jefe en la insurrección de Arequito (el primero es Bustos), a través de la cual el ejército del Norte se niega a combatir a las montoneras que amenazan a Buenos aires, en idéntica actitud a la llamada “desobediencia” de San Martín.
A partir de ese momento, adquiere consenso en su provincia, lo cual le permitirá desempeñarse, en los años veinte como legislador y luego, en 1832, ser designado gobernador, reelecto, luego, en 1836.
Cutolo señala que su obra de gobierno “fue notable”, pues se adoptaron una serie de medidas en beneficio de los sectores económicamente más postergados. Entre ellas, pueden citarse; la reforma del arancel eclesiástico declarando gratis los matrimonios celebrados entre personas asalariadas, la obligación de que los médicos atiendan gratis a los pobres, las normas de trabajo para las mujeres, la realización de un censo y reglamentación de las diversiones públicas “para moralizar a la sociedad”. “Uno de sus objetivos principales es el fomento de la instrucción pública”, disponiendo la enseñanza obligatoria y levantado escuelas en diversas partes de la provincia, además de la creación de colegios de enseñanza superior. Asimismo, adopta medidas de intervención estatal para favorecer el crecimiento económico, reorganiza la justicia y las milicias.
Esta labor creativa y de avance en todos los órdenes de la vida pública se ve perturbada en 1837, por la desgraciada guerra entre Bolivia y la Confederación, para la cual Rosas lo designa comandante en jefe.
Al término de la misma y cuando ejerce la gobernación de la provincia, Heredia mantiene un entredicho con un alto jefe militar de la provincia –Gabino Robles- quien organiza una partida que, poco después –el 12 de noviembre de 1838- lo ataca, en Los Lules, cuando viajaba hacia “La Arcadia”, recibiendo un tiro en la cabeza que provoca su muerte.
Cuando encuentran su cuerpo, éste ha sido horriblemente mutilado por las aves de rapiña. Algo semejante ocurrirá con su historia y su aporte a la patria, mutilados también por tanto conferencista y tanto periodista sometido a los grandes poderes económicos que quieren impedir que los argentinos conozcan su verdadero pasado.

N. GALASSO – LOS MALDITOS – Vol. II – Pág. 116

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