EL MARISCAL LÓPEZ

La retirada de los maltrechos restos paraguayos desde la sierra de Azcurra hasta Cerro-Corá, fue sencillamente espeluznante. Era la agonía de un pueblo negándose a la evidencia de la derrota, y conducido por un jefe de voluntad sobrehumana. El hambre, la sed, las enfermedades, la falta de transporte, la marcha continua a través de desiertos, selvas y montañas de clima irresistible, agotaban más que los combates; ya no era aquello un ejército: de los 60 mil combatientes que llegó a tener Paraguay, apenas restaban 172 en disposición de luchar contra los brasileños, arrastrar los cañones y portar las armas. ¡Ciento
setenta y dos ancianos, niños y mujeres, pues la casi totalidad de los varones adultos habían caído en cinco años! El resto de la caravana, hasta cubrir más o menos cuatrocientos, eran heridos, imposibilitados y prisioneros.
La postrera etapa de la trágica ruta quedó señalada por diez mil cadáveres, en su mayoría de agotados por el esfuerzo. Tras el Aquidabán no se podía ir; López resolvió esperar en Cerro-Corá al enemigo y afrontar cara a cara la muerte.
Es comprensible que esta retirada fuera más allá de toda humana resistencia, y algunos hablaran de aceptar la derrota. Hubo varias conspiraciones durante la guerra, castigadas con pena de muerte y sin reparar en la condición de los conspiradores: fueron fusilados el obispo Palacios, el ministro Bergés, el mismo hermano del mariscal don Benigno López, sus cuñados José Vicente Bariros, y Saturnino Bedoya, y muchos más. Venancio López, por quien a veces se pregunta, no fue fusilado. No se le pudo comprobar su parte en la conspiración y quedó prisionero, como su madre y sus hermanas, por no haberla denunciado: moriría, como tantos, durante la marcha extenuadora hacia Cerro-Corá.
En cuanto a la madre y las hermanas de López, se ha escrito mucho sobre vejámenes y suplicios de que fueron objeto. Me inclino a creer que sus sufrimientos no fueron más allá de las penurias atroces de esa marcha y el dolor moral por la pérdida de sus hijos y esposos. Lo cierto es que sobrevivieron a la agotadora marcha hacia el Aquidabán y a la tragedia de Cerro-Corá, y en momento alguno despegaron después sus labios para acusar a Francisco Solano. Ni aún cuando la calumnia se ensañaba con el heroico mariscal.
Los demás “horrores” sobre los cuales se insiste mucho (vejaciones, etcétera) pertenecen a la leyenda creada por los enemigos de López. Había, que presentarlo como un monstruo para justificar ante la historia el exterminio del pueblo paraguayo, o la alianza de algunos paraguayos con los exterminadores. Y así se hizo durante medio siglo. Hoy en día los descendientes de las presuntas víctimas son quienes han reivindicado al mariscal como el gran héroe del Paraguay.
La etapa final de la guerra permitió dar algún asidero a esa acusación. López y los suyos ya no eran seres humanos: eran jaguares en agonía dando los últimos zarpazos. Sobre esa realidad, se urdió un bien trabajado tejido de embustes que daría sus frutos en quienes no conocieron las condiciones de la guerra, o en las temperamentos pusilánimes incapaces de comprender el temple de las almas heroicas y la fortaleza del patriotismo paraguayo.
López fue un vencido. Y contra los vencidos se ha ensañado implacable la verdad contrahecha de los vencedores.
Bibliografía
”.
José María ROSA,: “La Guerra del Paraguay y las Montoneras Argentinas”

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