AÑO DEL LIBERTADOR GENERAL SAN MARTÍN

Discurso del General Perón en el acto de clausura del Congreso Nacional de Historia del Libertador General José de San Martín.

Hace precisamente un año, tuve el honor de declarar en Buenos Aires la apertura del Año Sanmartiniano con que los argentinos quisieron rendir homenaje a la memoria del Padre de la Patria. Hoy he deseado declarar su clausura en Mendoza, tratando de dar su exacto simbolismo, ya que en Buenos Aires comenzó la obra que culminó en Mendoza, donde su genio inmortal forjó la gloria con el existo de una campaña que lo inmortalizó como conductor y como libertador.

Por eso, en la apertura, hablé como un humilde ciudadano de la República, en nombre del pueblo que represento y con los sentimientos que nacen de lo más profundo de nuestros corazones de argentinos y de patriotas.

Hoy, deseo clausurar el ciclo como General de la República, con la admiración y el respeto que infunde esta obrar maestra en el arte de la conducción militar.

En la trayectoria de los hechos que escalonan la acción del héroe, Buenos Aires y Mendoza fueron teatros decisivos en su vida. La primera, metrópoli moral de las Provincias Unidas, le dio el impulso inicial a sus hazañas.

Allí comenzó su primera creación, los granaderos, y desde allí salió busca de su bautismo de sangre y de gloria. Mendoza, fue la cuna de su gloria misma, por eso quizá él nunca la olvidó y añoró, lejos de la Patria, la hora de volver a su chacra, para estar más cerca de esta tierra amada.

Cuyo, fue su sueño en la ciudadela de Tucumán, durante su breve comando en el Ejército Auxiliar del Perú. Mendoza fue la realidad en el esfuerzo con que este conductor forja la herramienta para su hazaña concebida.

Mendoza fue su orgullo de soldado y de patriota porque allí su genio orgánico y logístico levantó el mejor ejército que se haya formado jamás en la tierra de los argentinos que fue la herramienta maravillosa con que se forjó nuestra libertad y fue una escuela eterna para los soldados de esta tierra.

El General San Martín, en nota al Director Supremo del Estado, del 21 de octubre de 1816, hace el reconocimiento de las virtudes y los méritos de este noble pueblo de Cuyo. “Admira –dice el General- que un país de mediana población sin erario público, sin comercio, ni grandes capitalistas, falto de maderas, pieles, lanas, ganados en mucha parte y de otras infinitas primeras materias y artículos bien importantes, haya podido elevar de su mismo seno un Ejercito de 3.000 hombres”, “fomentar los establecimientos de maestranza, laboratorios de salitre y pólvora, armería, parque, sala de armas, etcétera, erogar más de 3.000 caballos y 7.000 mulas, innumerables cabezas de ganado, en fin, para decirlo de una vez, dar cuantos auxilios son imaginables”. Y agrega: “las fortunas particulares casi son del público”. “La mayor parte del vecindario sólo piensa en prodigar sus bienes a la común conservación. La América es libre”. Para terminar diciendo en la misma nota, “por lo que a mi respecta, conténtome con elevar a V.E. sincopada aunque genuinamente las que adornan al Pueblo de Cuyo seguro de que el Supremo Gobierno del Estado hará de sus habitantes el digno aprecio que en justicia se merecen”.

Por eso he querido venir hasta Mendoza para decirles desde aquí, a los descendientes de aquellos hombres y de aquellos pueblos de Cuyo, en nombre de todos los argentinos, cuánto es nuestro agradecimiento y nuestra gratitud por la grandeza de su alma y el desprendimiento de su patriotismo.

Sé que al hacerlo cumplo el mandato implícito del General Don José de San Martín que, desde la gloria se sentirá interpretado por un soldado que, si no con su genio, con su inspiración, trata de seguir su ejemplo, en el ineludible deber de sostener el estandarte glorioso de su tradición, en la lucha por ofrecer a los argentinos y al futuro la bendición de poseer una Patria justa, libre y soberana.

Cuyo y San Martín tienen para los argentinos un mismo significado, una sola gloria inseparable e indivisible. La República rinde a ellos, por mi intermedio, el homenaje sincero de la gratitud nacional.

Un general, si es a la vez un conductor, no solo ha de mandar su ejército. Es menester que personalmente lo forme, que lo dote, lo organice, lo alimente y lo instruya. A menudo con el conductor muere también su ejército. Sobreviven de ellos su gloria, su tradición y su ejemplo.
He dicho que ello solo sucede cuando coincide en un hombre el general con el conductor. Asunto que rara vez ha sucedido en la historia.
El general se hace; el conductor nace.
El general es un técnico; el conductor es un artista.
San Martín, con Napoleón, son los dos únicos hombres que en el siglo XIX llenan tales características del arte guerrero; por eso son ellos también las más altas cumbres del genio de la historia militar de ese siglo.

Generalmente, un conductor es un maestro. Su escuela llena también su siglo. Su ejemplo adoctrina las sucesivas generaciones de un ejército o de un pueblo. La orientación sanmartiniana en nuestro ejército y en nuestro pueblo ha sido la más decisiva influencia de perfección y de grandeza.

La producción extraordinaria de su genio no fue más fecunda y arrolladora que la fuerza invencible de sus virtudes: por eso era un conductor.

Si era un estratega, era primero un hombre. Por eso puso al servicio de su causa la técnica de su profesión. Fue desde entonces el hombre y el conductor de una causa. Por eso era invencible.
Como no concibo un hombre sin alma, nunca he concebido un conductor sin causa. La grandeza de San Martín fue precisamente la de haber sido el hombre de una causa: la independencia de la Patria. Él confiesa haber vivido sólo para esa causa.

La verdadera grandeza de los conductores estriba precisamente en que no viven para ellos, sino para los demás. Pareciera que la naturaleza, en su infinita sabiduría, al dotar a los hombres, carga extraordinariamente en la dosificación del egoísmo, pero evita cuidadosamente que este ingrediente contamine las almas de los grandes hombres. Por eso son grandes.
A menudo la historia no acierta a discernir la infinita variedad de matices que la creación de los grandes hombres ofrece a la contemplación del futuro.

El arte militar, como los demás, presupone creación, que es la suprema condición del arte. San Martín era un artista; por eso no pudo conformarse con andar por entre las cosas ya creadas por los otros. Se puso febrilmente a crear, y con esa creación revolucionó las ideas y los hechos, ante la incredulidad de los mediocres, ante el escepticismo de los incapaces, y bajo la crítica, la intriga y la calumnia de los malintencionados. Sobre todos ellos triunfó, porque “la victoria es de Dios”.
Nada hay más adverso al genio que el mediocre; sobre todo, el mediocre evolucionado e ilustrado. No podrá concebir jamás que otro realice lo que no es capaz de realizar; porque cada uno concibe dentro de su capacidad de realización, y los mediocres vuelan bajo y en bandada, como los gorriones, en tanto que los cóndores van solos.

Conducir es arte simple y todo de ejecución; por eso es difícil. Es la aplicación armónicamente combinada de los principios del arte con los factores materiales y morales de las fuerzas, con el terreno y las circunstancias. A menudo, cuando solo se dispone de generales, las fuerzas son todo. Cuando se dispone de un conductor, decía Napoleón, el hombre lo es todo, los hombres no son nada.
El arte de la conducción tiene, como todas las artes, su técnica, representada por los propios principios que rigen la conducción y las reglas para el empleo mecánico de las fuerzas. Pero, por sobre todo ello, está el conductor. Lo primero representa la parte inerte del arte, el conductor es su parte vital.

Por eso San Martín, al comparar sus fuerzas con las realistas existentes en Chile, que eran doble número, ha de haber calculado más o menos así: “Tengo 3.000 hombres y yo que sumados hacemos los 6.000 que necesitamos”.

Los hechos mismos le dieron razón al genio estratégico del Gran Capitán.

El conductor ha de sentirse apoyado y asistido por su buena estrella. Ello le da la decisión y fortaleza de carácter que lo impulsa a jugar decisivamente su destino en cada ocasión. Reza un viejo poema árabe que se grababa en las hojas de los sables: “La cobardía es una vergüenza, y el valor es una virtud. Y aún cobarde, el hombre no escapa a su destino. Vive digno y muere también digno, entre el chocar de las espadas y el tremolar de las banderas”. Sin esto la victoria no es posible. Por eso, San Martín, frente a todos los escepticismos y a todos los renunciamientos de la época, juega todo a una carta y vence, porque Dios ayuda a los valerosos cuando tienen genio, sino suele estar de parte de los batallones más numerosos.

Como técnico, San Martín es también la maravilla de la época. Formó un ejército de la nada, con el concepto de “la Nación en armas”, que solo un siglo después fue mencionado por los estrategos más famosos. Con ese ejército, que fue fuerza y escuela, pasó las cordilleras más elevadas que tropa alguna haya cruzado. Con una maniobra estratégica que maravilla por lo ingeniosa en su concepción y perfecta en su realización, llega a la batalla decisiva de Chacabuco, pero que la había ganado antes de ponerse en marcha, en Mendoza.
Esa extraordinaria previsión, esa perfecta preparación y esa acabada realización sólo se presentan cuando los genios conducen.
San Martín, como Napoleón en Europa, es un revolucionario en los métodos de guerra de esta parte del mundo. Es un creador, jamás un imitador. Por eso lo vemos como maestro, como jefe, como artesano, como político, como gobernante, como estadista y como guerrero. Los hombres superiores, a menudo, sirven para dirigir todo eso. Después de ellos, venimos los hombres comunes, que, bien dirigidos, servimos para todo o no servimos para nada.

Como general, como conductor, como hombre y como ciudadano, San Martín es una sola cosa: lo que debe ser, según su propia sentencia.
En la vida y en el destino de las naciones, aparecen muy de tanto en tanto estos hombres extraordinarios que, con una época, fijan una gloria y establecen una tradición. En que los demás sepan emular su gloria y prolongar su tradición es en lo que estriba la grandeza de esos pueblos.

En este acto solemne de clausura del Año Sanmartiniano de 1950, desde este solar glorioso de Cuyo, en nombre de la Patria misma, deseo exhortar a todos los argentinos para que, emulando las virtudes del Gran Capitán, tengamos la mirada fija en los supremos intereses de la Patria, en la felicidad de todos sus habitantes y la realización de su grandeza.

Se el primero en comentar en "AÑO DEL LIBERTADOR GENERAL SAN MARTÍN"

Deja un comentario

Su dirección de correo electrónico no será publicada.


*