LA TORTÍCOLIS DE JANO

Enero es la puerta del año. Su nombre proviene del dios de la puerta en la mitología romana. Desde la puerta de ingreso a 2019 el gobierno anunció un enorme aumento de las tarifas públicas.

Las tarifas públicas reducen de manera directa (e indirecta a través de la cadena de insumos impactados en los bienes y servicios finales) el ingreso disponible para consumir y, eventualmente, ahorrar, de una parte mayoritaria de los ciudadanos.

No estar siquiera conectado a los servicios públicos, paradójicamente, morigera el impacto.

Todos los sectores medios, particularmente los urbanos, lo sufren sin remedio; y también reciben otros cargos como las expensas y muchos de ellos sienten el peso de la salud prepaga y la educación privada. Además, corren detrás de los impuestos, nacionales, provinciales y municipales.

Con ese combo engrosado comienza el mes. Y recién después de canceladas esas obligaciones – todas perentorias – emerge el real ingreso disponible.

La proporción de los ingresos (salarios, jubilaciones) que absorben esos cargos, fijos e ineludibles, se ha ido incrementando notablemente durante el gobierno PRO: podríamos decir que en esta gestión esos cargos le ganaron a la inflación promedio.

Los no transables, no sometidos al comercio internacional, están sometidos en primera vuelta al impacto tarifario; los bienes transables pagan el precio del achique atormentados, en definitiva, por la liberalidad de la concepción del comercio internacional que no hace otra cosa que achicar el mercado de la producción local y al mismo tiempo primarizar las exportaciones.

Es que este cambio de precios relativos, cualquiera sea su fundamento, ha transferido la mayor proporción de las erogaciones al terreno de lo obligatorio e impostergable.

La consecuencia inmediata es la caída del consumo privado y la negatividad de las expectativas de lo porvenir.

De las que se deriva el derrumbe la actividad económica que está gobernado por la caída del consumo y de las expectativas. Y a pesar de ello, asombrosamente, logramos la tasa de inflación más alta después de 20 años. La corren a los tiros y no la pueden atrapar, pero caen en el camino millones de consumidores y productores inocentes.

Inflación y recesión es el combo macro derivado de aquellos ajustes de precios relativos que apuntan a procurar el déficit cero exigido por el FMI, como condición para el desembolso gigante que calma a los tenedores de bonos; y procura cooperar con la restricción monetaria y la tasa de interés imposible, destinadas a disuadir a los compradores de dólares, a bajar al dólar, calmarlo, para instalarlo como cartel luminoso que apuntale la elección futura. Esto es parte del credo PRO.

En enero 2019, lo que el gobierno había logrado a Diciembre 2018, gracias al G20 y a la calma cambiaria, se desparramó por el piso.

Es lo que dice la encuesta de Poliarquía. Macri bajó de 22 por ciento de votantes que, en diciembre, deseaban que repita en 2019, a sólo 15 por ciento. Está por debajo de María Eugenia Vidal (16) y, lo que es peor, a sólo 3 puntos arriba de Sergio Massa (12) y mucho peor aún, 7 puntos por debajo de Cristina (22).

Hay tres observaciones. Que Mauricio descienda no necesita aclaraciones y sí las hubiéramos necesitado en la inversa. Que la Vidal esté tan baja sorprende tanto como que CFK se conserve tan alta. Desde el comando Macri se puede concluir: “María Eugenia, no te corras, no te va tan bien” y “cuidado que viene el cuco”. Con la encuesta en la mano concluyen “todos detrás de Mauricio y los “federales” nada que hacer”.

Pero la contra conclusión es que el 65 por ciento desaprueba la gestión de Macri y el 58 entiende que no sabe como resolver los problemas del país. El PRO va mal y no sabe corregir.

Además, el 63 por ciento ve al país en una situación negativa; y el 69 cree que empeoró. Entonces, estadísticamente, predomina el pesimismo. Malo para todos.

La política económica, el discurso vacío y los hechos deprimentes, han consagrado el ensimismamiento de la sociedad en un presente obscuro y de lo único que ha sido capaz la política, hasta ahora, es tratar de explicar todo por el pasado.

Por el pasado K, nos domina la herencia, es lo que dice el oficialismo. O por el pasado inmediato PRO, la mala praxis que refieren parte de los opositores; o a la “mala entraña”, por parte de los kirchneristas que, mas que opositores, son esencialmente “destituyentes” como solían decir de los demás los K en tiempos de Cristina.

Estamos atascados en el pasado.

Dijimos que Jano le ha dado el nombre al mes de enero. En la entrada Jano está con dos caras. Una y otra dirección.

La interpretación que tiene menos fundamento es la que ve en Jano una estación en la línea del tiempo: aparece en la puerta de entrada.

La historia, distinto de la eternidad, necesita de un comienzo, una puerta de entrada en la que el Jano bifronte mira al pasado y al futuro.

Además de los números terribles para la sociedad, inflación más recesión; y los números terribles para el gobierno, empezamos 2019 con tortícolis de pensamiento. Rigidez de cuello, volcado hacia un costado y con incapacidad de giro.

El Jano nacional, en este estado, nos condena a mirar sólo el pasado y con un sesgo que reduce la óptica de mira.

Mira al pasado, con una inclinación anatómica, mutilado, con una sola mirada. Inhabilitado de imaginar, de siquiera imaginar, el futuro.

Una condena a caminar a ciegas en un territorio repleto de accidentes, a los que sólo se los puede evitar munidos de la imagen del futuro, la que nuestra tortícolis de Jano, unifronte, no nos permite divisar.

Pero “el futuro” es, en realidad, lo que estamos haciendo ahora. No es sólo “lo que vamos a hacer”. Difícilmente “lo que vamos a hacer” pueda escapar de estos pasos que ya dimos.

Estamos sobre esa línea del tiempo: aunque sólo miremos para atrás, estamos haciendo el futuro. No podemos detener la historia: el pasado es irrevocable y el futuro es inevitable.

Lo estamos haciendo, aunque sólo seamos capaces de discutir el pasado y no pongamos nuestra capacidad de imaginación y diseño, en eso que llamamos el futuro que por no mirarlo no podemos debatir acerca de él.

No debatimos acerca de dónde vamos a vivir sino tampoco donde estamos viviendo: el futuro es ahora.

Imaginar el futuro es un deber moral y debatirlo es una necesidad histórica.

Es imprescindible proyectar las consecuencias de nuestros actos. Y es imposible juzgar las consecuencias de nuestros actos sino disponemos de un “ideal histórico concreto” con el que debemos mensurar daños, siembras y brotes.

Nuestros actos deberían estar direccionados a superar los errores del pasado y a dar pasos hacia el futuro deseado. “Ideal histórico concreto”.

Para direccionar, es cierto, hay que inventariar el pasado, pero, a la vez, diseñar el futuro deseado. Y entre ambos puntos trazar las líneas – no necesariamente rectas ni las más cortas – que son el camino a transitar. Nunca el camino es único si el rumbo es claro.

En la entrada, allí donde se comienza a hacer la historia, está la cabeza bifronte de Jano, el pasado y el futuro.

No se ingresa a la propia historia sin esas dos miradas. Pero sin ellas, por cierto, la historia transcurre igual.

Sin esas dos miradas la historia que se hace no es la propia. La historia propia, en ese caso, será una respuesta a las accio

Hace muchos años que la Argentina, independientemente de los errores de administración de la coyuntura, está sobre la línea del tiempo sin un proyecto propio. Sin una mirada ni un debate hacia el futuro. Estamos volcados al pasado y – encima – con el cuello inclinado a una mirada sesgada y generando un inventario incompleto de los males a reparar.

Las últimas gestiones, incluyendo la presente, son responsables de no haber realizado – en su momento – ni el inventario de problemas ordenado en jerarquías y prioridades; y muchos menos el diseño adulto de un futuro deseado. Este es un mal común a las últimas cuatro décadas.

Algunos presidentes de la democracia imaginaron que, un grupo de intelectuales, podrían, de manera amateur y a tiempo parcial, realizar algunos bocetos de esas tareas.

El primero fue Raúl Alfonsín y – si bien no es exactamente lo que le sugirieron – su buena (tal vez exagerada voluntad) lo llevó a proponer un “Tercer Movimiento Histórico”. Con poco contenido. El decía, ante la demanda de la elaboración de un proyecto articulador, que eso era “la causa radical”.

Fue notable su contribución a la construcción de una República a la salida dramática de una Dictadura Genocida. Pero es difícil olvidar la fragilidad de una concepción que podemos llamar inversa: “con la democracia se come, se educa, se cura”.

Inversa porque, de alguna manera es al revés, si no se come (sin empleo, sin inversión, sin productividad); si no se educa (sin revolución educativa en la base de la pirámide social); si no se cura (sin el cuidado del cuerpo que incluye la preservación de la salud con la que nacemos, droga, adicciones, etc.) no hay camino de y en, la democracia que es marcha hacia la igualdad, en la fraternidad y en la libertad.

No puedo imaginar una democracia (libertad, igualdad, fraternidad) sin un proyecto esencialmente incluyente. Alfonsín no elaboró ni propuso ese proyecto.

Olvidó la presidencia de Arturo H. Illia que, veinte años antes, fundó el Consejo Nacional de Desarrollo bajo la conducción del Ing. Roque Carranza y del que participaron los más brillantes técnicos y profesionales de todo el espectro ideológico y político de la Nación y expertos extranjeros. Una lección olvidada.

Carlos Menem, supuesto heredero de una tradición de proyectos de largo plazo – no haré el inventario – renunció, desde el primer día, al boceto que había dado sustento a su campaña. Renunció a desarrollar el boceto original y a diseñar uno propio convocando, como hicieron Illía y tantos otros, a la inteligencia nacional a pensar el país.

Menem entregó la llave, aplicó el somnífero de la aparente y transitoria estabilidad de precios (por vergüenza ajena no haré el inventario de las declaraciones entusiastas de entonces de los hoy adversarios de Menem y Domingo Cavallo) y nos hizo pagar, a su retiro, el precio más alto imaginable en términos de desindustrialización, pobreza e híper desempleo.

¿En qué grupo de expertos (o simplemente sensatos) cabría acabar con el sistema ferroviario que no sólo son las vías, la red que unía una Nación existente, sino una industria, un know how, que había logrado exportar locomotoras? Esa decisión debería haber sido suficiente para un Juicio Político. Hubo mucho más.

El Kirchnerismo, en sus doce largos años, negó (Cristina lo hizo enfáticamente en campaña) la necesidad y conveniencia de articular un programa, de pensar las consecuencias de las decisiones de aquel presente. Negó la necesidad de formular un país deseado y posible. Nada de compromisos. Dejame a mí.

Los términos del intercambio, las condiciones financieras internacionales, el ritmo de la economía mundial, conformaban una constelación de fuerzas positivas para un proyecto de desarrollo en términos de un país deseado. Por esa insensatez de doce años extraviamos la mejor oportunidad de un siglo: no hay inocentes en ese período, basta ver las consecuencias.

Un plan es una renuncia a la improvisación, y es una herramienta para detener la presión de la codicia y la corrupción: es difícil proponer lo que “no hay que hacer” si eso no esta programado. No hay plan imaginable, por ejemplo, para el “tren bala a Rosario”.

Los K – como Alfonsín – acudieron a intelectuales que se autodenominaron “Carta Abierta”, fueron una funcional Boca Cerrada cómplice del desprecio por la acumulación genuina, que es la condición necesaria para la generación de derechos. Mirada sesgada hacia el pasado, con vocación auto exculpatoria, y ausencia absoluta de mirada hacia el futuro.

Lo que heredó el PRO – no sólo en términos económicos – fue un agotamiento de stocks, dilapidados, y un “endeudamiento social” extremadamente difícil de solventar. Es la consecuencia de no haber tenido la menor preocupación por el futuro y por las consecuencias de los actos de aquél presente.

¿No puedo dejar de preguntarme por qué ese silencio de la inteligencia del peronismo durante los 10 años de Menem y los 12 años K de evidencias acumuladas y por qué la incapacidad, de quienes se sienten parte de esa tradición, de reivindicar la idea concreta, material, de proyecto de desarrollo?

Mauricio Macri llega en una condición integral de agotamiento. Es innegable. Y esboza eliminar la pobreza, unir a los argentinos y combatir el narcotráfico. No es mucho. No es muy claro. Pero es hacia el futuro. Bien por eso.

Instalado en el poder, por incapacidad o por no haber tenido consciencia de lo que implicaba, ha hecho más que nadie – a nivel de Néstor y Cristina ni más ni menos – en aplicar la doctrina que “el odio se alienta mirando al pasado”.

La grieta nos está llevando a esta encerrona dramática de Mauricio o Cristina, dos fracasos: uno más largo y otro más corto, pero más reciente. Dos opciones que no dejan margen para la esperanza.

Mauricio no mide las consecuencias de sus actos y sus palabras del presente sobre aquellos objetivos.

La pobreza no es algo que surge de la naturaleza, no es una catástrofe natural, pero su continuidad garantiza altas tasas de reproducción. Es evidente. Y las consecuencias de la política económica, los objetivos y las herramientas, del PRO no pueden sino reproducir y profundizar la pobreza y la fractura del empleo y de la estructura productiva urbana. No es inevitable. No es el único camino. Es el camino equivocado y además es evitable.

La droga, el poder de los narcos, es cierto, han sido focalizados, por primera vez en muchos años, y este gobierno ha generado acciones positivas. Pero hay mucho posible por hacer. Particularmente en el campo de las finanzas.

No son los hombres de las finanzas los moralmente aptos para hacerlo. Es una lucha de valores además de técnicas. (Saskia Sassen, Los nuevos depredadores, 13/1/2019, El País)

Los tres ejes inaugurales de Macri, importantes, traicionados o abandonados, no constituían un programa, pero eran una referencia hacia el futuro.

Lo cierto es que, en los hechos, la gestión PRO, lamentablemente, es el paradigma de la tortícolis de Jano. Ganar elecciones con el pasado y sin abrir la ventana al futuro que, sin plan, es pura incertidumbre.

Sin pensar, y sin consensuar el futuro, somos una nave sin destino, sin rumbo, con una tripulación y un pasaje que no desarrolla otro lenguaje que el de echar la culpa y tratar de tirar por la borda al otro. Una pena.

Macri desaprovechó su oportunidad. Básicamente por su decisión de prescindir del futuro, de la convocatoria a un futuro colectivo y consensuado; o bien por su incapacidad para hacerlo. Lamentablemente no es el único y no se ve nada en el horizonte.

Como hemos visto damos vueltas y vueltas alrededor del corto plazo sin atinar a levantar la mirada, vuelo bajo, aspiraciones mediocres. No fue así la actitud de los argentinos que pensaron grande. Los que fueron capaces de imaginar un país que había que realizar. Podemos, con las cifras en la mano, verificar el éxito de varios proyectos históricos y lo común de todos ellos fue una búsqueda por más: una materialidad de territorio, acumulación y mejoras sociales.

Pero en los últimos 40 años estamos girando sobre lo mismo.   Umberto Ecco nos recuerda que “Los aborígenes australianos… en el inmenso desierto…seguían su exploración girando siempre en redondo… capturaban un lagarto…que era toda comida… y … por la mañana, volvían a ponerse en marcha. Si en lugar de haber girado en círculo, por un instante hubieran seguido en línea recta, habrían llegado al mar, donde los esperaba un festín de tortugas y langostas”. 

Esa línea recta es pensar el futuro, salir de los límites del pasado que nos obliga a repetirlo. Curarnos de la tortícolis es el desafío es también sanar las almas que destilan feo.

 

Leyba, Carlos

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